CAPÍTULO 2La guardiana #2
—Creo en el talento de Ozora —explicó Syliana sin tapujos—.
Pienso que es la persona adecuada para el puesto que vengo a ofrecerle en Lúgardark.
Como podrá imaginar, yo sé mejor que nadie lo que es sufrir una injusticia.
Por eso, cuando me tocó juzgarla en aquel oscuro momento, Ozora fue liberada de todos sus cargos.
—Sabiendo qué ocurrió después y cómo le ha afectado, le soy sincera si le digo que quizá habría sido mejor otro veredicto para ella —reconoció su madre.
—Ozora tuvo el veredicto que se merecía —afirmó rotundamente Syliana.
La señora Dein negó en silencio.
—Estoy segura de que usted, por mucho que sepa o haya escuchado, no alcanza a imaginar la realidad de lo que ha padecido mi hija —dijo al borde del llanto—.
Nadie queda libre de una mancha tan oscura como esa.
Toda la sociedad conoce los nombres y rostros de sus verdugos, y es así como la han tratado a ella —hizo una pausa—.
Ozora no está preparada para ningún empleo; esa es la verdad.
Hace cosas muy raras. Nunca sale de su habitación.
El servicio siente pánico cuando entra para darle la comida.
Yo misma le tengo miedo a mi hija, si le soy sincera .
Al decirlo, toda la fortaleza que derrochaba la señora Dein se diluyó como un terrón de azúcar en el café.
—¿Está… enferma? —preguntó Syliana, comenzando a arrepentirse de estar allí.
—Ozora ha intentado suicidarse en un par de ocasiones —afirmó su madre—. La segunda vez estuvo a punto de conseguirlo, de no ser porque el jardinero la vio a través de la ventana mientras podaba los árboles del jardín trasero.
—Siento mucho todo eso —dijo Syliana con sinceridad, y respiró hondo antes de soltar lo siguiente—. Aun así, sigo decidida a ofrecerle el puesto de trabajo.
La señora Dein, que antes se mostraba satisfecha, como si hubiera convencido a Syliana para que desistiera en su empeño, compuso un gesto que parecía de rendición antes de preguntar:
—¿Está segura?
—Sí, lo estoy —afirmó la anciana sin vacilación.
—En ese caso, acompáñeme —dijo la señora Dein—, la guiaré hasta su dormitorio.
Salieron del estudio y subieron unas escaleras de granito, simples pero lujosas. En el rellano, Syliana pudo ver una foto enmarcada de Freiser Dein, marido de la señora.
—Es aquí —anunció la mujer, deteniéndose en la segunda puerta del pasillo que acababan de enfilar—. Debo hacerle una última advertencia. No sé cómo va a reaccionar mi hija. Puede que resulte agresiva.
—De acuerdo —asintió Syliana, tragando saliva involuntariamente—, me arriesgaré.
La señora Dein miró a la anciana, como aguardando ansiosamente una negativa a su intención de cruzar el umbral del dormitorio. Sin embargo, al no recibir lo que esperaba, se marchó por las escaleras, como si no quisiera ser testigo de cuanto pudiera pasar.
A Syliana le producía reparo tener que entrar allí, pero tampoco iba a echarse atrás después de todo. Aunque ya no estaba tan convencida de ofrecerle el empleo, sí quería al menos hablar con Ozora Dein y comprobar si todo aquello que había escuchado y ahora refrendado por su madre era cierto.
La anciana accionó el pomo de la puerta y la empujó muy despacio, teniendo que tomar aire para decidirse a abrirla del todo.
Dentro reinaba una oscuridad casi absoluta.
Las cortinas permanecían corridas y el aire viciado penetró en sus fosas nasales.
Era imposible certificar que hubiese alguien allí.
Pensó en activar la fórmula volter para encender sus dedos, pero finalmente decidió pulsar el interruptor que había al lado de la puerta.
Enseguida, la luz de una lámpara metálica iluminó el dormitorio o, más bien, un escenario de auténtica devastación.
Estaba todo desordenado y destartalado. Algunos libros yacían desparramados por el suelo, además de numerosas páginas sueltas y rotas esparcidas caóticamente.
Había ropa tirada y hecha jirones en diferentes rincones.
En una de las esquinas de la habitación, platos de comida vacíos, aunque manchados, se apilaban en una columna a punto de desmoronarse.
Un reloj en la pared que daba la impresión de haberse parado hacía mucho tiempo tenía la esfera rota y las manecillas dobladas hacia afuera.
En las escuadras de la chimenea existían telas de araña que denotaban su desuso.
En la cama, tapada hasta arriba, se suponía que se encontraba Ozora Dein: habría sido imposible adivinar que era ella de no ser por la larga longitud de su cuerpo.
—Hola, Ozora —dijo Syliana titubeante—. ¿Cómo estás?
No recibió respuesta, ni tampoco percibió sonido o movimiento alguno por parte de la aludida.
La anciana comenzó a acercarse despacio hacia la cama, sin saber si Ozora la ignoraba o de verdad estaba dormida. Incluso llegó a plantearse que fuera un cadáver.
Esa posibilidad quedó descartada cuando Ozora se giró en el colchón y se abalanzó sobre Syliana con una especie de puñal improvisado que le colocó sobre la garganta.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? —exigió, con los ojos exageradamente abiertos. Su boca se contorsionaba hacia el lado izquierdo, arrastrada por una fea cicatriz que nacía en la comisura de los labios y alcanzaba casi la oreja.
—Soy Syliana Meistre —respondió con la voz entrecortada—. ¿Me recuerdas?
Los ojos de Ozora parecieron humanos por primera vez cuando se centraron en el rostro de la anciana.
—¿Ha venido para volver a juzgarme? —preguntó, apretando aún más el arma que portaba contra el cuello de Syliana—. Sé que no fue justa conmigo la última vez. No merecía ser libre, debería haberme castigado por lo que hice.
—Estoy segura de que tomé la mejor decisión contigo. Si fuera hoy, volvería a hacer lo mismo —reafirmó Syliana, que empezaba a sentir que no saldría con vida de ese dormitorio.
Ozora no dejaba de escudriñar sus facciones, con la respiración agitada.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—He venido a ofrecerte un puesto de trabajo.
—Miente —protestó Ozora.
—Te digo la verdad —profirió Syliana—. Si me sueltas, puedo enseñarte el contrato.
—Seguro que es una trampa.
—No lo es —insistió Syliana—. Pero ahora mismo solo tenemos dos opciones: o me matas, o comenzamos a hablar civilizadamente.
Era consciente de que intentaba razonar con una persona aterrada y llena de desconfianza hacia cualquiera que irrumpiese en su habitación.
Lentamente, Ozora apartó el arma y después lo hizo ella misma.
Era una mujer muy alta, muchos centímetros por encima de la media.
Rozaba los cuarenta años y estaba más delgada de lo que Syliana recordaba, pero aun así mantenía su innata constitución musculosa, perceptible incluso bajo el sucio camisón de seda que llevaba puesto.
Su cabello, largo y negro, lucía algunos mechones blancos.
Y sus ojos verdes, tras unas pronunciadas ojeras, se mostraban inestables, como si no pudiera utilizarlos a su voluntad .
—Enséñeme ese contrato —solicitó, clavando la vista en el bolso de la anciana.
Sin perder el contacto visual con Ozora, que seguía amenazándola con su arma desde una corta distancia, introdujo despacio la mano y extrajo un folio doblado. La hija de los Dein se lo arrebató con brusquedad.
Lo leyó durante algunos segundos, insuficientes para llegar hasta el final.
—Usted no puede ser Lady Maestre de Lúgardark, es demasiado vieja —opinó Ozora, y partió el folio en dos mitades que dejó caer al suelo—. ¿Qué está haciendo aquí realmente?
—Ya te lo he dicho —insistió Syliana, que había retrocedido disimuladamente aprovechando la distracción que le brindó la lectura del documento—.
Soy la Lady Maestre de Lúgardark. Intuyo que no lo sabes, pero la EDMO fue reinstaurada hace unos meses, y ahora el puesto de guardián, guardiana en este caso, ha quedado libre.
—¿Y quién, en su sano juicio, pondría a una mujer de su edad al frente de una institución así?
—Esa es una respuesta más complicada de lo que parece; pero es la realidad.
—¿Sabe qué creo? —manifestó Ozora—. Que mi madre está detrás de todo esto.
Piensa que estoy loca, pero no es así, es ella quien lo está —adujo al borde de las lágrimas—.
Seguro que la ha enviado a usted para llevarme a un centro de sanación de esos para locos, en el que me obligarán a tomar más y más dosis de esa porquería que me dan.
—¿Qué te obligan a tomar, Ozora? —inquirió Syliana con una ansiedad indisimulable.
—Usted lo sabe mejor que yo. Deje de actuar y muestre su verdadera cara —contestó, volviendo a adquirir un tono agresivo.
—Te aseguro que no tengo ni idea —aseveró la anciana—. Como también que solo quiero ayudarte. Si haces el favor de calmarte para poder escucharme, lo entenderás. Nadie te obligará a aceptar algo que no quieras .
—Hable —accedió Ozora tras un prolongado silencio en el que Syliana procuró mantener su mejor gesto.
Le contó toda la historia de la reapertura de Lúgardark, sin eliminar casi ningún detalle. Ozora escuchó sin interrumpirla, pasando su mirada rápidamente de los ojos a la boca de la anciana, como si intentara detectar en ella algún signo de falsedad.
—Pero… ¿y por qué yo? Nadie me contrataría, mucho menos para un puesto así. Es que no tiene sentido —dijo antes de sentarse en la cama.
—Porque busco a alguien, mejor dicho, necesito a alguien que entienda tanto la dureza como la humanidad, y tú posees ambas cualidades. Tu pasado no te define, sino lo que puedes hacer en el presente, Ozora —añadió.
—Pero mi madre… Ella no va a dejar que salga de aquí. Usted no la conoce, es capaz de… cualquier cosa.
—No te preocupes por eso, yo me encargaré. Eres su hija, no su prisionera como te ha hecho creer. Es ella la que debería sentir vergüenza, no tú.
Ozora rompió a llorar, seguramente liberando toda esa impotencia acumulada durante años. Syliana estaba segura de que algo en su interior acababa de rebelarse contra lo que fuera que estaba tomando, y por primera vez en la conversación vio a Ozora Dein, y no solo su físico.