Capítulo 55
Livingston, Montana
Noviembre
—Jackson—
Nuestros cuerpos sudorosos y exhaustos descansan el uno junto al otro bajo la manta con la que nos arropé.
No hay nada comparable en el mundo a esta sensación de posesión tranquila; tenerla para mí y saber, con cada fibra de mi ser, que ella me tiene para sí.
Su tentador aroma —una mezcla de su perfume y la lluvia que empieza a oler en el aire— me inunda la nariz mientras la rodeo con mi brazo, sintiendo que ya empiezo a tener antojo de ella otra vez.
Su piel está cálida y suave contra la mía, un contraste perfecto tras el frío de hace un momento.
Tiene las mejillas sonrosadas y una expresión tan relajada que parece que todos sus demonios han desaparecido.
Si me quedaban dudas sobre lo que acabamos de vivir, estas se desvanecen cuando Brooke gira el rostro y me observa. En esos ojos color miel, que ahora brillan con una luz diferente, puedo apreciar que desea este refugio tanto como yo.
Me encantaría quedarme así, anclado a ella, pero el cielo se ha vuelto de un gris demasiado plomizo y no quiero que enferme.
Hago que nos movamos y la ayudo a vestirse.
Justo cuando terminamos de recoger la cesta, otro trueno ensordecedor sacude el valle y, en pocos segundos, el cielo se desploma sobre nosotros en un aguacero feroz.
Brooke suelta un grito que termina en una carcajada limpia y vibrante.
Yo no puedo evitar imitarla; verla así, rompiendo su armadura, me llena el pecho de algo que no sé ni cómo nombrar.
Cogemos lo que queda sobre la hierba y atrapo su mano para tirar de ella.
Salimos a toda prisa hacia la casona, corriendo campo a través mientras el agua nos empapa en segundos.
Brooke me grita algo, esforzándose para que su voz se oiga por encima del estruendo de la lluvia y el viento.
—¿Y ahora qué, eh, vaquero?
Me detengo en seco a pocos metros de llegar al porche, obligándola a parar antes de que se choque contra mi espalda.
Suelto las cosas en el suelo y la observo, divertido, desde mi altura.
Los mechones de pelo mojados me caen sobre los ojos, así que me los echo hacia atrás con los dedos, despejándome la mirada.
Ella está empapada; las gotas resbalan por sus pestañas, trazan caminos por sus mejillas y mueren en sus labios.
Su pecho sube y baja con fuerza por la carrera, y nunca la he visto más hermosa.
—Ahora… ¡Salta, Brooke! —le grito con una sonrisa de oreja a oreja—. Como cuando éramos pequeños y saltábamos en los charcos. ¡Como si nos diera igual el mundo!
Una expresión de sorpresa juguetona asoma en su rostro.
—¿Me estás diciendo que así es como tengo que vivir, Moore? —arquea una ceja, desafiante.
Asiento lentamente, retándola con la mirada a que sea esa mujer libre, salvaje e indomable que siempre supe que habitaba en ella.
—Hay que vivir así, pequeña. Sin miedo.
Cuelo mi mano en su melena y le robo un beso fugaz, un choque de labios mojados y calientes antes de que ella, animada por un impulso de libertad, se aleje de mí.
Abre los brazos al cielo y empieza a dar vueltas sobre sí misma, saltando bajo el diluvio como si estuviera celebrando la vida.
Yo me quedo ahí, inmóvil, contemplando la imagen; me embarga una plenitud tan inmensa que siento que el corazón me ensancha las costillas.
Al cabo de un momento, se acerca a mí jadeando y me rodea el cuello con los brazos.
La agarro por la cintura con una mano, pegándola a mi cuerpo, mientras la otra descansa en su mejilla, acariciando su piel mojada.
Cuando inclina la cabeza y la deja descansar en mi palma, el vello se me pone de punta.
Hay un brillo especial en su mirada, algo profundo y reflexivo que me hace contener el aliento.
Me sonríe de una forma distinta a todas las anteriores; no es una sonrisa por compromiso ni de flirteo, es una iluminación total de su rostro. Ojalá tuviera una cámara para inmortalizar este segundo exacto y guardarlo para siempre.
—Creo que no voy a esperar más para decirte esto… —la siento temblar bajo mis dedos, y sé que no es por el frío.
—¿El qué, pequeña? —susurro, acercando mi frente a la suya.
—Me he enamorado de ti, Jackson. —Su confesión me golpea más fuerte que cualquier trueno—. Creo que ni siquiera sé lo que es el amor de verdad… pero esto que siento cuando estoy contigo… tiene que serlo.
Hago presión con mis manos, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros.
—Brooke… Te prometo que no sé qué me hiciste hace tantos años ni qué me has hecho desde el momento en que reapareciste en mi vida para poner mi mundo del revés —me detengo un segundo, acunando su rostro entre mis manos y dejando que la lluvia nos golpee, solo para asegurarme de que esto es real—.
Pero te juro que tenerte delante me quita todas las ganas de estar en cualquier otro lugar.
Me dan ganas de quedarme a vivir para siempre en esa sonrisa, de perderme en esos ojos y de fundirme en esos besos y abrazos que son lo único que me hace sentir que estoy donde debo estar.
Suelto un suspiro pesado, pegando mi frente a la suya para que pueda sentir cómo me tiembla la voz.
—He vivido sin ti demasiado tiempo, Brooke.
Sé que no hay nada mejor que tú en este mundo, ni en ningún otro —hago una pausa más larga, recorriendo con el pulgar su labio inferior, atrapado por la intensidad de lo que estoy a punto de decir—.
Pero ¿sabes qué? Si lo hubiera, te juro que no querría saberlo.
No me interesa nada que no tenga tu nombre, porque teniéndote a ti, por primera vez en mi vida, siento que lo tengo todo.
Brooke aprieta los labios, luchando contra las lágrimas. A pesar de la lluvia que nos golpea la cara, puedo distinguir perfectamente cuándo se escapan y ruedan por sus mejillas.
—Jackson… —murmura, poniéndose de puntillas—. Te quiero.
—Y yo a ti, pequeña. Siempre te he querido. Siempre —le confieso antes de fundirnos en un beso que sabe a lluvia y a todo lo que nos fue negado.
Se estampa contra mi pecho y la abrazo con una fuerza que pretende sellar esa promesa, hasta que Dairon aparece de la nada, metiéndose entre nuestras piernas y empujando a Brooke para que le haga caso. Ella ríe, obligándolo a entrar en casa, y tira de mí para que la siga.
Entramos chorreando, dejando un rastro de agua sobre la madera. El silencio y el calor del hogar nos envuelven, recordándome que el mundo exterior sigue ahí, pero que aquí dentro estamos a salvo. Mi madre aparece en el acto y se echa las manos a la cabeza al ver a Brooke calada hasta los huesos.
—¡Pero bueno, Jackson! ¿Se puede saber en qué piensas?
—exclama, sacando una manta del armario con la velocidad de la luz.
Se la echa a Brooke por los hombros y luego me señala con ese dedo acusador que solo las madres saben mostrar—.
¡Pareces un niño pequeño! ¿Cómo se te ocurre tenerla ahí fuera con este tiempo?
Brooke esconde una risa tras la mano y me lanza una mirada de «te lo dije». Ya se enterará luego cuando estemos solos.
—Y tú, jovencita, ¿se puede saber por qué te dejas arrastrar por este salvaje? —pregunta Emily, mirándome de arriba abajo con fingida severidad.
—Tranquila, Emily, estoy genial, de verdad que sí —intenta defenderme la rubia, aunque le tiemblan un poco los labios por el frío.
—Jackson, ya puedes subir y hacer que entre en calor.
—Con mucho gusto, madre —la agarro de la mano y tiro de ella escaleras arriba. Las risas de Brooke resuenan por toda la casa mientras subimos.
—¡No me refería a eso, Jackson Moore! —oigo gritar a mi madre desde abajo, pero conozco ese tono; sé que se ha quedado allí abajo negando con la cabeza y con una sonrisa de oreja a oreja.
Al llegar al baño, Brooke se apoya en el mueble del lavabo, aún envuelta en la manta.
—Tu madre se va a enfadar de verdad por lo que acabas de hacer —dice, divertida.
—Creo que no conoces bien a esa mujer, pequeña —respondo mientras me deshago del jersey empapado y empiezo a desnudarla con cuidado—. Estará dando saltos de alegría e irá corriendo a contárselo a mi padre. Está pletórica porque estás de nuevo aquí y porque tú y yo…
Me detengo un instante. La palabra «pareja» o alguna etiqueta parecida se me queda atascada en la garganta. Sé lo que ha pasado en el prado, sé lo que nos hemos dicho, pero una pequeña parte de mí todavía tiene ese miedo atroz a que se despierte mañana, se arrepienta y vuelva a abandonarme.
—Tú y yo… ¿qué, vaquero? —se pone de puntillas, rodeándome el cuello con sus brazos.
Necesito concentrarme para no perder el hilo de la conversación, porque tenerla así, medio desnuda, con ese sujetador que apenas contiene sus pechos, es una tortura deliciosa.
La observo con detalle: su melena rubia chorreando, sus ojos color miel llenos de expectativa, su nariz respingona…
Brooke es como una eterna primavera que ha venido a descongelar todos mis inviernos.
Le aparto el pelo y la pego a mi pecho desnudo. Mis manos recorren su espalda, sintiendo su piel de gallina, hasta que ella toma la iniciativa. Sus labios rozan los míos, tibios y dulces, buscándome.
—¿Qué quieres decir con «tú y yo», Jackson?
Suelto el aire lentamente.
—¿Estamos juntos, Brooke? —le pregunto, y veo cómo sus ojos se iluminan.
Se muerde el labio inferior, intentando contener otra sonrisa.
Sus manos bajan hasta el borde de mis pantalones mojados, recorriendo la piel de mi abdomen y dejando a su paso un rastro de electricidad que me eriza el vello.
La presión bajo mi cremallera se vuelve evidente, y ella lo nota, mordiéndose el interior de la mejilla mientras me mira desde abajo.
—Estamos juntos, vaquero —susurra muy cerca de mi oído.
La agarro por la cintura con fuerza y hundo mi nariz en la curva de su cuello, dándole un pequeño mordisco que la hace estremecer. Siento nuestras pieles pegadas, fundiéndose en una sola.
Brooke suelta un pequeño gemido y vuelve a susurrar contra mi piel.
—Y ahora… cumple con lo que has dicho hace un momento ahí abajo y hazme entrar en calor, Jackson —susurra, y se muerde el labio inferior en un gesto de timidez que me despierta un hambre voraz.
—Cuenta con ello, cariño —le respondo, dejando que mi voz se arrastre por su oído antes de besar la curva de su cuello.
No la hago esperar más. La alzo por las piernas para que me rodee con ellas y nos metemos en la bañera bajo el chorro de agua caliente. El ruido de la tormenta se vuelve un eco lejano al otro lado de los muros mientras el vapor empaña todo a nuestro alrededor.
No necesito nada más; me basta con sentir su cuerpo contra el mío y saber que, después de tanto tiempo, está exactamente donde tiene que estar: a mi lado.