Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #3
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CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #3

—Así será. No se preocupe, vicepresidenta.

Crispina, sin abrir los ojos, escuchó unos pasos y luego el sonido de una puerta al cerrarse.

A continuación, notó cómo Gustavo se sentaba a su lado y le cogía la mano con ternura, sintiéndose por fin en paz y segura, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

Solo entonces, cayó en un sueño profundo .

Al día siguiente, cuando abrió los ojos, vio que Gustavo permanecía dormido, con la cabeza apoyada sobre el colchón, cerca de la almohada: seguía aferrando la mano de la presidenta. Ella sonrió al certificar que aquello no había sido solo un sueño.

El sonido de la puerta de la habitación anunció la llegada de Sarah, al mismo tiempo que despertó a Gustavo. La vicepresidenta se acercó a la cama y el capitán de la Escolta Presidencial se apresuró a incorporarse y soltar la mano de Crispina.

—Buenos días —saludó Sarah, que traía una carta en la mano—. ¿Estás mejor, cariño?

—Sí, estoy bien —respondió Crispina con un tono seco, mientras Gustavo se ponía en pie y se atusaba su impoluto uniforme blanco.

—Me alegro mucho —dijo Sarah con evidente frialdad, seguramente los había visto cogidos de la mano—. Acaba de llegar esta carta procedente del centro de sanación donde está Andris.

Tras escucharla, y como si nada hubiera pasado el día anterior, Crispina se incorporó en la cama y estiró el brazo para recoger la carta que Sarah le ofrecía.

Estimada señora presidenta.

Soy la sanadora Cecilia Vénsot. Me complace informarle de que su sobrino ha superado la prueba y que, por lo tanto, será dado de alta en las próximas horas.

Un saludo cordial.

Crispina desvió la vista hacia un reloj, comprobando que faltaban pocos minutos para las nueve de la mañana.

Luego abandonó su cama sin dificultades aparentes.

Tan solo notaba las piernas un poco entumecidas, pero seguro que se debía a la falta de alimento.

En cualquier caso, nada de eso importaba, pues su querido Andris había vencido a la muerte, y ahora solo quedaba celebrarlo como se merecía.

—¿Seguro que te encuentras bien? —se preocupó Sarah con más efusividad.

—Mejor que nunca —aseguró con una energía desmesurada—.

Sarah, no hay tiempo que perder, encárgate de prepararlo todo para recibir esta noche a Andris como solo él se merece —le ordenó con un desmedido entusiasmo—.

Quiero que toda la ciudad esté presente en la plaza cuando él llegue.

Que haya cámaras por todas partes, para que todo el mundo vea el regreso de su amado presidente.

Montaremos la mayor fiesta que se haya visto jamás.

—Está bien —asintió la vicepresidenta.

Su tono apagado contrastaba con la alegría de Crispina. Antes de salir, dirigió una recelosa mirada hacia Gustavo.

—Capitán —reclamó entonces la presidenta—, salga, me gustaría tener intimidad para darme un baño y ponerme un atuendo acorde.

Él asintió visiblemente decepcionado y salió de la habitación.

La noche llegó incluso más deprisa de lo esperado. Sarah había realizado un excelente trabajo durante todo el día, preparando el gran evento.

Crispina encargó que le hiciesen un vestido especial, y lo consiguieron con el tiempo justo porque, minutos antes de la celebración, continuaban dándole retoques para que todo luciera según las exigencias de su portadora.

—¿Qué estáis haciendo? —protestó, muy alterada.

No quería ni imaginar un escenario en el que Andris llegase sin estar ella presente.

—Ya está, señora, todo listo —informó la modista, retirándose hacia atrás y arrastrando con ella a sus dos ayudantes—. Se la ve espléndida.

La presidenta no respondió al halago y se estudió en el espejo, dispuesta a quejarse de cualquier fallo que observara, pero no fue así: su vestido negro con detalles de oro se veía espectacular. No podía decir lo mismo de su aspecto físico, demacrado a pesar del maquillaje.

—¿Está todo a su gusto, señora?

—Marchaos —contestó ella.

En cuanto se quedó sola, aprovechó para tomar una dosis del tónico para los nervios.

El sanador le advirtió que no tomara nada hasta el día siguiente si no era estrictamente necesario, debido a la sobredosis sufrida y a la toma de otro tónico analgésico para el dolor de su espalda.

Pero no quería arriesgarse a arruinar la fiesta en honor a su sobrino.

Sarah entró cuando Crispina se guardaba el frasco en la manga. Estaba guapa con aquel vestido, aunque su rostro no transmitía la alegría de una celebración tan importante.

—¿A qué viene esa cara? —se quejó la presidenta.

—No es nada, solo que estoy cansada —explicó—. Han sido muchas horas de trabajo para que todo salga perfecto esta noche.

—Tienes que estar radiante —exigió Crispina, sin hacer alusión a su esfuerzo—. Todo tiene que salir perfecto para recibir a Andris como solo él se merece.

—Sí —dijo, como si estuviese harta de responder al mismo comentario.

Crispina se vio tentada de recriminarle su desganada actitud, pero la alegría por recibir a su sobrino solapaba a cualquier otro detalle.

Las campanas del Palacio de la Sede, ahora conectadas a un mecanismo de reloj instalado en el interior de los campanarios, daban las nueve de la noche cuando Crispina Streif salía al balcón del reformado Salón de Conferencias, ante una plaza abarrotada.

La presidenta solo recordaba verla igual una vez: durante el juicio celebrado contra Alexios Kraus.

Ahora sentía que el círculo se cerraba. Pero todavía no era así, y ella lo sabía: faltaba por eliminar la última pieza del tablero.

Por suerte había parado de llover un par de horas antes del evento.

El público, ataviado con ropa de abrigo para enfrentar el clima otoñal de la capital, apenas reaccionó al ver a la presidenta.

Toda su atención parecía recalar en la puerta de la estación de traslado, por donde unos segundos después surgió Andris Bóstoul, vestido de traje y corbata.

En ese momento, una orquesta apostada en la entrada al recinto del Palacio comenzó a entonar una alegre melodía.

Era un protocolo habitual siglos atrás, cuando recibían al rey de Bibrébem tras regresar de una batalla en el norte contra el Reino de Árlay.

Los flashes de los fotógrafos agolpados ante la estación de traslado crearon una ambientación muy lumínica.

Andris caminaba por un pasillo humano delimitado por decenas de vallas, donde los cuero negro se encargaban de mantener el orden cívico.

No dejó de recibir aplausos mientras avanzaba al grito de «¡Presidente!

¡Presidente!» Desde el balcón, Crispina no podía contener la emoción al ver a su sobrino acercarse, quien le dedicó un saludo justo antes de entrar en el Palacio de la Sede.

Había llegado el momento de que la presidenta comenzase el discurso, a la espera de que su sobrino subiera hasta ese balcón.

—¡Buenas noches y bienvenidos! —saludó Crispina, acercando su boca al micrófono anclado a la barandilla.

Enseguida recibió una sonora pitada. Ella continuó como si nada—.

Esta es una noche de muchas emociones, porque hoy recibimos a alguien que sobrevivió a un brutal atentado sufrido hace unos meses.

Algunos ya han pagado por ello, y muy pronto todos lo harán —esa promesa fue lo único que transformó los pitos en aplausos.

Crispina aprovechó para mirar hacia atrás, confirmando que su sobrino estaba allí, listo para salir—.

¡¡Hoy damos la bienvenida a nuestro querido Andris Bóstoul! !

La presidenta se apartó y se unió a los aplausos de todo el público, que comenzó un cántico atronador al grito de ¡¡Presidente!! ¡¡Presidente!!

Andris asomó al balcón y siguió saludando con las dos manos hasta que su tía lo abrazó con fuerza, antes de que ella volviese a tomar la palabra.

—Querido Andris; amado sobrino; idolatrado presidente —dijo con la voz quebrada, consiguiendo que los aplausos se apagasen—.

Es para mí no solo un honor recibirte, sino una muestra del inmenso amor que te profeso, y que todos comparten —Andris volvió a saludar al público después de que este rompiera de nuevo en aplausos—.

Han sido unos meses llenos de incertidumbre, dolor e impotencia al no saber si podrías recuperarte —Crispina hizo una pausa para recomponerse y secar sus lágrimas con un pañuelo de seda—.

Toda la sociedad ansiaba este momento, y yo, personalmente, he soñado con él cada una de estas noches. ¡Un sueño que hoy se hace realidad!

El público prorrumpió esta vez en tímidos aplausos .

—Desde el mismo día en que sufriste el atentado, las muestras de cariño y buenos deseos recorrieron la capital y, desde ella, alcanzaron a la totalidad de Las Cinco Comarcas.

Como familia tuya que soy, siento un gran orgullo al comprobar cuánto te quiere la gente, y la tranquilidad de saber que el futuro de Las Cinco Comarcas está a salvo en tus manos —concluyó Crispina, mientras se producía, esta vez sí, una ovación cerrada y Andris se acercaba al micrófono.

—¡Buenas noches, ciudadanos! —gritó, y tuvo que esperar casi medio minuto para continuar—.

En primer lugar, quiero agradecer a mi querida tía sus palabras llenas de amor.

Es una gran mujer que siempre me ha protegido, me ha cuidado en la adversidad y me ha apoyado cuando nadie más lo hacía —Andris hizo una pausa, supuestamente para arrancar los aplausos, pero fueron casi inexistentes—.

Vuestro inmenso apoyo y muestras de cariño me han infundido fuerza para poder estar hoy aquí con vosotros, recuperado y lleno de confianza.

Juntos lucharemos contra quienes buscan separarnos, y estoy convencido de que, con la unidad de todos, conseguiremos vencerlos y guiar a Las Cinco Comarcas hacia un largo periodo de prosperidad.

¡Muchas gracias a todos por venir! ¡Nos vemos pronto!