CAPÍTULO 1El pájaro enjaulado #2
Grisi levantó las manos, como si fuese a dar un discurso oficial.
—Atentos a esto —anunció con teatralidad—: Huberto dio cobijo y escondite, nada menos que a Xalara Verdreven. Los cuero negro encontraron un trozo de su cazadora vaquera allí, yo misma lo he visto cuando me lo enseñaron —aclaró.
Todos se quedaron callados, como aguardando alguna explicación adicional por parte de Grisi.
—¿Cóbelpot y Verdreven juntos? —profirió un hombre que parecía regresar del baño, rompiendo la quietud—. Imposible.
—No es tan imposible como parece —refutó Burlen—.
Una vez los vi conversando, poco antes de que sucediera…
todo lo que sucedió —hizo una pausa y vaciló antes de continuar—.
Se reunieron en aquella esquina cuando esa maldita chica vino a traerme el pedido del día.
Claramente no querían que nadie los escuchase.
Hasta que la pobre Aura vino a por su ahijada y se la llevó a la fuerza.
Ocurrió un par de días antes del ataque de los herederos al pueblo.
Ahora estoy seguro de que no fue una casualidad.
—Pero no tiene sentido que ellos dos estuvieran relacionados de alguna forma, ¿no? —insistió la señora rechoncha de la barra.
—A mí no me parece tan extraño —terció otro hombre—.
Todos sabemos quién era Cóbelpot y lo que hizo.
Puede que él mismo alistase a Xalara en la Orden de los Herederos.
Todo encaja. Está claro que debimos tomarnos la justicia por nuestra cuenta cuando pudimos hacerlo, en vez de mirar para otro lado. Quizá nada de esto habría pasado.
—Si yo fuera él, habría tenido la decencia de irme del pueblo —sentenció Jonatan Burlen, en cuyo tono de voz se percibía el mismo arrepentimiento.
En Yadarme, quien más y quien menos conocía el truculento pasado de Huberto.
Cuando traicionaron a la Resistencia y especialmente a sus líderes: Arturo Vágüer y Lana Oróbric, la mayoría lo señaló como el culpable, pero nunca hubo pruebas fehacientes para demostrarlo.
Aun así, Huberto se convirtió en un hombre vilipendiado, solitario y bebedor, reforzando las sospechas que recaían sobre él.
Tras conocerse su relación con Xalara Verdreven, todo aquello quedaba definitivamente refrendado.
Seis meses llevaba encerrado allí, y supuestamente cada noche, dado que no existía ningún tipo de ventana para confirmarlo, cuando apagaban las luces y la celda se quedaba a oscuras, el recuerdo de su arresto, diseccionado en breves e intensos fragmentos, afloraba en su borrosa y debilitada memoria.
Golpes que intentaban tirar la puerta abajo, gritos de quienes entraron y pasos torpes en la oscuridad del bosque componían una sucesión de flashes para castigar su conciencia.
Cuando sucedió, tardó muchas horas en recordar algo de lo que había pasado: era como vivir dentro de otra persona.
Se encontraba en un estado de embriaguez tan extremo que los cuero negro que irrumpieron en su casa no encontraron ninguna resistencia, salvo tener que cargar con un hombre que, lejos de colaborar, multiplicaba el peso de su cuerpo.
Al recobrar plenamente la consciencia estaba tras esos barrotes y un cristal que, aunque transparente, lo aislaba de cualquier contacto con el exterior.
Tenía un mono de presidiario puesto, aquello significaba que lo habían desnudado.
Jamás se sintió orgulloso de su alcoholismo, pero hasta ese momento tampoco se había avergonzado.
En el pasillo, un cuero negro , espigado y con la cara cubierta por un acné crónico, sentado en un tosco taburete mientras se comía un bocadillo, lo miraba fijamente dibujando una leve sonrisa.
—Bienvenido a la Prisión del Noroeste —dijo con la boca llena—. Quizá la primera pregunta pueda parecerle un poco absurda, pero ¿sabe por qué está aquí?
—Ni siquiera recuerdo cómo he llegado —contestó Huberto Cóbelpot con dificultad para mantener los ojos abiertos, mientras negaba con la cabeza .
—Esperaba esa clase de respuesta —reconoció el cuero negro con indiferencia, hincándole nuevamente el diente al bocadillo—. ¿De qué conocía usted a Xalara Verdreven?
Escuchar ese nombre casi consigue que Huberto volviera a perder el conocimiento, dado que nunca imaginó que ella pudiese ser el motivo de su arresto. Parecía imposible que, después de tanto tiempo, pudieran relacionarlo con Xalara.
—Sé que es una chica de mi pueblo, pero nada más —respondió.
El cuero negro guardó silencio durante unos segundos, solo roto por las estridentes y exageradas masticaciones. Luego metió despreocupadamente la mano derecha en el bolsillo del pantalón para sacar algo.
—¿Y cómo me explica que una parte de la cazadora de Verdreven estuviese dentro de su… casa? —dijo, zarandeando el tejido de forma burlesca ante los barrotes.
—Eso podría pertenecer a cualquiera —rebatió Huberto, ya más espabilado—. No es motivo suficiente para relacionarme con ella y mucho menos arrestarme.
—Cierto —asintió el cuero negro —. Pero si a la ecuación le añadimos el testimonio de la mujer que encontró a Xalara cuando salía del bosque y que más tarde descubrió el lugar donde se escondía, casualmente el mismo en el que usted vivía, nos da como resultado unas sospechas firmes que le complican su existencia de un modo que ni imagina.
—No pueden encerrarme por eso —repitió Huberto, sin tener ningún argumento para replicar.
—Yo creo que sí, señor Cóbelpot —afirmó el cuero negro —.
Aunque también es verdad que ahora, con Xalara en Lúgardark, la justicia para un caso así podría retrasarse durante mucho tiempo.
Por lo que supongo que va a pasar un largo periodo en esta celda.
Le sugiero que intente adaptarse a ella para que su estancia resulte lo más cómoda posible.
Dicho esto, el cuero negro se marchó .
Lo peor llegó después, durante los primeros días de encierro, por culpa de los terribles síntomas del síndrome de abstinencia. Tan sufridos que Huberto creyó que moriría pronto.
No entendía cómo descubrieron su refugio evanescente: las posibilidades eran tan remotas… Pero la realidad es que lo habían hecho, y en su cabeza se repetía constantemente la idea de que, de haber estado sobrio, podría haberse librado tomando el control de sus aves.
Aunque, sin lugar a dudas, lo que más le torturaba era haber traicionado la confianza de Xalara, faltando a su promesa de rescatarla.
A la mañana siguiente de su arresto, pensaba salir temprano a buscar un águila, tan grande que pudiera soportar el peso de la joven el tiempo suficiente hasta sacarla de Lúgardark y ponerla relativamente a salvo.
Beber la noche anterior no fue el mejor preparativo para aquella empresa, pero sentía tanta presión que necesitó agarrarse a una botella para sobrellevarla.
Ahora resultaba imposible ayudar a Xalara, porque nunca lo sacaban de la celda, donde comía, dormía y hacía sus necesidades.
No sabía qué pudo ser de ella, y se la imaginaba acudiendo a las ventanas del ala oeste, aferrada a una esperanza que él mismo le había regalado y robado por igual.
Habría dado cualquier cosa por tener la oportunidad de pedirle perdón.
Muchas veces intentó alcanzar una nueva dimensión en su peculiar habilidad arlasófica , buscando trascender mentalmente los muros de la prisión para establecer contacto con alguna ave que pudiera controlar. Pero solo fueron los inútiles intentos de una persona desesperada.
Huberto Cóbelpot era un hombre con la capacidad de volar. Pero ahora se sentía como un pájaro dentro de su jaula.