CAPÍTULO 3Los fantasmas de la mente
Los fantasmas de la mente
Hacía casi dos meses que el otoño había llegado a Lúgardark. Aunque podría parecer irrelevante en un lugar donde el clima siempre era adverso, las malas condiciones se habían agravado.
Los auditorios y el comedor mantenían las chimeneas encendidas.
Aunque era insuficiente, lo compensaban con los uniformes invernales que les proporcionaron al comienzo del mes de noviembre.
No ocurría así en los dormitorios y los baños, desprovistos de una fuente de calor.
Tampoco en los largos pasillos, convirtiendo los cambios de instrucción en trayectos interminables.
En el exterior la niebla continuaba siendo impenetrable, pero ahora congelaba todo aquello que tocaba, creando ese peculiar fenómeno atmosférico llamado cencellada. Atractivo para la vista, pero insoportable para unos cuerpos ya de por sí castigados por la dureza de la EDMO.
Las jornadas de lluvia, casi inexistentes durante el verano, ahora se habían convertido en algo habitual, llegando a caer aguanieve en varias ocasiones.
Otro problema era que la mayor parte de las horas transcurrían de noche. Hasta el solsticio de invierno la oscuridad continuaría sumando minutos, y para eso quedaba más de un mes .
Aquella mañana de noviembre, los reclutas del Noroeste salían del auditorio después de recibir una nueva instrucción teórica de Historia Militar, impartida por el veterano maestre Aldo Rénir.
Una mano se posó sobre el hombro de Xalara Verdreven mientras transitaba absorta por el pasillo. Ese contacto activó su alterado instinto de alerta y se giró para lanzar un puñetazo.
—Eh, tranquila. Soy yo —dijo Michelle Nédelen, que tuvo que esquivar el golpe, desatando algunas risas a su alrededor.
—Lo siento, no pretendía… —aseguró Xalara antes de reemprender la marcha, azorada por haber intentado agredirla.
—¿Estás bien? —preguntó Michelle, teniendo que acelerar el paso para caminar a su lado.
—Sí, no te preocupes —mintió Xalara—. Es que me has asustado.
—Ya sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea —aseguró.
—Estoy bien, Michelle, ¿vale? —protestó Xalara, deteniéndose frente a su amiga, que no insistió.
Muchas cosas habían cambiado para Xalara desde que se enfrentara junto a Michelle a aquel medio nukternoz en los túneles que discurrían bajo el centro de formación militar, resolviendo el misterio de las inexplicables desapariciones de reclutas.
A pesar de haberles salvado la vida a muchos de ellos, sus compañeros seguían menospreciándola.
La verdad es que nadie, excepto los maestres, conocía lo que realmente sucedió.
Xalara y Michelle tampoco habían hablado apenas del tema en esos meses, especialmente porque Xalara se lo recriminaba cada vez que su amiga lo sacaba a colación.
Continuaba siendo demasiado traumático para ella, y creía que, evitándolo, le permitiría borrarlo de su memoria.
No obstante, las marcas que Érmul Nórebol le había dejado en las muñecas tras sujetarla en aquella visión del pasado seguían sorprendentemente intactas, como si acabaran de producirse.
Lo que Xalara más recordaba de aquella aterradora experiencia, aunque le costara reconocerlo, era el cuerpo destrozado de Eizan Maguair.
Él fue el verdadero motivo por el que había bajado hasta esos túneles y, si bien consiguieron sacarlo con vida, no tenían ni idea de cómo se encontraba en la actualidad, puesto que nadie les decía nada y no tenían permitido preguntar sobre cualquier asunto que estuviera fuera de los muros de Lúgardark.
La probabilidad de que hubiese muerto era bastante alta, y ese pensamiento la consumía por dentro.
Por la tarde, bajo la luz de los potentes focos que iluminaban la instrucción de Combate, la odiosa maestre Gúlfrica Estéinar puso a los reclutas del Noroeste a disparar haces de luz contra un grueso muro, pintado con marcas que servían de diana.
Aunque era una de las mejores lanzadoras, Xalara sentía los dedos tan entumecidos a causa del frío que le resultaba imposible apuntar con certeza.
Cuando se detuvo para intentar calentarse las manos con el aliento, la maestre se acercó por detrás.
—¿Tienes frío, Verdreven? —preguntó, lo suficientemente alto para hacerse oír por encima de las múltiples explosiones.
Gúlfrica parecía no tenerlo, dado que vestía el mismo uniforme utilizado en verano; la única diferencia era que ahora no lo tenía arremangado. A menudo, Xalara se planteaba la posibilidad de que no fuera humana.
—Para nada —respondió la recluta, sin girarse para mirarla, y volvió al entrenamiento, con la suerte de acertar justo en el centro en su siguiente ataque, consiguiendo que la maestre se alejara.
Después pasó algo extraño.
Tras sacudir nuevamente la espada, mientras el haz de luz volaba hacia el muro, Xalara visualizó a Eizan delante, siendo el inminente receptor del ataque. El destello impactó en el centro de su pecho y el chico cayó hacia atrás, salpicando sangre.
Xalara comenzó a ver puntitos luminiscentes, el aire abandonó sus pulmones y sus piernas se volvieron incapaces de sostener el peso del cuerpo. Estaba segura de que iba a entrar en una de sus visiones del pasado. Pero no fue así, como había ocurrido desde que Érmul Nórebol la tocó.
Lo siguiente que vio fue la cara de Gúlfrica, mirándola desde arriba con un gesto inexpresivo. Xalara se incorporó, exhalando como si acabara de ascender a la superficie de un lago .
—¿Qué ocurre, Verdreven? —preguntó la maestre.
Esta vez no se percibió ironía en su voz.
—Nada —respondió jadeando, todavía sentada en el suelo y mirando fijamente el lugar donde unos segundos antes había estado Eizan—. Me he tropezado —añadió mientras terminaba de ponerse en pie, un poco mareada.
—Es lo que tiene ser una inútil —dictaminó la maestre antes de alejarse con una de sus inertes sonrisas.
Xalara volvió al entrenamiento entre las miradas de algunos de sus compañeros, que se habían parado, atraídos por su caída.
—¿Qué te ha pasado antes? —preguntó Michelle después de la instrucción, cuando se trasladaban hacia el gimnasio, donde las esperaba la maestre Brenda Lenders.
—Tropecé —contestó Xalara, usando un tono que le restaba importancia—. Tenía mucho frío y supongo que las piernas me fallaron —agregó al percibir que no la creía, porque ella ya la había visto en otras situaciones parecidas.
—¡Deja de mentirme! —protestó Michelle, al parecer harta del comportamiento disuasorio por parte de su amiga, que se detuvo.
Las dos se quedaron rezagadas respecto a sus compañeros, que continuaron su marcha tras mirarlas con gestos de burla y algún que otro comentario en voz queda.
—He visto a Eizan —admitió Xalara—. Y no es la primera vez que me ocurre desde esa noche.
—¿Cómo que lo has visto? —preguntó Michelle, con los ojos tan abiertos como platos—. ¿En una de esas visiones del pasado?
Xalara hizo un gesto de negación antes de explicar:
—Cuando he lanzado el haz de luz, Eizan fue quien lo recibió en el patio.
—Pero eso es imposible —negó Michelle con una sonrisa nerviosa.
Después de todo lo que habían vivido juntas, seguro que ya no era tan escéptica respecto a lo que dijera Xalara, por muy sorprendente que resultara .
—Ya sé que no lo vi realmente —aclaró—. Pero lo viví como algo real; así son los traumas. Una vez lo leí en un libro de la biblioteca.
Michelle se le quedó mirando en silencio con una expresión de complicidad.
—Tienes que pedir ayuda —dijo—. Deberías contárselo a alguien. Alguien más que no sea yo, quiero decir —explicó innecesariamente.
—No creo que nadie pueda ayudarme en esto.
—Tal vez la Lady Maestre —sugirió Michelle—. Esa mujer ha vivido mucho. Seguro que ha tenido experiencias similares a las tuyas.
—¿Enfrentarse a un medio nukternoz creado a partir de un recluta en una cueva? —contestó Xalara con ironía.
—Puede que eso no, pero sí algo que se le asemeje en cuanto a nivel de trauma. Además, se lleva bien contigo, ¿no?
—La Lady Maestre no me habla desde que tuvimos aquella reunión tras todo lo ocurrido —lamentó Xalara, recordando la extraña reflexión que le hizo después de contarle que podía ver escenas del pasado—.
¿No te has fijado en que nunca me pregunta nada o me hace intervenir en la instrucción de Arlasofía ?
—No me había parado a pensarlo —admitió Michelle tras un momento—, pero ahora que lo dices… tienes razón.
Xalara abrió y estiró las manos en un gesto esclarecedor.
—Me da igual —insistió Michelle, recuperando su característica intensidad—. Tienes que acercarte a ella después de una instrucción y decírselo.
—Olvídalo, ¿vale? —dijo Xalara tras rumiarlo unos instantes—. Llevo toda la vida luchando contra mis cicatrices emocionales, y esta solo será una más que engrosará la colección.
Haber estado charlando, hizo que las dos amigas se retrasasen tanto que llegaron tarde a Formación Física, por lo que la maestre Lenders las castigó a correr al trote alrededor del perímetro del gimnasio durante toda la instrucción.
Esa misma noche, Xalara se encontraba en una sala alargada cuyas paredes estaban casi cubiertas por enormes espejos.
A un metro de sus ojos, aunque a una altura más baja, se hallaban una mesa lustrosa y unos sillones de cuero escarlata.
Más allá distinguió algunas sillas y un gramófono de bronce que reposaba sobre una mesa pequeña, al lado de una puerta.
Había más objetos, pero la penumbra reinaba y la vista no le alcanzaba para más.
No era completamente de noche allí, porque, por el escaso espacio que permitían las cortinas cerradas, se apreciaba la melancólica claridad de un anochecer otoñal.
Estaba convencida de que, después de meses, se encontraba en una de sus visiones del pasado.
Sin embargo, no había tocado nada relacionado con ese lugar, y tampoco había estado nunca allí.
Además, cuando intentó desplazarse, aunque fuera de manera ingrávida, no pudo hacerlo: sentía que todas las extremidades de su cuerpo eran una sola unidad, como un bloque compacto.