Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 69
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Capítulo 69

Fashion Haven, Chicago

Mayo

—Jackson—

Pasar estos meses sin ella ha sido un auténtico tormento.

Todos en el rancho han tenido que soportar mi mal humor y, desde luego, tienen el cielo ganado por no haberme mandado a la mierda.

Pero la espera ha merecido la pena; solo por esto, por tenerla otra vez entre mis brazos, dejando que su calor y su olor me calmen, volvería a esperar cien vidas más.

La he echado jodidamente de menos. Tanto que a veces me costaba recordar cómo se respiraba sin tenerla cerca.

—Si tu plan desde el principio era este… —se separa apenas unos centímetros, lo justo para buscar mis ojos— ¿Por qué has esperado tantos meses, Jackson?

Aparto varios de sus mechones rubios con cuidado, grabándome a fuego el tacto de su piel, y los coloco tras sus orejas.

Deslizo mis manos por sus brazos hasta llegar a su cintura y las anclo ahí, apretando los dedos contra su ropa para que no se aleje más.

La necesito pegada a mí, fundida en mi pecho, para convencerme de que no es un espejismo.

—Porque tu padre me pidió ayuda, Brooke —suelto un suspiro que arrastra meses de ansiedad—.

Y aunque me estaba muriendo por venir a buscarte, por seguir tu rastro hasta el fin del mundo si hacía falta con tal de traerte de vuelta, no podía hacerlo así.

Porque esto no va solo del amor que siento por ti, cariño. No va solo de nosotros dos.

La obligo a mirarme, levantando su mentón, queriendo que entienda la magnitud de lo que ha pasado mientras ella no estaba.

—Esto va de una familia que se rompió por el egoísmo de una mujer y de un padre que te perdió sin tener la culpa.

Va de que ese hombre que ves ahí —señalo por encima de su hombro y ella lo mira de reojo— fue el villano en una historia mal contada.

Esa fue la verdad de tu madre, pero no la auténtica.

Se ha dejado la piel estos meses para recuperarse, Brooke; solo para poder presentarse aquí y que le concedieras una oportunidad.

Esto va de que vuelvas a tener un hogar al que regresar, con gente que te ama de verdad.

Su cara es de perplejidad total. Se queda inmóvil, como si le fuera imposible asimilar que el mundo que conocía acaba de saltar por los aires para dejar paso a la verdad.

Incapaz de soportar la necesidad que me quema por dentro ni un segundo más, deslizo las manos hasta su nuca y atraigo su cara hacia la mía. Ella no pregunta nada, no dice ni una palabra; simplemente actúa. Apoya ambas manos sobre mi pecho, se pone de puntillas y funde sus labios con los míos.

«Al fin».

Nuestras bocas se unen en un beso que sabe a desesperación.

Es el choque de dos personas que llevan meses rompiéndose por dentro y que solo saben curarse así.

Me apodero de ella, presionando con la mano tras su nuca para profundizar, explorándola con la lengua como si quisiera recuperar cada segundo perdido.

Me falta el aire, pero no me importa; se lo ofrecería todo a ella si con eso consiguiera que no se volviera a ir nunca.

Siento una sutil sonrisa asomar en sus labios, aún pegados a los míos, y es el primer momento en que vuelvo a sentirme vivo. La paz no era un lugar, era esto: tenerla de nuevo donde siempre debió estar.

—Te he echado tanto de menos… —Mis palabras se van apagando, perdiendo fuerza ante la urgencia de centrarme solamente en sus labios carnosos y en ese sabor adictivo que me ha tenido en vela tantas noches.

Unos instantes después, Brooke se separa apenas lo justo para recuperar el aliento. Sus ojos me buscan, todavía nublados por la intensidad del beso.

—¿Y ahora qué? —pregunta, y noto en su voz ese rastro de incertidumbre que siempre intenta ocultar.

—Pues ahora… —Deslizo mis nudillos por la suavidad de su mejilla, recorriendo su piel como si estuviera reconociendo un territorio que creía perdido.

Contemplo esa mirada color miel que reverbera en cada rincón de mi cuerpo, encendiéndolo todo a su paso—.

Creo que ya es hora de que dejes de correr por los demás y frenes para ver quién ha estado corriendo por ti todo este tiempo.

Se carcajea, una risa corta que suena a alivio, y niega con la cabeza varias veces mientras me mira con incredulidad.

—Oh, por favor, tú y tus frasecitas que me dejan siempre descolocada… —Me da un leve golpe en el pecho, pero no se aleja; al contrario, parece que sus manos se aferran un poco más a mi camisa.

Rodeo su cintura con firmeza y la atraigo hacia mí, eliminando cualquier espacio sobrante, queriendo sentir cada latido de su corazón contra el mío.

Me mira desde abajo, con esa vulnerabilidad que solo me muestra a mí, y enreda sus brazos alrededor de mi cuello.

Tiene los ojos entrecerrados y esa pequeña sonrisa en sus labios que me confirma que, por fin, ha dejado de huir.

—Sí, pero te encanta escucharlas —me contagio de su risa, porque cuando Brooke sonríe es tan deslumbrante que cuesta apartar la vista.

Pero, tan rápido como llega, la alegría se esfuma. Su rostro se arruga, la tristeza le empaña el brillo de los ojos y baja la mirada, derrotada por sus propios pensamientos. No permito que se esconda; con los dedos la sujeto suavemente por la barbilla, obligándola a sostener mi mirada.

—Eh, ¿qué pasa, Brooke?

—Es que no sé qué va a ser de mí ahora —suelta, y su voz es un hilo apenas audible que vibra por la impotencia—.

Mi madre, la revista… todo por lo que he luchado.

Tiffany se va a encargar de hundirme, de decirle a todo el mundo que he fracasado y que, al final, ella tenía razón: que yo no soy nadie sin ella.

Ya me imagino las miradas de la gente, Jackson.

Los comentarios de que no he sido capaz de valerme por mí misma.

Se le escapa un suspiro entrecortado y veo cómo la angustia le nubla el juicio por completo.

—He pasado mi vida entera intentando demostrar que valía algo por mí misma, y ahora siento que le acabo de dar la razón. Que le he dado el gusto de verme caer.

Noto cómo el peso de esa farsa que ha vivido empieza a asfixiarla de nuevo. La atraigo un poco más hacia mí.

—Eh, cariño, escúchame bien —sus ojos se clavan en los míos, buscando algo a lo que agarrarse—.

Tu valor no se mide por las veces que has triunfado, sino por las veces que has caído y, aun así, has decidido levantarte.

Eres la mezcla perfecta entre fuerza y ternura; tienes un coraje y una compasión que no te caben en el pecho.

Quien no sea capaz de verlo es que está completamente ciego.

Estrecho el abrazo, queriendo que sienta cada una de mis palabras.

—No debe importarte lo que piense el resto del mundo; solo importa lo que pienses tú de ti misma.

En ti conviven esa niña que soñaba con fantasías imposibles, la que tuve el honor de conocer, y la mujer que hoy trabaja para hacer esos sueños realidad, aunque todavía no te hayas dado cuenta.

Yo voy a estar aquí, a tu lado, para ayudarte a construirlos todos si me dejas.

El resto del mundo puede irse a la mierda, Brooke.

—No deseo otra cosa que tenerte a mi lado, Jackson.

—Bien, porque no pienso irme a ningún lugar en el que no estés tú.

Me acerco a sus labios y me abro paso entre ellos para saborearla al completo, sintiendo que por fin las piezas encajan. Pero, solo unos segundos después, suelta un grito que me deja descolocado.

—¡Oh, espera! —rompe el beso, separándose de mí, y entra de nuevo en el despacho como un torbellino, para salir un instante más tarde con unos papeles en la mano.

Su padre espera paciente en un rincón. Nos observa con una amplia sonrisa, una que no se pueden fingir, visiblemente feliz por lo que está pasando.

Miro los papeles y luego alterno la vista entre Brooke y Ted, una y otra vez, sin entender nada.

Ted me hace un leve movimiento de cabeza, instándome a que lea.

—¿Se puede saber qué es esto? —le pregunto a la rubia que tengo delante, que tiene el rostro tan iluminado que casi deslumbra.

—Tú léelo… ¡Ya! ¡Venga!

—Vale, vale… —Empiezo a leer, recorriendo las líneas con incredulidad hasta que comprendo de qué se trata.

Es un trámite legal para formalizar el cambio de titularidad de una vivienda: el rancho.

Ahora está a mi nombre, y la firma de Brooke destaca al final del documento, firme y definitiva—.

¿Qué? No… Oye, Brooke, estoy… me has dejado sin palabras, pero no puedo aceptar esto.

Le tiendo los papeles de vuelta, sintiendo que prácticamente me queman en las manos. No puedo permitirlo. Ese lugar no me pertenece a mí; es su herencia, su legado.

Sin embargo, Brooke no los coge. Empuja mi mano con suavidad, pero con firmeza para que me los quede.

—Por favor, Jackson, acéptalo. Estuve a punto de cometer una locura y vendérselo a alguien que sabía que no lo cuidaría.

Ese lugar es tu hogar, el hogar de todos los vaqueros, de ellos —señala con la cabeza a su padre, haciendo alusión también a su abuelo—.

Has trabajado como nadie para mantener ese sitio en pie, te has encargado de cada rincón de esas tierras desde hace años.

No hay nadie en el mundo que se lo merezca más que tú.

—Dios mío, Brooke… —Me paso la mano por el pelo, echándolo hacia atrás, y la dejo anclada en mi nuca mientras intento procesarlo.

Siento cómo los nervios me suben por el estómago. Amo ese lugar, es mi vida, mi familia y mis amigos están allí, pero esto es una responsabilidad inmensa. Es demasiado.

—No sé si…

—Por favor, acéptalo. Es lo que quiero —me interrumpe con una mirada que no admite réplica.

Sé que sería el hombre más feliz del mundo teniendo ese rancho en mis manos, sabiendo que el futuro de los míos está asegurado, pero nada de eso tendría sentido si no la tengo a ella para compartirlo.

—Solo si vienes conmigo. No quiero que sea solo mío, quiero que sea nuestro —suelto, fijando mis ojos en los suyos.

Brooke eleva una comisura e inclina la cabeza, divertida a pesar de la importancia del momento.

—Eso es chantaje, ¿lo sabe, vaquero? —pregunta, dejando ver una amplia sonrisa y ese tono de voz tan provocativo, antes de humedecerse los labios.

—Bueno… no lo aceptaré de ningún otro modo si tú no aceptas mi condición —tiro de su codo para volver a acercarla a mi cuerpo, recorriendo con la mirada cada centímetro de su rostro: sus labios, su nariz, sus mejillas y, finalmente, sus ojos—. ¿Qué me dice, señorita Collins? ¿Acepta el trato?

—Pues creo que me es difícil negarme a nada que provenga de usted, vaquero —murmura, mordiéndose el interior de la mejilla con esa guasa que tanto me fascina de ella cuando la muestra.

Acerco mi boca a la suya, apenas es un roce, y susurro contra sus labios:

—Haces bien, cariño. Te aseguro que no te arrepentirás.

—Lo sé.

Y tras oírla, la beso con la fuerza de quien sabe que, por fin, está empezando la vida que siempre nos perteneció.

Verano

«El verano es una tregua salvaje donde el sol te cura la piel y ahuyenta las sombras, dándote el calor que necesitabas para dejar de huir y echar raíces en la tierra que siempre debió ser tu hogar».