CAPÍTULO 4Un retorno presidencial
Un retorno presidencial
Desde que los hermanos Kéitel reapareciesen en un pueblo de la Comarca del Noroeste, en el que robaron y asesinaron a un hombre, la noticia se había ido diluyendo con el paso del tiempo ante la ausencia de novedades.
A pesar de ello, una vez al mes, desde el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede, la capitana de los cuero negro , acompañada por algún miembro del Gobierno, ofrecía una rueda de prensa en la que informaban de la situación antes de aceptar un breve turno de preguntas.
En esta ocasión, la presidenta exigió acompañar a Dayana Cleyton durante su intervención ante los medios.
A Crispina no le importaba en absoluto el paradero ni las intenciones de esos dos herederos, pero quería estar cerca de Dayana por miedo a que pudieran sonsacarle la verdad sobre el incendio en la mansión de los Nanton.
En más de una ocasión se le había pasado por la mente silenciarla para siempre.
Las dos mujeres estaban tras sendos atriles colocados en el estrado.
—Las autoridades llevan meses trabajando en su búsqueda —dijo Crispina durante su comparecencia—. Conozco a la capitana Cleyton y sé que, más pronto que tarde, encontrará a esos herederos y pondrá fin a su amenaza.
—Agradezco sus palabras, presidenta —intervino la capitana—.
Como bien dice, tenemos un numeroso grupo de cuero negro dedicado exclusivamente a investigar su paradero.
Todos sabemos cómo se las gastan esos malnacidos y lo escurridizos que pueden llegar a ser.
Pero sé que estamos muy cerca de encontrarlos y encerrarlos para siempre —finalizó Dayana con una falsa promesa, como ya era habitual.
Ahora llegaba el turno de los periodistas, sentados en los bancos más cercanos al estrado. Ellos podían realizar cinco preguntas en intervenciones individuales.
—Para la capitana —dijo un hombre de pelo largo y barba incipiente tras levantar la mano y ser aprobada su intervención—.
¿Han redoblado la seguridad y vigilancia en los pueblos de la Comarca del Noroeste?
He hablado con muchos de sus habitantes y aseguran que no han notado cambios. Dicen vivir aterrados.
—Son muchos pueblos —explicó Dayana con una media sonrisa que reflejaba su incomodidad ante la pregunta—. Esa no puede ser nuestra estrategia, dado que no tenemos personal suficiente para ello. Sería una locura intentar algo así.
—Para la presidenta —dijo ahora una chica joven, probablemente una becaria—. ¿Qué opina sobre los crecientes rumores que auguran una resurrección de la Orden de los Herederos?
—Eso viene de lejos —opinó Crispina—, desde que el traidor Alexios Kraus provocara la huida de esos herederos.
Los rumores fueron alimentados por el propio Kraus, porque buscaba crear caos social y político asustando a la ciudadanía para llevar a cabo sus planes.
Pero, salvo dos, todos están muertos o en prisión.
Centrémonos en hechos fehacientes y dejemos los rumores a un lado.
—Hablando de rumores —terció otra periodista, esta vez de mucha más edad—. ¿Qué piensa usted sobre quienes dicen que el incendio de la mansión Nanton no fue un accidente, sino provocado por alguien muy interesado en hacer desaparecer a la familia?
Dayana miró a la presidenta, como temiendo su reacción. Ambas parecían desconfiar igualmente la una de la otra respecto a ese asunto.
—Ese tema quedó zanjado hace tiempo —respondió la presidenta con frialdad, aferrándose al atril con las uñas, sintiendo cómo su estado mental permutaba hacia esos momentos en los que sentía que se perdía a sí misma—.
Los cuero negro , con Dayana Cleyton aquí presente a la cabeza, determinaron, tras una exhaustiva investigación, que el incendio se debió a un accidente doméstico.
Todos sabemos que las mansiones de la Villa de la Élite son antiguas y esto, desgraciadamente, puede ocurrir. Solo espero que no se repita.
—Pero ¿entiende que todavía haya familias de la élite que no están conformes con los resultados de la investigación? —insistió la misma periodista, atrayendo la atención de sus compañeros.
—Usted ya ha realizado su pregunta y gastado el turno de intervención —respondió Dayana al no hacerlo Crispina, que tenía la mirada perdida mientras luchaba contra la sombra que empezaba a oscurecer su claridad mental.
—Hemos terminado por hoy —dijo Sarah Corman, adelantándose por el pasillo entre los bancos, donde había estado de pie presenciando la comparecencia.
Aunque algunos periodistas hicieron ademán de protesta, ese malestar no fue muy elocuente y se apagó antes de iniciarse, sobre todo cuando el capitán de la Escolta Presidencial se hizo notar saliendo desde uno de los laterales de la gigantesca estancia.
Los periodistas se marcharon entre murmullos, seguramente temiendo una reacción agresiva de la presidenta.
Desde lo ocurrido en su toma de posesión, cuando ordenó asesinar a un hombre tras una protesta, Crispina notaba cómo incluso las personas más cercanas a ella mostraban una exagerada cautela ante su presencia.
—Estoy bien —dijo cuando Sarah se acercaba a ella con el rostro envuelto en preocupación.
Crispina le había admitido que sufría un trastorno nervioso y que, a veces, tenía periodos en los que no recordaba qué había hecho.
Como cuando se deshizo de los retratos de los antiguos presidentes.
Solo recordaba haberlos tirado por el balcón, pero era incapaz de explicar el motivo.
Desde entonces tomaba un tónico para los nervios y, aunque a menudo seguía teniendo la mente nublada, no había vuelto a sufrir episodios tan severos.
Sin embargo, siempre se notaba fatigada: al parecer, era un efecto secundario .
—Deberías descansar —le sugirió la vicepresidenta con voz melosa—. Yo te acompañaré hasta tus aposentos —agregó, tomándola por el brazo.
—No estoy cansada —insistió Crispina, apartándose de Sarah, molesta porque últimamente la trataban como si estuviese enferma—. No necesito descansar. Quiero ver a mi sobrino.
Menos de una hora después, tras ser convencida por Sarah de tomar una nueva dosis del tónico para los nervios y acompañada por los cinco miembros de su Escolta, Crispina entraba en el centro de sanación donde Andris Bóstoul continuaba ingresado.
Cada vez que cruzaba esas puertas, la horrible experiencia vivida cuando atentaron contra su amado sobrino regresaba con una intensidad casi tangible.
Incluso podía percibir el sabor amargo que se le pegaba al paladar cuando la invadía la angustia.
Era cierto que llevaba mucho tiempo sin mantener relación con Andris, pero las autoridades la avisaron de inmediato porque era la única familiar que le quedaba.
Aquella noche fue la más larga de toda su vida.
Nadie sabía decirle qué le ocurría a su sobrino.
Acababa de sobrevivir a una tremenda explosión de la que solo él había escapado con vida.
No presentaba heridas superficiales ni daños internos, pero su pulso era escaso.
Los sanadores le aseguraron que no superaría esa noche. Sin embargo, lo hizo.
Igual que recordaba aquel como el momento más horrible de su existencia, cuando vio despertar a Andris sintió la felicidad más intensa que jamás había experimentado.
La mejoría de su sobrino desde que abriera los ojos había sido muy lenta y a veces estancada, pero la sanadora que se encargaba de sus cuidados le aseguró que pronto podría recibir el alta.
Por eso Crispina entró con la esperanza de volver a salir esta vez acompañada de su querido Andris.
Desde el inicio de su conflicto personal con la familia Nanton, los componentes de la Escolta Presidencial nunca la dejaban sola, salvo en sus aposentos y cuando entraba en la habitación donde se encontraba Andris.
La sanadora ya estaba esperándola en la puerta.
—Buenas tardes, presidenta —saludó .
Sin embargo, Crispina se limitó a asentir y juntas entraron en la habitación.
Andris estaba en la cama donde había permanecido los últimos meses, pero ya no se hallaba tumbado, sino sentado y comiendo una manzana.
—Hola, sobrino. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Incluso mejor que ayer —respondió él con una sonrisa.
Apenas hacía unas pocas semanas que había recuperado la plenitud de su voz. Casi tuvo que volver a aprender a vocalizar y entonar cada sílaba. Su tía se encargó de proporcionarle la mejor atención posible.
Crispina se acercó a él y tomó su mano.
—Bueno, señor Bóstoul —dijo la sanadora, desplazándose hasta el piecero de la cama—. En dos días planeo darle el alta —informó con una sonrisa—. Mañana tendrá que pasar una última prueba de movilidad y esfuerzo. Si la supera, como creo que hará, al día siguiente saldrá otra vez a la calle.
Tía y sobrino se fundieron en un abrazo que inició Crispina.
—Quiero hacerle una pregunta que hasta ahora no me he atrevido —dijo la sanadora, borrando la sonrisa de su cara—. ¿Cómo es posible que, en una explosión así, usted no haya tenido ninguna herida superficial?
—Créame —contestó Andris—, si tuviera una respuesta se la diría. Supongo que no había llegado mi hora.
—Puede ser… —reflexionó la sanadora, aunque no parecía conforme con esa teoría—. En fin, les dejo solos para que puedan hablar con intimidad.
—Qué bien —dijo Crispina cuando la sanadora cerró la puerta, sin soltar la mano de su sobrino, tratándolo como si continuara siendo aquel niño con el que jugaba en su juventud—. Por fin vas a abandonar este sitio. ¿No estás contento?
—Ya lo creo —asintió Andris sin demasiado entusiasmo—. Pero llevo tanto tiempo aquí dentro, que ahora me parece una falsa esperanza que vaya a salir.
—Pero ya has oído a la sanadora .
—Sí, claro que sí —dijo Andris, apretando la mano de su tía cariñosamente.
Tras observar a su sobrino con una sonrisa, Crispina se sentó en el sillón y cambió radicalmente el semblante.
—Hay algo que me preguntaba muchas veces cuando estabas ahí dormido, y que me consolaba a pesar de verte así —admitió ella.
—¿El qué?