CAPÍTULO 2La guardiana #3
—Ahora vuelvo a preguntarte, y esta será la última vez que lo haga —le advirtió Syliana—. ¿Aceptas el puesto de guardiana de Lúgardark?
—Sí —musitó Ozora, como si tuviera miedo de que su madre estuviese escuchando tras la puerta—. Acepto —enfatizó, llegando a ponerse de pie.
—Me alegra mucho escucharlo —asintió la Lady Maestre, satisfecha—. Empezarás a ejercer en la primera jornada del segundo semestre, es decir, el lunes dieciocho de noviembre. ¿Sabes siquiera qué día es hoy? —agregó al ver su gesto.
—No —reconoció con lamento, apartando la vista al suelo .
—Hoy es siete de noviembre del año 715 —realizó una breve pausa para dejar que Ozora se ubicara y siguió explicando—. El dieciocho cogerás una estación de traslado y viajarás directamente a Lúgardark.
Ozora chasqueó la lengua.
—Pero no tengo dinero para pagarme un billete, y mi madre no va a proporcionármelo.
—Descuida, vendré personalmente a buscarte la noche antes y pagaré tu viaje.
Syliana volvió a meter la mano en el bolso y sacó otra copia del contrato.
—Una vez que lo rellenes y lo firmes, tu madre ya no podrá hacer nada legalmente para oponerse —aseguró, poniendo el documento sobre la temblorosa mano de Ozora—. Solo te pido que lo guardes para que nadie lo encuentre.
—Muy bien, señora —asintió.
—En la parte posterior encontrarás todas tus obligaciones como nueva guardiana de Lúgardark —concluyó la anciana.
Syliana le tendió la mano.
—Ahora tengo que irme. Nos volveremos a ver la noche del domingo diecisiete de noviembre. Cuídate mucho y procura no tomar nada extraño que te den.
—Gracias por todo, señora. De verdad.
—No hay de qué, te lo mereces. Hasta pronto.
Cuando salió de la habitación y bajó las escaleras, vio a la señora Dein de pie en el rellano, mirando hacia arriba con ansiedad.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó sin pretextos.
—Su hija no está en condiciones para desenvolverse en ningún empleo —mintió Syliana con calma, fingiendo una gran decepción.
—Ya se lo advertí —dijo la señora Dein con fiereza y un gesto que parecía de victoria contenida—. Nunca debió venir a esta casa. Espero que ahora tenga el respeto que esta familia se merece y guarde suma discreción sobre lo que ha visto.
—No se preocupe por eso, señora Dein. Tengo edad suficiente para saber qué me conviene .
—Eso espero —asintió ella sin perder el tono amenazante.
Syliana ni siquiera se giró para mirarla antes de enfilar el vestíbulo y salir por la puerta que la sirvienta se apresuró a abrir.
Su siguiente y última parada antes de regresar a Lúgardark la llevó hacia el Palacio de la Sede, donde tenía concertada una audiencia con la presidenta del Gobierno, para informarla, como establecía el protocolo, sobre el final del primer semestre de la EDMO y el comienzo del segundo.
Aunque lo último que le apetecía era reunirse con ella.
Syliana llegó mediante una estación de traslado y cruzó los metros que la separaban de la entrada del recinto vallado, deteniéndose brevemente para observar la hendidura en el suelo que, a pesar de haber sido reparada, aún se notaba después de que una de las manecillas del antiguo Gran Reloj se hubiera clavado allí en la explosión del Salón de Conferencias.
La última vez que estuvo allí los andamios cubrían gran parte de la fachada principal durante las obras de reconstrucción.
La entrada estaba atestada de guardias, quienes de inmediato cachearon a Syliana, que remontó los pocos escalones hasta el acceso abierto y entró en el gigantesco vestíbulo. Por muchas veces que lo hiciera, estaba convencida de que siempre le causaría una fuerte impresión.
—¿Motivo de la visita? —preguntó Cloys, la veterana y anodina recepcionista del Palacio.
—Soy Syliana Meistre, y vengo para una audiencia concertada con la presidenta.
Cloys, sin mirar a Syliana y ajustándose las gafas, revisó su agenda.
—Está bien, pase.
El guardia encargado retiró la cinta que permitía el acceso y Syliana lo cruzó asintiéndole en señal de agradecimiento.
Caminó hacia la nave de la Gran Escalinata y subió hasta el último rellano, donde se encontraba la puerta que conducía hacia el Despacho Presidencial. Allí se apostaba una cara tan conocida como desagradable para la anciana. Esperaba encontrárselo, pero le habría encantado que no fuera así .
—Buenas tardes, capitán —saludó Syliana, esforzándose por no sonar hostil.
—Lady Maestre —respondió Gustavo Zorien con un tono seco, vestido con su impoluto uniforme blanco, adornado por detalles dorados que lo acreditaban como capitán de la Escolta Presidencial—. Veo que aún sigue viva.
—Y yo que todavía continúa protegiendo a su querida presidenta —soltó Syliana—. Me alegro de que al menos pueda ejercer este trabajo tan honorable después de haber sido un hombre pluriempleado.
—Disfruta de una longevidad sin achaques, algo que no es habitual —añadió él—. Seguro que está sentando un precedente. No me extrañaría que los sanadores le preguntasen cuál es su secreto.
—Tengo mis achaques, pero los disimulo bien —explicó Syliana con el mismo tono sarcástico que empleaba Gustavo.
El hombre imitó una sonrisa.
—¿Qué tal por Lúgardark? —preguntó—. Supongo que no debe ser agradable estar allí en otoño. No quiero imaginar cómo será el invierno.
—El frío no importa si se trabaja rodeado del calor humano, sobre todo cuando has podido arrancar las malas hierbas que infectaban el jardín.
El capitán tensó la mandíbula, y Syliana creyó que iba a agredirla, pero enseguida relajó la expresión.
—Supongo que está aquí para ver a la presidenta —dijo él.
—Sí, exacto.
Sin postergarlo más, Gustavo abrió la puerta que tenía a su espalda, aunque sin retirar el contacto visual con Syliana, quien tuvo que esquivar al capitán forzosamente para acceder.
Subió las rectas escaleras tapizadas en terciopelo rojo y se encontró frente a la entrada del Despacho Presidencial. Antes de tocar en ella, tuvo que buscar en su interior una tranquilidad que la había abandonado.
—¡Adelante! —gritó una voz tras escuchar los golpes .
Syliana abrió con delicadeza y entró en la amplia estancia, donde no parecía haber nadie pese a que alguien había contestado.
Rápidamente reparó en que los retratos al óleo de los cuatro primeros presidentes del Gobierno habían desaparecido para dejar paso a una fotografía de Crispina Streif y otra de su sobrino, colocadas a ambos lados de la puerta.
Desde uno de los dos sillones situados frente a la encendida chimenea se elevó la figura de la vicepresidenta Sarah Corman.
—Bienvenida, Lady Maestre. Es un gusto recibirla.
—El placer es mío —respondió Syliana, mintiendo con la misma soltura.
—Pero, por favor, no se quede ahí parada.
La anciana caminó hasta los sillones, donde la vicepresidenta estrechó su mano.
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó, señalando el mueble bar a su espalda.
—No, muchas gracias. La presidenta…
—Crispina se encuentra algo indispuesta esta tarde —explicó Sarah—. Me ha pedido que me encargue personalmente de atenderla.
—Vale —asintió Syliana, acompañando su respuesta con un gesto despreocupado.
—Entonces tome asiento, por favor —dijo la vicepresidenta mientras ella hacía lo propio—. Infórmeme sobre Lúgardark.
Syliana no contestó enseguida, porque por un momento pensó que todo sería mejor y más fácil si Sarah fuera realmente la presidenta.
Cuando iba a hablar, unos pasos resonaron desde la escalera de caracol que comunicaba las diferentes plantas de los aposentos presidenciales. Sarah se puso en pie y la anciana la imitó, pero más despacio.
Crispina Streif subía por la escalera.
Parecía haber envejecido varios años en pocos meses. Estaba aún más delgada y su columna se había encorvado hacia adelante. Además, le habían surgido unas sombras violáceas alrededor de los párpados. Incluso a Syliana le pareció que su piel había adquirido un tono ambarino .
—Presidenta —dijo Sarah con una amplia sonrisa—. Me alegra verla recuperada.
—Déjanos solas —le ordenó cuando sus dos pies tocaron el suelo del Despacho.
La vicepresidenta obedeció, no sin una mueca de fastidio, pasando al lado de Crispina, quien no la miró cuando Sarah buscó su complicidad antes de salir.
—¿Qué tal se encuentra? —preguntó Syliana con fingida deferencia—. Me dijeron que no estaba demasiado bien.
—No haga como si le importara mi salud —respondió Crispina con frialdad mientras se llenaba una copa de licor y la vaciaba de un solo trago para volver a rellenarla—.
Yo no le gusto, ni usted me gusta a mí, quedó claro desde nuestra primera conversación.
Así que cuénteme lo que tenga que decirme y vuelva a su puesto de trabajo.