Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 68
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Capítulo 68

Fashion Haven, Chicago

Mayo

—Brooke—

Pasamos la siguiente hora en el sofá de mi despacho, uno frente al otro, dejando que el tiempo se detenga mientras las piezas de mi vida vuelven a encajar.

Mi padre me lo cuenta todo, sin prisas, sin dejarse un solo detalle por el camino.

Yo era demasiado pequeña para entender lo que pasaba entre ellos cuando estaban juntos, así que él desgrana los recuerdos con una ternura que me aprieta el corazón.

Lo que más me descoloca es su falta de rencor.

A pesar de todo el daño que Tiffany le ha causado, me da su versión sin un solo insulto, sin despotricar contra ella.

Eso dice más de la clase de hombre que es él que cualquier otra cosa.

Me deja claro que ella sigue siendo mi madre y que su intención no es ponerme en su contra, pero que ya es hora de que deje de vivir a ciegas.

He pasado la mayor parte de mi vida convencida de que mi madre me protegía del abandono, cuando la realidad era mucho más retorcida: me ocultó años de esperas, de llamadas que nunca me pasó y de cartas que no aceptaba sin que yo supiera que existían.

Crecí con la convicción de que no era lo suficientemente importante como para que alguien se quedara a mi lado y ahora…

ahora me doy cuenta de que el amor siempre estuvo ahí, intentando alcanzarme, y ella fue quien se encargó de esconderlo.

Me siento superada. No sé si seré capaz de perdonarla algún día, ni siquiera sé cómo voy a ser capaz de volver a mirarla a la cara sin sentir que toda nuestra relación ha sido una mentira diseñada para tenerme bajo su control.

Ahora mismo, el peso de la verdad es tan grande que apenas puedo respirar bajo él.

Mi padre me cuenta que el día que se pelearon, mi madre estalló y confesó que nunca lo había amado.

Que para ella no fue más que un paleto de pueblo al que vio como una salida de emergencia cuando se enteró de que estaba embarazada de un extranjero; el resultado de una noche de locura.

Sabía que a sus padres no les sentaría nada bien aquella noticia cuando regresara después de un viaje alocado con sus amigas; era muy probable que la echaran de casa, dadas las tensiones que ya existían en su familia.

Así que, cuando conoció a Ted en un bar y vio el interés que él mostraba, simplemente aprovechó la oportunidad.

Digamos que me usó para salvarse ella.

Él sigue hablando, hilando el pasado hasta llegar al momento presente.

Me explica que cuando yo era niña no tenía problemas con el alcohol, pero que en el momento en que mi madre me arrancó de su lado, se hundió en un pozo sin fondo.

Y finalmente se ahogó en ese vicio del que se le acusó tantas veces.

Sin embargo, desde el día que me marché de Livingston hasta hoy, ha estado en un centro de rehabilitación.

Ha luchado por salir de ahí y se ha recuperado.

Lo observo y, desde luego, parece otro hombre; es mucho más parecido al padre que yo recordaba de mi infancia.

Me alegro tanto por él que siento un calor reconfortante llenándome el hueco que antes ocupaba el rencor.

Verlo así, dueño de su propia vida otra vez, es lo único que me devuelve algo de paz en mitad de este desastre.

Vuelvo a acercarme a él y lo abrazo, buscando esa seguridad que solo un padre puede darte. Él esconde su rostro en el hueco de mi cuello y, con una voz cargada de gratitud, me susurra al oído:

—Todo ha sido gracias a Jackson, cielo.

Me separo al instante, con los ojos muy abiertos, sintiendo que el nombre de Jackson me golpea como una descarga eléctrica en las venas.

—¿Jackson? —pregunto, necesitando cerciorarme de que he oído bien.

—Ajá —asiente mi padre con solemnidad.

—Pero… ¿Cómo? ¿Qué tiene que ver él? —Mi mente empieza a trabajar a una velocidad vertiginosa, conectando cada mirada de Jackson, cada silencio y cada vez que intentó decirme algo sin encontrar las palabras.

—Escucha, Brooke —él sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia el dorso con el pulgar, obligándome a frenar el torbellino de mi cabeza—.

Jackson es un gran hombre. No te ocultó nada por falta de valor o por engañarte, simplemente no se sintió con el derecho de ser él quien te diera una noticia que te pusiera en contra de tu madre de una forma tan radical.

Él también pasó por su propio calvario cuando nos alejaron de ti.

Se quedó destrozado. Venía a casa cada tarde, se sentaba junto al teléfono conmigo y esperábamos horas una señal tuya que nunca llegó.

Mi padre suspira, recordando aquellos años oscuros.

—Tras mucho tiempo, y cuando Tiffany nos hizo creer que eras tú quien no quería saber nada de nosotros, él desistió y se centró en seguir adelante.

Pero ese hombre jamás te olvidó, hija. Ni un solo día.

Vivía con la esperanza de que algún día regresarías y se encargó de mantenerlo todo a flote, cuidando el rancho y de nosotros, por mucho que a mí me disgustara depender de nadie.

Toda su familia nos protegió mientras yo nos hundía cada vez más en la oscuridad.

Es una gran persona, Brooke. En ningún momento quiso hacerte daño; todo lo que hizo fue para proteger lo poco que nos quedaba de ti.

—Oh, santo cielo… he sido tan injusta con él —susurro, escondiendo el rostro entre mis manos mientras el peso de mis palabras hacia él me aplasta—. No me lo perdonará jamás. Le partí el corazón de la peor manera posible…

—Cielo, ese hombre te perdonará —mi padre me aparta las manos de la cara y una sonrisa suave tira de sus comisuras—.

Jackson te ama con ese tipo de fuerza que no entienden de orgullo ni de rencor.

Podrías destrozarlo una y otra vez, y él seguiría ahí, esperando a que tú estés lista para dejarte querer. Siempre ha sido así.

Me veo reflejada en el verde de sus iris y, de repente, siento un impulso eléctrico que me recorre entera. Me levanto del sofá como si tuviera un resorte, empujada por una desesperación repentina.

La señal que estaba esperando la tengo por fin frente a mí; estas palabras me confirman lo que en el fondo ya sabía, pero me negaba a aceptar por miedo.

Me muevo por instinto hasta la mesa y cojo los papeles de esa carpeta que llevan meses cogiendo polvo, esperando una firma que se sentía como una sentencia de muerte y que ahora es mi única forma de ofrecer una disculpa.

—¿Qué ocurre, Brooke? ¿Qué haces? —pregunta mi padre, siguiendo mis movimientos con la mirada.

—Algo que debí haber hecho hace mucho tiempo —le respondo, mirándolo por encima de los documentos.

No hace falta que le explique nada más. En ese silencio, con una sola mirada, él me entiende. Ve mi determinación y me da su consentimiento con un firme movimiento de cabeza. Cojo el bolígrafo y, sin dudar un segundo, garabateo mi firma. El trazo es rápido y decidido.

—Ya está —suelto todo el aire que he estado reteniendo, sintiendo cómo el peso en mis hombros se desvanece—. Espero que esto le ayude a perdonarme.

Mi padre se levanta, se guarda las manos en los bolsillos y me dedica una sonrisa de esas que te llegan al alma.

—Pues creo que deberías ser tú quien se lo cuente. En persona.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? —lo miro, totalmente descolocada.

—Que Jackson está ahí fuera. Te está esperando.

Bordeo la mesa a toda velocidad, sintiendo un vuelco en el corazón que me deja sin aliento.

—¿Todo este tiempo ha estado ahí afuera? —abro los ojos de par en par, señalando hacia la puerta como si no pudiera creerlo.

—Todo el tiempo —asegura él con voz suave.

Sin preguntar nada más, me lanzo hacia la puerta. La abro con ímpetu, saliendo casi en tropel, y me quedo clavada en el sitio al toparme con esa mirada en la que parece que el cielo nunca muere.

Intento controlar el aluvión de emociones que me golpean el pecho, pero es imposible; me desbordan.

Jackson se levanta de la silla en la que esperaba con una paciencia infinita en cuanto se fija en mí.

Al ponerse en pie, siento que llena cada rincón de la estancia.

Tan alto, tan imponente, tan salvaje… Frunce el ceño, buscándome la mirada con una preocupación que me parte en dos, analizando cada uno de mis gestos.

En sus ojos se reflejan demasiados sentimientos; es como mirarme en un espejo de dolor y anhelo.

Su rostro se suaviza, relajándose en una expresión de alivio cuando intento esbozar una sonrisa.

Me sale algo triste, empañada por la culpa de pensar en todo el daño que causé con mi partida, pero es suficiente para él.

Obligo a mis piernas a reaccionar, aunque me tiemblan desde que he cruzado el umbral, y recorro la distancia que nos separa a toda prisa.

Me lanzo contra su cuerpo robusto, ese que se siente como el único lugar seguro en el mundo, y él me envuelve al instante con sus brazos fuertes.

Jackson esconde su rostro entre mi cuello y mi pelo, inspirando profundamente, como si estuviera recuperando el aire después de haber estado a punto de ahogarse.

—Lo siento, Jackson. Lo siento tanto… —me lamento contra él, aferrándome con todas mis fuerzas a su pecho.

—Tranquila, pequeña —me susurra al oído, con la voz cargada de una ternura que no merezco—. Te he echado tanto de menos que he contado cada puñetero segundo hasta que has vuelto a mis brazos.