Capítulo 66
Fashion Haven, Chicago
Mayo
—Brooke—
He cancelado la reunión con el nuevo fotógrafo, el profesional que se supone que debe vender la fantasía de nuestra próxima campaña a través de su cámara.
Sé que es un profesional impecable, pero hoy no puedo fingir que me importa el ángulo de una luz o el brillo de una joya.
Debo resolver otros asuntos antes de que la presión en mi pecho me obligue a salir corriendo de este edificio.
Mi móvil vibra sobre la fría mesa de cristal, un sonido que retumba en el silencio de mi despacho.
Considero por un segundo la posibilidad de responder a mi madre, pero la sola idea de escuchar su voz perfectamente modulada me agota.
Aparto el teléfono con un gesto brusco y opto por concentrarme en los archivos abiertos en el portátil, intentando que las cifras y los planes de marketing me anclen a la realidad.
Sin embargo, es inútil. Se me escapa la vista hacia los grandes ventanales, esos cristales impecables que me separan del mundo pero que me devuelven el reflejo de una ciudad que hace meses que ya no reconozco.
Chicago se despliega ante mí con sus rascacielos infinitos, desafiando a un cielo azul y despejado que parece atrapado entre el acero y el hormigón.
Suspiro con una melancolía que ya se ha vuelto crónica.
Me pasa a menudo: siempre comparando este horizonte gris y estructurado con aquel otro, salvaje y eterno, donde el cielo no tiene límites.
Quería ser valiente. De verdad que sí. Quería demostrarme que podía darle un giro radical a mi vida por mí misma, sin depender de nadie.
Pero al regresar aquí, la corriente de mi vida anterior me arrastró antes de que pudiera oponer resistencia.
Me dejé llevar por el ritmo de siempre, por la rutina asfixiante… por mi madre.
Dejo escapar un suspiro de dolor. Vivo instalada en una nostalgia continua por los meses que pasé en Livingston, con la certeza amarga de que no volveré a sonreír como lo hice allí.
Lo echo de menos. Todo. La sencillez de los vaqueros, las risas con Austin, incluso las pullas de Zac.
Me han llamado innumerables veces desde que me marché; veo sus nombres iluminar la pantalla y siento una punzada de culpa, pero no respondo.
Nunca respondo. No puedo. Del mismo modo que he ignorado cada llamada de Jackson.
Releo los mensajes de Candy y Jenna como si fueran un mantra.
Son las únicas que me permiten mantener el contacto con la mujer que fui en aquel lugar.
A veces me cuentan cómo siguen las cosas por el rancho y, aunque me duele leerlo, me aferro a esos detalles porque son lo único que impide que Montana se convierta en un recuerdo borroso y lejano.
Son mi anclaje a una vida soñada en medio de tanta hipocresía.
Y hablando del rancho… finalmente debo tomar una decisión. He dejado que el tiempo se escurra entre mis dedos durante demasiado tiempo.
Pensé en Tom Bennet como el candidato ideal desde el mismo instante en que me alejé de la entrada de Livingston.
A la semana de llegar a Chicago, me puse en contacto con él y aceptó venir con su padre para reunirnos.
Fui muy específica con mis cláusulas. Les detallé mis condiciones sin dejar margen a la interpretación: el personal del rancho no se tocaría.
Aquel es su hogar y exigí que el contrato garantizara su permanencia.
Tom aceptó de inmediato, con una profesionalidad impecable, asegurándome que respetaría mi decisión y que la transición sería sencilla.
Sin embargo, la fachada de los Bennet se desmoronó en cuanto creyeron que no los escuchaba.
Mientras mi secretaria les preparaba un café en la sala contigua, pude oír cómo el padre de Tom le siseaba a su hijo que a él nadie le imponía condiciones sobre su propiedad.
Dijo, con una prepotencia que me resultó insoportable, que ya vería él qué hacía con la tierra y con los vaqueros una vez que tuviera los papeles firmados.
Ese comentario fue suficiente para que me pusiera a la defensiva.
No me dio buena espina; era evidente que su palabra no valía nada.
Desde ese día, me he convertido en una experta en la evasión.
He ido alargando el cierre de la venta, utilizando cualquier tecnicismo legal para ganar tiempo.
He mantenido reuniones con otros candidatos con la esperanza de encontrar una opción más ética, pero la realidad es que todavía tengo los documentos sobre mi mesa, esperando una firma que me resisto a estampar.
Así pues, la carpeta de la venta sigue ahí, ocupando un lugar que no le corresponde en mi mesa, abierta de par en par como un recordatorio constante de lo que se supone que debo hacer.
Es una presencia muda que me juzga, esperando una firma que pondría fin a todo.
Sin embargo, en lugar de coger el bolígrafo, mis dedos buscan por inercia el teléfono.
Necesito otra dosis de realidad, o quizás de dolor.
Tras leer los mensajes de las chicas, deslizo el dedo por la pantalla hasta llegar al nombre de Jackson.
No me atrevo a abrir el chat; me niego a que la aplicación le confirme que estoy al otro lado, pendiente de él, pero no me hace falta entrar para leerlo.
La notificación brilla en la pantalla de bloqueo con demasiada claridad.
«Vuelve a casa, por favor».
Me quedo hipnotizada por esas cinco palabras. Todos sus mensajes desde que me marché han seguido ese mismo patrón: frases cortas y directas, como dardos que buscan el centro exacto de mi herida.
«Hay algo que debes saber».
«Te echo de menos».
«Vuelve a casa, pequeña».
«Te necesito».
«Dairon te echa de menos. Y yo también».
«Este lugar no es lo mismo sin ti».
Trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me instala en la garganta. Me duele el pecho al ser consciente de la montaña de llamadas perdidas y mensajes ignorados que he ido apilando. He usado el silencio como un escudo, pero ahora siento que ese mismo escudo me está aplastando el corazón.
Por suerte, el revuelo tras las cristaleras del despacho rompe el bucle de mis pensamientos. La puerta se abre sin previo aviso y aparece Martha; mi asistente está en ese estado de hiperventilación que suele preceder a una catástrofe.
—Necesitamos tu intervención. Ahora mismo.
—¿Qué ha pasado esta vez, Martha? —suelto todo el aire de mis pulmones, sintiendo cómo el peso de la revista vuelve a instalarse sobre mis hombros.
—La modelo… dice que ese tono de verde no favorece a su subtono de piel y se niega a salir del camerino si no cambiamos el concepto de la sesión.
—Vale —levanto un dedo para detener su torrente de pánico—. Dame un minuto, por favor.
—Por supuesto, señorita Brooke
Cierra la puerta, pero no me da tiempo ni a saborear el silencio. El teléfono del despacho empieza a sonar con una insistencia chirriante, un sonido que se me clava en las sienes. Lo descuelgo de forma mecánica, pillada totalmente desprevenida por este nuevo frente con la modelo.
—¿Diga?
—¡Brooke, ya era hora, hija!
Cierro los ojos con fuerza e inspiro profundamente, intentando no proyectar mi frustración por el auricular.
—Mamá, estoy ocupada ahora mismo. Tengo una crisis en el set.
—Ah, muy bien, siempre tan eficiente —su tono es esa mezcla perfecta de orgullo y condescendencia que tanto me agota—. Solo te llamaba para avisarte de que estoy de camino. Comeremos juntas y no acepto un no por respuesta.
Al menos hoy se ha dignado a avisarme, pienso con amargura, aunque ambas sabemos que mi agenda nunca ha sido un impedimento para sus caprichos.
—Eh… lo hablamos luego, mamá. Tengo que colgar.
Y lo hago. Corto la llamada antes de que pueda empezar a planificar mi tarde.
Siento que el aire del despacho se vuelve demasiado denso.
Creí que al volver a mi vida normal los sentimientos se enfriarían con la distancia, pero ha ocurrido todo lo contrario: el vacío se ha vuelto más nítido.
Siento que las paredes de este despacho se cierran sobre mí, recordándome a cada segundo que estoy en el lugar equivocado.
Cada mañana, al despertar, sueño con una vida en la que mi primer instinto no sea estirar la mano para buscar el teléfono o la pantalla del ordenador.
Estoy harta de esta inmediatez asfixiante, de vivir corriendo hacia ninguna parte y de viajar a ciudades increíbles solo para verlas a través del cristal de una sala de juntas, sin que me dé el sol en la cara ni un solo minuto.
No quiero más cenas en restaurantes exclusivos donde el protocolo importa más que la conversación, sentada frente a hombres que solo saben hablar de sus fondos de inversión, de sus coches nuevos o de sus últimas conquistas empresariales.
Me agota este entorno de apariencias donde todo el mundo finge ser más exitoso de lo que realmente es.
Estoy cansada de la falsa amabilidad de los eventos sociales, de los cócteles donde nadie te mira a los ojos porque todos están buscando a alguien más importante en la sala.
Lo único que deseo… lo que mi cuerpo me pide a gritos cada noche, es paz.
Necesito respirar aire que no haya pasado por un filtro de ventilación.
Desearía darme la vuelta en la cama y sentir el calor sólido de Jackson a mi lado; extraño el roce áspero de su barba contra mi mejilla, su respiración pausada marcando el ritmo de mis horas y ese silencio del amanecer que, lejos de ser incómodo, era lo único que lograba acallar mi ruido mental.
Extraño la sensación de ser alguien real para una persona de verdad.
Últimamente, mis sueños son un laberinto confuso.
Recuerdo el calor de su cuerpo contra el mío, su olor impregnado en mi propia piel, el tacto rudo de sus manos, el sabor de sus besos y esa sensación de seguridad cuando me refugiaba en su pecho, pero el cansancio acumulado y la inercia de esta vida empiezan a empañarlo todo.
A veces me despierto con la duda aterradora de si lo que viví fue real o si solo fue un paréntesis de libertad que mi mente se inventó.
Esa sospecha me asfixia, alimentada por la presencia constante de mi madre, que se mueve a mi alrededor como si nada hubiera pasado, como si mi tiempo fuera del todo inexistente.
Su empeño en que vuelva a ser la pieza perfecta de su tablero me hace cuestionarme si Jackson y el rancho fueron solo una fantasía creada por mi propio agotamiento para soportar el peso de sus expectativas.
Es como si ella, con su control absoluto sobre cada detalle de mi realidad, estuviera borrando mis recuerdos para sustituirlos por la vida que ella decidió por mí.
Unos golpes en la puerta me devuelven al presente de forma violenta.
—¡¿Y ahora qué?! —vocifero, perdiendo los papeles por completo.
La puerta se abre y Deacon, nuestro repartidor de confianza se queda petrificado en el umbral. Se me cae la cara de vergüenza en ese mismo instante; le acabo de gritar a un hombre que no tiene la culpa de mi inestabilidad ni del caos de mi mente.
—Lo siento mucho, Deacon… pensaba que era mi asistente de nuevo —me disculpo, intentando suavizar el tono mientras trato de recomponer mi máscara profesional.
—Tranquila, señorita. Todos tenemos un mal día… —dice con una sonrisa amable, restándole importancia al incidente.
Se adentra en el despacho cargando una caja de madera de dimensiones considerables, pero lo suficientemente manejable como para que la deposite directamente sobre mi mesa.
El ruido de la madera al chocar contra el cristal resuena con fuerza en el despacho.
Me tiende el albarán para que firme mientras yo frunzo el ceño, recorriendo con la mirada las vetas oscuras y el acabado sólido de la superficie.
No recuerdo haber pedido nada por el estilo.
—¿De dónde viene esto? —pregunto, buscando algún logotipo o una dirección que me aclare algo.
—Ni idea, señorita. No trae remitente, solo su nombre y la dirección de la revista —me responde mientras le devuelvo el bolígrafo.
Me inclino hacia la caja, sintiendo una curiosidad que me roba el aire por un segundo. Me quedo observando la tapa, tratando de adivinar qué podría esconderse bajo esa madera, pero justo cuando mis dedos están a punto de rozarla, la voz de Martha vuelve a rasgar el ambiente.
—¡Jefa, te necesitamos ya! ¡O vas tú o la modelo se larga!
Cierro los ojos un segundo, pidiéndole paciencia al universo.
—Ya voy, ya voy —le aseguro sin mirarla. Cojo el móvil de la mesa y le doy las gracias al repartidor con un gesto rápido—. Gracias por subirla, Deacon.
—Un placer, como siempre —le oigo decir mientras ya estoy saliendo del despacho a zancadas tras mi asistente.
Sigo a Martha por el pasillo, obligándome a entrar en modo profesional mientras ella sigue enumerando problemas.
Sin embargo, no consigo sacarme esa caja de la cabeza.
No sé qué contiene ni quién la ha enviado, pero ha conseguido que el ajetreo de la revista me importe un poco menos que hace cinco minutos.