CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #2
—Durante mucho tiempo estuviste prácticamente muerto, ninguno de los sanadores tenía esperanzas, ¿viste algo al otro lado?
—¿Al otro lado? —inquirió Andris con una expresión confusa.
—Sí —asintió Crispina—, me refiero al otro lado de la vida, en el mundo de los muertos.
—No existe tal mundo —aseguró Andris—. Al otro lado no hay nada, solo oscuridad y vacío; es como antes de nacer.
Decepcionada, Crispina soltó la mano de su sobrino.
—¿Estás seguro? Yo siempre he creído que hay algo.
—Pues si lo hay, yo al menos no lo he visto —concluyó él.
—También podría significar que en realidad nunca corriste verdadero peligro de muerte —opinó ella finalmente.
—Puede ser —convino Andris.
Tía y sobrino se estudiaron en silencio durante unos segundos.
—Hay un tema del que nunca hemos hablado, y creo que ya es el momento, ahora que estás casi recuperado —dijo Crispina con la voz temblorosa, notando cómo el tónico que había tomado antes de ir la estaba sujetando.
—¿De qué se trata?
—Creo que tú lo sabes bien —insinuó Crispina—. De la presidencia y de cómo llegué a ella.
Andris inspiró profundamente, pero no añadió nada.
—Después de lo que te pasó, el cargo no podía estar vacante. Enseguida el Consejo convocó unas elecciones a las que solamente yo me presenté —explicó Crispina—. Fue por un único motivo, el de vengarte. Sabía que estando en esa posición sería mucho más fácil hacerlo .
—¿Y qué venganza fue esa? —preguntó Andris, cambiando de postura, como si estuviera de repente nervioso.
—Primero ejecuté a Alexios Kraus, tras un juicio que yo misma lideré.
—¿Mataste a Alexios? —preguntó Andris con el ceño fruncido.
—Los cuero negro lo hicieron, pero yo di la orden después de declararlo culpable de pertenecer a la Orden de los Herederos. ¿Qué ocurre? ¿No estás de acuerdo? —añadió al ver que su sobrino derramaba una lágrima.
—No es eso —dijo él entrecortadamente—, solo que Alexios y yo fuimos amigos desde adolescentes, y escuchar que ha muerto, por merecido que fuese…
—Ya, entiendo tu afligimiento —asintió Crispina, aunque en realidad no era así—. Pero ese hombre te traicionó, nos traicionó a todos.
—Supongo que sí —opinó Andris, encogiéndose de hombros, pero incapaz de sujetar las lágrimas—. ¿Y Xalara Verdreven? ¿Ella está…?
—Viva —respondió la presidenta abruptamente—. Pero por poco tiempo. Solo me queda eliminarla a ella y dimitiré de la presidencia para que puedas recuperar tu puesto. Te lo prometo.
—Pero ¿dónde está Xalara? —presionó él.
—En Lúgardark —respondió Crispina—. Realizando la EDMO como recluta permanente.
—¿Por qué nadie me ha hablado de esto hasta ahora? —preguntó Andris tras unos segundos, visiblemente irritado.
—Yo ordené a los sanadores que no te dijesen nada, para no interferir en tu recuperación. Lo siento si te ha molestado, pero pienso que era lo mejor para ti.
—Lo entiendo, no te preocupes —asintió Andris, acabando con la tensión.
Crispina se levantó.
—Xalara Verdreven tiene los días contados —aseguró con entusiasmo—. Sé cómo acabar con esa chica de una vez por todas.
—¿Y de qué se trata? —preguntó Andris .
—No te preocupes por eso, tú céntrate en superar esa prueba para salir de aquí —dijo Crispina, y se inclinó para darle un beso a su sobrino—.
Cuando llegue el momento, te prometo que serás recibido como lo que eres: el mejor presidente posible para Las Cinco Comarcas.
La próxima vez que te vea espero que sea fuera de estas cuatro paredes. Hasta pronto, Andris.
Al día siguiente, la mañana era plenamente otoñal: llovía con intensidad y las fuertes rachas de viento empujaban las gotas contra los altos ventanales del Despacho Presidencial, donde Crispina Streif y Sarah Corman mantenían una reunión privada sentadas a la mesa octogonal.
—Eso que pretendes hacer… habrá que votarlo en una reunión del Consejo para que sea legal —aseguró Sarah.
—Soy la presidenta del Gobierno y, por lo tanto, la máxima autoridad —discutió Crispina—. Nada necesita votarse si yo lo considero adecuado.
—Sí, pero la Constitución, sobre la que has jurado, dice…
—No me importa lo que diga ese estúpido libro, ni tampoco ese vano juramento que hice. Ni siquiera recuerdo haberlo hecho —admitió con sinceridad.
—Pero el Consejo siempre ha formado parte del Gobierno, ha estado con él desde el principio, son ellos quienes se encargan de elegir a su presidente. Enviaríamos una imagen pésima a la sociedad.
—Ahora las cosas han cambiado —insistió tajantemente Crispina—.
No voy a dejar en manos de otros la decisión de acabar con Xalara Verdreven.
Me queda poco en el cargo, y será un mandato muy breve.
Yo nunca quise estar aquí, pero las circunstancias me obligaron a hacerlo.
No pasaré a la historia por mis logros políticos, pero al menos quiero marcharme satisfecha y orgullosa por haber cumplido mi objetivo siguiendo mis propias ideas.
—Te entiendo, pero esto no se trata de lo que queremos, no es un régimen autoritario ahora. Eso que propones…
—¡Ya basta! —tronó Crispina poniéndose en pie, provocando que Sarah se encogiera en su asiento .
—¿Por qué me tratas así? —dijo ella.
—¿Así cómo?
—Con desprecio, como si yo no pintase nada, como si solo fuera una sombra a tu lado.
—No, eso no es así —explicó Crispina, volviendo a sentarse—. Te amo, pero tienes que entender que…
—Entonces, si de verdad me amas, ¿por qué no has querido anunciar nuestro compromiso matrimonial?
—No es tan sencillo. Ahora la prioridad es que Andris reciba el alta y que Xalara Verdreven muera.
—Ya veo qué lugar ocupo en tu lista de prioridades —lamentó Sarah al borde del llanto antes de marcharse casi corriendo del Despacho Presidencial.
La presidenta se levantó y fue tras ella, pero se detuvo a un par de metros del umbral, apretando los dientes para contenerse.
No bastó, así que tuvo que correr hacia los cajones de la mesa, donde guardaba el frasco del tónico para sus nervios.
A pesar de que ya había tomado la dosis matinal, bebió otra más.
La estancia empezó a girar y Crispina cayó al suelo con la vista fundida a negro.
Cuando recuperó la consciencia tardó en comprender que estaba tumbada en su cama. Por los ventanales pudo ver el cielo negro de la noche, y aunque continuaba lloviendo, lo hacía sin la compañía del viento.
Unos pasos resonaron en el tablado de la plataforma sobre la que se asentaba la cama, y antes de distinguir quién era, una cálida mano agarró la fría de Crispina.
—¿Cómo te encuentras?
—¿Qué me ha pasado? —dijo la presidenta con una voz muy débil.
—Gustavo escuchó un golpe dentro del despacho, y te encontró tirada sobre los escalones de la plataforma de la mesa —explicó—. Los sanadores dicen que ha sido por una sobredosis de tónico. ¿Por qué has tomado más de la cuenta? ¿Fue por mi culpa?
Crispina levantó un brazo hacia su cara y empezó a acariciar sus suaves facciones .
—¿Ya te han dado el alta, Andris? —preguntó con una sonrisa.
—Yo no soy Andris, soy Sarah.
—¿Sarah? No, tú eres Andris. Mi niño… Cuánto me alegro de que ya estés bien. Vamos a hacer la mayor fiesta de la historia para celebrar tu regreso.
—¿Ha despertado? —preguntó un hombre calvo y de baja estatura, con unas gafas redondas, que entró en la habitación con un pequeño maletín y acompañado de Gustavo.
—Sí, sanador —respondió Andris—. Pero no me reconoce.
Crispina no entendía a qué venían esas negativas por parte de su sobrino. El supuesto sanador se acercó a ella y se sentó a su lado en el colchón.
—Hola, Crispina —saludó él.
—¿Usted quién es?
—Soy el sanador Bábilo Brenton. ¿Cómo se encuentra? ¿Sabe dónde está? ¿Cómo se llama?
«¿ Por qué le hacía esas preguntas tan estúpidas? » —pensó ella.
—Me llamo Crispina Streif, soy la presidenta del Gobierno —contestó hablando mucho más despacio de lo que pretendía—. Y estoy en… ¿mi cama?
—Sí, así es —aseguró el sanador con una sonrisa paternal.
—Me duele la espalda y tengo mucho sueño —comentó Crispina.
—Sí, es normal. Se ha dado un buen golpe esta mañana —convino el sanador mientras le tomaba el pulso en la muñeca—. Pero está bien. Mañana se sentirá como nueva —hizo una pausa—. Quiero hacerle otra pregunta, ¿sabe quién es esta mujer? —dijo apuntando a Sarah con el dedo.
—Claro, es Sarah Corman, mi prometida —respondió sin titubeo, arrancándole una amplia sonrisa a la vicepresidenta, aunque no a Gustavo. El sanador también parecía complacido, aunque Crispina percibía que escondía algo tras esa actitud afable. Además, la trataba como a una idiota.
—¿Puede seguir mi dedo con la vista? Por favor .
El sanador comenzó a desplazar su índice de un lado para otro ante el rostro de Crispina.
—Genial —dijo él—. Todo parece correcto, presidenta.
No hay lesiones aparentes y el aturdimiento es algo normal después de haber sufrido una sobredosis.
En cuanto su cuerpo elimine el exceso de toxinas volverá a sentirse en plenas facultades.
Solo ha sido un gran susto —concluyó mientras se ponía en pie.
Como si aquellas palabras le hubieran quitado un peso de encima, Crispina cerró los ojos, algo que estaba deseando, pero no se quedó dormida, consciente de todo lo que se decía a su alrededor.
—Comprenderá que esto no puede salir de esta habitación —expuso Gustavo, amenazante.
—Sí, lo entiendo perfectamente —dijo el sanador—. No se preocupen, soy un profesional. Permaneceré toda la noche en el Palacio, por si la presidenta requiriese mis servicios. Buenas noches.
Crispina escuchó cómo se alejaban los pasos del sanador y el tintineo de los cierres de su maletín.
—Usted también puede irse —le dijo Gustavo a Sarah—. Yo me quedaré vigilando. Es mi trabajo.
—A mí no me importa quedarme —aseguró Sarah, como intentando imponerse—. Es mi prometida.
—Ahora mismo, con la presidenta recuperándose, es usted la máxima responsable del Gobierno. La necesitamos descansada —expuso el capitán de la Escolta Presidencial.
—Está bien —cedió finalmente la mujer—. Pero si ocurre alguna novedad con su estado de salud, por favor, infórmenme de inmediato.