Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 58
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Capítulo 58

Livingston, Montana

Diciembre

—Brooke—

—¿Jackson…? —Me anudo la bata a toda prisa, sintiendo aún el roce de sus manos en mis caderas mientras bajo las escaleras.

Mi corazón es un torbellino: todavía late con fuerza por el orgasmo de hace un momento, pero una extraña sensación de urgencia me revuelve el estómago—. ¿Quién ha llamado a la puer…?

Me quedo paralizada a mitad de la bajada. La pregunta muere en mi garganta al clavar la vista en la puerta, donde Jackson se yergue como una muralla frente a… ella.

El aire en el vestíbulo parece haberse congelado por completo. Frunzo el ceño mientras termino de bajar los escalones, sintiendo cómo la calidez de la habitación de arriba se desvanece ante la presencia que ocupa el umbral.

—¿Mamá? —Miro a Jack, cuya espalda está tan tensa que parece a punto de romperse, y luego dirijo la mirada hacia mi madre.

Es una mujer alta, pero con esos tacones de doce centímetros parece una torre inalcanzable de arrogancia.

Lleva el sello inconfundible de su estilista de confianza; tuvo que pasar por sus manos ayer mismo, preparando su llegada con precisión; su melena chocolate, corta y sedosa, brilla con una perfección insultante.

Va ataviada con un traje de terciopelo rojo que destila estilo y poder.

Probablemente lo haya diseñado ella misma, cortado para resaltar cada curva de su silueta y usado como una armadura.

No es solo ropa; es una declaración de intenciones: ella está por encima de todo, y especialmente de todos los que estamos en esta casa.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —consigo articular.

Me cruzo de brazos, ajustándome la fina bata de raso en un intento inútil de que no me escanee.

Es tarde. Su mirada implacable, acostumbrada a buscar el más mínimo defecto, se escurre por cada centímetro de mi cuerpo, desde mis pies descalzos hasta mi cabello revuelto.

Puedo ver cómo suma mentalmente cada imperfección, cada rastro del «desorden» que Jackson ha dejado en mí, preparando la lista de reproches que soltará en cuanto tenga oportunidad.

—Viendo que mi hija ha decidido abandonarme este año para pasarlo… —estudia la entrada y el pasillo con un gesto de asco mal disimulado, como si temiera contaminar su traje con el ambiente— aquí, he optado por venir yo.

—Mamá, yo no te he abandonado, no seas dramática —suspiro, sintiendo cómo la vieja dinámica de culpa intenta atraparme. Pero esta vez no lo voy a permitir—. Te he estado llamando semanas para invitarte. Eres tú la que ha pasado de su hija —aprieto los labios en una línea firme.

—Tonterías. Yo no paso de ti, Brooke. He estado muy ocupada con la nueva colección.

—Ya… —El carraspeo de Jackson a mi lado me devuelve a la realidad.

Mi madre clava sus ojos en él, enarcando una ceja mientras lo escanea de arriba abajo con una frialdad que me revuelve el estómago.

Sé lo que está haciendo: busca su precio, intentando adivinar si podría sacar algún beneficio de un hombre así.

Lo inspecciona como si fuera una pieza fuera de lugar, algo que no merece estar en su campo de visión.

Calcula su valor social en segundos y, al ver que no hay nada que pueda usar a su favor, su gesto se vuelve aún más agrio.

Pensará qué demonios ha hecho este hombre para retenerme en este lugar.

—¿No vas a presentarnos, Brooke? —alza la barbilla, exigiendo pleitesía.

—Mamá, ya lo conoces. Es Jackson. Jackson Moore. Mi amigo de la infancia.

En cuanto lo menciono, Jackson da un paso al frente y le tiende la mano. Es el gesto de un hombre que ha sido educado para ser un caballero, pero sus ojos dicen algo muy distinto.

—Hola, señora Brown. Me alegro de verla —miente, guardando las formas a la perfección, aunque la tensión se puede masticar.

Lo he llegado a conocer demasiado bien; el músculo de su mandíbula está tan tenso que me sorprende que no se haga daño, y su mirada está desprovista de cualquier rastro de la dulzura que me dedicaba hace diez minutos. Lo está haciendo por mí, y se lo agradezco en el alma.

Mi madre mira la mano tendida como si fuera algo sucio, luego a él y finalmente a mí.

—No tiene pinta de ser solo tu amigo, Brooke.

Jack frunce el ceño y retira la mano con lentitud, sabiendo que ella no se rebajará a tocarlo.

Siento cómo la indignación me quema la garganta.

¿Quién se cree que es? ¿Cree que su nombre en una etiqueta le da derecho a pisotear a la gente?

He guardado silencio mil veces para no montar un escándalo, pero con Jackson no. No con él.

—Bueno, eso es porque no lo es —suelto con una aspereza que la hace parpadear—. Es mucho más que eso.

Me acerco a Jackson y le rodeo la cintura con firmeza, pegándome a su costado para que no quede ninguna duda.

Él responde de inmediato, rodeándome los hombros con un brazo protector y posesivo.

Apoyo la mano en su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo la camiseta, y él deposita un beso tierno en mi coronilla. Es su forma de decirme «gracias».

—Estamos juntos, mamá. Es mi novio.

—Tu novio… —repite ella con un deje de desprecio, como si la palabra le amargara la boca.

—Así es. ¿Algún problema?

El silencio que sigue es denso. Ella se toma unos segundos excesivos para procesarlo y me invade el pánico de que monte una escena justo aquí. Pero Tiffany es una mujer de estrategia, no de impulsos.

—Ya hablaremos más tarde de eso —sentencia—. Ahora, ¿me vas a invitar a pasar o vas a dejar que me muera de frío en este porche?

—Claro, pasa. Estás en tu casa.

Le indico que pase con un movimiento de mano que me sale más brusco de lo que pretendía.

En cuanto ella pisa la madera del recibidor, Jackson sale al porche y coge su maleta —un objeto de diseño que parece fuera de lugar sobre las tablas gastadas—, mientras yo cierro la puerta a sus espaldas.

El sonido de la cerradura encajando me produce un escalofrío; es como si acabara de encerrar a un depredador en mi propio santuario.

Mi madre se detiene en el centro de la entrada y respira hondo, pero no como quien busca aire puro, sino como quien busca el olor a rancio.

—Por favor, Brooke, esta nunca fue mi casa… —dice, y sus ojos se clavan en las vigas del techo con un desprecio que me escuece en la piel—. Y ahora, resulta que es tuya, ¿no es así?

Recorre cada rincón con una mirada que no busca belleza, sino fallos. Se detiene en las fotos, en los muebles que yo misma restauré, en la calidez que tanto me ha costado crear, y lo hace con esa condescendencia cruel de quien mira unas baratijas de rastro con lástima.

—Exacto. Mi casa —le espeto, plantándole cara. Necesito que entienda que aquí las reglas las pongo yo.

—Hummm… —Suelta ese zumbido que siempre ha sido su forma de decir que algo le parece una basura sin tener que usar palabras vulgares—. Ya hablaremos de eso también. No querrás que piense que tus ambiciones se han reducido a esto.

—Oye, pequeña —susurra Jackson, acercándose tanto que su aliento cálido me hace vibrar la piel—. Subo a por el resto de mis cosas y tengo que volver al trabajo.

Al oírlo, no puedo evitar que mi mente viaje a mi habitación, visualizando sus calzoncillos, la chaqueta y las botas esparcidas como el rastro perfecto de nuestra urgencia.

Una sonrisa involuntaria tira de mis labios al recordar que, bajo esos pantalones que ahora se ajustan a sus movimientos, no lleva absolutamente nada.

La simple idea me provoca un vuelco en el estómago y acelera mi pulso, recordándome lo que acabamos de hacer.

—¿Nos vemos después? —pregunta, buscando mi mirada.

—Claro. Te veo luego.

Me pongo de puntillas y tiro de él por la nuca, sintiendo el roce de su pelo entre mis dedos.

Apoyo mis labios contra los suyos en un roce suave, casi un ruego, aferrándome a su boca como si Jackson fuera lo único capaz de mantenerme en pie antes de enfrentarme a mi madre.

En ese roce le pido que no me suelte, y su respuesta me da la fuerza que me falta.

—Te quiero, Brooke —sisea contra mi oído, antes de añadir con un tono mucho más sombrío—: Ten cuidado con esa arpía.

Abro los ojos de par en par, buscando cualquier cambio en el gesto de mi madre que delate que ha escuchado una sola palabra.

—Ha sido un placer volver a verla, señora Brown —suelta con un fingido respeto que me hace negar con la cabeza.

Acto seguido, Jackson se endereza, se pasa los dedos por los mechones rebeldes para recuperar algo de compostura y sube las escaleras de dos en dos hasta desaparecer.

«Mentiroso», pienso, dibujando una sonrisa de medio lado. Jackson Moore es muchas cosas, pero no es un buen actor frente a quien desprecia.

—Bueno… —me obligo a recomponerme y me dirijo a la cocina para terminar lo que me traía entre manos cuando Jack me interrumpió hace un par de horas.

Por el rabillo del ojo, veo cómo mi madre me sigue, taconeando sobre la madera con un ritmo inquisitivo, inspeccionando cada cuadro, buscando con la mirada el precio de cada objeto solo para confirmar que nada en esta casa está a su altura.

—Veo que este lugar ha mejorado considerablemente… —comenta, pasando un dedo por una superficie como si buscara polvo.

—Sí. Le he dedicado tiempo y cariño para que se convirtiera en un hogar, no solo en una propiedad.

Ella carraspea, incómoda ante la palabra «hogar».

—Entonces, ¿pasarás la Navidad con nosotros? —pregunto mientras reviso todos los ingredientes que he mezclado.

—Oh, no, cielo. Vengo a pasar la Navidad contigo. Ya que no has aparecido en Chicago para las fiestas que yo quería que organizaras, como siempre hacías.

Su tono deja claro su plan: quiere acapararme, encerrarme en una versión idealizada de nuestra relación donde nadie más tiene cabida. Pero se equivoca.

—Pues en ese caso, tendrás que compartirme con todos.

—¿Todos? —su ceja se arquea tanto que tensa toda su expresión, subrayando esa mirada de superioridad que siempre usa cuando cree que estoy diciendo una estupidez.

—Sí, todos. Mis amigos, Jackson, sus padres…

—¿Amigos? ¿Y se puede saber quiénes son exactamente esos «amigos», Brooke?

—Austin, Zac, los vaqueros del rancho, Candy y Jenna…