Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 61
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Capítulo 61

Livingston, Montana

Diciembre

—Brooke—

No lo encuentro por ninguna parte. ¿Dónde se habrá metido?

El frío del amanecer aún se aferra a los cristales y es demasiado temprano para que alguien haya salido, especialmente en un día festivo.

Pero claro, hablamos de mi padre. En los meses que llevo aquí, Ted se ha convertido en un fantasma, un experto en el arte de la evasión, alguien que parece haber perfeccionado la técnica de desaparecer justo antes de que mis ojos se crucen con los suyos.

Me dirijo hacia la escalera de la buhardilla. Es el único rincón que me queda por revisar, el único lugar al que no me había atrevido a entrar en todo este tiempo por miedo a lo que los recuerdos pudieran hacerme más daño.

Justo cuando pongo el pie en el primer escalón, tropiezo con mi madre.

—¡Brooke, santo cielo, mira por dónde vas! —Su voz es un jarro de agua fría, rompiendo el silencio de la mañana de un plumazo.

Ahí está ella, envuelta en ese pijama de seda que brilla demasiado para un lugar como este; tiene ese aspecto impecable de quien se ha levantado lista para dar órdenes, como si esperara que el servicio apareciera de la nada en mitad de este rancho.

—Lo siento, mamá. ¿Has descansado? —le pregunto por inercia, aunque mi mente está en otra parte. Tengo una necesidad imperiosa de encontrar a Ted cara a cara. Ya he perdido un tiempo precioso escondiéndome detrás de silencios estúpidos que no han servido para nada. Se acabó el esperar.

—Sí, bueno… Depende de a lo que llames descansar en esta casa y sobre esa cama tan incómoda —responde con ese aire de superioridad que usa para juzgar cada rincón de esta casa, como si el simple hecho de estar aquí fuera un castigo que no merece.

—Mamá… No empieces, por favor. Hoy no.

—Está bien, está bien —dice, alzando el mentón mientras se estira el cuello de seda con un toque de desdén, como si la conversación empezara a aburrirla.

La observo un instante y me pregunto en qué momento exacto mi madre se convirtió en esta extraña.

Recuerdo a la mujer que vivió aquí, la que compartió años con mi padre.

A veces parecía feliz, aunque, otras muchas, se movía por el rancho como si las hectáreas de tierra fueran una jaula, como si el espacio la asfixiara y el cielo de Livingston la aplastara.

Antes no vestía así, ocultándose detrás de marcas caras y telas de diseño que ahora usa como una armadura.

Me gustaba más mi antigua madre, la que no necesitaba mirar a nadie por encima del hombro para sentirse alguien.

Entiendo que ella quisiera un mundo distinto, pero lo que me desgarra por dentro es que decidiera que ella tenía el derecho de destruir el mío.

—¿Y adónde vas tan deprisa con esa cara? —me pregunta, sacándome de mi trance.

—Busco a papá.

Su rostro se crispa al instante. La mención de su nombre actúa como si hubiera bebido ácido.

—¿Y se puede saber para qué buscas a Ted?

—Necesito hablar con él. Es importante, mamá. Necesito cerrar esto de una vez —le digo, tratando de esquivarla. —Hablamos después, hay café en la cocina.

Estoy a punto de subir, con el corazón latiéndome en la garganta, cuando su voz me detiene en seco. Es una frase corta, lanzada con una frialdad que me vacía los pulmones al instante y apaga todo el ruido, como si el mundo entero se hubiera quedado en un silencio sepulcral.

—Ted no es tu padre, Brooke.

Siento un vacío repentino en el estómago, como si el suelo acabara de desaparecer bajo mis pies.

Todo se apaga y solo escucho el pitido sordo de mi propia sangre en los oídos.

Me giro con una lentitud dolorosa, sintiendo que mis músculos se han vuelto de piedra y que el aire pesa demasiado como para poder respirar.

—¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?

—Lo que has oído. Ted no es tu padre, cariño —lo dice con demasiada calma, una aterradora, como quien habla del tiempo.

—Pe-pero… no puede… —Las palabras se me quedan atascadas en la garganta, incapaces de salir.

Me siento pequeña, desamparada. Noto que mi pulso cae en picado, un latido lento y pesado que retumba en mis sienes, y una presión me aplasta el pecho con tanta fuerza que estoy convencida de que mi corazón se va a detener en cualquier momento.

—¿Estás segura de ello? —Menuda estupidez acabo de preguntar. Sin embargo, cuando clavo mis ojos en los de ella, todo queda confirmado; las dudas desaparecen cuando veo que los suyos reposan en mí con frialdad.

Es cierto.

Ted no es mi padre.

He sentido miedo en numerosos momentos de mi vida.

Pero si me preguntaran ahora mismo qué es el miedo, diría que es sentir esto: la fuerza avasalladora de mis sentimientos desgarrándome desde las entrañas hasta la boca del estómago, dejándome paralizada y sin respiración.

Siento que me ahogo en lágrimas saladas mientras mi corazón golpea contra las costillas, lento y pesado.

Todo a la vez. La sensación de aturdimiento me obliga a ver mi pasado como una gran mentira; mi identidad parece desvanecerse en el aire que me rodea.

Todo ha sido mentira.

«Todo».

—No quería que te enteraras así, cielo. Dios sabe que no quiero verte sufrir —se acerca un paso, fingiendo una compasión que no se le refleja en los ojos—, pero al ver que tienes tantas ganas de mendigar la atención de Ted, he pensado que ya era hora de que supieras la verdad.

—¿La verdad? —Siento que la voz se me apaga, consumida por la rabia y el dolor—.

¿Decides que es «la hora» después de más de dos décadas engañada?

He crecido con un vacío en el pecho por culpa de un rechazo que ni siquiera me pertenecía.

¿Y vienes a decírmelo ahora, precisamente cuando estaba empezando a ser feliz?

De repente, los recuerdos se agolpan en mi mente con una fuerza que me deja sin aliento.

Vuelvo a oír las discusiones amortiguadas tras la puerta y recuerdo la mirada de Ted…

esa tristeza profunda que siempre confundí con resignación.

Me pregunto ahora si lo que yo veía como cansancio no era en realidad un hombre rompiéndose por dentro.

¿Cuándo se enteró? ¿Le fue infiel mi madre? ¿Quién es entonces mi verdadero padre?

Una duda ponzoñosa se instala en mi mente al pensar en el secreto que lo carcomió hasta convertirlo en la sombra que es hoy, y en cómo mi madre pudo sostener esa mentira mientras nos veía a ambos destruirnos en silencio.

—No, no, no… —sacudo la cabeza una y otra vez, intentando expulsar esas imágenes de mi mente mientras una oleada de náuseas me obliga a doblarme sobre mí misma, apretándome el estómago como si intentara evitar que todo mi mundo se desparramara por el suelo.

—Oh, cielo… —mi madre alza una mano para acariciarme la mejilla, pero retrocedo bruscamente, como si su mano fuera a quemarme la piel, asqueada por la sola idea de que me tocara después de haberme mantenido engañada tanto tiempo.

—No me toques. ¿Cómo has podido, mamá? Me has visto sufrir durante años. Me has visto llorar por los rincones preguntándome qué hice mal para que mi propia familia no me quisiera. Te has callado mientras yo me rompía por dentro.

—No quería hacerte daño, Brooke…

—¿Daño? —Suelto una carcajada amarga, limpiándome la cara con furia—. ¡Has dejado que el odio que sentías por Ted me envenenara! Crecí creyendo que mi propio padre me rechazaba porque yo no era suficiente. ¿Sabes lo que eso le hace a una niña? ¿Sabes el vacío que deja?

—Cariño…

—¡No me llames así! —El grito me sale de las entrañas, haciendo vibrar hasta las paredes de esta casa—.

Nunca te has preocupado de verdad por mí.

Solo te importa mantener tus mentiras a salvo, que nada perturbe tu comodidad y ese maldito orgullo que siempre pones por delante de mí felicidad. ¡Te doy exactamente igual!

—Eso no es cierto —su voz sube de tono, ofendida. Es increíble: ella es la que se indigna—. Tú no entiendes nada de lo que pasé, hija.

—¿Que no entiendo? ¡Pues explícamelo! Llevo veinticinco años viviendo una mentira, creo que me he ganado el derecho a una explicación clara, ¿no crees?

Más de una hora después seguimos en la cocina, atrapadas en un silencio que solo rompe el tintineo de su cuchara contra la porcelana.

Ella bebe café; yo tengo las manos entrelazadas sobre el regazo, apretándomelas hasta que los nudillos se vuelven blancos.

Me es imposible ingerir nada; siento que cualquier cosa que baje por mi garganta me haría estallar.

Apenas he pronunciado palabra. Me he limitado a escuchar cómo ella desmantelaba mi existencia pedazo a pedazo.

Intento asimilar la información mientras lucho contra el escozor de los ojos, esforzándome por no seguir llorando frente a ella, por no darle el placer de ver lo mucho que me ha destruido.

Pero la punzada en mi pecho no me da tregua; con cada detalle nuevo, siento que la herida se abre un poco más, hundiéndose hasta tocar el hueso.

La he dejado hablar, pero su historia es un laberinto sin salida.

Hay piezas que no encajan, rodeos innecesarios y partes que suenan demasiado ensayadas y que intenta llenar con gestos dramáticos.

Algo en mi instinto me grita que sigue guardando secretos, que esta «verdad» es solo la versión que a ella le conviene que yo crea.

Según ella, conoció a mi padre —o a Ted más bien, aunque mi corazón se niegue a no llamarlo papá después de veinticinco años— una noche cualquiera en un bar, cuando eran demasiado jóvenes e irresponsables como para medir los riesgos.

Cuenta que se gustaron al momento y que, tras varias copas, terminaron en el asiento trasero de un coche.

A las semanas ya estaban prometidos, desafiando el desprecio de Henry que, según mi madre, nunca la vio con buenos ojos.

A los ocho meses nací yo, como una preciosa bebé prematura que simplemente se había adelantado.

Y, durante un tiempo, fuimos una familia.

Sin embargo, según su relato, el declive no tardó en llegar unos años más tarde. Mi madre describe cómo, de repente, Ted se refugió en la bebida y convirtió nuestra casa en un escenario de sombras y reproches, mucho antes de que él supiera la verdad sobre mi sangre.

Mientras la escucho, mis recuerdos empiezan a vagar, buscando ese rastro de alcohol y amargura que ella describe con tanta seguridad.

Pero no lo encuentro por ninguna parte. Salvo algún momento puntual en fiestas, no recuerdo a un hombre sumido en el vicio durante mi infancia.

Al contrario: recuerdo manos firmes y cálidas que me sostenían para que no cayera, una paciencia infinita que envolvía cada uno de nuestros días y tardes en el rancho que, para mi yo de entonces, eran la definición absoluta de la felicidad.

No recuerdo al monstruo que ella intenta dibujar; recuerdo al padre que me hacía sentir a salvo.

Hasta que dejó de serlo.

Mi madre sigue narrando su martirio, contándome cómo la situación se volvió insostenible cuando él descubrió que yo no era de su sangre.

Pinta a un Ted tan consumido por la furia que hacía imposible respirar bajo el mismo techo sin sentir miedo y que no tuvo más remedio que sacarme de allí para «salvarme».

Entiendo que debió de ser duro, pero el resentimiento me quema por dentro: debió decírmelo hace años. Si hubiera sabido la verdad, yo no habría crecido sintiéndome una carga. Todo hubiera sido distinto. Yo hubiera sido otra persona, una con menos cicatrices.

Las preguntas se agolpan en mi garganta como un nudo insoportable, exigiéndome saber quién es mi verdadero padre, pero no tengo fuerzas para darles voz.

Estoy tan consumida por el dolor que el simple hecho de imaginar otra revelación me paraliza por completo.

Mi capacidad de aguante ha llegado al límite; ya no me queda ni un solo rincón del alma que no esté magullado.

—Nunca quiso ser padre, cariño —suelta ella, y sus palabras se clavan como astillas en mi pecho—. Y mucho menos quería estar casado. Se arrepintió de ti, Brooke. No hace falta que lo dijera con palabras; sus acciones, su distanciamiento… todo hablaba por sí solo.

Siento un pinchazo de duda en lo más profundo de mi corazón.

Algo me dice que la realidad es mucho más compleja, que el dolor de Ted tenía raíces que mi madre se niega a nombrar, pero ya no puedo más.

Siento que soy un jarrón de porcelana hecho mil pedazos y que, por mucho que lo intente, nunca volveré a encajar las piezas de la misma forma.

—Lo siento, cielo… —Mi madre desliza su mano impecable sobre la mesa para alcanzar la mía, buscando ese contacto que ahora me resulta insoportable.

Antes de que me toque, retiro la mano en un acto casi involuntario de rechazo.

Me pongo en pie, con el cuerpo temblando por una necesidad urgente de escapar de esta cocina; las paredes parecen haberse estrechado hasta dejarme sin aire, como si el techo se estuviera desplomando sobre mis hombros.

Es Navidad, y este «regalo» es una condena que no pedí y que me va a marcar para siempre.

—¿Adónde vas, Brooke?

—Necesito pensar —digo, sin mirarla.

—Brooke —se levanta también, y su voz recupera ese tono autoritario—. Regreso a Chicago hoy mismo. No pinto nada en este lugar, y tú deberías venir conmigo. Ya has visto lo que hay aquí: solo mentiras y una familia que no es la tuya.

Sus palabras resuenan con una lógica cruel.

Ella tiene razón en algo: ahora que sé que no llevo la sangre de los Collins, me siento como una usurpadora.

No tiene sentido seguir en un lugar donde creía tener raíces, solo para descubrir que no eran más que reflejos en un espejo que mi madre acaba de hacer añicos.

Recuerdo las palabras del abogado del abuelo; el rancho será mío y podré venderlo. La idea de marcharme, de huir de este dolor y regresar a mi vida gris en la ciudad, empieza a ganar peso. Después de todo hice lo posible por adecentar este lugar para una futura venta.

Sin embargo, el vacío que siento es tan inmenso que apenas puedo mantenerme en pie.

—No lo sé, mamá. Solo… vete. Necesito tiempo.

—No cometas otro error, Brooke. Vuelve a casa.

«A casa».

Esa palabra me desgarra. Creía haber encontrado mi hogar entre el olor a tierra, en el silencio de las mañanas compartidas, sosteniendo una taza de café caliente en el porche mientras Jackson me miraba como si yo fuera su único mundo, y de repente,

ese hogar ha desaparecido como un espejismo en el desierto.

—Buen viaje, mamá. Ya nos veremos.

Me doy la vuelta y desaparezco por el umbral antes de que pueda decirme nada más. Me muevo por inercia, con los ojos ardiendo y una presión en la boca del estómago que me recuerda que todo mi mundo se ha ido a la mierda en poco más de una hora.

No miro atrás. Me voy abatida, sintiendo que me falta el aire y que el suelo que piso ya no es el mío. Solo soy una mujer perdida que ya no sabe quién es ni a dónde demonios se supone que tiene que ir ahora.