Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

Livingston, Montana

Diciembre

—Brooke—

Es la primera vez que pongo un pie aquí. Cuando llegué a la ciudad, la idea de dejarme caer por el bar del Murray cruzó mi mente un par de veces, como una simple curiosidad. Sin embargo, nunca imaginé que terminaría haciéndolo así: con el alma en carne viva y completamente sola.

Estoy acostumbrada a valerme por mí misma, a no necesitar a nadie, pero después de estos meses rodeada de gente a la que empecé a considerar mi familia, el silencio de este bar me golpea con demasiada crueldad.

Y aquí estoy, en el único rincón que he encontrado abierto en una mañana de Navidad que debería haber sido de otra forma.

Tras la confesión de mi madre, el aire en el rancho se volvió irrespirable.

Subí a mi habitación de forma mecánica, me cambié de ropa y conduje sin rumbo hasta que los carteles del Murray aparecieron ante mí.

Ni siquiera sé si es una hora decente para pedir alcohol, y lo cierto es que nunca he sido de las que buscan respuestas en el fondo de una botella; antes de Montana, mi límite era una copa de vino o un cóctel en alguna fiesta elegante. Así que no sé qué pinto aquí.

Me encaro a uno de los taburetes altos frente a la barra y me quedo allí, inmóvil, estudiando las grietas de la madera como si fueran un mapa de mi propia vida: con un pasado, gastada y llena de fisuras.

—Hola, preciosa. ¿Qué vas a tomar?

Levanto la vista hacia el camarero. Es un chico alto, con una melena castaña peinada hacia atrás y unos ojos color chocolate que me observan con una mezcla de curiosidad y una atención paciente de quien se dedica a tratar con clientes de todo tipo.

Me regala una de esas sonrisas amables que parecen venir impuesta con el propio uniforme, pero hay algo en su tono que me resulta extrañamente reconfortante.

—¿No deberías estar con tu familia pasando el día de Navidad? —le pregunto, sin filtro alguno. En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento. Quizá no tenga a nadie, quizá acabe de meter la pata hasta el fondo.

—En ese caso, debería hacerte la misma pregunta a ti —responde él con rapidez. Me muerdo el labio; touché. —A mí me ha tocado trabajar. Al fin y al cabo, esto es un hotel y el bar no puede permitirse cerrar.

—Cierto. Mala suerte que te haya tocado a ti salvar la Navidad de los que no tenemos dónde ir —le digo, intentando suavizar el tono con una media sonrisa.

—Exacto —asiente, echándose el trapo al hombro. —¿Y tú? ¿Por qué estás aquí y sola?

—Bueno… yo ya no sé si tengo una familia con la que pasar el día. Es complicado de explicar.

Me dedica otra sonrisa, esta vez más suave. Con ello demuestra que sabe que existen heridas que no se exponen ante el primer desconocido, y que la barra de un bar no es lugar para reconstruir una vida rota.

—Ya veo. ¿Y qué va a ser? ¿Cerveza?

—¿Sinceramente? No me apetece mucho.

—¿Whisky, tequila…?

—Demasiado fuerte para estas horas —murmuro, frotándome las sienes—. Mejor… ¿Algo sin alcohol? He venido en coche y tengo que conducir después.

—Genial —me guiña un ojo—. ¿Puedo sorprenderte?

—Claro. Sorpréndeme.

Le observo moverse con agilidad mientras mi mente vuelve a ese bucle de pensamientos oscuros. Me deja una copa frente a mí, un brebaje de colores vivos que huele a frutas y frescura. Cuando intento sacar la cartera, me detiene con un gesto.

—Invita la casa. Por ser Navidad.

—Gracias —respondo, sosteniéndole la mirada un segundo para que sepa que no lo digo solo por educación.

Le doy un sorbo y el sabor dulce me alivia un poco la acidez que me ardía en el estómago.

Media hora después, mi teléfono está que echa humo.

Tengo decenas de llamadas perdidas de mi madre y una lista de mensajes de Jackson y las chicas que apenas me atrevo a mirar.

Jack está desesperado. Sé que ha removido cielo y tierra buscándome, y leer su nombre en la pantalla me provoca una punzada de dolor que se transforma rápidamente en indignación.

«Tranquilo, estoy bien», le escribo. Es una mentira piadosa, pero es todo lo que puedo ofrecerle ahora mismo.

Al bloquear el móvil, la rabia empieza a hervir.

Pienso en todas nuestras conversaciones, en las tardes compartidas hablando de mi abuelo, de mi padre, de nuestro pasado…

Él lo sabía. Ahora todo encaja. Su insistencia en que hablara con Ted, sus silencios cargados de significado.

Jackson conocía la verdad y me dejó hacer el ridículo durante meses.

Me miró a los ojos sabiendo que yo era una extraña en mi propia casa y no dijo nada.

¿Por qué me lo ocultó? ¿Acaso me cree tan frágil?

Estoy harta de que me traten como a una niña que necesita ser protegida de la realidad.

Soy una mujer que se ha construido a sí misma a base de tropiezos, que se ha sacado las castañas del fuego mil veces, y todos —mi madre, Ted, incluso Jackson— se han empeñado en infravalorarme.

Pensaba que él era diferente. Pensaba que me veía como a una igual, pero me equivocaba.

Me ha mentido por omisión, y eso duele casi tanto como la infidelidad de mi madre.

No sé si podré perdonar que me robara el derecho a decidir sobre mi propia vida.

Me pellizco el puente de la nariz, sintiendo que la cabeza me va a estallar. De pronto, una segunda copa aparece a mi lado.

—Gracias, pero no la he pedido —le digo al camarero.

—Lo sé. A esta invita el señor Bennet.

Giro la cabeza hacia la mesa del fondo, una zona en sombras donde un grupo de hombres trajeados parece estar celebrando algo. Uno de ellos se levanta, se abrocha la americana con un gesto elegante y camina hacia mí con una seguridad que me resulta bastante familiar.

—Hola, Brooke.

En cuanto llega a mi altura, lo reconozco. Tom Bennet. El hombre con el que casi cometo una locura hace unos meses. Se inclina y me da un beso en la mejilla, una licencia ante la que no puedo evitar tensarme, atrapada por la sorpresa de verlo allí.

—Hola, Tom. ¿Reunión de negocios en Navidad?

—Los negocios importantes no esperan, Brooke. Me alegro de volver a verte.

Me estudia con unos ojos que buscan arrasar con todo lo que encuentran.

Me pregunta qué hago aquí y, por primera vez, me desahogo.

No sé si es el agotamiento o la necesidad de soltar lastre, pero le hablo de mis «problemas familiares» y de que nada tiene solución.

Él finge una pena que sé que no siente del todo, pero me deja hablar.

Me dice que «me merezco lo mejor», las típicas palabras vacías que alguien usa cuando quiere otra cosa de ti, pero hoy…

hoy no me importa. Estoy tan harta de las verdades que duelen que las mentiras que suenan bien me resultan casi atractivas.

Se ha sentado a mi lado, olvidando sus negocios, y la charla deriva hacia el rancho. Veo cómo sus ojos se iluminan cuando menciono que ahora es mío.

—Estás de suerte, Brooke. Mi padre está buscando una propiedad exactamente de ese estilo por la zona. Quiere alejarse del bullicio, ya sabes… experimentar la vida rural.

Frunzo el ceño, mirando a su padre al fondo. Ese hombre no tiene el aspecto de alguien que busca paz y silencio, sino de quien sabe reconocer una oportunidad de negocio a kilómetros de distancia.

Pero Tom, igualmente, me entrega una tarjeta impecable.

Construcciones Bennet.

El pensamiento cruza mi mente como un rayo: no quieren un rancho, quieren el terreno para levantar algo nuevo, algo que borre el pasado. Y en este momento, la idea de borrarlo todo me tienta más que nunca.

—No he decidido nada aún —le digo, guardando la tarjeta.

—Piénsalo. Si decides vender, llámame.

Me besa el dorso de la mano y ni siquiera me inmuto. Me quedo ahí, quieta, viendo cómo regresa con sus socios mientras noto el peso de la tarjeta en mi bolsillo. Ese trozo de cartón es lo único real que tengo ahora mismo.

Se acabó.

No voy a dejar que nadie más tome decisiones por mí. Si este lugar solo es el escenario de una gran mentira, quizá lo mejor sea deshacerme de él, recoger los pedazos de mi dignidad y marcharme de aquí antes de que este lugar termine por consumirme del todo.