EPÍLOGO Extra
Rancho Collins, Livingston
Agosto
—Ted—
Llevaba diecinueve años sin saber qué era la felicidad.
Aunque, si soy sincero, las sombras habían empezado a instalarse mucho antes. Concretamente, el mismo día en que los médicos nos dijeron a mi padre y a mí que mi madre tenía cáncer.
Recuerdo el camino de vuelta a casa como un nubarrón.
Mi padre conducía con la vista clavada en la carretera y los nudillos blancos de tanto apretar el volante.
Yo iba sentado junto a mi madre, incapaz de comprender cómo podía mantener la calma después de la noticia que acabábamos de recibir.
Solo podía pensar que aquello tenía que ser un error.
Que se habían equivocado de paciente. Que una mujer como ella no podía estar muriéndose.
Pero, en cuanto cruzamos la puerta de casa, fue ella quien terminó abrazándonos a nosotros.
Sonreía.
Todavía hoy me cuesta entender cómo fue capaz. No porque no tuviera miedo, sino porque decidió que el miedo no iba a robarle el tiempo que aún le quedaba.
Mi madre siempre había encontrado belleza en las cosas más pequeñas.
En las flores que plantaba cada primavera, en un atardecer sobre los prados o en una taza de café compartida con mi padre al amanecer o en las fotografías que tomaba a diario.
Y la enfermedad no consiguió arrebatarle eso.
Si antes romantizaba la vida, después del diagnóstico lo hizo todavía más.
Quiso seguir viviendo hasta el último instante, y nos obligó, sin decirlo, a hacer lo mismo.
Mi padre entendió enseguida cuál era su manera de luchar. Se dedicó a llenar sus días de pequeños momentos felices, como si pudiera convencer al tiempo de que caminara más despacio.
Yo, en cambio, estaba enfadado. Siempre había intentado ser un hombre sensato, pero aquello me sobrepasaba. No entendía por qué tenía que pasarle precisamente a ella. No concebía un mundo sin mi madre. No tan pronto. No de una forma tan injusta.
Meses después, se fue.
Y con ella también desaparecieron las risas que llenaban la casa, el olor de las tartas recién hechas y las flores del jardín, que dejaron de recibir los cuidados de las manos que tanto las habían querido.
Creo que mi madre era el pegamento que mantenía unida a nuestra familia.
Cuando faltó, mi padre y yo seguimos adelante porque no conocíamos otra forma de hacerlo.
Él se refugió en el rancho. Yo volví al trabajo.
Nos cuidábamos el uno al otro, pero apenas hablábamos de lo que sentíamos.
Supongo que ambos creíamos que, si pronunciábamos su nombre en voz alta, aceptaríamos que ya no iba a volver.
Y ninguno de los dos estaba preparado para eso.
Por eso, unas semanas después, acabé sentado en la barra de un bar cualquiera, bebiendo hasta perder la cuenta.
Nunca había bebido así. Buscaba respuestas en el fondo de cada vaso. O quizá solo buscaba dejar de pensar durante un rato.
No encontré ninguna de las dos cosas.
Hasta que levanté la vista y la vi.
Bailaba con tres amigas, completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. O quizá no. Porque había hombres acercándose a ella una y otra vez, atraídos por esa sonrisa capaz de iluminar medio local, y ella los despachaba con una naturalidad que me hizo sonreír.
Yo solo podía mirarla a ella. Tenía una melena oscura que le rozaba la cintura y unas piernas infinitas que asomaban bajo unos pantalones vaqueros cortos.
Era preciosa, sí. Pero no fue eso lo que me dejó sin respiración.
Fue su forma de reír. Hacía semanas que no escuchaba una risa así. Libre. Despreocupada. Viva.
Y, por primera vez desde que mi madre se había ido, tuve la sensación de que quizá el mundo seguía girando, aunque yo me hubiera quedado congelado.
No sé si fue el alcohol o la desesperación. Quizá una mezcla de ambas. El caso es que, antes de darme cuenta, mis piernas ya caminaban hacia ella.
Entonces se giró.
Sus ojos, de un marrón chocolate, se encontraron con los míos.
Y el tiempo pareció detenerse durante un instante.
No hice nada extraordinario. Apenas levanté una comisura de los labios en una sonrisa a modo de saludo.
Nunca había tenido problemas para acercarme a una mujer, pero con ella era distinto.
De repente, me sentía como un crío intentando impresionar a la chica más bonita del baile.
Y eso que hacía años que había dejado atrás esa etapa.
Ella me devolvió la sonrisa. Fue suficiente para reunir el valor que me faltaba.
—¿Me dejas invitarte a una copa?
Ni siquiera le pregunté cómo se llamaba. Y, para mi sorpresa, aceptó.
Terminamos sentados en la barra con dos copas delante y el murmullo del bar envolviéndolo todo.
Al principio hablamos de cualquier tontería.
Después dejamos de medir las palabras y empezamos a contarnos cosas que normalmente solo se confiesan cuando uno siente que no va a volver a ver a la otra persona.
«Tiffany Brown».
Todavía recuerdo la primera vez que pronuncié su nombre. Le quedaba bien.
Me contó que había acabado en aquel viaje casi como un acto de rebeldía contra sus padres. Hablaba de ellos con una mezcla de cariño y frustración, como si los quisiera con toda el alma, pero necesitara demostrarles que era capaz de tomar sus propias decisiones.
Gesticulaba muchísimo mientras hablaba. Sus ojos brillaban cada vez que mencionaba la moda. Decía que algún día sería diseñadora y que llenaría el mundo de vestidos capaces de hacer sentir especiales a las mujeres.
Podría haber pasado horas escuchándola. Había algo magnético en ella. Algo que hacía que el resto del bar desapareciera.
Recuerdo que, en un momento de la conversación, su sonrisa se apagó apenas unos segundos. Me confesó que acababa de recibir una noticia que iba a cambiarle la vida y que no tenía ni idea de cómo afrontarla. No quiso dar más explicaciones. Y yo tampoco pregunté.
Supongo que ambos estábamos demasiado ocupados intentando olvidarnos de nuestras propias heridas.
Seguimos bebiendo. Bailamos. Nos reímos. Y, cuando la noche terminó, acabamos refugiándonos en la parte trasera de mi camioneta, dejándonos llevar por una pasión tan intensa como impulsiva. Durante unas horas volví a sentirme vivo. Y eso era algo que creía haber olvidado para siempre.
La noche todavía no había terminado cuando se levantó del asiento y se colocó la ropa como si aquello hubiera sido solo una buena distracción.
Para ella, quizá lo fue.
—Ha estado bien, Ted… Pero creo que esto acaba aquí.
Depositó un beso fugaz sobre mis labios antes de reunirse con sus amigas. La vi alejarse sin mirar atrás. Esperé que se girara. Pero no lo hizo.
«Menudo imbécil», pensé.
Habían bastado unas pocas horas para convencerme de que el destino, después de arrebatarme a mi madre, había decidido devolverme un poco de luz.
Qué poco sabía entonces de todo lo que estaba por venir.
No volví a saber de Tiffany durante varios días.
Intenté convencerme de que aquello había sido exactamente lo que ella dijo: una buena noche. Una de esas historias que empiezan y terminan antes de que salga el sol.
Pero había algo en ella que se me había quedado grabado en la mente y en las retinas. Su risa. Su forma de hablar con las manos. La pasión con la que describía un futuro que todavía no existía. Y, por mucho que intentara centrarme en el trabajo de la mina, acababa recordándola a todas horas.
Fue precisamente una de esas mañanas en las que decidí no ir a trabajar y echarle una mano a mi padre en el rancho cuando apareció. Estábamos terminando unas tareas en el establo cuando él vino hacia mí y dijo:
—Hay una chica preguntando por ti.
Recuerdo limpiarme las manos en el pantalón antes de salir. No esperaba a nadie. Mucho menos a ella.
Y allí estaba. De pie, en el porche del rancho, observándolo todo con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Aquel lugar no se parecía en nada al mundo del que venía.
Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, sonrió. Y sentí exactamente lo mismo que la primera noche.
—He estado preguntando por ti. Me dijeron que vivías aquí.
Todavía hoy me cuesta explicar lo que sentí al escuchar aquellas palabras. Había vuelto. Por mí.
Le propuse dar un paseo y echamos a andar sin rumbo entre los prados. Le enseñé el rancho, los establos y algunos de los rincones en los que había crecido. Era imposible recorrerlo entero en una sola tarde, pero tampoco importaba. Lo único que quería era seguir escuchándola.
En un momento se detuvo y bajó la vista.
—No he dejado de pensar en ti desde aquella noche.
El corazón empezó a golpearme el pecho con una fuerza incluso ridícula para mí. Porque yo tampoco lo había hecho.
Tras esa confesión vino otra más impactante. Me miró a los ojos y soltó las palabras que lo cambiaron todo.
—Estoy embarazada.
El mundo se detuvo. El aire se volvió pesado y tardé unos segundos en procesar el sonido de sus palabras.
¿Embarazada? Logré recapacitar, con el corazón golpeándome el pecho.
Por una fracción de segundo, una extraña duda me rozó la mente; recordaba que aquella noche en la camioneta, a pesar de las copas de más, yo había intentado ser cuidadoso.
Pero al mirar la fragilidad en sus ojos vidriosos, espanté el pensamiento de inmediato, culpando al alcohol de mis lagunas de memoria.
No quise dudar de ella. Tras la muerte de mi madre, necesitaba con desesperación aferrarme a una nueva vida.
No recuerdo si esas fueron exactamente mis palabras. Pero sí recuerdo el beso. Porque nunca había besado a nadie así. No fue el beso de dos personas que acababan de conocerse. Fue el de un hombre que llevaba demasiado tiempo sintiéndose vacío y, de repente, encontraba un lugar donde descansar.
A partir de aquel día nos volvimos inseparables.
Le enseñé a montar a caballo. Se reía cada vez que perdía el equilibrio y acababa agarrándose a mí para no caer.
Paseábamos durante horas sin darnos cuenta de que el sol ya se estaba escondiendo.
Conoció a los vaqueros que trabajaban con mi padre y, antes de que pudiera darme cuenta, Tiffany ya formaba parte de mi rutina. Y también de mis planes.
Había días en los que me sorprendía imaginando cómo sería envejecer a su lado.
Pero ahora sé que el amor puede nublar el juicio.