Las cicatrices del ayer (Montana 1) EPÍLOGO 1
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EPÍLOGO 1

Rancho Collins, Livingston

Julio

—Jackson—

Nos ha costado lo suyo. Varios meses, para ser exactos.

Al principio fue duro ver cómo Brooke se debatía entre lo que dictaba su corazón y todas esas voces de su pasado que le gritaban que estaba cometiendo un error por querer ser, simplemente, ella misma.

Pero verla ahora es como ver salir el sol después de una tormenta que ha durado años.

Mis padres me enseñaron que el amor no es encontrar a alguien con quien no tengas problemas; eso es un cuento de hadas que no existe en el mundo real.

El amor es encontrar a la persona que se une a ti y te hace más fuerte, la que no se asusta de tus sombras, sino que te presta su luz para que luches contra ellas.

Es quien decide quedarse a reconstruir tu mundo cuando este se resquebraja, ladrillo a ladrillo, sin pedir nada a cambio más que tu mano.

Incluso para mí, estar al lado de Brooke ha sido una enseñanza.

La de que el amor no depende de la vista, sino de la piel y el recuerdo.

He aprendido que da igual los kilómetros que nos separen; cuando alguien se te mete bajo las costillas, no hay distancia que sea capaz de arrancarlo de ahí.

El amor es un sentimiento que crece cada día, que se ensancha con el tiempo.

Porque no importa lo lejos que puedas estar; lo que importa es lo que haces con esa distancia.

Estudio su silueta mientras recoge las prendas que, entre besos y caricias urgentes, hemos ido dejando caer por el cobertizo.

Verla así —dulcemente despeinada, con la melena cayéndole en ondas sobre los hombros y las mejillas encendidas por ese rubor que solo aparece cuando la llevo al límite y su respiración se rompe contra mi cuello, con los labios entreabiertos y húmedos—,

hace que la necesite de nuevo con un deseo tan salvaje que me tensa cada músculo del cuerpo.

No me veo capacitado para dejarla salir de aquí todavía.

Quiero volver a esconderla entre estas paredes y hacerla mía hasta que olvide cómo se llama.

Lleva un vestido blanco de flores y uno de los tirantes se le ha escurrido por el hombro, tentando mi autocontrol.

Aprovecho que está distraída para tirar de ella y estampar su espalda contra mi pecho.

Deposito un beso lento en la piel desnuda de su hombro y ella se estremece, un escalofrío que recorre su columna y termina vibrando en mis propios labios.

Dejo un reguero de besos calientes hasta su cuello, inhalando su aroma, ese que me vuelve completamente loco.

Joder, vuelvo a ansiarla. Y esta vez no es algo que pueda controlar; es un rugido en la sangre, una necesidad visceral de sentirla bajo mi cuerpo hasta que no quede un solo rincón de su piel que no lleve mi nombre.

—¿Sabes? —susurro contra su oído, dejando que mi lengua roce el lóbulo de su oreja—. Ya estoy listo para un segundo asalto.

Hundo la cara en su pelo y succiono la curva de su cuello, arrancándole un jadeo entrecortado que viaja directo a mi entrepierna, tensando todo mi cuerpo. Ella se gira rápidamente, con los ojos empañados, y me da un pequeño golpe en el pecho casi sin fuerza.

—¡Pero bueno, Jackson! ¡Este ha sido el segundo! —dice, aunque su respiración agitada la delata mientras intenta calzarse las botas.

—Perdona, cariño. En ese caso, estoy listo para el tercero —dibujo una sonrisa pícara y la atraigo de nuevo por la cintura, pegando sus caderas a las mías para que note que no bromeo.

—¡Eres de lo que no hay! Es suficiente, vaquero —me frena, aunque no se aparta—. Nuestros amigos se preguntarán dónde nos hemos metido.

Deslizo mi mano por su muslo, subiendo la tela del vestido con una lentitud tortuosa hasta que mi palma encuentra su piel desnuda, que todavía arde por mi culpa.

Acaricio la parte interna de su ingle, hundiéndome en su calor y buscando con el pulgar ese núcleo de nervios que ya está empapado nuevamente por el deseo, presionando con fuerza hasta que noto cómo se desborda contra mis dedos.

Brooke suelta un gemido, un sonido delicioso que intenta ahogar mordiéndose el labio con fuerza, pero no la dejo escapar.

La pego más a mí, bloqueándola con mi cuerpo contra la madera del cobertizo mientras mis dedos no dan tregua.

—Austin estará correteando tras Candy como un perro hambriento y Zac y Jenna estarán lanzándose puñales con la mirada —le susurro contra la piel del cuello, aumentando el ritmo de mi mano, sintiendo cómo su respiración se vuelve errática—.

Nadie nos necesita, Brooke. Yo soy el único que te necesita de verdad. Y ahora mismo… tú me necesitas a mí.

—Jackson… no… —lo intenta, pero el aire se le escapa de los pulmones—. Tenemos que… —sus rodillas ceden y tiene que agarrarse a mis antebrazos para no caer.

—Lo único que tienes que hacer es esto, cariño —la corto, silenciando su protesta mientras mis manos siguen reclamando lo que es mío.

Sigo trabajando en ella con una insistencia descarada, trazando círculos hambrientos, hundiéndome en su humedad hasta que la oigo jadear mi nombre como si fuera un rezo.

Me encanta verla así: desarmada, vibrando bajo mis caricias, olvidando el mundo exterior y esa cena perfecta.

Solo existimos nosotros y la forma en que sus paredes internas me aprietan los dedos mientras la llevo justo a donde quiero.

Aumento la presión cuando noto que sus músculos se tensan, señal de que está a punto de colapsar.

Brooke echa la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y suelta un grito ahogado mientras su clímax la golpea con una violencia deliciosa, sacudiéndole las piernas.

Se contrae contra mi mano, empapándome la piel en una explosión de placer que me tensa hasta la última fibra del cuerpo.

Me quedo ahí un momento, sosteniéndola mientras se recupera, disfrutando de la vibración de su cuerpo y de la satisfacción de verla completamente exhausta.

Joder, verla tan entregada por lo que mis manos le han hecho es la mayor de las recompensas.

Mi propio cuerpo me exige reclamarla aquí mismo, enterrarme en ella hasta saciar esta hambre, pero me obligo a recuperar el control.

—Así es como te quiero siempre: rendida, con tu rastro en mi piel y mi nombre grabado en cada uno de tus gemidos —murmuro contra su oído, dándole un último apretón posesivo antes de retirar la mano mojada—.

Ahora ve ahí fuera, controla a tus invitados y sonríe como si no acabaras de dejar tu rastro en mis dedos.

Pero recuerda que esto solo ha sido el aperitivo, cariño. Esta noche no vas a dormir.

—Eres un animal, Jackson —logra decir con la voz hecha trizas, apoyando la frente en mi pecho mientras intenta recuperar el aliento. Sus dedos aún tiemblan cuando se aparta para intentar adecentarse el vestido con manos torpes.

Se pasa una mano por el pelo, tratando de domar las ondas que mis dedos han enredado, se muerde el labio inferior al darse cuenta de que todavía la sigo devorando con los ojos.

—Si no salgo por esa puerta ahora mismo, esa cena no va a celebrarse nunca —suelta con una risa entrecortada, tratando de recuperar la compostura.

La sigo con la mirada mientras se aleja un par de pasos y suelto un bufido, resignado.

Me fascina con qué rapidez recobra la compostura, a pesar de que aún esté sin aliento y con la piel marcada por mi boca.

Me vuelve loco saber que, por mucho que ahora salga ahí fuera a poner orden, soy el único capaz de hacer que se olvide del mundo durante un instante y se deshaga entre mis brazos.

Es una noche especial para ella. Mañana será un día importante para todos, el comienzo oficial de su proyecto, y Brooke se ha empeñado en dedicar esta cena a dar las gracias a su familia, a la mía y a nuestros amigos por haberla «acogido».

Palabras de ella, no nuestras. Para mí, este es su hogar desde el momento en que puso un pie en esta tierra, y nadie tiene que acoger a quien ya pertenece al lugar; mucho menos a ella, que se ha ganado cada rincón de este rancho.

Fueron semanas de darle muchas vueltas a la cabeza.

Se sentía perdida respecto a su futuro profesional, atrapada en esa inercia de la ciudad que ya no le encajaba.

Siguió dirigiendo la revista un tiempo, pero el punto de ruptura llegó cuando Tiffany intentó usarla para llegar a mí.

Quería convencerme de hacer el siguiente número aquí, usando a mis vaqueros y mi vida como un decorado para su gloria editorial.

Brooke no lo dudó: la respuesta fue un «no» rotundo.

Ella mejor que nadie sabe que yo no busco fama, ni aplausos, ni nada que se le parezca.

Tan solo quiero paz, sacar este sitio adelante como siempre he hecho y exprimir cada segundo junto a la mujer que amo.

Así fue como decidió que la revista no la hacía feliz; que lo único que ansiaba era recuperar el tiempo perdido, despertarse cada mañana a mi lado y sentir esa libertad de no tener que rendir cuentas a nadie más que a ella misma y a esta tierra.

En uno de sus tantos paseos con Nebraska, se le encendió la chispa de hacer algo más con el rancho, un proyecto con alma, y a mí me pareció fabulosa la idea de verla brillar en su propio terreno.

La veo agacharse para recoger mi cazadora, esa que se apropió hace ya tantos meses y que, según dice, es su favorita porque huele a mí.

Entonces, sus ojos dan con mi sombrero, que se había caído en medio de nuestro fragor.

Lo coge y, antes de colocármelo a mí, se lo encaja ella misma con un gesto chulesco, ladeando la cabeza.

Me detengo a mirarla. Le regalé uno a medida cuando llegó al rancho, uno de la mejor piel y hecho por el mejor artesano de la zona, pero a la vista está que le gusta más el mío.

Quizás es que simplemente le gusta llevar puesto lo que me pertenece, o recordarme con ese gesto que es ella quien manda en este rancho…

y la única que tiene el control absoluto sobre mi vida.

La imagen es devastadora.

Preciosa.

Jodidamente perfecta.

—Desde luego, a ti te queda infinitamente mejor —admito con voz ronca.

—Eso ya lo sé, vaquero —responde con una seguridad que me vuelve loco.

Me da un beso fugaz, un roce rápido que sabe a provocación, y se marcha apresurada antes de que pierda el poco control que me queda, la coja por banda y le demuestre que es capaz de gritar mi nombre mucho más fuerte que todas las veces anteriores.

La observo alejarse mientras intenta adecentarse el vestido, peleando por recuperar esa fachada de perfección para que nadie note que, hace apenas unos minutos, la tenía empotrada contra la pared de este cobertizo, haciéndola mía.

Me encanta esa maldita confianza con la que camina, como si no llevara el rastro de mis manos quemándole todavía la piel.

Me echo el pelo hacia atrás, soltando una carcajada por lo bajo mientras noto cómo el pulso todavía me golpea con fuerza en las yemas de los dedos, y salgo tras ella.

No sé qué nos deparará el futuro, pero mientras sea a su lado, sé que siempre estaré en casa.