Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 3Los fantasmas de la mente #2
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CAPÍTULO 3Los fantasmas de la mente #2

Todo estaba en silencio, solo roto por el incesante y acompasado sonido de un segundero. Pero lo más inquietante era que no parecía provenir de una fuente externa, sino que lo sentía como si el mecanismo de un reloj hubiera sustituido los latidos de su corazón.

Pasó el tiempo sin que pudiera hacer nada salvo observar la sala desde el mismo punto y escuchar ese perturbador « tic-tac » dentro de su cráneo. Incluso llegó a hacerse de noche. Fue entonces cuando el sonido del segundero aceleró hasta quintuplicar su ritmo anterior.

No tardó en abrirse una puerta situada en la pared de su izquierda, por la que entraron dos personas, una de baja estatura y otra bastante alta, ambas con la cara oculta por una máscara negra y un abrigo largo del mismo color.

El símbolo que mostraban en un brazalete colocado a la altura del bíceps los delataba como herederos.

Xalara lo supo enseguida: eran Briana y Jerom Kéitel. Se centró en comprobar si llevaban la espada que le habían robado y, especialmente, el libro que había perdido. La muchacha quiso hablarles, pero, como ocurría con sus movimientos, tampoco era dueña de sus palabras.

—Buenas noches, señor —saludó Briana, levantando la vista para mirar hacia la muchacha.

«¿ Me está hablando a mí ?» —pensó Xalara, estupefacta.

—Señor —pronunció Jerom, haciendo además una pequeña reverencia .

Xalara se estaba asustando cada vez más. Todo aquello carecía de sentido, como si ella misma fuese… Pero eso era imposible.

—¿Habéis podido contactar? —preguntó con ansiedad una voz espectral que nació en sus cuerdas vocales, aunque ella no había dicho nada—. Tiene que enterarse cuanto antes, es muy importante que así sea. No podemos retrasarlo.

—Orsius se está encargando —explicó Briana, empleando un tono que sonaba molesto.

« ¿Orsius? » —pensó Xalara—. « ¿De qué le sonaba ese nombre? »

—Bien —dijo la voz que salía desde ella.

—Se… señor, disculpe —musitó Briana, acercándose un poco, bajo la mirada tuerta y asustada de su hermano—. No quiero que me malinterprete, pero… ¿Cree sensato confiar en él?

—Sí, por supuesto —respondió, y esta vez Xalara percibió un deje de amenaza.

—No creo que sea necesario para alcanzar nuestro objetivo prioritario —continuó Briana—. Lo… lo siento, pero, después de lo que considero una gran traición, no puedo fiarme de él.

—No es necesario que lo hagas —aseguró la voz espectral—. Fíate de mí, y eso será suficiente.

—Siempre —aclaró Briana con determinación, y acto seguido su hermano dijo algo que sonó parecido—. Ya conoce mi lealtad, todo lo que he hecho por usted —añadió la heredera.

—Todo eso forma parte del pasado —refutó la voz espectral—. Esto que estamos viviendo ahora es el comienzo de algo nuevo.

—Estoy de acuerdo —asintió la melliza Kéitel, aunque sus ojos sugiriesen lo contrario.

—Es cierto que podría habértelo ordenado a ti —dijo la voz—. No voy a negar que tú eres una de mis más fieles seguidoras, y sin duda una de mis mejores soldados. Pero tú y tu hermano me habéis fallado, y no lo puedo pasar por alto.

—Señor, lo sentimos mucho, pero hicimos todo lo que estaba en nuestra mano para satisfacerle —aclaró Briana—. Si no hubiera sido por culpa de Eslamánder lo habríamos conseguido antes .

—¡Deja de culpar por tus fallos a alguien que ya no puede defenderse! —tronó la voz, estremeciendo a los Kéitel, que retrocedieron, seguramente de forma inconsciente. Jerom sollozó—. Nunca os perdonaré que le hayáis quitado la vida. Así que no vuelvas a pronunciar su nombre.

—Lo siento —se disculpó de nuevo Briana, esta vez incapaz de mirar hacia Xalara.

—Tengo mis motivos para creer en él —insistió la voz—. No quiero volver a oír réplicas a mis decisiones. No toleraré ningún acto más de sublevación, por mínimo que sea.

—Sí, señor —dijo Briana, y su mellizo la imitó enseguida—. Castíguenos si lo considera necesario —añadió—. Estamos listos para pagar por nuestros errores.

Jerom murmuró algo que Xalara no pudo entender.

—Por supuesto —dijo la voz espectral—. Acercaos a mí.

Los mellizos no tardaron en obedecer.

—Quiero que antes sepáis que no me complace en absoluto haceros esto —explicó la voz.

Xalara pudo comprobar cómo Jerom no dejaba de mirar a Briana mientras ella aferraba su mano.

De un momento a otro, Xalara sintió que algo tan frío como el hielo nacía en sus propias entrañas.

Era semejante a lo que sufrió durante el ataque de los nukternozes en Yadarme, pero esta vez el proceso fue inverso.

Una nube negra se manifestó ante sus ojos, dividiéndose en dos mitades que envolvieron con rapidez a Briana y Jerom Kéitel; aunque no penetró en sus bocas como era lo esperado.

Los mellizos no se soltaron la mano mientras sus cuerpos se sacudían violentamente a causa del sufrimiento.

Solo duró unos segundos y cayeron al suelo, sin fuerzas para levantarse.

Justo cuando la nube negra se disipaba, la vista de Xalara comenzó a girar al mismo ritmo que marcaba el segundero del reloj instalado en su interior, distorsionando la visión de la sala hasta que, por fin, sintió que se liberaba .

Vomitó cuando abrió los ojos, salpicando a Michelle, que estaba arrodillada a su lado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó sin apartarse.

La mayoría de sus compañeras también la observaban desde las literas.

Jadeando y sudando, Xalara comprobó que estaba boca arriba, tendida sobre las frías losas del dormitorio. Las marcas que le había dejado Érmul Nórebol en las muñecas le escocían como si fueran dos quemaduras, e incluso tenían ampollas.

La luz acababa de encenderse cuando se escuchó la estridente voz de la supervisora.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó—. ¿Qué haces en el suelo, Verdreven?

—Nada —respondió con la voz temblorosa, esforzándose por ocultar con la manga del pijama sus doloridas muñecas—. He tenido una pesadilla y me he caído de la cama.

La supervisora no le replicó, sino que fijó su atención en el vómito. Aunque escaso, era llamativo, sobre todo tras lo ocurrido unos meses atrás.

—Volved a dormiros —ordenó con su habitual tono de reprimenda—. Y vosotras dos, levantaos y limpiad esa porquería. No quiero escuchar ni un mínimo ruido hasta que suene el maravilloso repiqueteo de campanas.

La supervisora se alejó y volvió a apagar la luz del dormitorio.

Xalara se incorporó entonces con la ayuda de Michelle, que seguía observándola con evidente preocupación, ya envueltas por una oscuridad casi completa.

Juntas y en silencio se dirigieron hacia el baño y encendieron la luz. Michelle se acercó a la esquina donde guardaban las fregonas. Xalara, en cambio, se apresuró hacia los lavabos para poner sus muñecas bajo el alivio inmediato que le proporcionó el agua congelada.

Se miró en el espejo. Una chica de pelo oscuro y ojos marrones le devolvió la mirada. Su expresión rezumaba desconcierto y pavor por lo que acababa de sucederle. Luego estudió detenidamente las marcas en sus muñecas, que parecían recobrar poco a poco su aspecto habitual.

—¿Qué te ha pasado antes? —preguntó Michelle, acercándose por detrás con una fregona en la mano, mirando a Xalara a través del espejo. Eso le produjo un pequeño susto, pero no se lo recriminó—. Y no me mientas, por favor.

—He tenido una pesadilla —respondió, aunque sin tenerlo claro.

—Nunca he visto a alguien soñar de esa manera —opinó Michelle, con evidente recelo.

—¿A qué te refieres? —cuestionó Xalara, girándose hacia su amiga, temiendo su explicación.

—No te movías —dijo—. Quiero decir… Tenías los brazos pegados al tronco y las piernas juntas. Te agarré un brazo y fui incapaz de levantarlo, como si estuviera soldado. Y al despertar has vuelto a vomitar esa cosa blanca —finalizó, señalando las salpicaduras en sus pijamas.

—Tengo miedo —reconoció Xalara al cabo de unos segundos.

—¿De qué?

—De que vuelva a sentir esa presencia en las paredes, el suelo… en todas partes —explicó, mirando nerviosamente a su alrededor.

—Pero acabamos con él, lo vimos arder —aclaró Michelle.

—¿Y si Víncel Rétfor o ese medio nukternoz solo era una pequeña parte de algo mucho más grande? —expuso Xalara.

—¿Te refieres a los nukternozes que viste en tu pueblo?

—No exactamente —refutó—. Aunque estoy segura de que aquella noche dejaron algo dentro de mí que me conecta a ellos de alguna forma.

—Eso ya lo hemos hablado y, sinceramente, quizá no sea tan malo como parece —dictaminó Michelle, haciendo gala de su peculiar capacidad para restarle importancia a situaciones negativas—.

Puede que hayas adquirido la habilidad de saber cuándo están cerca, y eso te ofrece una gran ventaja para prevenir un posible ataque.

Negando con la cabeza, Xalara decidió arremangarse para mostrarle sus muñecas .

—¿Crees que es normal que después de meses las marcas sigan estando aquí?

—No, no lo es —admitió Michelle—. Pero…

—¿Y si te digo que me escocían muchísimo y tenían ampollas cuando me he despertado? —dijo Xalara.

—Pero no tienes ampollas —repuso Michelle tras echarles un breve vistazo.

—Se me han quitado con el agua fría —aclaró Xalara, perdiendo la paciencia ante las denegaciones de su amiga.

—Pero ¿estás segura de que tenían ampollas? Es posible que haya sido un producto de tu imaginación, o una secuela producida por la pesadilla. A mí a veces me pasa que, incluso tras un rato despierta, me cuesta distinguir el sueño de la realidad.

—No lo entiendes —protestó Xalara—. O más bien te niegas a ello. Pero las pesadillas ya no son únicamente parte del sueño, son reales, y tienen un nombre.

Xalara se marchó molesta, esquivando a su amiga después de arrebatarle la fregona que portaba. Michelle se quedó inmóvil, como si reflexionara sobre lo que acababa de escuchar.

Tras limpiar los restos del vómito, ambas se metieron en la cama, sin cruzar ni una sola palabra más.

Xalara volvió a recordar lo que había soñado, si es que en verdad se trató de un sueño. No podía descartar ninguna posibilidad, ni siquiera la más aterradora de todas las que se le ocurrían y, sin embargo, la que creía más posible dado lo sucedido y lo sentido en ese momento.