Capítulo 59 #2
—Bueno sí, pero es mi padre y sigue siendo su casa, mamá. Compórtate, por favor. No es el momento ni el lugar.
—A mí no me digas lo que tengo que hacer, Brooke —Tiffany levanta la voz, ignorando la incomodidad de mis padres y mis amigos, que no saben dónde meterse—. Además, Ted debe entender que…
—¡Ni se te ocurra decir lo que vas a decir!
—Ted se levanta de un salto. El chirrido de la silla al arrastrarse por el suelo suena como un grito en mitad de la estancia.
Tiene los puños tan apretados que las uñas deben estar cortándole las palmas—.
No tienes derecho. ¿No te bastó con arrebatármelo todo hace años? Me dejaste sin nada.
Ahora es Tiffany quien se levanta, apoyando las manos en la mesa y encarándolo.
—Tengo todo el derecho del mundo a…
—Bueno, ya está bien.
Bajo la mesa, busco la mano de mi chica y le doy un apretón firme, intentando transmitirle que sigo aquí.
Brooke está pálida, mirando el desastre en el que se ha convertido su cena de Nochebuena.
Me quedo sentado, manteniendo la calma por fuera, aunque por dentro tengo ganas de echar a Tiffany a patadas.
Miro a ambos a los ojos.
—Vuestra hija ha preparado esta cena con toda su ilusión —digo con voz firme, sin dejar lugar a réplicas—, y por nada del mundo voy a consentir que le amarguéis la noche.
Como ha dicho Brooke, no es el lugar. Si no sois capaces de cenar con ella y con nosotros en armonía, os ruego que os marchéis y nos dejéis disfrutar de la velada en paz.
Brooke me mira y mueve los labios en un «gracias» silencioso. Sus ojos están anegados en lágrimas que lucha por no dejar caer delante de su madre.
—Llevas razón, chaval —suspira Ted, perdiendo en un segundo toda la energía—. Lo siento, Brooke. En ese caso, seré yo quien se vaya… Al fin y al cabo, siempre fui yo quien os abandonó, ¿no, Tiffany?
Lanza la pregunta como una bomba, esperando una confesión que no llega. Tiffany solo asiente con frialdad. Ted farfulla algo y pasa por detrás de Brooke para marcharse. Ella se levanta, desesperada, y lo agarra del brazo.
—Papá, espera. No te vayas, por favor.
Ted se gira. La sostiene por los hombros y la mira con una tristeza infinita.
—No puedo hacerlo, Brooke. Lo siento. Lo siento por todo. —Duda un segundo, pero acaba besándole la frente—. Disfruta de la noche. Estaré bien.
—Papá, espera… —la voz de Brooke vibra, cargada de una congoja que intenta contener sin éxito. Su padre la suelta y desaparece por el pasillo, dejándola allí, rota en mitad de su propio sueño.
Brooke se queda ahí plantada, con el aire escapándosele de los pulmones en un suspiro lleno de dolor.
Mientras tanto, Tiffany se lleva la copa a los labios con la calma de quien no ha roto un plato en su vida, a pesar de que acaba de pisotear el corazón de su hija delante de todos nosotros.
Su indiferencia es un insulto, un veneno que me obliga a apretar los dientes para no estallar aquí mismo.
Me inclino hacia ella, recortando la distancia hasta que solo ella puede oírme.
—No lo estás haciendo bien y lo sabes —mi voz es un susurro gélido, una advertencia que le erizaría la piel a cualquiera que tuviera sangre en las venas—.
Así la vais a perder. La perderéis los dos.
Y no pienso consentir que vuelva a sufrir por vuestros secretos, ¿me oyes?
O le contáis toda la verdad, o lo haré yo.
—No te atreverás —me lanza una mirada que, de ser un arma, me habría atravesado el cráneo.
—Ponme a prueba —la amenazo, sosteniéndole el pulso sin parpadear.
Candy y Jenna corren a consolar a Brooke mientras el ambiente se vuelve irrespirable.
Me pellizco el puente de la nariz, tratando de procesar el desastre.
Pero entonces, Austin toma las riendas. Joder, tengo unos amigos que valen oro.
Él sabe perfectamente cómo manejar la situación; se acerca luciendo esos hoyuelos pícaros que a Brooke siempre le han parecido imposibles de ignorar, desarmando la tensión con su sola presencia.
No sé qué estupidez le dice al oído, pero consigue arrancarle una risa a través de las lágrimas, y con eso me vale.
Al momento, el salón vuelve a la vida. Cuentan chistes, logran que los padres y el hermano de Candy se relajen y empiezan a relatar las locuras que hacíamos de adolescentes.
Mis padres me observan a través de la larga mesa; no hace falta que hablen para saber que están orgullosos de ver que he aprendido a proteger mi verdadero hogar.
Porque mi hogar no son solo ellos y el rancho, es la felicidad de la mujer que tengo al lado, y hoy he dejado claro que no voy a permitir que nadie la pisotee.
Observo a Brooke, que vuelve a sentarse a mi lado. Le doy un beso en la mejilla, que ella recibe refugiándose en mí, y le susurro que la quiero.
Tiffany me analiza por encima del cristal de su copa, bebiendo como si intentara ahogar el eco de mi amenaza.
Me sostiene la mirada, pero ya no veo en ella a esa figura intocable de mi infancia; solo veo a una mujer desesperada por mantener un control que ya no tiene.
Le devuelvo una mirada seca, desprovista de cualquier respeto, marcando un territorio en el que ella ya no es bienvenida.
Ya no soy el niño que agachaba la cabeza; soy el hombre que tiene a la mujer de su vida sentada al lado, y estoy dispuesto a quemar el mundo entero antes de permitir que Tiffany Brown vuelva a romperle el corazón.