Capítulo 56
Livingston, Montana
Diciembre
—Brooke—
Las siguientes semanas transcurrieron con una velocidad vertiginosa, como si el tiempo intentara recuperar los dieciocho años que nos robó.
Aquel día en el que por fin reconocí mis sentimientos, sentí que una losa de granito se desprendía de mi pecho.
No sabía que la libertad sabía exactamente así: a las palabras que Jackson y yo nos confesamos bajo la lluvia.
Pasamos el resto de esa jornada envueltos en una burbuja.
Recuerdo la tarde frente a la chimenea, el aroma a chocolate caliente mezclándose con el de la leña quemada y una sensación de paz maravillosa.
Dairon descansaba a mis pies y yo lo hacía sobre el costado de Jackson, sintiendo el latido acompasado de su corazón contra mi espalda.
Hablamos durante horas; risas nostálgicas que sanaban viejas heridas y proyectos que encendían una luz nueva en nuestro futuro.
Cuando le solté que, técnicamente, ahora era su jefa, una sonrisa ladeada y cargada de picardía iluminó su rostro.
Una chispa de diversión bailó en sus ojos claros mientras bromeaba sobre los «peligros» de una relación entre jefa y empleado.
Me atrajo hacia su pecho con un abrazo firme, de los que te hacen sentir que nada malo puede pasarte, y depositó un beso protector en mi coronilla, susurrando lo orgulloso que estaba de mí.
Le recordé que unas escrituras no cambiarían la realidad: él es el corazón de estas tierras.
Jackson conoce este lugar mejor que a sí mismo, y yo no necesito un papel para saber que él es, y siempre será, el que guía el alma del rancho.
En los días siguientes, me ensucié bastante las manos.
Me involucré en las tareas, ayudé con la mercancía veterinaria y, para mi sorpresa, logré limar asperezas con Zac.
Sigue siendo el mismo hombre rudo y arrogante, pero ahora me mira con un respeto que me reconforta.
No sé si es porque soy la dueña o porque ve a Jackson más vivo que nunca, pero conocer su lealtad hacia sus amigos me hizo entender que es, en el fondo, un hombre extraordinario.
Incluso me armé de valor para limpiar los establos, aunque prefiero correr un tupido velo sobre las horas que pasé allí dentro, enterrada en estiércol y maldiciendo mi propia iniciativa tras un pequeño incidente con una pala que aún intento olvidar.
Austin regresó tras unos días fuera rescatando a un semental salvaje de setecientos kilos que nadie se atrevía a tocar, y ver a Jackson trabajar codo con codo con su mejor amigo para amansarlo me hizo entender, de verdad, la clase de mundo en la que me estaba metiendo.
Se movían en el corral como si compartieran un mismo pensamiento: Austin mantenía la presión con una calma imperturbable mientras Jackson, con su paciencia infinita y una firmeza que me encogía el alma, se ganaba cada gramo de confianza del animal.
No usaban la fuerza, sino un respeto mutuo que lograba que aquella bestia herida dejara de lanzar coces al aire.
Si no hubiera estado ya perdida por él, ver a Jackson entender así de bien el dolor de un animal, moviéndose en total sincronía con Austin, habría sido el detonante definitivo para caer rendida a sus pies.
Llegó las festividades y la nieve fue cubriendo el rancho con un manto blanco que silenciaba el valle por completo. El invierno en Montana es una bestia, pero irónicamente, es ahora cuando me siento más despierta.
Tener a Candy y a Jenna cerca fue la pieza que faltaba para completar este rompecabezas; su compañía hizo que las jornadas largas y el frío constante fueran mucho más llevaderos.
Las risas en la cocina y la complicidad de los preparativos han sido mi salvavidas.
Gracias a ellas, he dejado de ser la forastera que observaba desde la barrera para convertirme en alguien que pertenece a este pequeño universo.
Poco a poco, el rancho ha dejado de ser un lugar cargado de recuerdos dolorosos para transformarse en lo único que siempre debió ser: mi hogar.
En lo profesional, todo marchaba sobre ruedas.
A pesar de la distancia, mi equipo en Chicago y yo sacamos adelante la campaña navideña.
Por primera vez, sentí que no tenía que demostrarle nada a nadie; mi trabajo hablaba por mí, no por mi apellido.
Intenté llamar a mi madre, pero Tiffany Brown ha decidido que el silencio es su mejor arma para castigar mi «rebeldía».
Los primeros días lo pasé bastante mal. El silencio de mi madre me hacía sentir culpable, como si estuviera rompiendo algo sagrado entre nosotras.
Pero Jackson, con su sensatez y su calma, me hizo ver que no se puede vivir intentando complacer a quien solo sabe castigarte.
Me enseñó que hay que saber cuidar a la gente que nos hace bien, a la que está ahí en los días bonitos y también en los grises, sin condiciones.
Me dejó claro que, por mucho que ella fuera mi madre, yo tenía el derecho de decidir quién merece estar en mi vida y quién no.
Y la verdad, escucharlo de su boca hizo que todo ese peso que cargaba empezara a desaparecer.
Observo el paraje cubierto de nieve que reposa ante mis ojos a través de la ventana de la cocina.
Es víspera de Navidad y decidí que para la cena de Nochebuena estaríamos todos en casa, en nuestro gran salón.
Invité a Emily y Robert, a mis amigas y a todos los vaqueros.
Ver al abuelo sonreír encantado al enterarse de la fiesta fue suficiente recompensa; aunque fue él quien se encargó de decírselo a mi padre.
Aún no sabemos si aparecerá o si, una vez más, preferirá el vacío de su ausencia.
Al pensar en la gran familia que se ha ido creando a mi alrededor, no puedo evitar sentir una punzada de lástima.
Mi madre pasa olímpicamente de mí; ni una llamada, ni un mensaje para ver si le apetecía viajar hasta aquí y pasar las fiestas conmigo.
Me apena saber que mi padre sigue en sus trece, que a estas alturas quizá jamás hablemos de nada y que, si me soporta lo más mínimo, es solo por el abuelo.
Es un contraste amargo: estoy rodeada de gente que me quiere de verdad, mientras los que deberían ser mi refugio actúan como si yo fuera un estorbo o, peor aún, una completa extraña.
Sin embargo, soy feliz al pensar en estas últimas semanas.
Los planes con Jackson y con las chicas me han devuelto la vida.
Pude presenciar el esquí con caballos y fue divertidísimo; acudimos a los mercadillos navideños, compramos un árbol y Jackson me ayudó a decorarlo.
Mi abuelo me confesó que llevaban años sin poner uno y ver su cara iluminada ante el abeto que ahora preside el salón me llenó el alma.
Mi novio —todavía se me hace raro llamarlo así y esa sonrisilla tonta me delata cada vez que lo menciono— me llevó una noche a ver los fuegos artificiales.
Paseamos por calles iluminadas, envueltos en el olor a canela y leña, bajo la magia que solo estas fiestas confieren.
La música también ha sido nuestra compañera.
Obligué a Jackson a escuchar la música que me hacía evadirme en mi adolescencia.
Cuando escuchó a Avril Lavigne, su mueca fue digna de una foto, aunque cambió en cuanto me vio observándolo.
Me dijo que le encantaba, pero luego lo pillé cuchicheando con mi abuelo, confesándole por lo bajo que le parecía horrenda y que yo no conocía la verdadera música pero que, si a mí me hacía feliz, soportaría lo que hiciera falta.
El abuelo le dio un apretón de aprobación en el hombro, dándole a entender que, si lo hacía por mí, estaba bien hecho.
No les dije que los oí. Tampoco les conté que, a escondidas de mi madre, yo también ponía música country cuando la tristeza me invadía en la ciudad, buscando un puente hacia el único lugar donde fui feliz de verdad.
A veces creo que vivo en un sueño del que despertaré pronto, porque parece imposible sentirme tan pletórica.
—Eh, preciosa…
Las manos de Jack se cuelan bajo mis brazos y rodean mi vientre. Apoyo la cabeza en su hombro mientras él hunde la nariz en mi cuello, inhalando mi olor antes de dejar un beso húmedo y lento en la zona. Un escalofrío me recorre la columna y una ola de calor denso se arremolina entre mis piernas.
Me hace girar con un movimiento ágil y, sin esfuerzo alguno, me alza para sentarme sobre la encimera. Se encaja entre mis piernas, obligándome a abrirme para él, y acuna mis mejillas con sus manos grandes y callosas.
—Te he echado de menos.
—Pero si hemos pasado la noche juntos y te has ido hace nada… —susurro, apretando los labios para no reír.
Jackson se ríe, un sonido grave que vibra en mi pecho. Se acerca a mi oído y su voz gutural me eriza la piel:
—Ummm, lo de anoche… ¿Lo repetimos? ¿Ahora mismo?
Abro los ojos de par en par, el corazón me empieza a galopar.
—¡Jack! Mi abuelo está en casa…
—Pequeña, tu abuelo está curado de espanto. Vernos así no le quitará el sueño, créeme.
Intento bajarme por pudor, pero él presiona su cuerpo contra el mío, impidiéndolo. Siento la dureza de sus músculos, fruto de las horas de trabajo; todo en él es grande, potente y definido. Admirarlo de esta forma es peligroso, porque despierta un hambre que no sé si podré controlar.
—No tan rápido —dice divertido, mientras sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo con una familiaridad posesiva que me eriza la piel—. ¿Qué tengo que hacer para que me creas? Te he echado mucho de menos…
Me hace un puchero. Un maldito puchero. Este hombre rudo y fornido acaba de desarmarme con un gesto infantil. Estallo en carcajadas y él me observa con el rostro iluminado, con esas arruguitas tan sexis en las comisuras de sus ojos.
—¡Basta ya, Jackson! —Pongo las manos en su pecho, pero es como intentar mover un bloque de hormigón—. Está bien que me eches de menos, así no te aburrirás de mí.
Su expresión cambia al instante. Se torna serio y frunce el ceño. Sé que mis palabras no han sido las mejores; es ese miedo residual al abandono que sale a flote cuando más feliz soy. Jackson me coge de la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Brooke, escúchame…
Y lo hago con toda mi atención, tragando el nudo que se me ha implantado en la garganta.
Cada vez que Jackson me habla de este modo toda mi alma tiembla; él es un hombre al que no le importa expresar lo que siente, y eso es algo que ha dejado muy claro desde el principio.
No tiene miedo de exteriorizar sus sentimientos, dándoles a cada una de las palabras que me dedica la importancia que merecen, acompañándolas siempre con actos para que nunca se queden en frases vacías.
—Me gustas cuando te enfadas, cuando algo te perturba y, sobre todo, me gustas cuando sonríes —dice, y su voz baja una octava, volviéndose más íntima—.
Lo haces cada vez más a menudo, y no solo con los labios, sino también con los ojos y con el alma, sin necesidad de motivos aparentes, simplemente porque sí.
Me gustas cuando te sale esa sonrisa sin que creas que nadie te observa, cuando piensas en la vida que estás viviendo aquí.
Y me gustas aún más cuando me la contagias a mí y haces de mi mundo uno mucho más bonito.
Se aferra a mí con fuerza, se yergue y me sujeta el rostro con las manos, obligándome a sostenerle una mirada cargada de una honestidad que me encoge el corazón.
—Nunca me aburriría de ti, pequeña. Al contrario, lo que deseo cada mañana es—sonríe dulcemente, aunque sus ojos me recorren con una lentitud que me hace arder —miles de besos tuyos y escucharte reír a carcajadas.
Sería mi desayuno perfecto. Y por supuesto, después querré mucho más de ti.
Todo lo que puedas darme, Brooke. Lo quiero todo de ti y nunca me cansaré.
Suelto un sutil y pequeño jadeo de alivio, sintiendo cómo la tensión de mis hombros desaparece para ser sustituida por un calor que se expande por todo mi pecho.
Pego mi frente a sus labios. Lo busco y lo que empieza como un roce suave se transforma en un beso hambriento que nos desborda a los dos.
Sus dedos se cuelan por debajo de mi jersey, rozando mis costillas, subiendo peligrosamente hacia mis pechos.
Siento cada milímetro de sus palmas contra mi piel, un peso que me obliga a pegarme más a su cuerpo, buscando anular cualquier espacio entre los dos.
—¿Y qué es lo que quieres, vaquero? —reto contra su garganta, notando cómo traga saliva de forma sugerente.
Me da un tirón seco, pegando mis caderas a las suyas. El contacto con su erección, firme y clara a través de la ropa me corta la respiración. Jackson entierra la nariz en mi cuello, donde la piel se me pone de gallina, y susurra en mi oreja con una voz cargada de intención:
—A ti. Te quiero a ti, al completo. Y te quiero ahora —su voz es un rugido bajo que vibra contra mi piel.
Sus labios dibujan un camino por mi mandíbula, pero es lo que hacen sus manos lo que me hace perder el sentido.
Sus dedos se entierran con una fuerza posesiva en mis muslos, apretando la carne justo donde termina el tejido de mis pantalones cortos de chándal.
Comienza a subir con una lentitud tortuosa, rozando con el dorso de sus nudillos el borde de mi ropa interior.
Siento el calor de sus dedos filtrándose en mi intimidad y un espasmo me recorre de arriba abajo.
Sé perfectamente lo que busca: quiere que suplique, que me rinda por completo a la evidencia de cuánto lo necesito.
Y en este momento, me importa una mierda el orgullo, el abuelo o quién pueda oírnos. La cabeza me va a estallar de deseo; solo puedo sentir el roce de su barba, el olor de su piel, y esa presión constante de su cuerpo contra el mío que me está volviendo loca.
—Jackson… —jadeo, mi voz es apenas un aliento atrapado en la garganta.
—¿Sí, Brooke? —murmura él contra mi cuello, y puedo sentir su sonrisa triunfante justo antes de que succione con fuerza la piel sensible debajo de mi oreja.
—Llévame ahora mismo a la habitación —le ordeno, y para darle énfasis, hundo mis manos en su pelo castaño y tiro con suavidad, pero con firmeza, obligándolo a mirarme a los ojos para que vea el hambre que tengo de él.
—Tus deseos son órdenes para mí, jefa —responde con una mirada oscura, cargada de una promesa que me hace humedecer al instante.
Sin previo aviso, Jackson me agarra con fuerza del trasero, apretando mis nalgas con sus manos grandes y posesivas mientras me alza de la encimera.
Yo enredo mis piernas alrededor de su cintura con desesperación, buscando instintivamente su calor.
Al hacerlo, mi pelvis choca contra la suya y siento, con una certeza bruta a través de la fina tela de mis pantalones cortos y los suyos, la dureza inconfundible de su erección presionando directamente contra mi sexo.
Un jadeo involuntario se me escapa, una mezcla de sorpresa y placer, mientras la fricción directa enciende un incendio entre mis piernas.
Jackson suelta un gruñido bajo, gutural, y me sostiene como si mi peso fuera irrelevante para él, haciéndome sentir ridículamente pequeña contra su cuerpo.
Me devora la boca en un beso abrasador, hambriento, que sabe a urgencia y a una promesa de lo que estar por venir.
Sin romper el beso, me saca de la cocina a zancadas, directo hacia las escaleras, y yo solo puedo aferrarme a él, sabiendo que ya no hay vuelta atrás.