Capítulo 59
Livingston, Montana
Diciembre
—Jackson—
Hemos terminado todas las tareas lo más rápido posible.
Ni siquiera en un día como hoy el rancho se toma un respiro, pero mis hombres y yo hemos trabajado a destajo, haciendo que las horas rindieran el doble para poder volver antes.
No quería que Brooke cargara ella sola con todo el peso de los preparativos; mi chica se ha desvivido para que esta noche sea perfecta para todos y lo mínimo que podíamos hacer era sudar la gota gorda para llegar a tiempo.
A primera hora de la tarde no pude evitar escaparme a verla.
La echaba de menos, así de simple. Y sé que suena un poco locura porque habíamos pasado la noche juntos y apenas me había despedido de ella por la mañana, pero cada vez me cuesta más estar separado de Brooke.
La quiero cerca, todo el rato. Necesito ese rastro de su perfume, esa forma en la que se mueve por la casa…
Pero en cuanto vi a su madre cruzar el umbral, una punzada de advertencia me recorrió la columna.
Me obligué a marcharme de la casa con el cuerpo rígido y la mandíbula apretada, odiando cada paso que me alejaba de Brooke.
Informé a mis vaqueros de que debíamos terminar las tareas en tiempo récord.
No podía quitarme de encima la presión en el pecho; sabía que acababa de dejarla a solas con una mujer que solo sabía alimentarse de sus inseguridades, y el instinto me gritaba que volviera antes de que Tiffany encontrara una nueva forma de hacerla sentir pequeña.
Ahora estamos aquí, con ella, en mitad de su gran salón.
La estampa es de película: la chimenea crepitando, el árbol de Navidad iluminado hasta el techo y un batallón de hombres correteando de la cocina al salón.
Dairon persigue a todo el mundo con la lengua fuera, esperando que algún trozo de comida caiga al suelo por obra de alguna alma caritativa.
Pobre animal. Austin está en las nubes, emocionado por tener a Candy cerca, que finalmente ha venido con su familia.
Zac parece algo más animado, aunque se esfuerza por mantener esa distancia de seguridad que siempre se desmorona cuando cree que nadie lo ve observar a Jenna.
Mis padres, como no podía ser de otra forma, charlan con los vaqueros con la típica cercanía de quienes ya conocen cada historia de cada uno de ellos; verlos ahí, compartiendo risas con los chicos, solo me confirma que esta noche somos una verdadera familia.
Pero no importa cuánta gente llene el salón; mis ojos tienen un magnetismo propio que solo responde ante ella.
Ante Brooke.
Ella observa a mis hombres con una sonrisa que me nubla el juicio.
Joder, ver cómo ilumina la habitación con solo mirar a los muchachos me vuelve completamente loco.
Está preciosa. Lleva un moño bajo, algo desenfadado, con un par de mechones sueltos que ya estoy deseando enredar en mis dedos para volvérselo a soltar en la cama.
El vestido plateado, lleno de lentejuelas que atrapan la luz de las llamas, le marca la cintura de una forma que me corta la respiración.
Y ese escote… joder, es un pecado. Es imposible apartar la vista, sobre todo cuando mi memoria se encarga de recordarme exactamente lo que hay debajo de esa tela brillante.
Se ha puesto unos tacones negros que realzan su figura, aunque sigo teniendo que inclinar la cabeza hacia abajo para buscar sus ojos cuando la tengo cerca.
El maquillaje es sutil, pero resalta esos labios rojos y gruesos que me están pidiendo a gritos un mordisco.
Carraspeo y cambio de posición, tratando de disimular que mis pantalones han empezado a apretar más de la cuenta.
Una vez que consigo domar mis instintos, camino hasta ella y la rodeo por la cintura, pegando mi pecho a su espalda. Entierro la nariz en el hueco de su cuello, donde le late el pulso, y deposito un beso lento. Su aroma me golpea de lleno: huele a gloria, a hogar, a algo jodidamente irresistible.
—Estás preciosa esta noche, pequeña —le susurro al oído, disfrutando de cómo se le eriza la piel.
Se gira entre mis brazos y se cuelga de mi cuello, encajando a la perfección conmigo.
Mis manos bajan directas a su trasero, movidas por un instinto que no puedo —ni quiero— controlar; me arden los dedos por darle ese apretón posesivo y dejarle claro que es mía.
Tengo que apretar los dientes para no devorarle los labios aquí mismo frente a todos, porque si empiezo, no me detendré hasta tenerla a solas en algún rincón de la casa para demostrarle lo que provoca en mí.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal, vaquero —me suelta, regalándome esa media sonrisa picante que tanto me gusta.
Me inclino para besarla, pero el roce apenas llega a producirse; Henry y Ted entran en el salón y el momento se disuelve.
—Hola, chicos —saluda el abuelo de Brooke, cuya voz, siempre cargada de una ternura contagiosa, inunda el salón de calidez.
Todos se levantan, se enredan en el típico alboroto de saludos, dándose palmadas en la espalda, soltando alguna broma sobre el hambre que traen y comentando lo bien que huele la cena.
Yo me limito a hacerles una inclinación de cabeza a ambos, pero mis ojos se quedan anclados en Ted unos segundos de más.
No puedo evitarlo. Me cuesta reconocer al hombre que tengo delante.
No sé si ha sido por no armar un escándalo en una noche así, por un rastro de amor hacia su hija o porque el abuelo Henry le ha leído la cartilla, pero Ted parece otro.
Se ha peinado hacia atrás ese pelo que ya le quedaba demasiado largo, se ha recortado la barba y ha abandonado su uniforme: los tejanos y las camisas viejas han dejado paso a una camisa celeste, que hasta parece planchada, y unos pantalones nuevos.
Aprecio cómo traga saliva, con dificultad, cuando ve a Brooke acercarse.
Ella, dejándome asombrado por su naturalidad, entrelaza su mano con la del abuelo y lo guía hacia su sitio.
Henry sonríe con un brillo especial en su mirada verde y, en un gesto que destila puro orgullo y devoción, besa el dorso de la mano a su nieta.
Brooke le devuelve la sonrisa de una forma tan bonita, tan genuina, que es imposible no quedarse embelesado con esa estampa.
Y no soy el único; noto que mis hombres, aunque sigan fingiendo que charlan entre ellos, los observan por el rabillo del ojo.
En este rancho, todos sabemos lo que ha costado llegar a este momento.
Entonces, Brooke levanta la vista y se encuentra con su padre.
El aire en el salón se vuelve denso. Se mantienen la mirada durante unos segundos que parecen eternos.
Es un pulso silencioso. Ted tiene los puños apretados y la mandíbula tan tensa que parece que se le va a romper una muela.
Hasta que ella, mi pequeña valiente, suaviza la expresión.
Desplaza la silla al lado de Henry y le dedica a su padre una sonrisa dulce, una invitación.
No comprendo cómo pueden seguir así, fingiendo que no hay un muro de secretos levantado entre ellos.
Tienen una cuenta pendiente que está asfixiando a mi chica, y aunque me pica el cuerpo por la necesidad de intervenir y sacudirlos hasta que hablen, entiendo que no me corresponde.
Me obligo a mantener las manos quietas bajo la mesa, apretando los dientes para no soltar todo lo que sé y forzarlos a mirarse a la cara de una vez.
No soporto ver a Brooke cargando con este peso sobre los hombros.
Ella merece ser feliz, merece entender que las cosas no siempre son lo que parecen. Necesitan una oportunidad.
Ted asiente, arrastrando los pies hacia donde está ella.
Cuando llega a su altura, pasea la mirada por el rostro de su hija como si estuviera buscando algo que perdió hace mucho.
Ese hombre se está debatiendo en una guerra interna entre seguir siendo el bloque de hielo hermético en el que se convirtió o romperse, regalarle una sonrisa y estrecharla contra su pecho.
Joder, me duele el puto corazón al contemplarlos así, sabiendo que una sola palabra podría arreglarlo y ver que ninguno se atreve a soltarla.
Finalmente, él también suaviza la expresión y le susurra un escueto «gracias».
Es poco, casi nada, pero para esa rubia es suficiente.
Veo cómo se ilumina y supongo que es el primer gran paso.
Si la noche marcha bien, quizá todo cambie.
Aunque hay un nudo en mi estómago que no me deja tranquilo; Ted no sabe que hay una presencia más en esta casa capaz de derrumbar cada cimiento que hemos levantado hasta hoy.
Brooke empieza a dar órdenes para que todo el mundo se siente. Tiene madera de jefa, no hay duda; me hace sonreír imaginarla mandando en este rancho durante los próximos cincuenta años. La ayudo a traer los platos y pronto el salón se llena de ruido de cubiertos y risas.
La silla vacía al lado de Brooke es el único punto discordante en esta mesa.
Es un silencio visual que me pone sobre aviso.
Ted también lo nota; lo veo luchar contra su propia mudez, reuniendo el valor necesario para cruzar esa distancia que él mismo creó, hasta que por fin le pregunta por el sitio libre.
Noto cómo ella se tensa. Pero responde con la verdad, aunque le cueste:
—Es para…
—Para mí —la interrumpe una voz fría como el acero.
Tiffany entra en el salón y el mundo se detiene.
Brooke abre los ojos de par en par y el silencio se desploma sobre nosotros con la fuerza de un hachazo.
Es tan repentino y tan gélido que incluso nos roba la respiración.
Las risas mueren en las gargantas de los chicos y todas las miradas se clavan en la puerta, esperando el impacto de lo que sea que Tiffany acaba de traer consigo.
El sonido de sus tacones contra la madera es firme, rítmico, casi una provocación mientras se dirige a su asiento. Ted le clava una mirada cargada de un odio que nunca había visto en un ser humano.
—¿Qué haces tú aquí? —escupe él.
—Pasar la noche con mi hija —responde ella, desplegando la servilleta sobre su regazo con una calma insultante.
—Pues esta es mi casa y aquí no eres bienvenida —gruñe Ted.
—Ya no es tu casa —replica ella mientras se sirve vino—. Y estaré donde esté mi hija.
—Mamá, por favor —murmura Brooke, y se me rompe el corazón al oír la súplica en su voz—, no empieces. Esta es su casa.
—Yo no empiezo nada. Ha sido él. Y creo recordar que me has dicho que el rancho es tuyo, por lo tanto, la casa es de tu propiedad, no de Ted.
Ted ruge por lo bajo, un sonido animal.