Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3)
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CAPÍTULO 1El pájaro enjaulado
El pájaro enjaulado
Su nombre era Grisi Lorben, pero en Yadarme todos la conocían como la exagerachismes , por su tendencia a inventar o engrandecer cualquier suceso.
Llegó al pueblo poco después de la desaparición de la Orden de los Herederos, y sus vecinos no tardaron en comprender qué tipo de persona era: en menos de una semana, juró haber visto al Lórdezeit paseando delante de su nueva casa.
Grisi demostraba una gran habilidad a la hora de esquivar cualquier respuesta sobre su pasado.
No tenía oficio, algo inaudito en un lugar como ese, y muchos dedujeron que sus padres le habían dejado una herencia lo bastante holgada como para no preocuparse por su situación financiera.
Eso la convertía en un caso único dentro de la tercera clase.
Aunque tampoco faltaban las malas voces que sugerían su condición de ladrona.
Rara vez la veían a plena luz del día. Siempre paseaba a su perro en horario nocturno.
Más tarde iba a la taberna de Burlen, pedía un café y se sentaba a narrar alguna de sus habituales fabulaciones a quien tuviese la desgracia de sufrirla.
Sin embargo, todas esas críticas no parecían incomodarla, ya que jamás cambió su manera de actuar.
Lo que sí se transformó fue la opinión de sus vecinos, cuando Grisi vio a Xalara Verdreven salir del bosque aquella noche del mes de mayo, y gracias a eso, la prófuga pudo ser arrestada más tarde en la plaza del pueblo.
En aquel momento, Grisi fingió no haber visto a la muchacha, pero supo que, escondida tras los álamos, había alguien.
Su perro era inteligente y confiaba en él: nunca le había fallado.
Discretamente siguió a Xalara hasta verla entrar en la plaza.
Luego, para informar de todo a las autoridades, corrió hacia la base improvisada que los cuero negro instalaron en Yadarme, para dirigir desde allí el operativo de búsqueda de la fugitiva.
Inicialmente, nadie creyó su relato, pues resultaba inverosímil que Xalara Verdreven, después de todo lo que había pasado, cometiera la imprudencia de mostrarse abiertamente y sin pudor.
« Demasiado fácil », opinó quien estaba al mando de la base.
Pero la presión por encontrarla era cada vez mayor, así que los cuero negro decidieron darle un voto de confianza a Grisi, y eso acabó con la detención de Xalara.
Pero no se conformó con eso.
La mayoría perdió pronto el interés en el pasado fugitivo de Xalara, dado que ya estaba arrestada y la expectación se concentraba en cómo sería ejecutada tras el juicio.
No fue el caso de Grisi, quien, ataviada con una linterna e impulsada por su incontrolable curiosidad y su afán de coleccionar nuevos sucesos, entró en el bosque con la ayuda de su perro, por el mismo lugar donde había visto salir a Xalara.
Greydon, que era así como se llamaba su mascota, siguió un rastro con tanto ímpetu que, con el hocico, parecía trazar un sendero sobre el terreno.
Grisi se limitó a sostener la correa, adentrándose ambos en la espesura del bosque.
Tras dejar a su espalda un álamo partido por la mitad, el perro no se detuvo hasta alcanzar un enorme zarzal que bloqueaba su camino. Pero Greydon se agachó y se introdujo por un hueco abierto bajo las zarzas, a ras del suelo. Lo hizo con tanta fuerza que Grisi fue incapaz de sujetarlo.
Sintió que se ahogaba por la ansiedad, dado que Greydon nunca se había escapado.
Pensó que no lo volvería a ver si no lo seguía, por eso no tardó en agacharse y reptar a través del estrecho hueco bajo el zarzal.
Cuando llegó al otro lado no veía al perro, pero sí escuchaba sus estridentes ladridos.
Grisi siguió la dirección del sonido y su linterna acabó iluminando los ojos del animal de manera un tanto siniestra, cuando este miró fugazmente hacia su dueña para, enseguida, volver a ladrar al frente.
Delante de Greydon no había nada, tan solo un pequeño espacio libre de árboles y maleza.
Sin embargo, era tanta la insistencia del animal, que Grisi no podía ignorarlo.
Lo primero que hizo fue coger de nuevo la correa.
Luego pensó que quizá hubiera algo que solo el perro pudiera ver.
Desde pequeña escuchó historias sobre la existencia de espíritus ambulantes que vagaban en la espesura de los bosques y que solo salían de noche como los nukternozes , por eso decidió tirar de la correa y dar media vuelta.
Pero el perro se negó a obedecer y clavó sus patas en el suelo con ahínco.
Como era incapaz de llevárselo, Grisi decidió hacer algo tan imprudente como absurdo:
—¿Quién está aquí? —preguntó con voz titubeante—. Si hay alguien, le pido que se manifieste.
Lógicamente, nada ni nadie respondió a su exigencia. Pero el perro comenzó a rastrear de nuevo el terreno. Hasta que chocó contra algo invisible, soltando un leve aullido.
—Vamos, Greydon, por favor —le suplicó, tirando de él hacia atrás—. ¡Vamos, he dicho!
El animal ignoró una vez más sus órdenes y volvió a olfatear, aunque ahora con más precaución. Impotente por no poder llevárselo, Grisi se adelantó unos pasos, estiró el brazo tembloroso y sus dedos palparon una superficie sólida, rugosa y fría, pero retiró su mano como si la hubiera quemado.
—¿Qué es esto? —masculló, con una mezcla de curiosidad y miedo.
Ya tenía pensada la historia que contaría más tarde en la taberna, una que narrase la existencia de un espectro nocturno que vagaba por el bosque; pero el reciente hallazgo acababa de trastocar su relato.
Era demasiado tarde para ignorarlo, así que extendió otra vez el brazo y siguió palpando hasta que se clavó algo.
Cuando apartó la mano, vio que una pequeña astilla de madera perforaba su dedo índice, provocándole no solo un escozor evidente, sino una diminuta mancha de sangre.
Tras lograr deshacerse de ese pequeño inconveniente, insistió en investigar aquello, y pronto agarró lo que aparentaba ser el pomo de una puerta, algo que confirmó al girarlo, sin éxito en su apertura.
Después de intentarlo testarudamente, un amenazador ulular de lechuza sobrevoló su cabeza, haciendo que la linterna, que ahora sostenía entre sus dientes, cayese al suelo, asustando también al perro.
Ambos se alejaron corriendo. Esta vez Greydon ni siquiera hizo ademán de frenar a su dueña, como si esa lechuza hubiera activado todos sus instintos de supervivencia.
Dejando atrás el enorme zarzal bajo el que tuvo que volver a reptar, y guiada por su perro, Grisi no se detuvo hasta salir del bosque.
Estaba tan fatigada que no habría podido pronunciar palabra de haber tenido la necesidad de hacerlo.
El camino de vuelta le había parecido el doble de largo, a pesar de haberlo recorrido muy rápido.
Regresó a su casa para, nada más llegar, coger papel, un sobre de correo y un bolígrafo, y enviar una carta al cuartel más cercano, advirtiendo a los cuero negro sobre su hallazgo, pues desde que arrestaran a Xalara Verdreven habían abandonado el pueblo.
No recibió contestación ni esa noche ni en los días siguientes, y aunque la idea se le cruzó varias veces por la mente, sobre todo cuando paseaba a su perro por la calle colindante al bosque, Grisi no regresó a aquel misterioso lugar.
Sin embargo, ya lo había contado todo en la taberna de Burlen, donde provocó las risas disimuladas de quienes la escucharon.
En su prolífica imaginación se formó la teoría de que Xalara Verdreven había logrado construir un escondite invisible en el bosque.
Ese era uno de los relatos que contaba. La otra versión consistía en que la fugitiva tenía un aliado fantasmal que la había ocultado para que los cuero negro no la encontrasen.
Cinco noches después de su sorprendente hallazgo, y cuando ya se preparaba para sacar al perro a la hora de costumbre, unos golpes sonaron en la puerta de su casa .
—Buenas noches —saludó un cuero negro alto y fornido, que iba acompañado de otros dos—. ¿Es usted la señora Grisi Lorben?
—Así es —confirmó ella, sin saber qué esperar a continuación.
—Entonces, tenemos que hablar.
La taberna de Burlen mostraba el típico ambiente de una noche cualquiera: Jonatan limpiando constantemente la barra de forma innecesaria, algunas mesas ocupadas por parejas o grupos jugando a las cartas, clientes solitarios bebiendo frente a la televisión, y otros que cuchicheaban seguramente sobre algún chismorreo.
Pero cuando Grisi irrumpió gritando, toda esa atmósfera saltó por los aires.
—¡¡Han arrestado a Huberto Cóbelpot!! ¡Me lo acaban de decir! ¡Y todo gracias a mí!
Era imposible borrar de su cara el gesto de satisfacción. Los demás la observaban como alguien que había llegado para perturbarlos, sin entender ni creer lo que decía.
—¿A Cóbelpot? —preguntó Burlen, con un indiscutible tono de escepticismo—. ¿Por qué iban a detenerlo?
—Él era el dueño de la casa invisible que encontramos mi perro y yo en el bosque; como ya os dije —puntualizó con cierto reproche—. Al parecer, ha estado viviendo en ella todo este tiempo.
—Pero ¿cómo iba a vivir Huberto en una casa invisible? —comentó una mujer rechoncha y con el pelo rizado, en un extremo de la barra, acompañando el comentario con una sonrisa burlona.
—Era un refugio evanescente —aclaró Grisi—. Debí darme cuenta desde el principio —concluyó con un deje de fastidio.
—¿Un qué? —preguntó un anciano que jugaba a las cartas y cuya partida habían dejado en pausa.
—Un refugio evanescente —repitió Grisi con énfasis—. Servían para esconder a los habitantes de la capital que se negaron a apoyar el régimen del Lórdezeit —explicó—. Y por eso nunca supimos, hasta ahora, dónde vivía Huberto.
—¡Por eso y porque todos le tenemos miedo a ese hombre! —reconoció una mujer desde una mesa alejada de la barra .
—Sí, eso de los refugios evanescentes me suena de algo —intervino un hombre que jugaba un mano a mano de cartas con su mujer—. Lo he oído en algún sitio, creo que en la radio.
—Pero ¿por qué lo han arrestado? —insistió Burlen.