EPÍLOGO Extra #2
Porque, aunque entonces no quise verlo, había momentos en los que Tiffany parecía ausente.
Se quedaba en silencio de repente. Se perdía mirando el horizonte.
A veces sonreía, pero sus ojos seguían tristes.
Cuando le preguntaba qué le ocurría, siempre respondía lo mismo.
—Me da miedo ser tan feliz.
Y yo la creía. Porque estaba demasiado ocupado dándole gracias a la vida por haberla puesto en mi camino como para imaginar que aquel miedo escondía una verdad muy distinta.
A las pocas semanas le pedí que se casara conmigo. Sé que, visto desde fuera, puede parecer una locura. Probablemente lo fuera. Pero cuando uno encuentra a la persona con la que quiere compartir la vida, ¿de verdad tiene sentido esperar solo porque el calendario diga que todavía es pronto?
Mi padre no lo vio igual. Recuerdo perfectamente la conversación que tuvimos aquella noche, sentados en el porche.
—Vas demasiado deprisa, hijo.
No levantó la voz. Nunca lo hacía.
—Solo quiero asegurarme de que estás enamorado de ella… y no de la idea de volver a ser feliz.
Aquellas palabras me molestaron. Mucho. Porque estaba convencido de que nadie podía entender lo que sentía mejor que yo.
Ahora sé que mi padre solo intentaba protegerme. Pero entonces era incapaz de verlo.
Tiffany aceptó. Y durante un tiempo llegué a creer que la vida me estaba devolviendo todo lo que antes me había quitado. Se instaló en el rancho y empecé a imaginar un futuro que, por fin, volvía a tener sentido.
El embarazo pasó deprisa. Demasiado deprisa. Me empeñé en que no levantara peso, en acompañarla a todas las revisiones y en asegurarme de que nunca le faltara nada. Si por mí hubiera sido, habría construido un mundo entero para que ella y nuestro bebé fueran felices.
Después nació Brooke.
Todavía puedo cerrar los ojos y volver a ese instante. Era tan pequeña… Tan increíblemente perfecta… Cuando la matrona la dejó sobre mis brazos, sentí miedo. Miedo de no estar a la altura. Miedo de sostener algo tan frágil. Pero entonces su diminuta mano se cerró alrededor de uno de mis dedos.
Y todo cambió.
Dicen que hay personas capaces de recordar el momento exacto en el que se enamoraron.
Yo sí puedo.
Fue aquel instante. No cuando conocí a Tiffany. No cuando nos besamos por primera vez. Fue el instante en que aquella niña me agarró el dedo con una fuerza que no parecía posible en alguien tan pequeña.
En ese momento comprendí que el amor podía tener un nombre.
Y el suyo era Brooke.
Era una niña preciosa. Tenía el pelo tan rubio que, al principio, apenas se le distinguía sobre la mantita del hospital.
Con el paso de las semanas sus ojos adquirieron un tono miel tan bonito que costaba dejar de mirarlos.
A veces me sorprendía buscando algún rasgo mío en ella.
Y, aunque no terminaba de encontrarlo, nunca conseguía preocuparme demasiado.
Estaba demasiado fascinado con aquella pequeña como para detenerme en algo así.
Los primeros meses fueron los más felices de mi vida. Dormía poco. Vivía agotado.
Y, aun así, jamás me había sentido tan pleno.
Cada pequeño avance de Brooke era una celebración.
Esperaba con impaciencia el momento de volver de la mina para cogerla en brazos y descubrir con qué iba a sorprenderme aquel día.
Si había aprendido un sonido nuevo, si conseguía mantenerse sentada unos segundos más o si volvía a regalarme una de esas sonrisas que hacían que cualquier problema dejara de importar.
Hubiera dado cualquier cosa por escuchar una vez más cómo me llamaba con ese balbuceo incomprensible que solo los padres creen entender.
Pero la felicidad, a veces, es tan frágil que basta una sola frase para romperla en mil pedazos.
Una noche, después de una discusión absurda, Tiffany me miró como si ya no quedara nada de la mujer de la que me había enamorado, como si quisiera hacerme el mayor daño posible.
Y lo consiguió.
—Brooke no es tu hija.
Recuerdo que me reí. No porque tuviera gracia. Sino porque aquello era tan absurdo que mi cabeza se negó a creerlo. Esperé a que sonriera. A que me dijera que era una broma de mal gusto.
No lo hizo.
Sin apartar la vista de mí, abrió un cajón del aparador y sacó unos documentos doblados. Los dejó sobre la mesa. Tardé unos segundos en reaccionar. No quería tocarlos,
porque, mientras permanecieran ahí, todavía podía convencerme de que todo aquello no era real. Pero terminé haciéndolo. Eran unas pruebas de paternidad. Leí mi nombre una vez. Después otra. Y otra más.
Las palabras empezaron a mezclarse unas con otras hasta perder todo el sentido.
Sentía que alguien acababa de vaciarme por dentro.
No recuerdo haber dicho nada. Ni haber gritado.
Ni siquiera haber llorado. Solo recuerdo salir de casa dando un portazo.
Caminé durante horas. No sé a dónde. Solo necesitaba alejarme de aquel salón, de aquellos papeles y de una verdad que se negaba a entrar en mi cabeza.
Porque había una cosa que aquellos informes jamás podrían cambiar.
Yo había estado allí cuando Brooke abrió los ojos por primera vez.
La había acunado durante las madrugadas en las que no dejaba de llorar.
Había aprendido a distinguir cada una de sus risas.
La había visto dar sus primeros gateos. Y cada noche le daba un beso antes de dormir.
¿Cómo podía venir ahora un trozo de papel a decirme que no era mi hija? No podía. Simplemente… No lo aceptaba.
Cuando regresé al rancho ya había tomado una decisión. La única que mi corazón era capaz de aceptar. Me daba exactamente igual lo que dijeran aquellos malditos papeles. Brooke era mi hija. Lo había sido desde el instante en que cerró su mano alrededor de mi dedo.
Y lo seguiría siendo hasta el último de mis días.