EPÍLOGO 2 #2
Si todo sale bien, claro —me encojo de hombros, sintiendo de pronto ese pequeño rastro de duda que siempre me asalta cuando tomo el mando—.
Pero si alguien no está de acuerdo, puede decírmelo ahora mismo y yo…
—¡Calla ya, Brooke! —me interrumpe Zac con un tono brusco que corta el aire.
Noto cómo Jackson se pone rígido a mi lado, un resorte de auténtico instinto protector, listo para saltar a pararle los pies, pero no hace falta.
—Todos estamos más que contentos con lo que has propuesto y nos parece una idea cojonuda —continúa Zac, para sorpresa de todos—. Así que mañana daremos el cien por cien y esos críos disfrutarán de la hostia.
Me guiña un ojo, acompañando el gesto con una leve sonrisa que es un auténtico tesoro viniendo de él, antes de pegar otro sorbo largo a su cerveza.
La mesa enmudece. Nadie se atreve ni a respirar.
Jenna lo contempla estupefacta, con la boca entreabierta, como si no terminara de creerse que esas palabras acaban de salir de su boca.
Nadie esperaba semejante declaración de alguien que suele comunicarse a base de gruñidos.
Yo, en cambio, sonrío; siempre he sabido que detrás de esa fachada había alguien que valía la pena.
Zac se da cuenta de que se ha expuesto demasiado.
En un segundo, vuelve a ponerse rígido, levantando de nuevo ese muro de hormigón a su alrededor, su rostro recupera esa máscara de seriedad absoluta y se endereza en la silla cuadrando los hombros.
Al dejar el botellín sobre la mesa, la manga de su camiseta se tensa, dejando a la vista de todos —pero especialmente de Jenna— un brazo musculoso, bronceado por el sol del rancho y marcado por venas que hablan de un trabajo meramente físico.
Vuelve a clavar sus pupilas negras en mi amiga, desafiándola con esa mirada tan intensa.
—¡Qué! ¿Algún problema? —espeta con su habitual hostilidad defensiva.
—No. Nada, nada —Jenna traga saliva con dificultad y clava la vista al frente, enderezándose también en la silla y apretando las piernas en un gesto de nerviosismo que no pasa desapercibido para nadie.
—Ya decía yo… —escuchamos decir a Zac por lo bajo, con ese tono de victoria arrogante que tanto le gusta usar con ella.
—Bueno, en ese caso… —mi padre se levanta, rompiendo la tensión del momento, y alza su copa para brindar—.
Quiero decirte que estoy inmensamente orgulloso de ti, Brooke.
Y que te quiero. Todos te queremos —alza la copa hacia el cielo anaranjado, que ya empieza a oscurecerse, y el resto de la mesa lo imita al unísono.
—¡Por Brooke! —rugen los vaqueros.
—¡Por Brooke! —canturrean mis amigas.
Siento cómo las mejillas se me tiñen de rojo por la vergüenza, pero al mirar a la gente que me rodea y el lugar que ahora llamo hogar, la timidez se disuelve en una felicidad desbordante Me giro para quedar frente a Jack, que me observa con ese azul de su mirada tan intenso que me arrastra hacia él.
Cuelo mis brazos por sus costados, buscando su calor, y apoyo la barbilla en su pecho para mirarlo desde abajo.
—Ojalá nos hubiéramos encontrado antes, Jackson. Pienso en todo el tiempo que hemos desperdiciado separados y…
—Eh, cariño, no pienses en eso —me interrumpe suavemente, acunando mi rostro—. Ojalá pudiera cambiar el pasado, pero no puedo. Y siendo sincero, nuestro futuro es impredecible. Pero lo que tenemos es el ahora, Brooke, y es lo único que importa.
—Te quiero, Jackson —le digo, y las arruguitas de sus ojos se acentúan de esa forma que tanto me fascina—. Eres la forma más bonita que ha tenido la vida de enseñarme que vale la pena arriesgarse a amar.
—Vaya, vaya… No diré que no me ha encantado escucharte decir eso, pero ha sonado cursi hasta para mí —sus manos me agarran con una mezcla de firmeza y dulzura por la zona baja de la espalda, pegándome a él mientras empezamos a mecernos al son de la música—.
Además, aquí el cursi oficial soy yo, no me arrebates el papel.
—Tú no eres cursi, Jackson Moore. Eres valiente, cariñoso, tierno, decidido, detallista y…
—¿Y? —eleva una ceja con una chispa de picardía.
—Salvaje y un poco bestia cuando quieres —sugiero, bajando el tono de voz mientras mi mente vuela de vuelta al cobertizo y a la destreza de sus manos—. Y me gustas exactamente así.
—Pues me alegra saberlo —se inclina y roza mis labios con los suyos, un beso cargado de promesas que aviva la llama en mi bajo vientre.
Es una promesa de que, en cuanto estemos a solas, no piensa dejar que me escape.
—Así que salvaje y bestia, ¿eh? He querido demostrártelo hace un momento, pero no me has dejado terminar el trabajo que tenía en mente… —susurra contra mi boca.
—Oh, por favor, que no se te suba a la cabeza, Jack —me río, y él echa la cabeza atrás carcajeándose, regalándome el mejor sonido que he escuchado en mi vida.
Apoyo la mejilla en su pecho y me hundo en él, dejando que el latido acompasado de su corazón sea la banda sonora de mi propia paz. En la seguridad de su abrazo, todo el ruido del mundo desaparece.
Alzo un poco la vista y pillo a mi padre observándonos desde el otro lado de la mesa; tiene una sonrisa preciosa, de esas que llegan hasta los ojos, y sus pupilas verdes brillan con tal intensidad que me conmueve.
Me mira y sé lo que está pensando: ve en nosotros la chispa que la vida le arrebató a él, como si al vernos amarnos de esta forma tan libre y feroz, hubiera recuperado un pedazo de algo que creía perdido para siempre.
Le devuelvo la sonrisa, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta.
Mi padre, el hombre que me sostuvo cuando era pequeña, es quien mejor entiende este momento.
Pienso en que, si hubo algo que él me enseñó con su silencio y su resiliencia, es que no importa cuántas veces te rompan, ni lo complicado y oscuro que se vuelva el camino: toda historia, por muy convulsa que empiece, siempre guarda un hueco para un final mejor.
Y el mío, por fin, ha comenzado.