Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

Livingston, Montana

Diciembre

—Jackson—

Trato desesperadamente de no pensar en la descarga eléctrica que palpita en mis venas, pero es inútil.

Brooke respira cada vez más deprisa, un sonido errático que me espolea los sentidos.

Está desnuda frente a mí, su piel blanca contrastando con las sábanas, y no puedo pensar con claridad.

Aunque, siendo sinceros, no tengo nada que pensar.

Tan solo actúo por instinto, como el animal hambriento que soy cuando ella está cerca.

Me hundo entre sus piernas —delicadas, firmes, perfectas— y el mundo exterior deja de existir.

Recorro su ingle con la punta de la lengua hasta alcanzar el vértice de sus muslos, ese centro de calor que me tiene esclavizado.

Siento una tensión brutal recorrerme la columna hasta la entrepierna al notar cómo se estremece bajo mi boca, clavando los dedos en mi pelo y arañándome el cuero cabelludo.

Abre las piernas por completo, entregada a lo que le estoy haciendo, y yo disfruto de su calor abrasador mientras se estremece de placer bajo mi lengua.

Brooke no tarda mucho en gritar mi nombre, ese grito roto que me vuelve loco, mientras arquea la espalda buscando más.

No me separo hasta que los temblores que recorren cada rincón de su cuerpo disminuyen; solo entonces me coloco sobre ella, con los músculos en tensión, conteniéndome para no embestir con la fuerza que mis entrañas me piden.

Una vez repuesta, la hago girar con un movimiento fluido para montarla sobre mis caderas. Me urge estar dentro de ella; me duele de lo mucho que la necesito.

—Joder, cariño… —el jadeo se me escapa como un gruñido cuando me deslizo en su interior.

Está tan caliente, tan estrecha. Ella reacciona sonriendo entre dientes, apretándome con las piernas y rodeándome con una fuerza que me roba el aire.

Tiene un cuerpo precioso y necesito poseerlo al completo.

Me incorporo hasta apoyar la espalda en la pared, manteniéndola sobre mí, dejando que sea ella quien marque la profundidad mientras yo hundo mis manos en su trasero y acaricio cada centímetro de su piel.

Reparto una hilera de besos húmedos y mordiscos posesivos por sus pechos, succionando hasta que suelta un jadeo que suena a rendición. Si sigue soltando esos ruidos, voy a perder el puto control que me queda y no aguantaré ni un minuto más.

Su cabello rubio y ondulado cae en cascada por un lado de su hombro.

Se lo echo hacia atrás con brusquedad para morderle el cuello, marcándola como mía, antes de buscar sus labios de nuevo.

Es ella quien guía los movimientos ahora, estimulando su propio placer con un ritmo que me está nublando el juicio.

Va a acabar conmigo.

Tengo la sensación de que mi corazón va a estallar contra las costillas. La deseo. Joder, la deseo como jamás he deseado a nadie en mis casi treinta años de vida.

Nos ayudamos en cada movimiento, aunque la desesperación es tan sumamente bestial que el ritmo se vuelve torpe, ansioso, una lucha de piel contra piel donde solo importa llegar al final.

Aprecio lo condenadamente sensible que es a cada roce, a cada presión.

Está guapísima así, joder; con los ojos cerrados bajo sus espesas pestañas, las mejillas teñidas de un rosa eléctrico por la excitación y ese labio inferior atrapado entre sus dientes.

Me tienta tanto que soy yo quien acaba mordiéndoselo para saborearla.

—Jackson… —me encanta cómo suena mi nombre cuando sale de su boca así, como un ruego. —Jackson… —susurra de nuevo cuando sus músculos internos se contraen alrededor de mí en una oleada de espasmos.

Estalla de placer y yo me hundo una última vez, estrechando su cuerpo contra el mío mientras me dejo llevar con ella, vaciándome hasta que solo queda el eco de nuestras respiraciones agitadas.

Estoy jodidamente enamorado de esta mujer. Lo que siento por Brooke va mucho más allá de lo que este mundo puede explicar.

Está tendida con la cabeza apoyada sobre mi pecho, trazando círculos distraídos en mi abdomen con la punta de los dedos.

Nuestras piernas siguen entrelazadas bajo las sábanas, compartiendo el sudor y ese rastro de electricidad que aún nos recorre la piel.

Está serena. Debería estar atendiendo mis obligaciones, pero el rancho puede esperar.

Ahora mismo, mi único lugar en el mundo es este, a su lado, porque me resulta físicamente imposible separarme de ella.

Al mirarla, no puedo evitar que el pasado me golpee.

Cuando la vi por primera vez, cuando no era más que una pequeña y sabionda niña de cinco años, supe que sería especial.

Ella prendió la luz en habitaciones de mi mente que siempre habían estado a oscuras y carentes de felicidad.

Y una parte de mí tuvo razón: el día que se marchó sin despedirse, mi mundo no se detuvo, pero sí que empezó a agonizar lentamente.

Me quedé abrazado a su recuerdo como un náufrago, hasta que volví a aprender a vivir en un vacío que tenía su nombre.

Lucía un día espléndido de primavera. El sol bañaba los prados de Livingston con una luz que parecía prometer que nada malo podía ocurrir, mientras la brisa hacía mecer la hierba y las flores silvestres.

En cuatro días sería su sexto cumpleaños y su regalo llevaba semanas escondido bajo una lona en el cobertizo de mis padres.

Me había llevado meses fabricarlo con mis propias manos; mis dedos habían acabado llenos de astillas y cortes, lijando la madera hasta que quedó suave como la seda, pero sabía que le encantaría.

Ver su rostro iluminado valía cada hora de trabajo y cada herida.

Necesité ayuda para transportarlo porque era demasiado grande para mí, así que mi padre se ofreció a llevarlo en su camioneta.

Lo descargamos frente a su puerta con un orgullo que me inflaba el pecho.

Después ya veríamos cómo lo subiríamos a su habitación, pero en ese momento, solo importaba la sorpresa.

Brooke me dijo una vez que le fascinaba cumplir años; los esperaba cada primavera con una emoción que me resultaba contagiosa.

Quise ser el primero en darle su regalo, ganarle a todo el mundo y ver su sonrisa antes que nadie.

Y allí estaba yo, junto a mi padre, con ese bulto enorme frente a la puerta de los Collins, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Subimos las escaleras del porche, pero antes de que pudiera llamar, los gritos desde el interior inundaron el aire.

Fruncí el ceño.

No eran gritos, era el sonido de algo rompiéndose para siempre.

Tiffany escupía las palabras con una furia que me dejó helado: decía que estaba harta, que se había terminado y que no se atrevieran a buscar a la niña.

Esas palabras se me clavaron como astillas; «se acabó» fue la sentencia de muerte de nuestra infancia.

Ted se hizo escuchar, con una voz cargada de una desesperación que nunca le había oído, dejando claro que Brooke era su hija y que no podía separarla de él, así como así.

Aquel era su hogar y Tiffany estaba cometiendo un error imperdonable.

Escuchamos al abuelo Henry intentando calmar el ambiente, mientras de fondo, unos lloros desgarradores me helaban la sangre.

Eran de ella.

—¡Papá, no… papá!… —gritaba Brooke, ahogándose en unos sollozos que me perforaron el pecho.

En cuanto escuché aquel sollozo desgarrador, mi instinto se impuso a cualquier rastro de educación o de cordura.

Mi intención fue abrir la puerta de un tirón, entrar allí y enfrentarme a quien fuera necesario con tal de que ella dejara de llorar; ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de llamar y esperar.

En mi mente no había tiempo que perder, porque sentía que cada segundo que pasaba algo se rompía para siempre.

Sin embargo, mi padre me puso una mano pesada sobre el hombro, frenándome en seco.

Fue un gesto firme, casi de advertencia.

Al mirarlo, creo que leí en su expresión una mezcla de lástima y la típica prudencia amarga que arrastran algunos adultos.

Me decía, sin palabras, que debíamos irnos, que aquel asunto pertenecía a la intimidad de los Collins y que lo que estaba sucediendo tras aquellas paredes no nos incumbía.

Pero él no lo entendía. No entendía que para mí el mundo entero empezaba y terminaba en Brooke.

Me quedé allí, tenso, debatiéndome entre la obediencia a mi padre y el impulso de protegerla, hasta que otro alarido, uno mucho más agudo y desesperado, atravesó la robusta madera del porche.

Fue el sonido de un corazón infantil rompiéndose.

En ese instante, mi padre me soltó. Supongo que vio algo en mi mirada, una determinación que no era propia de un crío, y entendió que no iba a moverme de allí por mucho que me arrastrara.

Entendió que no me marcharía hasta que no averiguase qué demonios estaba ocurriendo y, sobre todo, hasta que no supiera de primera mano que Brooke estaba sana y salva.

Antes de que yo pudiera forzar la entrada, la puerta se abrió de par en par.

Tiffany salió a toda velocidad, con una frialdad que me profirió escalofríos.

Llevaba una maleta en una mano y tiraba de Brooke con la otra con demasiada fuerza.

La niña seguía chillando, con el rostro deformado por las lágrimas, luchando contra el agarre de su madre que la arrastraba por el porche.

—¡Brooke! —grité, lanzándome hacia ella como si pudiera detener el tiempo. Como si pudiera detenerlas a ellas.

La pequeña extendió su mano, buscando la mía en un gesto desesperado, pero Tiffany volvió a tirar de ella con violencia y la metió en un coche que esperaba en el camino con el motor en marcha.

Ni siquiera me había fijado en el vehículo al llegar; estaba demasiado cegado por la ilusión de mi regalo.

Ted y Henry salieron tras ellas, tropezando, pero Tiffany ya había cerrado la puerta y le gritaba órdenes al conductor.

Nunca olvidaré el sonido de los golpes desesperados que daba Ted contra el cristal del coche; era un eco seco y violento, un tamborileo macabro de sus puños chocando contra el vidrio con una fuerza que amenazaba con resquebrajarlo.

Sus manos grandes y curtidas, las mismas que solían acariciarle el pelo con tanta dulzura a la niña, ahora estaban crispadas por la impotencia, mientras su voz rugía el nombre de Brooke, rasgándose la garganta en un ruego desesperado a una mujer que ya no escuchaba.

Imploraba que no se la arrebatara, que no destrozara su mundo, pero sus súplicas rebotaban contra el cristal blindado, apagándose antes de llegar a su hija.

Entonces, el coche aceleró. El sonido del motor rompió el aire y dejó una estela de polvo denso, viciado y gris que me nubló la vista, como si el propio camino quisiera ocultar aquella tragedia.

No lo pensé. Salí corriendo tras el coche, forzando mis piernas hasta que empezaron a arderme, con los pulmones quemándome en cada bocanada de aire. No me importaba nada más que acortar la distancia, que detener ese vehículo de alguna forma.

—¡Brooke! ¡Brooke! ¡brOOKE! —recuerdo gritar su nombre una y otra vez, con una rabia y una angustia que nunca antes había sentido, hasta que la voz se me quebró y se convirtió en un graznido seco.

Lo último que vería de ella durante años fue su pequeño cuerpo girándose con dificultad para mirar a través del cristal trasero.

Nunca olvidaré esa imagen: tenía el rostro completamente empapado por el llanto y el dolor acaparando sus ojos, fijos en los míos.

Llevaba las trenzas que yo mismo le había hecho aquella mañana, con mis manos torpes pero pacientes, antes de irme a casa a por su regalo.

Se balanceaban con el traqueteo violento del coche mientras ella se alejaba a toda velocidad de su vida, de su abuelo, de su padre… y de mí.

Después de aquello, Brooke dejó de existir. La borraron de un plumazo. Pero mi mente y mi corazón se quedaron atrapados para siempre en ese camino de tierra, corriendo desesperado tras un coche que, por mucho que me esforzara, nunca pude alcanzar.

—¿Me estás oyendo? —la voz de Brooke me arranca de pronto de aquel recuerdo y me trae de regreso al presente.

Parpadeo, enfocando la vista. Llevo mis ojos a los suyos, que ahora son los de una mujer y no los de aquella niña asustada, y me pierdo en ellos unos segundos, necesitando confirmar que sigue aquí, que no ha desaparecido de nuevo.

La estrecho contra mí con urgencia, con posesividad, hundiendo el rostro en su cuello, y deposito un beso largo para anclarme a su realidad.

—¿Qué decías? —logro preguntar, con la voz todavía algo espesa por el recuerdo.

—Que estoy muy a gusto aquí contigo —murmura ella con una sonrisa suave que me atraviesa el pecho—, pero están llamando a la puerta y parece que nadie en esta casa tiene intención de abrir.

El sonido de los golpes llega por fin a mis oídos, insistente, rompiendo la paz que acabamos de construir. Suelto un suspiro de frustración; lo último que quiero es dejar este calor. Su calor.

—Oh. Ya voy yo —gruño contra su piel—. No te muevas de aquí.

Salgo de la cama a regañadientes, sintiendo el contraste del aire frío en mi piel todavía caliente.

Me visto a toda prisa, subiéndome los vaqueros con impaciencia y poniéndome una camiseta cualquiera mientras mis oídos siguen el ritmo de esos golpes constantes.

Bajo las escaleras descalzo, haciendo el menor ruido posible, con los sentidos alerta y una irritación creciente que me tensa los hombros.

Me paso los dedos por el pelo, intentando peinarme un poco para adecentarme, aunque soy consciente de que llevo el rastro de lo que acabamos de hacer escrito en la cara. Llego a la entrada y abro la puerta de un tirón, listo para despachar a quien sea que se haya atrevido a interrumpirnos.

Pero la mujer que aparece ante mí me deja petrificado. Siento cómo la sangre se me congela en las venas antes de empezar a hervir de rabia. Frunzo el ceño con fuerza y aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes, sintiendo cómo mis manos se cierran en puños a los costados.

El pasado acaba de plantarse en mi porche con su cara más odiada.

¿Se puede saber qué cojones hace ella aquí después de tantos años?