Capítulo 65
Livingston, Montana
Diciembre
—Jackson—
No, no y no.
Ni de puta coña me voy a quedar de brazos cruzados mientras ella se aleja de mí.
—¿Se puede saber en qué cojones piensas? —Le grito a Ted en cuanto entro en su casa como un vendaval.
Lo encuentro frente a la chimenea, con la mirada perdida en la madera quemándose.
Está desaliñado, con una pinta que deja mucho que desear y un aura de derrota que me revuelve el estómago.
Dairon, mi perro, le hace compañía a sus pies, pero en cuanto me ve, corretea hacia mí moviendo el rabo, reclamando una atención que ahora mismo no puedo ofrecerle.
Escucho el crujido de los cristales rotos bajo mis botas mientras avanzo; me importa una mierda destrozar las suelas, pero me apresuro a agarrar a Dairon por el collar para que no se clave ninguno en las almohadillas.
Lo aparto de un tirón firme hacia una zona segura antes de centrar toda mi furia en el hombre que tengo delante.
Ted se da la vuelta lentamente. Me observa con el rostro desencajado, como si fuera un fantasma habitando un cuerpo que ya no le pertenece.
—¡Haz algo, joder! ¡Ya! ¿No ves que la vas a volver a perder? —Le escupo las palabras a la cara, esperando que reaccione, que me grite, que haga algo, pero parece que ni se inmuta.
Tan solo me mira con esos ojos de cordero degollado, inyectados en sangre y repletos de unas lágrimas que se niega a soltar. Esa pasividad me saca de quicio.
—¡Que reacciones de una puta vez! —Le doy un empujón que lo hace tambalearse.
Dairon, detectando mi rabia, comienza a ladrar con fuerza, llenando el salón de un eco ensordecedor.
—¡Has tenido casi cuatro putos meses y no te has dignado a hablar con ella!
¡Cuatro meses en los que tu hija parecía feliz de nuevo, en los que volvía a ser ella! ¡Y la has cagado, joder!
Le doy otro empujón. Ted no se defiende, no pone resistencia; es como empujar a un saco de arena. Mi perro sigue ladrando, contagiado por la adrenalina que me corre por las venas.
—Pero… ¿Qué os pasa a todos en esta maldita casa? ¡Parece que estáis muertos en vida! ¡Dairon, calla! —El animal obedece al instante, soltando un pequeño aullido, y se sienta a esperar, observándome con sus ojos inteligentes.
Así me gusta. Al menos alguien aquí sabe seguir órdenes.
—Eh, un respeto, chico —aparece Henry por el pasillo. Trae una carta apretada en una mano, entiendo que es Brooke quien la ha escrito, y la escoba en la otra, supongo que para recoger el desastre que su hijo ha dejado en el suelo.
Me lo quedo mirando un momento, intentando recuperar el aliento.
Comienzo a recorrer la estancia de un lado a otro como un animal enjaulado, echándome los mechones de pelo hacia atrás con brusquedad.
Estoy furioso. Estoy a punto de estallar porque acaban de perder de nuevo a su nieta y a su hija, y yo…
yo he perdido a mi mejor amiga, a mi compañera de vida y a la única mujer que he amado de verdad. Siento que me falta el aire.
—Jackson lleva razón —la voz de Ted suena afligida, apenas un susurro que me obliga a detenerme en el acto. Lo miro acribillándole con los ojos—. La he cagado.
—Y tanto que sí. Joder, no es tan difícil aclarar las cosas. La verdad solo tiene un camino, Ted.
—¿Sí? —El rostro de Ted cambia por un segundo, recuperando una pizca de rabia, y me enfrenta—. ¿Tan fácil lo ves tú desde fuera?
—Sí, joder, es fácil de la hostia. Tan solo tenías que ser un puto hombre y contarle lo que ocurrió de verdad. No dejar que se marchara creyéndose la versión de Tiffany porque no tuvo otra a la que agarrarse.
—¿Y por qué no lo has hecho tú? —Me da un golpe seco con el dedo en el pecho, justo en el centro del esternón, donde la culpa por haber callado se me ha quedado instalada como una losa que me impide respirar con normalidad.
Siento que el aire se me escapa por completo ante su acusación. —Tú también lo sabías.
—No me lo puedo creer… ¿Ahora la culpa es mía?
—Me río sin pizca de gracia, con una amargura que me arde en la garganta—.
Yo no soy su padre, Ted. Me mordí la lengua por respeto a ti, esperando a que tuvieras los huevos de hablar, no podía cargar con la responsabilidad de ser quien le dinamitara el mundo.
—Nadie ha dicho eso, chico —interviene Henry con voz cansada—. Deberíamos calmaros un poco.
—¡No quiero calmarme, joder! ¡La quiero, ¿vale?
! —Grito, y admitirlo en voz alta delante de ellos hace que me escueza el pecho—.
Y por este puto problema se ha alejado de mí.
Se ha ido pensando que soy un mentiroso más.
¿Sabéis la de veces que estuve a punto de contárselo?
Cada vez que la veía llorar, cada vez que la veía dolida, cabreada, perdida…
Me mordía la lengua hasta casi hacerme sangrar.
Pero me callé por vosotros. Por ti, Ted, por ti.
Y, además, no me correspondía a mí, no cuando se trata de su propia madre.
Tú eres su padre, tú eres el que debía mirarla a los ojos y decirle la verdad.
—Brooke ha visto con sus propios ojos las pruebas de paternidad —dice Ted, y su voz se quiebra por completo—. Ella sabe que no es mi hija. Que no compartimos la misma sangre.
—Por el amor de Dios… —Clavo la mirada en Ted y después en Henry, sintiendo una impotencia absoluta—. ¿Y en qué momento exactamente te empezó a importar la biología? ¿Desde cuándo un papel define quién es tu hija? Tan solo tenías que contarle la verdad de lo que pasó con Tiffany, Ted. Tan solo eso.
—Ya lo hizo su madre… —balbucea él, hundiendo los hombros.
—Exacto, su madre. Esa mujer que se la llevó como si su vida no valiera nada, usándola como un arma para castigarnos a todos.
La misma que la alejó de ti, de su abuelo, de mí…
de este puto lugar que era su hogar. Esa mujer le ha contado su verdad, Ted.
¿Y qué pasa con la tuya? ¿Vas a dejar que esa sea la única historia que ella recuerde?
—Tiffany es su madre. Solo la creerá a ella —dice con una voz tan débil y hundida que me dan ganas de sacudirlo para que despierte de una vez por todas. —Yo ya no soy nadie para ella… No he hecho las cosas bien…
—Ni siquiera lo has intentado —gruño con los dientes apretados, acercándome a su cara para que sienta mi rabia.
—¡¿Y qué demonios quieres que haga ahora, eh?! ¡Ya se ha ido!
—¡Que luches por ella de una puta vez, joder!
—Le grito, y siento que se me saltan las lágrimas de la maldita frustración—.
Es lo único que Brooke ha querido toda su vida.
Que alguien luchara por ella y le demostrara que la amaba por encima de todos los silencios que la han dejado sola estos veinte años.
Solo quería que no se rindieran con ella. Y tú te acabas de rendir.
Ted baja la cabeza, apesadumbrado, con los hombros caídos bajo el peso de veinte años de arrepentimiento.
—El chico lleva razón, hijo. Por eso hice lo que hice… por eso la traje de vuelta. Porque me negaba a dejar que este lugar se convirtiera en un cementerio de recuerdos. Sabía que este silencio nos iba a terminar de pudrir el alma si no hacíamos algo para arreglarlo.
—Desde luego, papá, si estamos así es por tu cabezonería —responde Ted sin mirar a su padre—. No debiste haberla traído para que sufriera de nuevo.
—Hice lo que tuve que hacer en cuanto tuve la oportunidad —replica el abuelo con firmeza—. Una oportunidad que tú desaprovechaste en cuanto le abriste la puerta de esta casa y te escondiste de nuevo detrás de una botella.
—¿No te parecen veinte años demasiada espera para volver a disfrutar de la compañía de tu hija? —Tercio yo, metiéndome en medio de su disputa—. ¿Quieres esperar otros veinte para pedirle perdón?
—Ha sido un puñetero infierno vivir sin ella —susurra Ted.
—Pues ya puedes estar moviendo el culo de una vez —le espeto, sintiendo la urgencia quemándome las entrañas.
Doy un par de pasos hacia la puerta, haciendo que mis botas rechinen contra el suelo con fuerza, esperando que ese ruido lo despierte de su letargo, que le inyecte un poco de la sangre que le falta.
—Esto se debe solucionar ahora mismo, Ted. Ya.
—Pero no puedo… no así —suelta él con un hilo de voz, y me freno en seco al oír ese tono cargado de autocompasión.
Me giro lentamente y veo que no ha movido ni un músculo; no viene tras de mí.
Sigue allí, anclado al suelo como si sus pies estuvieran hechos de plomo, rodeado de todos esos cristales rotos y de la sombra del hombre que solía ser.
Es una imagen patética que me revuelve el estómago.
Paso de darle más oportunidades a este tío; ya le he regalado demasiados minutos de mi tiempo y de la vida de Brooke.
Arrugo el rostro, sintiendo cómo el desprecio me amarga la boca, suelto un bufido cargado de una decepción corrosiva y sentencio:
—Bien. Tú sabrás lo que haces con tu vida, Ted, pero yo no pienso quedarme aquí sentado viendo cómo pierdo al amor de mi vida por tu cobardía. Se acabó. Si tú no hablas, se lo contaré yo mismo. Me da igual que me odie, pero sabrá la verdad.
Me dirijo hacia la salida con grandes zancadas, con Dairon siguiéndome de cerca, sintiendo que el pecho me va a estallar de la presión.
—¡Espera! —El grito de Ted me llega justo antes de cruzar el umbral.
Me detengo, pero no me doy la vuelta del todo; solo lo miro por encima del hombro, con la mano apretando el pomo de la puerta hasta que los nudillos me quedan blancos.
—¿Y si no me cree? ¿Y si para ella ya soy solo un extraño que le ha estado mintiendo y no ve más allá?
Me quedo en silencio un segundo. Siento una pena infinita, no por él, sino por la niña que Brooke fue y la mujer rota que es ahora.
—Ted, a esa mujer la han mentido tantas veces, mirándola a los ojos y con una sonrisa, que las palabras para ella ya no valen nada.
Se han convertido nada más que en ruido —le digo con una voz áspera, seca, como si ya no me quedaran más palabras amables para alguien que ha tenido veinte años para hablar y ha preferido el silencio.
—A estas alturas, lo único que le sirve son las acciones.
Lo que hagas a partir de ahora es lo único que le dirá quién eres.
Creerá lo que tú le demuestres, no lo que le prometas.
—Está bien. Lo haré —dice, y su voz ya no tiembla tanto, no parece tener tanto miedo.
—Pero necesito tiempo, Jackson. No puedo ir a buscarla así.
Se lo debo a ella. Necesito recuperarme, volver a ser aquel hombre que ella recuerda, el que la hacía sentir a salvo.
Por favor… —se le quiebra la voz y me mira con una súplica—. No puedo hacerlo solo. Ayudadme.
Me quedo mirándolo, sintiendo el peso de todo un mundo sobre mis hombros.
Sé que ayudarle significa retrasar mi propia búsqueda, significa aguantar el vacío de su ausencia un poco más mientras él se recompone.
Pero si eso sirve para que Brooke recupere a su padre, valdrá la pena cualquier sacrificio.
Asiento una sola vez, de forma seca, y salgo al exterior, dejando que el frío de la noche me azote la cara mientras el silencio del rancho me recuerda que, a partir de hoy, nada volverá a ser igual.
—Meses después—
Primavera
«La primavera no devuelve lo que se perdió, pero te deja recuperar lo que todavía no se había perdido del todo».