Capítulo 58 #2
—¿Los vaqueros? —Repite la palabra como si tuviera un sabor asqueroso, con una condescendencia que se me clava en el pecho como una aguja—. ¿Acaso estás loca? No vas a convertir una cena familiar en un comedor de beneficencia para peones, Brooke. Ten un poco de dignidad.
—No estoy loca. Ellos viven aquí, este es su hogar. Candy y Jenna son mis amigas y quiero que estén presentes. Jackson es mi novio y sus padres son familia. Ah, y el abuelo y papá también vendrán.
—¡Qué! ¡Ni en broma! No pienso cenar con Ted —su rostro se tensa, perdiendo esa máscara de elegancia.
—Bueno, pues en ese caso tendrás que cenar en otro lugar —respondo con una calma cortante que me sorprende hasta a mí.
Sujeto la pesada fuente con firmeza, con el pavo perfectamente aderezado y listo para dorarse, y lo deslizo al interior del horno.
Dejo que el calor me golpee el rostro por un segundo, antes de cerrar la puerta con un golpe seco y definitivo.
Me vuelvo hacia los fogones y sigo removiendo la salsa con parsimonia.
No me tiembla el pulso; de hecho, me siento más segura que nunca.
—¿Cómo? ¿Piensas dejar a tu propia madre de lado en una noche así por cenar con ese hombre?
—Yo no te estoy apartando, mamá. Eres tú quien decide no encajar —me encojo de hombros sin mirarla.
—¿Se puede saber dónde está mi hija y qué has hecho con ella?
Dejo la cuchara de madera, me limpio las manos en el trapo con lentitud y me giro para enfrentarla.
Su rostro es un poema de confusión; es la primera vez que mi silencio pesa más que sus gritos y ella no sabe cómo encajar el golpe.
Se ha quedado sin el poder que siempre ha ejercido sobre mí, y ese vacío la deja completamente desarmada.
—Estoy aquí mismo, mamá —suelto un suspiro largo y me pellizco el puente de la nariz, tratando de no perder los nervios—. Siempre he estado aquí, pero te has pasado la vida negándote a ver quién soy realmente.
—No. Tú no eres la hija que yo crie. Mi hija no estaría en este agujero del mundo, gestionando un rancho, rodeada de vaqueros y de amigas con nombres de furcias. Ella estaría en Chicago, dirigiendo la revista que construí para ella, codeándose con personas que importan y disfrutando de su juventud.
Sus palabras son como latigazos de una vida que ya no reconozco.
Tomo aire, cerrando la boca para no soltar algo de lo que me arrepienta.
Discutir con ella es como hablarle a una pared de mármol: puedes verla al otro lado, pero ninguna de mis palabras llega a rozarla.
Solo rebotan contra su superficie fría y vuelven a mí vacías de sentido.
—Es que esa no soy yo, mamá. Esa es la versión de mí que tú diseñaste.
Nunca me escuchaste. Nunca me dejaste encontrar mi lugar.
Por primera vez en mi vida, siento que estoy donde debo estar y que soy quien debo ser.
Y te pido, por favor, que no vuelvas a insultar a mis amigas y que respetes a mis invitados.
—Menuda estupidez, Brooke. Seguro que Henry te ha vuelto a llenar la cabeza de pájaros. No sabes lo que dices.
—No metas al abuelo en esto. Él es el único que no ha intentado asfixiarme con expectativas —le advierto, entornando los ojos mientras mi voz se vuelve tan tensa y afilada que podría cortar el aire entre las dos.
—Pues entonces ha sido Ted —su voz se arrastra, cargada de un odio antiguo que parece emponzoñar el aire de la cocina—. Ese hombre tiene que entender, de una vez por todas, que no le perteneces. Que no eres suya para que te esconda en este rincón del mundo.
—¡Basta ya, mamá! —La corto en seco, apoyando las palmas con tanta fuerza sobre la encimera que el impacto casi resuena en toda la cocina.
Le clavo la mirada, sosteniéndola con una firmeza que nunca antes me había atrevido a mostrar—.
Mi relación con papá, o la falta de ella, no es un arma que puedas usar a tu conveniencia.
Te lo he dicho mil veces: no he hablado con él.
Respeto sus tiempos y no voy a forzar nada hasta que él esté listo, algo que tú nunca has sabido hacer conmigo.
Me tomo un segundo para respirar, pero no aparto los ojos de los suyos.
—Así que déjalo estar de una vez —le advierto, y mi voz baja a un tono peligroso—. Deja de usarlo como un fantasma para justificar tus ataques y tu propio veneno.
Exhala un suspiro lento, dejando que la tensión se escape de sus hombros solo lo justo para no parecer derrotada. Se sacude una mota de polvo invisible de la manga y recupera esa rigidez, asintiendo con una condescendencia que me revuelve el estómago.
Le dedico la sonrisa ensayada que ella misma me enseñó a poner desde niña para los compromisos sociales; esa mueca perfecta y vacía que usas cuando quieres quedar bien pero no sientes absolutamente nada, y vuelvo a centrarme en la receta.
El aroma del romero y las especias inunda la cocina, pero el aire sigue sintiéndose pesado, casi eléctrico.
Siento su mirada oscura clavada en mi nuca, fija y analítica; me observa como si yo fuera uno de sus diseños que necesita ser corregido.
Remuevo la salsa con un ritmo mecánico, intentando ignorar el escalofrío que me recorre la espalda.
He ganado este asalto, pero Tiffany no ha aceptado mi victoria; solo está buscando la grieta por la que colarse para hacer que todo este mundo que he construido se desmorone desde dentro.