Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 67 #3
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Capítulo 67 #3

El silencio que sigue a sus palabras es ensordecedor.

Al menos esta vez ha sido capaz de decir algo cierto, de mostrar su verdadera cara sin filtros.

Me quedo mirándola, sintiendo cómo se me desgarra el alma por dentro.

¿Cómo ha podido mantenerme engañada tanto tiempo?

¿Cómo ha podido mirarme a la cara cada día sabiendo que me estaba robando mi propia historia?

Siempre me hizo creer que me habían abandonado.

Me convenció de que mi padre no me quería, de que nos había dejado a nuestra suerte porque no le importábamos.

Tanto daño acumulado… tanto dolor por sentirme insuficiente, tantos años perdidos en un rencor que no me pertenecía.

Y, de repente, una rabia abrasadora empieza a sustituir al desconsuelo.

Estoy cabreadísima conmigo misma por haber estado tan ciega, por no haber cuestionado nunca su versión, por haber ignorado cada señal que me decía que yo no pertenecía a este mundo, sino a aquel rancho con el que soñaba a escondidas.

—¿Cómo pudiste? —siseo con los labios apretados, sintiendo que la traición me quema por dentro.

—Brooke… —Ella adelanta un paso en mi dirección, manteniendo esa pose impecable mientras yo me estoy desmoronando frente a ella.

—¡No! ¡No te acerques! —La detengo en seco, con un gesto brusco. Siento que, si me toca, voy a saltar en mil pedazos—. Fuera de aquí —escupo, furiosa, parpadeando con desesperación para contener las lágrimas de rabia que se me amontonan en los ojos.

—Pero…

—He dicho que fuera de aquí —señalo la puerta con la mano alzada—.

Ahora mismo no puedo ni hablar contigo. No sé cómo pudiste hacernos esto, cómo pudiste hacerme esto a mí, a tu propia hija.

Ahora lo entiendo todo… —Suelto un suspiro cargado de pesar—.

Sal de aquí, no quiero ni mirarte a la cara.

Reza para que pueda perdonarte en algún momento, porque ahora mismo no me veo capaz.

Con una entereza que me revuelve el estómago, Tiffany coge su bolso y se encamina hacia la puerta. Camina con pasos firmes, con la cabeza alta, como si no acabara de destrozar de nuevo una familia, sin entender que lo que acaba de perder es a mí.

Antes de salir, se detiene y nos mira a ambos.

Me hubiera encantado ver una pizca de arrepentimiento en sus ojos, un rastro de duda o incluso un poco de dolor por haberme causado tanto sufrimiento.

Pero no veo nada de eso. Sus ojos están secos, fríos.

El corazón se me parte en más pedazos de los que ya tenía al confirmar que nunca le importé lo suficiente como para decirme la verdad.

Niega varias veces con la cabeza y se marcha, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedo en silencio, con el pecho subiendo y bajando con violencia, rodeada por el peso de tantos años de mentiras.

Llevo mis ojos a los verdes de mi padre y las lágrimas vuelven a aflorar, pero esta vez nacen de otro lugar, cuando aprecio el pequeño destello de esperanza y amor que brilla en su mirada.

—Oh, papá —gimo.

Y me lanzo a sus brazos. Me refugio en su cuerpo como si volviera a ser la niña pequeña que buscaba su protección, adueñándome del calor que emana y que tanto me reconforta, un calor que mi memoria corporal reconoce al instante.

—Me he sentido tan perdida, tan sola, tan insignificante en este mundo…

—confieso entre sollozos, desmoronándome por completo—.

Creía que había algo roto en mí, que por eso nadie me quería en su vida.

Desde que tengo memoria le he intentado demostrar a esa mujer que yo era digna de querer, pero cada vez me parecía más ella.

Hasta que dejé de ser yo misma.

Oh, Dios mío…

Sigo llorando sin parar, aferrándome a la tela de su camisa, arrugándola entre mis dedos como si necesitara hundir mis manos en algo real para convencerme de que no me estoy volviendo loca. No quiero soltarlo. No puedo.

Él deposita un pequeño beso en mi cabeza mientras me envuelve con sus brazos fuertes y me propina caricias de aliento en la espalda.

Y entonces me desahogo del todo. Me lamento, sollozo y gimo como nunca antes lo he hecho, expulsando cada noche que pasé preguntándome qué había hecho mal,

cada desplante de mi madre que acepté en silencio y el peso de todas esas palabras que se quedaron encerradas en sobres que nunca llegaron a mis manos.

—Shhh, ya está, Brooke. Estoy aquí, hija —me estrecha con más fuerza contra él, acariciándome con movimientos suaves, tratando de recoger los pedazos en los que me he convertido.

—Te he necesitado durante tanto tiempo… No me sueltes, por favor —mi voz se rompe contra la tela de su camisa, que ya está empapada por mis lágrimas.

—No lo haré, ya no. Te abrazaré hasta que tu niña interior se sienta segura conmigo, hasta que te olvides de todas las veces que te hicieron sentir insuficiente. Digan lo que digan, yo soy tu padre y jamás te juzgaré, Brooke. Te cuidaré siempre.

Lloro con una intensidad que me deja sin aire, vaciándome de todo el peso que he cargado en silencio, sintiendo cómo cada sollozo me va arrancando una capa de esa armadura que ya no necesito.

—Te quiero, papá.

Él me abraza aún más fuerte y me acaricia la melena con una suavidad que me devuelve la paz.

—Y yo a ti, mi vida. Yo mucho más.