Capítulo 63 #2
Incluso mis cumpleaños, que solían ser solitarios porque a mi madre no le gustaba relacionarse con las otras familias de la zona y nadie venía a mis fiestas, eran divertidos gracias a él.
Mi padre se disfrazaba, hacía cualquier tontería para arrancarme una carcajada y luego se sentaba a mi lado, pegando su mejilla a la mía.
«Pide un deseo, Brooke», susurraba, y ambos soplábamos las velas juntos.
El abuelo siempre estaba allí, cámara en mano, inmortalizando cada segundo.
Decía que lo hacía por la abuela que nunca conocí, porque a ella le apasionaba la fotografía y él sentía el deber de seguir atesorando recuerdos por los dos.
No soy capaz de recordar ni un solo día infeliz junto a mi padre. Ni uno solo. Todos los momentos que guardo bajo llave como «felicidad» los protagonizaba este hombre.
Y ahora… ahora el hombre que tengo delante tiene bajo sus ojos verdes unas bolsas de un tono lila tan oscuro que parece que le hubieran pegado un par de puñetazos.
No reconozco a este hombre. Y no lo hago porque siento que todo aquello fue una mentira.
La figura de mi padre dejó de existir en el momento en el que se olvidaron de mí y ahora solo es una ilusión que me han arrebatado de las manos, dejándome huérfana de pasado.
—Ya no eras Brooke. Mi Brooke —su voz se quiebra al final, dejando esa última palabra suspendida en el aire como una confesión de derrota.
Me obligo a alzar la barbilla, un gesto que pretendo que sea de valentía pero que solo sirve para que las lágrimas no se deslicen por mis mejillas. Me niego a que me vea desmoronarme.
—Bueno, es evidente que no —respondo con una frialdad que no siento de verdad—. Me fui, crecí y me convertí en alguien diferente. ¿Qué esperabas? El tiempo no se detiene porque tú decidas dejar de mirar.
—Podría haber sido diferente —murmura él, mirando hacia algún punto borroso entre los juguetes del suelo.
—Y tanto que sí. Hubiera sido diferente si me hubieras dado una razón para quedarme, o para volver. Pero la realidad es que nunca me quisiste.
—¡¿Qué?! —Su voz estalla en un grito de indignación.
—Por favor… —Suelto un suspiro cargado de reproche, el cansancio ganándole terreno a la rabia—. Mamá me lo ha contado todo. Absolutamente todo. Así que te pido, por lo que una vez fuimos, que no me mientas más. No tengo fuerzas para hacer frente a más engaños.
—Tu madre… —Cabecea y suelta un suspiro largo, pesado, lleno de un resentimiento que parece haber macerado durante décadas—. Esa mujer no sabe cuándo detenerse.
—Basta —levanto una mano, tajante, para obligarlo a callar.
No quiero oír más reproches cruzados—. Estoy harta de estar en medio de vuestra guerra.
Entiendo que fuera un golpe brutal enterarte de que yo no era tu hija biológica, y en el fondo, de verdad lo siento por ti.
Pero yo tan solo era una niña. Una niña que, de la noche a la mañana, se quedó sin padre sin entender por qué.
Lo único que yo sentía desde la lejanía es que el hombre que era mi héroe ya no me amaba y que me había borrado de su vida como quien limpia una mancha del suelo.
Ted deja el botellín sobre la mesa con un golpe seco. Me mira fijamente, y por un momento, veo un destello del hombre que solía ser.
—Estás tan equivocada, Brooke. Pueden pasar los años, pueden interponerse miles de kilómetros de distancia, pero cuando uno ama de verdad, jamás se olvida. El amor es algo eterno; el aspecto puede cambiar, las circunstancias pueden volverse imposibles, pero la esencia permanece.
—Puf, ¿en serio? —Suelto una risa amarga, casi cínica.
Sus palabras me suenan huecas, a literatura barata—.
Esas frases dignas de ser impresas en una taza de café no van conmigo, ya no.
Todos vosotros, cada uno de los que guardabais este secreto, os habéis encargado de que dejen de importarme esas cursilerías.
Entre todos os habéis cargado la posibilidad de que volviera a creer que merecía ser amada por quien soy, que podía significar algo real para alguien.
Habéis hecho que me sienta una extraña incluso en mis propios recuerdos.
—Brooke, tú no lo entiendes… —dice él, dando un paso hacia delante, con las manos temblorosas extendidas como si quisiera sujetar algo que ya se ha evaporado.
Niego con la cabeza varias veces, sintiendo una risa nerviosa y amarga burbujeando en mi pecho. Sigo recogiendo los papeles esparcidos por el suelo, casi de forma compulsiva, solo por no tener que sostenerle la mirada.
—Que yo no lo entiendo, dice… ¿Será posible tanta hipocresía? —murmuro para mí misma.
Mis dedos se congelan sobre unas hojas que llaman mi atención. Tienen el membrete de una clínica. El corazón me da un vuelco al ver las tablas de marcadores genéticos, las columnas de números y perfiles que reducen mi existencia a una simple estadística. Son las pruebas de paternidad.
Las levanto con dedos temblorosos y se las muestro como si fueran un arma recién amartillada.
—¿Te refieres a esto? —le espeto, con la voz cargada de veneno—. ¿Esto es lo que según tú no entiendo? ¿Estos números que dicen que no soy nada tuya?
—Brooke, por favor… —suplica él, y su voz suena como si se estuviera asfixiando.
No le hago caso. Necesito oír la realidad de mi propia voz, sacar a la luz ese secreto que nos ha estado asfixiando durante años, aunque el sonido de las palabras me rasgue la garganta.
—«… los resultados concluyen que Ted Collins no guarda relación biológica padre-hijo a partir de la obtención del perfil genético analizado».
—¡Para, Brooke! ¡Detente, por favor! —me interrumpe con un grito amortiguado por el dolor, como si cada palabra fuera un latigazo—. Todo es mucho más complicado que un simple papel.
Dejo las hojas sobre una mesa desvencijada, enterrándolas entre los cachivaches y el polvo de la buhardilla.
Me cruzo de brazos y suelto un suspiro largo, intentando expulsar la presión que siento en los pulmones.
Empiezo a repiquetear el pie contra el suelo, nerviosa, esperando que por fin hable.
Espero su versión, una disculpa real, una historia que le devuelva el sentido a mi vida… cualquier cosa.
Se echa el pelo hacia atrás con un gesto de verdadera desesperación, hundiéndose los dedos en el cuero cabelludo como si buscara las palabras que nunca supo decirme, y clava su mirada en la mía.
Y lo veo. Por primera vez en meses, veo al hombre real, despojado de todas las capas de orgullo con las que intentó apartarme de su vida.
Se debate violentamente entre callarse o hablar por fin.
Veo cómo aprieta la mandíbula hasta que los músculos le tiemblan y cómo se humedece los labios secos.
Me mira con esos ojos rojos, agotados y llenos de una humedad que está a punto de caer.
—¿Sabes qué? —tercio, desconcertada al verlo tan vulnerable y a la vez tan cobarde—.
Tan solo teníais que haber hablado conmigo cuando fuera algo más mayor.
Siempre he sido una chica que entiende las cosas cuando se les explica de frente.
Puede que lo hubiese entendido o puede que no, pero el caso es que mamá y tú actuasteis de la peor forma posible.
Me causasteis un trauma que no me correspondía cargar.
—Brooke, yo…
—¿Qué? —le insto, esperando el milagro que no llega.
—Yo… lo siento mucho —agacha la cabeza y cierra los párpados, rindiéndose.
«Cobarde».
—Yo también —respondo con un hilo de voz.
Alzo el mentón, infundiéndome de una fuerza que no sabía que me quedaba para hacer lo que he venido a hacer.
—Me marcho —me giro hacia la puerta, dándole la espalda para que no vea cómo se me desencaja el rostro—. Y no te preocupes, arreglaré el asunto del rancho pronto. Se acabó el tener que fingir que somos una familia.
—¡Brooke! —su voz me detiene justo antes de cruzar el umbral.
Giro sobre mis talones y lo encaro una última vez. Está temblando.
—No tienes por qué hacer esto. No tienes que irte así.
—Créeme que sí. Es lo único que me queda por hacer. Tranquilo, Ted, no tendrás que volver a verme —digo con una determinación y dureza que me lacera la garganta.
Me fuerzo a controlar la congoja, ignorando el dolor punzante que me atraviesa el pecho al ver el rastro de devastación en sus ojos verdes. Dudo un segundo, con la mano en el pomo de la puerta, debatiéndome entre el rencor y el amor de hija que todavía se resiste a morir.
Al final, decido soltar las palabras que necesito para cerrar este capítulo de mi vida, aunque sepa que van a ser su sentencia.
—Adiós, papá.
Cierro la puerta con firmeza y bajo las escaleras lo más rápido que mis piernas me permiten. Lo último que me llega desde la buhardilla es el estallido violento del cristal contra la pared y un grito desgarrado que hace vibrar la madera de la casa.
—¡Joder!