Capítulo 64
Livingston, Montana
Diciembre
—Brooke—
No puedo despedirme de nadie porque, si lo hago, no tendré el valor de cruzar esa puerta; será demasiado duro ver sus rostros y saber que es la última vez.
Por eso, me he limitado a dejar una carta bien extensa para mi abuelo y otra para Jackson, volcando en el papel lo que no me atrevo a decir en voz alta.
He preparado una maleta con lo primordial, dejando atrás todo lo que me recordaba a esta vida que ha resultado ser una farsa, y compré unos billetes de avión para volar a Chicago cuanto antes.
No pienso estar aquí ni un solo minuto más; el aire de este lugar me asfixia.
Me subiré al coche, conduciré hasta Bozeman y pasaré la noche en el aeropuerto si es preciso, sentada en una silla fría hasta que salga el avión por la mañana.
Cualquier cosa es mejor que seguir habitando esta mentira.
Salgo de casa con la maleta en una mano, con la vista nublada por las lágrimas, cuando de pronto me choco contra algo grande, firme y cálido. El impacto me desequilibra, pero son sus manos las que me sostienen.
—¡Jackson! —Su nombre sale de mis labios como un jadeo.
Nuestras miradas se cruzan en un instante que se siente efímero y eterno al mismo tiempo. Siento un vuelco violento en el corazón y trago saliva, sintiendo cómo se me cierra la garganta.
—Brooke, ¿se puede saber dónde te has metido? Estaba preocupado, joder —dice, y su voz tiene ese tinte de alivio mezclado con angustia que me hace querer llorar.
Me cuesta horrores apartar la vista, pero lo hago. Me obligo a mirar al suelo, a los restos de nieve sucia, a cualquier parte que no sean sus ojos azules.
No respondo. No puedo.
—Lo siento, tengo que irme —digo, intentando pasar por su lado. Es entonces cuando sus ojos bajan hacia la pequeña maleta que cuelga de mi mano.
—¿Qué? ¿Adónde vas? —Su rostro se arruga en una expresión de confusión.
Intento bordearlo para llegar al coche, pero su mano se cierra en torno a mi muñeca con rapidez, deteniéndome en seco.
Intento zafarme, pero Jackson no me deja espacio; me rodea la cintura con el brazo y me arrastra hacia él, obligándome a sentir su cercanía.
Llevo capas y capas de ropa para protegerme del frío, pero sus dedos parecen quemar la parte baja de mi espalda.
Siento su calor filtrándose en mi piel, recordándome todo lo que estoy a punto de perder.
—Vuelvo a casa —sentencio, logrando finalmente zafarme de su agarre. Me doy la vuelta, fingiéndome cabreada para ocultar que me estoy rompiendo, y camino hacia el coche.
La nieve que caía hace un rato nos ha dado una tregua, dejando un silencio gélido alrededor, por lo que me es más fácil llegar hasta el vehículo y meter la maleta en el maletero con movimientos torpes y desesperados.
Jackson sigue mis pasos. Con un par de zancadas de sus largas y grandes piernas ya lo tengo al lado de nuevo, como una sombra de la que no puedo escapar.
—Ya estás en casa —afirma con rotundidad.
—¡No! ¡No lo estoy! Esta ya no es mi casa —le grito, y mis palabras cortan el gélido aire.
Jackson se echa hacia atrás como si mis palabras lo hubiesen abofeteado. El dolor cruza sus facciones durante un segundo antes de recuperar la compostura.
—¿Por qué no me lo contaste? —le recrimino.
Él abre mucho los ojos, sabiendo perfectamente a qué me refiero, y vuelve a acercarse a mí en un amago de implantar sus manos en mis mejillas, queriendo consolarme como ha hecho tantas veces estos meses atrás, pero se lo impido con un gesto brusco.
—Escucha, Brooke. Quería hacerlo, de veras. Pero no era mi secreto, no me incumbía a mí decirte algo así…
—No, escucha tú. Al final has acabado siendo como todos —me acerco a él, invadida por una rabia que nace de la decepción, y le propino golpecitos en el pecho con el índice, marcando cada palabra—.
Me prometiste que me cuidarías, que no harías nada que me lastimara, que me ayudarías a reconectar con aquella parte perdida de mí…
Y te creí. Fui tan estúpida que te creí.
Pero eres igual que ellos. Me has estado mirando a la cara sabiendo que mi vida era una farsa.
Me has engañado desde el primer minuto en que volvimos a cruzarnos.
Resoplo, exasperada, sintiendo que el aire frío me quema los pulmones cada vez que cojo aire.
—Ahora lo entiendo todo… —susurro casi para mí misma, mientras las piezas del rompecabezas encajan de la forma más dolorosa posible.
—¿Y se puede saber qué demonios entiendes? —su voz es ahora un gruñido herido.
Alzo la vista y me ahogo en sus ojos azules, que ahora lucen oscuros como una noche sin estrellas.
—Pues entiendo por qué todos os olvidasteis de mí tan fácilmente cuando me fui.
Por qué nunca recibí ninguna llamada vuestra en todos estos años.
Por qué no me escribisteis. Por qué jamás nadie vino a por mí para traerme de vuelta…
—me tiembla la voz con cada frase que pronuncio, y siento las lágrimas agolpándose tras mis párpados de forma que ya me cuesta contenerlas—.
Porque este nunca fue mi sitio. Yo no era parte de vosotros.
Jackson da un paso hacia mí y me sostiene por los hombros con firmeza, obligándome a sostenerle la mirada. Me mira desde su altura con los labios apretados en una línea de sufrimiento.
—¿Quién te lo ha contado, Brooke? ¿Has hablado con Ted?
—Mi madre, Jackson. Ella me lo ha contado todo. Y sí, he hablado con él, como tanto deseabas que hiciera. Y no ha servido para nada —digo entre dientes, con amargura—. Tan solo para reafirmarme en lo que ya sabía: que todo lo que construí aquí era una farsa.
—Escucha, Brooke. Tú no lo entiendes. La verdad es que las cosas son más complejas…
—Para, Jackson —lo empujo con las palmas de mis manos para separarme de él—. Para de una vez. No me quedan más fuerzas, por favor. Ya no puedo soportar una explicación más, ni una mentira más. No quiero seguir con esto.
Él hace una mueca de fastidio, frunce aún más el ceño y murmura algo incomprensible, como una maldición cargada de dolor o un ruego.
—¿A qué te refieres exactamente con «esto», Brooke? —pregunta con un hilo de voz.
Asiento, ignorando la forma en que me estremezco por dentro cuando dice mi nombre con ese tono quebrado.
Desde el primer momento que me crucé con él supe que no sería buena idea enamorarme; sabía que alguien como él terminaría habitando cada rincón de mi mente.
Nunca había sentido lo que era el amor, jamás lo había experimentado, ni tampoco lo quería en mi vida después de ver el ejemplo de mis padres.
Pero lo hice; caí rendida ante este hombre que aparenta ser rudo y estoico a la par que tierno y cariñoso.
Por eso sé que lo que voy a hacer ahora es el acto más cruel de mi vida.
Sé que lo que voy a hacer ahora me dolerá más que cualquier cosa en el mundo.
Tengo que arrancarlo como sea de mi corazón.
En sus ojos brillan unas lágrimas que no se esfuerza por esconder, y eso me desgarra aún más. Aunque lo ha preguntado, sabe perfectamente a qué me refiero. Sabe que me estoy despidiendo de nosotros.
—Se acabó, Jackson —repongo con una calma fingida que me cuesta la misma vida mantener, aunque por dentro me esté rompiendo en mil pedazos.
Los ojos de Jack reflejan el dolor y el sufrimiento al escuchar mis palabras, y es como si me clavaran puñales en el pecho.
Y a mí también me duele. Me duele verle así.
Desde un principio sabía que Jackson podía hacerme daño, pero sobre todo sabía que sería yo quién lo lastimaría más a él.
Puede que, si hago que me odie, tan solo un poco, conseguirá olvidarse de mí con el tiempo.
—¿De verdad vas a renunciar a ese brillo que te aportaba el estar aquí? —pregunta, buscándome el alma con la mirada, intentando apelar a lo que sentí estos meses.
—Mira, han sido unos meses muy bonitos, Jackson.
Pero este no es mi sitio, no pertenezco a este mundo —suelto las palabras con frialdad, buscando herirle para salvarme—.
Mi vida está en Chicago, junto a mi madre.
Vivir aquí, todo lo que he experimentado en este lugar, es demasiado simple y sencillo para una mujer como yo.
Siento el peso de mi propia mentira aplastándome el pecho, pero mantengo la mirada.
Percibo cómo se le marca la nuez al tragar, asimilando el desprecio fingido de mis palabras.
Niega varias veces, como si no pudiera creer lo que está oyendo, y se le escapa una sonrisa sarcástica, amarga, que hace que se me revuelva el estómago al darme cuenta de que he logrado lo que quería: decepcionarlo.
—¿Así que eso es lo que piensas? —pregunta con la voz cargada de una decepción corrosiva—. ¿Qué somos poca cosa para ti? ¿Qué no estamos a tu nivel?
—Yo no he dicho eso… —Me pellizco el puente de la nariz, sintiendo que la armadura que me he puesto para herirlo se está desmoronando por momentos.
—Pero lo has insinuado. —Jackson aprieta los labios y los une en una fina línea, transformando su dolor en una furia contenida.
Se acerca un paso más, invadiendo mi espacio, y ahora es él quien me señala con el índice, con intensidad, obligándome a contener el aliento—.
Ten cuidado, Brooke. Es posible que te des cuenta demasiado tarde de que los momentos más simples y sencillos fueron, en realidad, los más especiales.
Y cuando lo hagas, este lugar ya no estará aquí para ti.
—Tranquilo, eso no ocurrirá —respondo de inmediato, sosteniendo el mentón en alto, a pesar del temblor interno que amenaza con delatarme.
—Estás muy segura.
—Lo estoy.
—Bien.
—Bien.
La palabra queda suspendida entre nosotros como un muro de hielo.
El ambiente se ha enrarecido y no sabría decir por qué con exactitud; es una mezcla de orgullo herido y corazones rompiéndose en silencio.
Las dudas me embargan por un momento, me asaltan las ganas de gritarle que nada de lo que he dicho es verdad.
Tener a Jackson así, frente a mí, con la mirada vidriosa, dolido y enfadado, me hace querer recular y borrar cada palabra cruel por miedo a que se percate de que me estoy muriendo por dentro al separarme de él.
Pero no puedo permitirme esa debilidad. Aquí la que está dolida, rota y enfadada soy yo, y no puedo perdonar que me ocultaran la verdad.
—¿Así es cómo va a acabar esto? —cuestiona de pronto, con el semblante entristecido, mirándome como si fuera la última vez que intentara encontrar a la Brooke que conoció.
—Te avisé que no era buena idea que te enamoraras de mí —le recuerdo, y mi voz suena más rota de lo que pretendo.
—Y yo te dije que era demasiado tarde —responde él, y el peso de esa verdad me golpea en el estómago.
Parpadeo para contener el llanto y decido que tengo que escapar de esta situación antes de que la verdad me explote en el pecho. No estoy preparada para una despedida así, tan cargada de odio y de palabras que ya no tienen vuelta atrás.
—Adiós, Jackson —digo mientras alcanzo la puerta del coche, esperando un adiós de su parte que simplemente no llega. El silencio es su respuesta.
—No pienso despedirme de ti —suelta finalmente, con un tono tan cortante que me obliga a detenerme.
Abro la puerta y me doy la vuelta para contemplarlo una última vez, grabándome la forma en que aprieta la mandíbula y ese brillo de rabia y pena que hay en sus ojos.
—¿Sabes? —ladeo la cabeza y alzo las cejas, dándole pie a que diga lo que tenga que decir, aunque sé que va a doler. —A las personas se nos suele olvidar que la vida es un instante, que las personas no son eternas y que las oportunidades se acaban sin que te des cuenta.
—¿Y qué me quieres decir exactamente con eso? —pregunto, con la mano apretando el marco de la puerta.
—Que tus acciones tienen consecuencias y ya no sé si es que no eres consciente de ello, Brooke, o es que simplemente no te importa a quién te llevas por delante —apoya las manos en sus caderas, respirando con dificultad.
—Deberías poner en orden tus pensamientos, tus sentimientos, ver las cosas con perspectiva de una vez.
Escucha a tu corazón y haz todo lo que puedas hoy por lo que realmente vale la pena, porque mañana… mañana tal vez ya no puedas.
—Gracias por el consejo, Jackson.
Le lanzo una última mirada, una que intenta pedirle perdón sin usar palabras, me meto en el coche y arranco el motor con las manos temblorosas. Piso el acelerador con desesperación, utilizando la violencia del arranque como el impulso que necesito para huir de allí antes de arrepentirme.
Cuando salgo al camino de tierra, miro a través del retrovisor por ese instinto masoquista, queriendo castigarme con la imagen de lo que estoy dejando atrás.
Observo a Jack llevarse ambas manos a la cabeza y echarse el pelo hacia atrás, furioso y consumido por la impotencia, viendo cómo me alejo.
Pienso en que no lo volveré a ver más, que no compartiremos más madrugadas de café ni más silencios compartidos.
Ni el olor a tierra mojada después de la lluvia, ni más paseos a caballo, ni más bailes, ni la seguridad de su mano en la mía…
Y de pronto, un quejido desgarrado se escapa de mi garganta, un sonido que no puedo controlar.
Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas sin que pueda hacer nada para contenerlas, nublándome la vista mientras dejo atrás el único lugar donde, por primera vez, me sentí viva.