Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

Livingston, Montana

Diciembre

—Brooke—

El resto del día lo pasé en una especie de limbo, escoltada por Candy y Jenna. Cuando salí del bar, el mundo exterior me pareció demasiado grande, demasiado ruidoso. Me asfixiaba. Tenía la cabeza hecha un lío donde los pensamientos chocaban entre sí sin ningún orden.

Tantos años… Tantos años arrastrando la culpa de no ser suficiente para mi padre, de creer que me había desechado porque no me quería.

Y ahora resulta que no era mi auténtico padre.

Ni siquiera me he permitido pensar en quién será el hombre que me engendró.

Sinceramente, si mi madre no lo ha mencionado es porque no tiene ni idea de quién es, o porque esa persona es otra decepción que prefirió ocultarme.

No me importa. A estas alturas no soportaría otra pantomima.

¿Quién es Brooke ahora? ¿Qué pinto yo en esta tierra? He pasado meses intentando reencontrarme con la niña que fue feliz aquí, pero esa niña ha muerto hoy. O peor, porque nunca existió de la forma en que yo la recordaba. Ella no tiene una familia a la que volver.

Y Jackson… su silencio es lo que más me duele.

¿Cómo pudo mirarme a la cara todo este tiempo sabiendo esto?

Me ocultó que él era aquel niño y ahora me ha ocultado mi propia identidad.

Me ha tratado como el cristal más delicado que se rompería al primer golpe, cuando he demostrado mil veces que sé cuidarme sola.

Estoy harta de que decidan por mí qué verdades puedo o no puedo soportar.

Las chicas han intentado que cambie de opinión, que respire, que espere. Pero la decisión está tomada. Esto debe acabarse. Debió acabarse el primer día que pisé el rancho.

Horas después, con el estómago revuelto y los nervios a flor de piel, apago el motor frente a la casa.

Ha sido una odisea llegar hasta aquí con lo que está cayendo; la nieve lo cubre todo y apenas he podido distinguir el camino.

Quizá sea una señal de que no debería haber vuelto, de que el destino intenta cerrarme el paso.

Bajarme del coche es como recibir un bofetón de realidad; el aire está congelado y me cuesta hasta respirar.

Dairon me espera en el primer escalón, ladrando con una alegría que me desgarra por dentro.

Voy a echarlo de menos. Él me saluda con la misma energía de todos los días, sin saber que todo lo que nos unía a este lugar se ha roto y que, para mí, cruzar ese umbral ahora se siente como entrar en la casa de un desconocido.

—¿Se puede saber qué haces aquí fuera, pequeño? —me agacho para acariciarle el pelaje. Noto sus orejas heladas bajo mis dedos y me da rabia que esté aquí fuera pasando este frío, esperándome.

Murmuro algo para intentar calmarme, pero el miedo me aprieta la garganta hasta hacerme daño.

Si Dairon está aquí, Jackson también lo está.

Y no sé si tengo fuerzas para enfrentar sus explicaciones, para escuchar sus motivos o para mirar a los ojos al hombre que ha estado ocultándome la verdad.

Dairon se adelanta y, con un movimiento ágil, empuja con el hocico la puerta principal.

El corazón me da un pequeño vuelco al ver que cede sin resistencia, revelando que estaba mal cerrada.

Cruzo el umbral y el golpe de calor me agobia de inmediato.

Es un contraste violento con el frío que traigo en el cuerpo, pero no me reconforta; al contrario, me hace sentir más expuesta.

Me quito la chaqueta y los zapatos con movimientos mecánicos, como si fuera una invitada que no quiere molestar, atrapada en un silencio que parece flotar en cada rincón.

Es esa clase de quietud tensa que te avisa de que estás a punto de estrellarte contra la realidad.

—¿Jackson? —llamo, y mi voz suena extraña, pequeña.

Camino hacia el salón y me detengo en seco.

Un escalofrío me recorre de pies a cabeza al ver el desastre.

Las fotografías que siempre habían descansado sobre la chimenea están esparcidas por el suelo.

Hay cristales rotos que brillan bajo la luz de las lámparas y la chimenea y algunos marcos están boca abajo, ocultando las imágenes.

Parece el escenario de un ataque de rabia, como si alguien no hubiera podido soportar la vista de esos recuerdos ni un segundo más.

—¿Abuelo? —El grito sale de mis pulmones antes de que pueda frenarlo, llenando el vacío de la planta baja.

Pero me arrepiento en el mismo instante en que la palabra termina de sonar.

El eco me devuelve una verdad que me golpea el estómago: él tampoco es mi abuelo.

Siento un pinchazo tan agudo en el pecho que me obliga a encogerme, quedándome sin aire.

No puedo aceptar que el cariño que sentí por ese hombre estuviera basado en una mentira.

Me niego a creer que todos nuestros momentos juntos no fueran reales solo por no compartir la misma sangre.

Subo las escaleras con las piernas temblando, recorriendo cada rincón hasta que llego a la buhardilla. La puerta está entornada y un haz de luz cálida se cuela por la rendija. Las bisagras chirrían cuando la empujo lentamente para entrar.

Ted está ahí.

Se queda plantado, observándome en silencio.

No queda absolutamente nada del hombre que vi anoche por última vez.

Tiene el pelo totalmente alborotado y unas ojeras profundas enmarcan sus ojos, que están inyectados en sangre y lacrimosos.

Lleva la misma ropa de ayer, pero ahora su camisa es un nido de arrugas; tiene las mangas recogidas de cualquier manera en los antebrazos, está medio desabrochada y cuelga por fuera del pantalón, dándole un aspecto desaliñado que nunca le había visto.

Pero no es su imagen lo que me deja sin aliento, sino su postura. Está cabizbajo, con los hombros hundidos hacia delante, la espalda encorvada y los brazos caídos. Es la viva imagen de un hombre abatido, fracasado y consumido por el pesimismo.

Lo recorro con la mirada, centímetro a centímetro, hasta que mis ojos se detienen en su mano: aprieta un botellín de cerveza vacío.

Esa imagen es la confirmación exacta de todo lo que mi madre me había asegurado.

Al final tendré que darle la razón; Ted bebe demasiado.

Y por lo visto, esa mujer no ha perdido el tiempo; antes de marcharse, se habrá encargado de decirle que ya lo sé todo, que ha dinamitado el último puente que nos quedaba.

Mi padre me observa desde el otro lado de la estancia. No es la mirada de rechazo de estos meses, sino una teñida de una nostalgia dolorosa, como si estuviera intentando encontrar algún rastro de la niña que crio en la mujer que tiene delante. Me estudia con una fijeza que me encoge el estómago.

—Si… siento el desorden —logra decir, aunque las palabras parecen atascarse en su garganta, espesas por el alcohol y el cansancio.

Bajo la vista al suelo y el impacto me deja sin aliento.

La buhardilla está alfombrada de recuerdos que parecen haber sido vomitados por la casa.

Hay juguetes antiguos por todas partes, mezclados con más fotografías y papeles amarillentos.

Reconozco el teléfono de colores con el que solía jugar, mis figuras de animalitos, mi primera bicicleta y, arrinconado, aquel caballo-balancín que tanto me gustaba.

Ver mis tesoros de la infancia así, tirados entre el polvo y el caos, me hace sentir como si alguien estuviera saqueando mi propia memoria.

Trago saliva, intentando deshacer el nudo que se me ha instalado en la garganta y que me impide respirar con normalidad.

Acorto la distancia que nos separa, caminando con cuidado de no pisar nada importante, y me agacho para empezar a recoger un poco este desastre, aguantándome las lágrimas.

Guardo las fotos en una caja de cartón, pero es imposible no mirarlas; cada imagen es un fogonazo de una felicidad que ahora me parece robada.

Siento que las lágrimas me queman tras los párpados, pero aprieto los dientes y las reprimo con todas mis fuerzas. No voy a desmoronarme aquí. No puedo.

—¿Por qué le dejaste que me hiciera venir si no me soportabas?

—le pregunto. Intento sonar segura, firme, pero mi voz me traiciona por completo; sale débil, trémula, vibrando con cada palabra—.

¿Por qué cuando me abriste la puerta aquel primer día, simplemente, no me echaste?

¿O por qué no me escupiste toda la verdad nada más verme?

Hubiera sido yo misma la que se habría metido de nuevo en el coche para no volver nunca. Me habrías ahorrado todo esto.

Él me mira y, por un segundo, el botellín que sostiene parece pesarle una tonelada.

—Estuve a punto de hacerlo —confiesa, y su voz se quiebra, dejando al descubierto una herida que lleva demasiado tiempo abierta—. Cuando abrí esa puerta y te miré… no reconocí a la niña que solía devolverme la mirada.

Me limito a asentir, incapaz de articular una sola palabra.

Clavo mis pupilas en sus ojos y la certeza me recorre el cuerpo hasta revolverme el estómago.

Ahora entiendo por qué la genética no quiso que heredera el azul de mi madre, pero tampoco ese verde bosque tan profundo que él tiene.

Simplemente, no compartimos la misma sangre; no hay ni un solo rastro de sus genes en mí, y asumir esa realidad es ver cómo se abre un abismo aún más grande entre los dos.

Es la primera vez que me obligo a mirarlo a conciencia, analizando cada surco de su piel, y frunzo el ceño ante lo que veo.

Ted siempre fue un hombre muy atractivo, pero los años de descuido y amargura le han pasado una factura devastadora.

Es solo la sombra del hombre que habita en mi memoria.

Aquel que yo recuerdo reflejaba una felicidad genuina cada vez que me miraba; siempre tenía una sonrisa lista para mí, una que iluminaba toda la casa.

Me gustaba tanto el sonido de su voz cuando se tumbaba a mi lado en la cama para contarme aquellas historias…

Podía repetirme el mismo cuento una y otra vez, pero siempre se inventaba un final distinto.

«Siempre hay hueco para un final mejor, Brooke», me decía al oído.

Y yo le creía con toda la fe de la que es capaz una niña.

Cierro los ojos un segundo y los recuerdos me bombardean: la primera vez que cabalgué a lomos de un caballo fue con él sosteniendo las riendas.

Mis bailes con el abuelo en la cocina, al son de la música country, siempre eran mil veces mejores cuando él aparecía por la puerta, me cargaba en sus brazos y me hacía girar hasta que me mareaba de la risa.

Los días cobraban color en cuanto escuchaba el sonido de su camioneta anunciando su llegada del trabajo.