Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 3Los fantasmas de la mente #4
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CAPÍTULO 3Los fantasmas de la mente #4

Cuando le llegó el turno a Michelle, Xalara le tocó suavemente el hombro para transmitirle su apoyo.

Ella también estaba nerviosa porque sería la próxima en intentarlo.

No le asustaba la posibilidad de quedar en ridículo delante de todos, eso era algo que ya tenía superado.

Lo que le creaba inquietud era cómo reaccionaría Syliana cuando no le quedase más remedio que dirigirle algunas palabras.

Michelle comenzó bastante bien. Aunque tuvo que pronunciar la fórmula volter un par de veces, consiguió activar ambas.

Dando pasos mucho más largos y rápidos que la mayoría de quienes lo intentaron antes que ella, llegó más o menos a la mitad del recorrido.

Pero en ese punto la esfera se le cayó al suelo y rodó hasta detenerse curiosamente en los pies de Xalara, como si lo hubiera hecho de forma premeditada, sabiendo que era la siguiente.

La recluta se agachó para recogerla, con la atención dividida entre la esfera y Syliana, quien enseguida intervino.

—Vamos a dejarlo por hoy —dijo sin mirar a Xalara, mientras volvía a encender todas las lámparas del auditorio, esta vez haciéndolo físicamente—. En breve sonarán las campanas y quiero decirles algo antes de que se vayan.

Xalara asió con fuerza la esfera y miró enfadada hacia la Lady Maestre, pero esta no le devolvió el gesto.

—Como su Maestre Jefa en funciones, debo informarles de que, a partir del comienzo del segundo semestre, volverán a poder usar el correo para comunicarse con sus familias —anunció, desatando expresiones de alegría entre los reclutas—.

No obstante, todas las cartas enviadas y recibidas serán leídas y examinadas, con el objetivo de que no se incumplan las estrictas reglas de su aislamiento.

Justo en ese momento, sonaron las cuatro campanadas rápidas y cortas que señalaban el cambio de instrucción, y todos se pusieron en marcha para desplazarse a la siguiente.

Xalara, harta de su situación con Syliana, y teniendo aún la esfera de madera en la mano, aprovechó para rezagarse un poco, haciéndole un gesto a Michelle para indicarle que no la esperara.

Luego se acercó por detrás a la anciana.

—Lady Maestre —dijo—. Tome la esfera.

—Ah, gracias —reaccionó ella, y se la quitó de la mano casi sin volverse hacia la recluta.

—Lady Maestre —repitió Xalara—. ¿Puedo hablar con usted?

—Lo siento, pero ahora no tengo tiempo —se excusó, y se marchó tan deprisa que Xalara dudó de si ella misma podría hacerlo tan rápido.

Cuando salió al pasillo, Michelle estaba esperándola.

—¿Y bien? —preguntó con una sonrisa.

—Nada —aclaró Xalara sin detenerse.

Por la noche, en el comedor, su amiga insistió.

—Pero ¿no te dijo nada más? —inquirió en un susurro para no atraer la atención de los supervisores de comedor, que caminaban patrullando alrededor de las cinco mesas.

—Ya te lo he dicho —ratificó Xalara, más alto de lo que quería.

—¡Silencio! —gritó uno de los supervisores, quienes normalmente permitían una o dos advertencias antes de castigar a quien hablaba, enviándolo al calabozo.

—¿Y no te dijo que ya hablaríais más tarde o algo ?

—Te contesto lo mismo que las mil veces anteriores: no.

Xalara se levantó de la mesa, harta de la insistencia de Michelle, que al parecer no terminaba de creer a su amiga.

Después de entregar la bandeja salió al pasillo.

En el mismo lugar donde la pared se había tragado a Eizan, y con la cara envuelta en la sombra, estaba apoyada una recluta bajita y delgada.

—¿Qué ocurrió en realidad con Eizan Maguair? —preguntó cuando Xalara pasaba frente a ella.

—¿Cómo dices? —respondió, deteniéndose.

—¿Qué pasó ahí abajo? —insistió con determinación—. ¿Es verdad lo que nos han dicho, o han distorsionado la realidad como hacen siempre que les interesa? Sé que tú lo sabes.

—Perdona —dijo Xalara—, pero ¿quién eres?

—Me llamo Greis Maguair —contestó la chica saliendo de la sombra, revelando un rostro afilado, con un cabello castaño y algo enmarañado—. Soy la hermana de Eizan.

Xalara se quedó sin palabras durante un momento.

—No sabía que tuviese una hermana aquí dentro —dijo finalmente—. Supongo que sois mellizos.

—Tiene seis hermanos —apuntó Greis con cierto descaro—. Y no, no somos mellizos, pero solo nos separan diez meses, y los dos teníamos dieciocho años cuando se produjo el reclutamiento.

Aquello era desconcertante, pero Xalara no se permitió pararse a pensar en esa curiosidad.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó ella, temiendo la respuesta, tanto que su corazón bombeaba a máxima velocidad.

—No tengo ni idea —respondió cortante, pero también como si no le importara en absoluto—. No puedo comunicarme con el exterior    —añadió con un tono de obviedad, y además como si Xalara tuviese la culpa.

—Pensé que, en casos así, serían más flexibles —especuló ella, algo avergonzada, tratando de solucionar su actitud cobarde.

—Pues ya ves que no. ¿Qué pasó allí abajo ?

—Ya te lo habrán contado —declaró Xalara—. No hay nada nuevo que yo pueda decirte. Lo siento.

Luego se marchó, o más bien huyó de la escena.

Habían transcurrido meses sin que le hubiera pasado nada especialmente destacable en Lúgardark, pero en menos de veinticuatro horas se habían concentrado varias desagradables circunstancias, y lo único que deseaba era meterse en su cama y esperar a que todo volviera a ser como antes, aunque eso tampoco fuera alentador.