Capítulo 60
Livingston, Montana
Diciembre
—Brooke—
La noche no pudo ser más amarga. Sabía que, si mi madre se quedaba, terminaría por reducir a cenizas todo lo que había preparado con tanto esmero.
Me dolía en el alma; quería que esa cena fuese un «gracias» para las personas que habían regresado a mi vida y para las nuevas que ahora la sostenían.
Gracias a ellos, y en una parte inabarcable a Jackson, me había reencontrado con la niña que fui, esa que creía olvidada en algún rincón oscuro de mi memoria, sepultada por los años de ausencia y el desapego.
Tengo la mayor suerte del mundo por tenerlo conmigo, aunque creo que aún no soy consciente de la verdadera magnitud de lo que siento por él.
Es un sentimiento tan vasto que me asusta.
Una carcajada ronca y sensual me saca de mis pensamientos, estremeciéndome de arriba abajo.
Es un sonido vibrante que reverbera en lugares de mi cuerpo demasiado íntimos, pero me obligo a centrarme en su rostro.
Jackson desborda una felicidad casi infantil mientras descubre el cinturón que le he regalado.
Está anonadado, pasando los dedos por la hebilla de metal donde se oculta, tras un diseño meticuloso, aparece un pequeño compartimento con una navaja de diseño.
—No me puedo creer que me hayas comprado algo así —suelta, rodeándome los hombros con un brazo y atrayéndome hacia su calor con una posesividad que me encanta.
—Es que no sabía qué regalarte —me excuso entre risas, contagiada por su entusiasmo.
—Me encanta, pequeña. De verdad. Es perfecta.
Me pongo de puntillas y le dejo un beso suave en la línea de la mandíbula, perfilada por una barba que le da un aspecto deliciosamente peligroso. De pronto, su expresión cambia; frunce el ceño y una sombra de tristeza cruza sus ojos claros.
—Pues yo… yo no te he comprado nada.
—Jackson, no necesito nada —le digo con total sinceridad, acariciándole el brazo—. Tengo todo lo que quiero justo aquí.
—Aun así… —Me separa un poco de él, deja el cinturón sobre su caja bajo el árbol y me toma de las manos. Sus palmas están calientes y firmes—. Tengo algo para ti. No es algo que haya comprado en una tienda.
—Oh. ¿Y qué es?
—Anoche, cuando se fueron mis padres, le pedí a mi padre un favor. Le encargué que me trajera una cosa esta mañana. La ha dejado en el porche hace un rato.
—Vaya, ahora sí que estoy intrigada —admito. Mi corazón empieza a latir con un ritmo irregular. Cualquier cosa que venga de este hombre tiene el poder de desarmarme.
—Ven conmigo.
Entrelaza nuestros dedos y tira de mí hacia la entrada.
Antes de dejarme salir al gélido amanecer, se mueve con una parsimonia protectora, me echa una chaqueta pesada sobre el pijama y me encaja un gorro de lana hasta las orejas.
Es muy temprano; el silencio reina la casa.
Ni el abuelo ni mi madre han despertado aún, y mi padre…
mi padre es una sombra que no sé dónde se esconde.
Estamos solos. Mientras él se asegura de que no pase frío, yo guardo en mi memoria la forma en que me cuida, dándome cuenta de que cada día me enamoro un poco más de él, si es que eso es posible.
—¿Preparada? —pregunta con la mano en el pomo.
—Nací preparada, vaquero —le devuelvo el desafío con una sonrisa valiente.
—Oye, Brooke… no sé en qué estado estará después de tanto tiempo. Ni siquiera sé si te gustará, pero…
—¡Jack! Cállate ya y enséñamelo.
Él suelta un suspiro nervioso y abre la puerta. El aire helado me golpea la cara, haciéndome agradecer su insistencia con la ropa. En una esquina del porche, protegida de la brisa, hay un bulto grande cubierto por una tela vieja y polvorienta.
Me acerco con cautela, rodeando el objeto con verdadero interés.
—¿Puedo? —le pido permiso, mirándolo de reojo.
—Todo tuyo —me guiña un ojo. Intenta parecer seguro, pero noto la tensión en sus hombros; está pendiente de cada uno de mis gestos.
Sujeto la tela por un extremo y tiro de ella con un movimiento decidido. El aire se me escapa de los pulmones. Me quedo petrificada, con los ojos abiertos de par en par, mientras mi cerebro intenta procesar lo que tengo delante.
—¿Jackson…? —susurro, bordeando la estructura para apreciar cada detalle.
Las lágrimas nublan mi vista al instante.
Es una réplica exacta del rancho, una casa en miniatura —aunque de miniatura tiene poco, pues es imponente— fabricada íntegramente de madera.
Cada valla, cada ventana, cada tablón del porche ha sido tallado con precisión, con un amor que se palpa en las vetas de la madera.
Jamás nadie ha hecho algo tan hermoso por mí.
O quizá sí… porque Jackson siempre fue así.
Desde niños, buscaba la forma de cuidarme, de crear mundos donde yo fuera feliz.
—¿Esto es… es el rancho? ¿Lo has hecho tú? —pregunto sin poder dejar de acariciar el tejado tallado a mano.
—En realidad… —se lleva una mano a la nuca, inquieto, y noto cómo un rubor impropio de él asoma en sus mejillas. Dios, adoro esa parte tierna que solo me muestra a mí—. Lo hizo una versión mucho más pequeña de mí.
—¿Qué quieres decir? —Frunzo el ceño, confundida, buscándole la mirada.
—Que lo fabriqué hace mucho tiempo, Brooke. Concretamente, iba a ser tu regalo de cumpleaños para aquel mayo de hace casi diecinueve años.
El mundo parece detenerse. El frío del porche desaparece, sustituido por un nudo abrasador en mi garganta.
—¿Mi regalo de cumpleaños?
—Ajá.
—¿Y por qué no me lo diste?
—Bueno… porque cuatro días antes de tu cumpleaños, tu madre te sacó a rastras de aquí y no volvimos a saber de ti.
Una lágrima solitaria, pesada y ardiente, rueda por mi mejilla y cae sobre la madera vieja de la maqueta.
—Jackson… —mi voz es apenas un susurro en el aire—. ¿Has guardado esto durante diecinueve años?
—Está viejo y la madera ha sufrido un poco, pero no pude deshacerme de él. Supongo que, en el fondo, siempre guardé la esperanza de que regresaras. Quería que tuvieras este pedazo de nosotros contigo, la prueba de que tu lugar aquí nunca dejó de esperarte.
No puedo hablar. Las palabras se han quedado atascadas en mi pecho, asfixiadas por la emoción.
Me lanzo contra él, estampándome contra su torso, y Jackson me rodea con sus brazos firmes, convirtiéndose en mi escudo contra el mundo.
En su abrazo he encontrado la paz que busqué desesperadamente en una vida que se sentía ajena.
Al recostar la mejilla en su pecho y escuchar el latir constante de su corazón, entiendo que él es mi verdadero refugio, la seguridad que me impulsa a dejar atrás las sombras.
—Te quiero, Jackson. Muchísimo —digo con la voz amortiguada por su chaqueta.
—Y yo a ti, pequeña. Siempre te he querido. Nunca dejé de hacerlo.
Me separo un poco, mirándolo con los ojos empañados. El dolor de los años perdidos me escuece demasiado.
—Oh, Jack… ¿Por qué no volví antes? Todo habría sido tan distinto…
Él sostiene mi rostro entre sus manos grandes y ásperas, borrando mis lágrimas con los pulgares. Su tacto es lo único que me mantiene en pie, dándome el equilibrio que he necesitado durante tantos años de incertidumbre.
—Tan solo eras una niña, Brooke. No podías elegir.
—Podría haber vuelto después, cuando fui mayor.
—Tu mundo cambió, eso es todo. Pero lo que importa es el ahora. Estás aquí.
—Lo sé, pero… —Cierro los ojos y agacho la cabeza, sintiendo cómo el peso de las dudas vuelve a caer sobre mí.
Me separo un poco, obligándolo a soltarme la cara para que sus manos descansen en mis brazos—.
Jack, sigo sin entender tantas cosas. Hay huecos en mi memoria, vacíos que me duelen y a los que no dejo de darles vueltas.
Jackson usa sus dedos para obligarme a levantar la barbilla, forzándome a mirarlo a los ojos. Su mirada es clara, honesta.
—Brooke, cariño… solo llenarás esos vacíos si hablas con quien deberías haber hablado hace mucho tiempo.
Inclino la cabeza, sopesando sus palabras.
Durante meses me ha irritado que todos me presionen para hablar con mi padre.
Todos menos mi madre. Ella es el muro que me separa de él, insistiendo en que lo ignore, en que no le dirija la palabra.
Y me encuentro en una encrucijada que me parte en dos.
Una parte de mí quiere creer que mamá solo busca protegerme, que no quiere que sufra de nuevo tras el rechazo que sentí de niña cuando supe que yo «no le interesaba» a Ted.
Pero otra parte, una que grita desde mis entrañas, me dice que el silencio solo ha servido para alimentar el dolor.
Si hablar con él solo sirve para confirmar que no me quiere, tendré que afrontarlo.
Pero necesito saberlo. Necesito la verdad, por muy afilada que sea.
Ese pensamiento me provoca una punzada en el pecho, un dolor sordo que me arrebata el aire.
—Lo sé —murmuro, rindiéndome a la evidencia.
—Pues cuanto antes mejor —sentencia él con suavidad. Me deposita un beso tierno en la frente y vuelve a estrecharme contra él, dándome el valor que me falta para enfrentar la tormenta que se avecina.