Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 2La guardiana
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CAPÍTULO 2La guardiana

La guardiana

Desde que fue readmitida como Lady Maestre de Lúgardark, Syliana Meistre no había vuelto a pisar la capital.

Habían transcurrido casi cinco meses y, con el primer semestre de la EDMO llegando a su fin, debía poner en orden algunos asuntos para el comienzo del segundo. Sin embargo, nada tenía que ver con sus obligaciones al frente de Lúgardark el motivo por el que acudió al antiguo hogar de su familia.

La mansión de los Meistre había perdido todo el esplendor del que un día presumió.

Ahora se encontraba sucia, con las elegantes cortinas de diseño cubriendo el interior de sus ventanas, opacando la claridad.

La anciana tuvo que activar la fórmula arlasófica que volvió incandescentes de luz blanca los dedos de su mano.

Siempre que regresaba, una acumulación de sentimientos le oprimía el pecho, y era incapaz de no recorrer casi todas sus estancias.

La cocina, aunque cubierta de polvo, permanecía igual que en el pasado, como si el servicio fuese a aparecer en cualquier momento para comenzar su jornada laboral.

El dormitorio de sus padres conservaba el estricto orden que siempre tuvo.

Aún podía visualizarlos tumbados en esa misma cama y a ella corriendo para saltar y meterse en medio de los dos, cuando Syliana solo era una niña amada por su familia que correteaba ajena a los problemas que más tarde le traería la vida .

En el mismo pasillo se encontraba su propio dormitorio: cerrado por una buena razón.

Ni siquiera tuvo la tentación de abrir la puerta para asomarse, pues sabía qué había al otro lado.

La habitación estaba totalmente vacía, salvo, quizá, por la presencia de numerosas arañas, capas de polvo y unas manchas en el suelo que el tiempo nunca llegó a borrar, permaneciendo allí como un castigo eterno.

Su recorrido por ese pasillo la llevó a detenerse frente a una puerta que tenía anclada una placa con el nombre de Winefrida Meistre. Estaba entreabierta y solo tuvo que empujarla. El perturbador chirrido de las bisagras fue interpretado por Syliana como una señal de rechazo a su entrada.

El dormitorio de su hermana pequeña mostraba un aspecto de abandono mayor que el de sus padres.

La cama estaba deshecha, como si esa misma mañana Winefrida acabara de levantarse.

Syliana caminó muy despacio, con la mirada perdida mientras rozaba con las yemas de los dedos la rugosidad del gotelé que cubría las frías paredes.

Después se acercó a la cama, se quitó los zapatos, tiró su abrigo al suelo y se refugió bajo las sábanas y el cobertor, cubriéndose hasta la barbilla.

A los pocos segundos, sus ojos comenzaron a humedecerse, los poros de su piel segregaron gotículas de sudor y los latidos del corazón se aceleraron hasta alcanzar un punto demasiado alto.

Así que se levantó como si luchara por escapar de unas garras gigantes que la retenían dentro de la cama.

Se calzó todo lo deprisa que pudo, recogió su abrigo, arrimó la puerta hasta dejarla con la misma abertura que tenía antes de su llegada y se dirigió apresuradamente hacia la biblioteca, situada en la planta baja.

No sin tropezar un par de veces en la escalera.

En todo momento Xalara Verdreven ocupaba sus pensamientos, puesto que por ella se encontraba delante de esos libros.

Esa chica y la teoría que albergaba sobre su figura la estaban haciendo retroceder hacia su juventud y la obsesión que terminó destruyendo su vida.

Pero estaba convencida de que ahora, con la mesura que confiere el peso de los años, sabría encauzarla por otro camino .

Finalmente metió algunos libros en un bolso amplio que colgaba en bandolera sobre su torso y se fue de la mansión, bloqueando la puerta con la fórmula oxditadunta . Antes de irse, se giró para echarle un último y fugaz vistazo, aunque sin pronunciar palabra o tener un pensamiento de despedida.

Para la siguiente parada de su visita a Bibrébem no fue necesario abandonar la Villa de la Élite.

Dejando atrás varias mansiones a lo largo de la ancha y ahora concurrida avenida, sobre todo por trabajadores de servicios para las grandes familias de la élite, Syliana se detuvo frente a una valla de ladrillo marrón, con acabados irregulares en la parte superior que complementaban su apariencia tétrica.

Atravesó un arco de hierro que formaba la palabra «DEIN» y llegó hasta la entrada principal de la mansión, donde un jardinero de mediana edad, con el pelo negro y una barba descuidada, barría las hojas caídas por el otoño, que bañaban de un tono amarillento las oscuras y húmedas baldosas cuadradas bajo el porche.

—Buenos días —saludó Syliana cuando el hombre la observó con un gesto de extrañeza.

Él contestó con un ligero movimiento de cabeza mientras volvía a centrarse en sus tareas.

La anciana agarró el picaporte de bronce y golpeó contundentemente. No tardó en abrirse la puerta, tras la cual apareció una joven vestida de asistenta, con el pelo recogido mediante una diadema blanca.

—Buenos días. Soy Syliana Meistre, tengo una cita programada con la señora de la casa. Si me haces el favor, avísala de que estoy aquí        —añadió, viendo que no reaccionaba.

—Pase —dijo la chica toscamente tras examinarla de pies a cabeza.

Syliana accedió a una estancia que lucía impecable, aunque se respiraba en ella un ambiente sombrío debido a la escasa y lúgubre decoración.

—Si es tan amable de esperar aquí… la señora Dein le atenderá ahora —dijo la sirvienta sin perturbar su hosco semblante .

—Muchas gracias —asintió Syliana, despertando una mueca extraña en la joven: probablemente no estaba acostumbrada a que le agradeciesen su trabajo.

La asistenta caminó con prisa y desapareció por una puerta que ya estaba abierta en el vestíbulo de la mansión.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que alguien más volvió: una mujer de pelo corto, teñido de un castaño rojizo, vestida completamente de negro con ropas muy amplias que aun así no disimulaban su sobrepeso.

Syliana alargó el brazo para ofrecerle la mano, pero la señora Dein ni siquiera miró su gesto.

—Me llamo Syliana Meistre, soy…

—Sé quién es —interrumpió la señora Dein—. Hable.

La anciana esbozó una leve sonrisa contrariada.

—Imagino que recordará la carta que le envié el otro día y a la que usted contestó afirmativamente cuando le propuse una reunión —dijo Syliana—. ¿No es así? —añadió tras no recibir una respuesta inmediata.

—Lo recuerdo perfectamente —reconoció—. Pero lo que no indicaba esa misiva era el motivo por el cual quería reunirse conmigo. Algo que agregué como pregunta en la misiva de contestación y que no recibí de vuelta.

Syliana intuía que esa circunstancia acabaría saliendo a colación, y por eso tenía preparada una explicación.

—Lo siento si no le llegó —dijo exagerando su lamento—, pero sí le respondí. Seguramente hayamos tenido algún contratiempo en el correo de Lúgardark, no es la primera vez que ocurre. Una vez más, acepte mis disculpas.

La señora Dein torció el gesto en una mueca que rebosaba escepticismo.

—Pues dígame ahora la razón por la que está aquí —exigió con una contundencia implacable.

—Me gustaría hablar sobre su hija .

Escuchar la palabra «hija» cambió radicalmente la expresión de su cara, incluso miró a los lados como para asegurarse de que nadie más presenciara la conversación.

—En ese caso, sígame, estaremos más confortables en mi estudio.

Syliana, a pesar de ser unos cuantos años más vieja que la señora Dein, tuvo que frenar el ritmo para permanecer tras ella y no incomodarla.

Llegaron a una habitación amplia, donde otra empleada del hogar, con un plumero que movía desde la distancia mediante arlasofía , se afanaba en quitar el inexistente polvo a las baldas más altas de una estantería repleta de documentos.

—Cúrtiva —dijo la señora Dein con frialdad, asustándola tanto que el plumero cayó al suelo con estrépito—, déjanos solas.

La sirvienta se apresuró a marcharse y cerró las puertas de doble hoja.

La señora Dein tomó asiento tras una mesa de despacho muy ordenada.

—Siéntese —dijo como si acabara de darle una orden a su empleada.

Syliana ocupó una silla menos lustrosa y cruzó una pierna por encima de la otra para demostrar calma y personalidad frente a la dueña de todo aquello.

—No entiendo por qué quiere conversar sobre mi hija —soltó ella, hablando más deprisa—. Y sepa que acepto esta reunión solo por cortesía y el apellido que defiendo, no porque me plazca hacerlo.

—Entiendo —asintió levemente Syliana—, y se lo agradezco.

—Venga, diga lo que tenga que decir y váyase.

Syliana respiró hondo antes de pronunciarse, y eso pareció exasperar todavía más a su oyente.

—He venido para ofrecerle un puesto de trabajo a su hija.

—¿Trabajo? Mi hija no lo necesita —aclaró con vehemencia y una mínima sonrisa cargada de incredulidad—. Ha heredado una gran fortuna de su difunto padre, y en cuanto yo me aparte a un lado, ella será quien lleve y lidere los negocios familiares .

—Creo que a esa pregunta debería responder ella misma, ¿no le parece? —repuso la anciana—. Tengo entendido que desde hace algún tiempo no se encuentra demasiado bien y que ha mostrado un gran desinterés en los negocios de la familia.

—¿Cómo se atreve a opinar así de mi hija?

—No es una opinión, sino información —aclaró Syliana—. Gran parte de la sociedad de Las Cinco Comarcas conoce quién fue Ozora y las consecuencias morales que acarrea por ello. Creo que le vendría bien cambiar de aires y tener una nueva ilusión.

La mujer se quedó callada y apartó la mirada unos segundos: parecía que acababa de perder toda su ventaja en la conversación.

—¿Por qué? ¿Por qué este interés repentino en ella? —preguntó, aunque en su tono de voz ya no se percibía reproche, más bien una curiosidad inusitada.