CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #4
Andris volvió a saludar brevemente y después se giró hacia su tía, a quien agarró de la mano para entrar en el Salón de Conferencias. Tuvieron que detenerse cuando unos preciosos fuegos artificiales llenaron de color el nublado y nocturno cielo de Bibrébem durante varios minutos.
Dentro habían retirado los bancos hacia las naves laterales, sustituyéndolos por numerosas mesas redondas alineadas junto a las columnas, repletas de comida y bebida, donde varios camareros atendían a los invitados.
De las lámparas ancladas a las columnas pendían tiestos con flores blancas.
El centro de la nave estaba despejado para que sirviese de pista de baile.
De las vigas del alto techo colgaban luces que simulaban ser estrellas del cielo.
Aunque, sin duda, la auténtica estrella era Andris.
Además de los miembros del Consejo y diferentes trabajadores de mayor rango dentro del Gobierno, Crispina había ordenado enviar una carta de invitación a todas las familias de la élite, convencida de que casi nadie aceptaría debido a su impopularidad.
Pero no fue así, porque la mayoría de esas familias tenía representación en la fiesta, y prorrumpieron en aplausos cuando Andris entró junto a su tía.
Era más que evidente hacia quién iban dirigidos.
Desde la distancia, Crispina vio cómo Sarah estaba apartada en un rincón, lejos del centro de las miradas, con una expresión difícil de descifrar.
Los que parecían más incómodos eran los miembros de la Escolta Presidencial, quienes seguramente no sabían cómo proteger a su presidenta sin acercarse a ella demasiado.
Crispina estaba tranquila respecto a eso: por orden suya, todos los presentes habían sido registrados en su entrada al Palacio, y en el Salón de Conferencias no había ningún cubierto o utensilio que pudiera utilizarse como arma, salvo que alguien, por medio de la arlasofía , le lanzase un plato a la cabeza.
«Bienvenido, presidente.» «Me alegro mucho de verle.» «Es una gran noticia que esté así de bien» —decían quienes se cruzaban con Andris, que no dejaba de sonreír.
La orquesta, que se encontraba encima del estrado, comenzó su actuación.
Crispina no había comido apenas en todo el día, por eso, al ver tanta comida, el apetito se le disparó.
—Me apetece probarlo todo —le dijo a su sobrino.
—Hay demasiado —opinó él con una sonrisa irónica—. Es una fiesta magnífica, gracias por todo, tía Crispina.
Andris le dio un beso en la mejilla.
—Nada comparado con lo que te mereces, cariño —aseguró emocionada, incapaz de soltar la mano de su sobrino. Estar pegada a él le hacía sentirse segura y querida.
Un par de fotógrafos se movían por todo el Salón, capturando instantáneas a todo aquel que quería inmortalizar el momento.
Crispina y Andris posaron con la mejor de sus sonrisas cuando uno de ellos llegó hasta su altura .
No paraban de acercarse caras nuevas, intercambiando buenos deseos hacia Andris, quien apretaba la mano de su tía cuando alguien se aproximaba.
—No imagina el soplo de esperanza que representa para la sociedad de Las Cinco Comarcas que usted esté de vuelta —aseguró un hombre alto y fornido, con un bigote enorme, después de estrechar con efusividad la mano de Andris—. Muchos creyeron que no sobreviviría, yo me incluyo.
—A veces ocurren cosas impensables —opinó Andris, que parecía cansado de tanta adulación, y le dio la espalda a Evan Normandius con total descaro—. Ven, bailemos —le dijo a su tía.
Caminaron de la mano hasta el centro de la nave y Andris la cogió de la cintura mientras sonaba una música tranquila.
Crispina apenas sabía bailar, así que se dejó guiar por su sobrino, quien era perfecto en casi todo, incluido en el arte de la danza.
Apenas se salían de la baldosa situada bajo sus pies, girando lentamente sobre sí mismos.
—Tienes que empezar a ser más benevolente con la gente —le soltó Andris—. Así la sociedad cambiará su punto de vista hacia ti.
—No me importa lo que piensen —respondió Crispina—. Pronto dejaré el cargo y no tendré que volver a soportar sus caras.
Su sobrino la contempló con una expresión seria.
—En poco tiempo Xalara Verdreven habrá muerto y yo habré cumplido mi cometido —aseguró ella con satisfacción—. Después ya nada me atará al cargo, y tú volverás a ser el presidente querido y admirado por todos.
Andris movió la cabeza a un lado y al otro, como comprobando que nadie hubiera escuchado ese comentario acerca de Xalara. Pero todas las parejas que estaban a su alrededor parecían demasiado borrachas o absortas en sus propias conversaciones.
—Olvida a esa chica —manifestó él con determinación—. Está encerrada para siempre en Lúgardark. Ese es un castigo peor que la muerte .
—¡No! —gritó Crispina, atrayendo algunas miradas—. Xalara Verdreven morirá antes de que yo deje de ser presidenta. No existe otra opción.
A Andris se le notaba contrariado por la idea, y ella no entendía su actitud.
—¿Y cómo tienes pensado hacerlo? —preguntó utilizando un tono de voz más bajo que su tía, invitándola a hacer lo mismo.
Crispina sonrió malévola antes de desvelar su magnífico plan, ansiando que llegara ese momento.
—Voy a reinstaurar la antigua y desaparecida competición de duelos a muerte.
—Háblame más sobre eso —solicitó Andris, ahora con demostrable interés.