CAPÍTULO 2La guardiana #4
Syliana notó que la mirada de la presidenta era vacilante, sin rastro de su habitual gesto intimidatorio.
También recordó que la primera vez que se reunió con ella en ese mismo despacho, cuando le solicitó ser la Lady Maestre de Lúgardark, tomaba una taza de té.
Algo había cambiado: las noticias provenientes de la capital eran ciertas.
—Lo único destacable que debo decirle —comenzó Syliana sin sentarse—, es que Lúgardark ya tiene nueva guardiana para el comienzo del segundo semestre.
—¿Qué quiere decir con eso? —inquirió la presidenta, volviéndose hacia ella como si despertara de un letargo.
—Que he cubierto el puesto vacante de guardiana —explicó Syliana con un tono de obviedad, temiendo que la presidenta reclamase al capitán de su Escolta para ordenarle que la ejecutara allí mismo, como hizo con aquel hombre durante el acto oficial de su toma de posesión.
—¿Con qué potestad? —preguntó Crispina sin alterarse, aunque parecía a punto de hacerlo.
—Soy la Lady Maestre —argumentó Syliana, midiendo cuidadosamente el tono de sus palabras .
—Y eso le da derecho a elegir a sus maestres, pero no al guardián —aclaró Crispina, dándole un buen trago a la copa, que parecía ser un eficiente remedio para sus nervios—. ¿A quién ha designado y por qué?
—A Ozora Dein —informó—. No sé si la conoce.
La presidenta observó a la nonagenaria anciana como sospechando que estuviera burlándose de ella, y estiró la comisura de sus labios en algo parecido a una sonrisa, antes de decir:
—Todos saben lo que fue la hija de los Dein, igual que antes su padre.
—Fue juzgada por ello y absuelta de sus delitos —se apresuró a aclarar Syliana, que ya tenía preparada la respuesta.
—Sí, por usted misma —contrarrestó Crispina.
—Eso no le quita valor —reiteró—. Además —la anciana hizo una pausa, en la que dudó si seguir hablando—, seguro que no será peor que el anterior guardián. Usted y yo sabemos qué pasó con él, lo que intentó hacer y por qué.
—He de admitir que me resultan cómicas sus disfrazadas amenazas, Meistre —declaró la presidenta sin inmutarse, aunque parecía (como en todo momento durante la conversación) a punto de estallar—.
Quizá crea que no puedo echarla ahora de Lúgardark, pero hay mil formas distintas para deshacerme de usted.
—No me cabe duda —asintió Syliana—. En cuanto al tema de elegir un nuevo maestre de Arlasofía para sustituir al malogrado Viggo Estrango —añadió deprisa, tratando de encauzar la conversación hacia sus propios intereses—, debo reflexionar sobre si continúo haciéndolo yo misma o busco a alguien que ejerza ese cargo.
—Me trae sin cuidado lo que haga al respecto —dijo Crispina sin miramientos, dejándose caer sobre uno de los sillones con una actitud infantil.
—Bien —asintió Syliana, confusa por el comportamiento de la presidenta—, en ese caso…
La anciana se dio la vuelta para dirigirse hacia la puerta .
—Nadie me da la espalda —soltó Crispina, provocando que Syliana se volviese hacia ella—. ¿De verdad crees que puedes conspirar contra tu presidenta e irte sin ninguna consecuencia?
—¿Conspirar? —cuestionó Syliana, exagerando su desconcierto.
—Has tomado una decisión que no te compete, ese es un perfecto ejemplo de conspiración.
—No estoy en absoluto de acuerdo con su reflexión —aseguró Syliana—. Cuando tomé el cargo de Lady Maestre juré hacerlo lo mejor posible, y por eso he nombrado a Ozora Dein. Aunque le pido disculpas por no haberlo consultado con usted antes. No quería molestarla.
—¿De verdad crees que ponerla a ella es una buena decisión?
—Sí, lo creo —afirmó la anciana, tajantemente—. Ozora es una mujer que conoce todos los extremos del comportamiento humano. Considero que es un excelente ejemplo para los jóvenes.
—Lo cual demuestra que no estás capacitada para el cargo que ostentas —insistió la presidenta—. Aunque eso no sea ninguna novedad —añadió, sin duda buscando irritar a Syliana para que cometiera un error y tener así una buena justificación para castigarla.
—Me alegra ver que se ha recuperado —dijo la anciana, creyendo que marcharse era el mejor bálsamo—. Buenas tardes.
Syliana volvió a girarse y caminó deprisa hacia la puerta.
—¡¡Capitán!! —gritó Crispina.
Gustavo Zorien no tardó en entrar, deteniendo la marcha de la anciana al ponerse frente a ella.
—Nadie me da la espalda —aseveró una vez más Crispina, levantándose del sillón sin soltar su copa.
—¿Va a ordenarle que me ejecute? —preguntó Syliana, aparentemente calmada, aunque los nervios se habían apoderado de su cuerpo.
Crispina paseaba rápidamente la mirada de la cara de Syliana a la de Gustavo, quien tenía una mano sobre la empuñadura de su todavía envainada espada.
—Dé la orden entonces —instó la Lady Maestre, sin apartar los ojos de la presidenta, echándole un pulso moral—. Ya he vivido lo suficiente. Si ha llegado mi hora, que así sea .
La presidenta, tras unos eternos segundos, miró al capitán y le hizo un mínimo gesto de negación con la cabeza. Gustavo separó la mano de su arma y se apartó de la puerta para desbloquearla.
Syliana asintió sutilmente y encaró la salida.
—Muy pronto recibirá noticias sobre una de sus reclutas —anunció Crispina con un tono mucho más jovial.
La anciana ni siquiera se giró para mirarla, tan solo se detuvo un instante y continuó su marcha.