Las cicatrices del ayer (Montana 1) EPÍLOGO 2
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EPÍLOGO 2

Rancho Collins, Livingston

Julio

—Brooke—

El primero en verme es Dairon, que estaba correteando alrededor de los chicos y reclamando carantoñas a mis amigas.

Este perro sabe demasiado; mirándome con esa inteligencia canina.

Se acerca a mí, moviendo la cola con una alegría contagiosa.

Me agacho para ponerme a su altura, agradeciendo el segundo de distracción para terminar de recomponerme, y lo acaricio con dedos que todavía guardan un ligero temblor.

En cuanto localizo a nuestro cocinero de confianza, me acerco con sigilo y le robo unas costillas de la bandeja antes de que lleguen a la mesa.

—¡Oye, ladrona! —exclama Jefferson con una sonrisa de complicidad.

—Shhh —le mando callar, divertida, sintiendo cómo la adrenalina de la pequeña travesura me ayuda a disimular el rubor que aún me colorea las mejillas.

Vuelvo con Dairon y se las ofrezco como un soborno por su silencio. Ese perro ha estado a nada de pillarnos a Jackson y a mí en el cobertizo, y por la forma en que me mira, creo que se ha ganado cada bocado.

—Será nuestro secreto, ¿eh? —le hablo bajito, rozando su hocico con mis morros—. Pero escóndete antes de que te vea tu papi.

Le beso en su cabecita peluda, dándole un empujoncito cariñoso en el lomo para que se aleje con su botín. Jefferson me dedica una última mirada cómplice antes de disponer la comida sobre la gran mesa, mientras Tucson va repartiendo las bebidas.

Me detengo un segundo a observar el escenario y el corazón me da un brinco.

Las chicas me ayudaron a colocar guirnaldas de bombillas en esta zona para que el lugar adquiriera ese aspecto mágico que tanto buscaba; quería que estas cenas al aire libre, especialmente en las noches de verano, se sintieran como algo sacado de un sueño.

La gran cabaña de los vaqueros se alza imponente a nuestras espaldas, custodiando la reunión, mientras las bombillas ya empiezan a brillar con un tono dorado, esperando a que el sol termine de esconderse tras las montañas en poco menos de una hora.

He cuidado cada detalle: las velas presiden el centro de la madera ruda y oscura, aportando una calidez que envuelve el ambiente, y la voz de Luke Combs suena suavemente, fundiéndose con el sonido de la naturaleza.

Es perfecto.

Al otro extremo de la mesa la estampa me llena el pecho de una satisfacción que no sabría explicar con palabras.

Mi padre y mi abuelo están sentados allí, relajados, compartiendo risas y confidencias con algunos de los vaqueros y con los padres de Jackson.

Verlos así, integrados, felices y encantados de formar parte de este mundo que ahora es el mío, es la prueba de que cada decisión, por difícil que fuera, ha valido la pena.

Este es mi hogar, y esta es la familia que yo misma he elegido construir.

Los contemplo durante un par de minutos con una sonrisa dibujada en el rostro y el corazón henchido de felicidad.

Sin embargo, el pasado es un eco difícil de silenciar; de pronto, el recuerdo de mi madre me cruza la mente como una ráfaga, tiñendo mis sentimientos y borrándome la sonrisa de un plumazo.

Como si hubieran percibido ese cambio en mi energía, mi padre y mi abuelo cruzan sus miradas con la mía.

Mi abuelo me dedica una sonrisa de verdadera plenitud, mientras que mi padre, con su lenguaje silencioso y ese que solo nosotros compartimos, me lanza un «Estoy muy orgulloso de ti» que me llega al alma.

Pero no consigo contagiarme de su dicha.

El peso de mi madre sigue ahí; me decepcionó de una forma que todavía me escuece y el perdón me parece una montaña demasiado alta de escalar.

Sé que mi padre y mi abuelo insisten en que debería llamarla, en que es mi madre y que, tarde o temprano, tendremos que poner las cartas sobre la mesa.

Pero no estoy lista. El perdón no se fuerza, y yo todavía necesito tiempo para que las heridas dejen de sangrar.

—¿Todo bien, pequeña?

La voz de Jackson me devuelve a la realidad.

No termino de acostumbrarme a que siempre esté tan pendiente de mí, de cada pequeño cambio en mi humor.

Se ha dado cuenta al instante de que algo me ha afligido.

Él, mejor que nadie, entiende que una persona no se cura de la noche a la mañana y que hay sombras que tardan más en desaparecer.

Decido, con un gran esfuerzo, expulsar a mi madre de mi cabeza y centrarme en lo que tengo aquí presente. En lo que es real.

—Todo bien. Tranquilo —respondo, mientras me giro y deslizo mis brazos sobre sus hombros, rodeándole el cuello.

Al mirarlo, la piel se me eriza. Hace apenas un instante lo tenía dejándome un rastro de besos calientes y húmedos, recorriéndome el borde de mi ropa interior con las yemas de sus dedos y deslizándose bajo ella para marcar círculos lentos sobre mi cadera, mi ingle y mi zona más íntima.

Todavía me pregunto de dónde demonios he sacado la fuerza de voluntad para separarme de él en el cobertizo.

—¿Segura? —insiste con una voz tan grave que me reverbera en el pecho. Me echa el pelo hacia atrás, me recoloca el sombrero y me acaricia la mejilla con ternura.

—Sí, vaquero, estoy segura. Estoy feliz de estar aquí. Con ellos… y contigo —le sonrío, esta vez de verdad.

—Y yo de que estés aquí, cariño —dice él, y noto esa vibración en su pecho que solo aparece cuando está conmigo.

Me pongo de puntillas y le planto un beso corto en la comisura de los labios. Siento cómo su boca se curva en una sonrisa contra la mía, respondiendo a mi gesto antes de que pueda separarme.

—¡Uh uh uh uh uh! —grita Austin, rompiendo el momento con su ruidoso entusiasmo—. ¡No os magreéis delante de nosotros, hombre! ¡Que está su padre ahí, por el amor de Dios! Un poco de respeto…

Se levanta del asiento señalándonos con ambas manos, con los ojos abiertos de par en par, pero con esa risa grabada en la cara que hace que sus hoyuelos te dejen embobada. Es imposible enfadarse con él.

—¿Quieres callarte y dejarlos en paz? —Candy lo agarra del brazo y tira de él con fuerza para obligarlo a sentarse—. ¡Siéntate y come, Austin! ¡No te metas donde no te llaman!

Cabeceo, divertida, mientras los contemplo. Son como el perro y el gato, pero con una electricidad que se ve a la legua.

—Lo que tú mandes, muñeca —la sonrisa de Austin se ensancha todavía más cuando clava la mirada en ella, disfrutando de su victoria al ver que ha llamado la atención de mi amiga.

—Oh, por favor, deja de llamarme «muñeca». Es desesperante.

—¿Por qué? Si te encanta que lo haga —sube y baja las cejas varias veces, con ese aire de pillo, sabiendo perfectamente qué botones pulsar para desquiciarla.

—Aggg, ¿se puede saber por qué tengo que aguantar esto? —bufa ella, aunque el rubor de sus mejillas dice otra cosa.

Jackson y yo nos reímos por lo bajo, compartiendo una mirada de «ya estamos otra vez».

—Puf —se queja Zac a su lado, justo antes de darle un sorbo largo a su botellín de cerveza. Su desdén es casi palpable.

—¿Y se puede saber por qué resoplas tú ahora? —pregunta Jenna, cruzándose de brazos.

Le ha tocado sentarse junto a él y parece que la cercanía la pone de los nervios.

Zac vuelve el rostro y la mira desde arriba, con esos ojos oscuros y gélidos que parecen capaces de aniquilar a cualquiera con un simple parpadeo.

Ese hombre sigue siendo un bloque de hielo: frío, arrogante y blindado contra cualquier emoción.

Sin embargo, después de aquel momento el año pasado cuando lo ayudé con el parto de la vaca, y de haber compartido más tiempo con él, sé que es una fachada.

Zac esconde mucho más de lo que muestra; tiene un muro levantado a su alrededor que no permite que todo el mundo lo cruce.

Jenna aguanta el pulso pacientemente, esperando una respuesta con una ceja arqueada y sus carnosos labios rojos apretados en una línea de pura obstinación.

—Por nada. No te metas, diabla —gruñe él por lo bajo, volviendo la vista a su cerveza.

—¡Será posible! —grazna mi amiga, indignada—. Si tiene que ver con Brooke, tiene que ver conmigo. Y ni se te ocurra volver a llamarme así.

Zac la fulmina con la mirada y el duelo comienza.

El aire entre ellos se vuelve denso, cargado de una hostilidad tan inflamable que casi podrías encender una cerilla solo con acercarla.

Me pregunto qué demonios ha tenido que pasar para que se miren con ese desprecio…

o si ese fuego que intentan apagar a base de insultos es, en realidad, una tensión que los está devorando por dentro.

—Bueno, ya está bien —doy una palmada firme, haciendo que la atención de la mesa recaiga sobre mí. Es hora de volver al motivo de la cena—. Quiero saber si estáis preparados para mañana.

El ambiente cambia al instante. El respeto que le tienen a este rancho y a lo que estamos construyendo se nota en cómo los vaqueros asienten, con una mezcla de orgullo y determinación en sus rostros.

—Los niños de la escuela llegarán temprano y pasarán el día con nosotros. Así que espero que os comportéis —sentencio, entornando los ojos mientras clavo la mirada en Austin y en Zac; el resto no me preocupa tanto, pero esos dos son una bomba de relojería por motivos muy distintos.

—Dalo por hecho, jefa —suelta Austin con un saludo militar de lo más informal—. Van a vivir la mejor experiencia de sus vidas. El tío Austin se encarga.

—Y todo gracias a ti —lo secunda Candy, dedicándome una sonrisa cargada de orgullo, uno tan real que me calienta el pecho.

Recuerdo perfectamente cuando regresamos a Livingston.

Los problemas con la revista fueron el empujón definitivo para darme cuenta de que mi sitio no estaba bajo las luces cegadoras de los sets de fotos ni en la tiranía de las tendencias de cada temporada.

Le pregunté a Jackson qué le parecería abrir el rancho a los niños de la escuela que Ava intentaba sacar adelante, y su respuesta fue lo que terminó de enamorarme.

Me dejó claro que este lugar era tan suyo como mío y que mi visión era lo que el rancho necesitaba para tener alma.

—Quiero que todos estemos a gusto con esto —insisto, mirando a cada uno de los presentes—.

No pretendo cargaros con más responsabilidad de la que ya tenéis; esto será algo puntual, una vez al mes como mucho.