Capítulo 54
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
Disimulo todo cuanto puedo que lo que acabo de escuchar no me ha afectado.
Aunque, por la forma en que me tiembla la respiración, creo que no lo estoy haciendo muy bien.
Sí, a mí también me hubiera gustado hacer muchas cosas por primera vez con Jackson.
Al fin y al cabo, fue el único niño que me entendió de verdad.
O bueno, al menos el único que lo intentó con una paciencia infinita.
Recuerdo perfectamente las veces que me cuidó, cómo me protegía de mis propios miedos.
También sé que era lo que se esperaba de un niño más mayor que compartía sus tardes conmigo, pero no soy tonta.
Sé que si Jackson, en el fondo, no hubiera querido pasar tiempo con una cría pedante y sabionda, habría buscado cualquier excusa para largarse. Pero se quedó. Siempre se quedaba.
—Pero da igual. No importa —interrumpe el hilo de mis pensamientos, como si pudiera leer el nudo que tengo en la garganta—. Podemos crear recuerdos nuevos —vuelve a dibujar esa sonrisa que me desarma y me hace sentir que el pasado es solo un prólogo de nuestra historia.
Pasar tiempo con él se vuelve una tarea de alto riesgo. Cada vez es más difícil alejar estos sentimientos que tengo agolpados en el pecho, luchando por salir como una presa a punto de reventar.
—Oye, Brooke… —se acerca más a mí, tanto que la parte alta de su bíceps queda totalmente pegada a mi hombro. Siento su calor atravesando mis capas de ropa.
—Jackson… —le interrumpo. Antes de que siga, antes de que me hunda más, tiene que saber quién soy ahora.
Tiene que escuchar la verdad sobre mi vida amorosa, o lo que queda de ella—.
Todas mis relaciones con hombres se han reducido únicamente al sexo.
No he querido nada con nadie, nada que llegue más allá de la cama.
Lo suelto como un escudo, esperando que retroceda.
Él hace una mueca, se le arruga el entrecejo y desvía la mirada de mis ojos hacia sus propias manos, prohibiéndome el contacto visual.
Observo su expresión en busca de alguna señal de indiferencia, pero lo que me encuentro es algo con lo que no contaba: dolor.
Le afecta. Y me sorprendo al descubrir que a mí me duele que le duela.
Nunca había sentido por nadie lo que siento por Jackson y eso me obliga a replanteármelo todo, pero sigo sin estar preparada para una relación formal.
Temo hacerle un daño irreparable. Porque, me guste o no, él es una persona que, sin darse cuenta, me ha ido curando.
Y ahí radica mi terror: las personas rotas como yo suelen romper a los demás.
Y las personas sanas, como él, sanan personas.
¿No es terriblemente egoísta romper a quien te está rescatando?
Porque sí, hay personas que arreglan lo que no rompieron. Y él es, sin duda, una de ellas.
Su mandíbula se tensa y al final parpadea, expulsando la tensión.
Jackson eleva el rostro y sus ojos vuelven a los míos, ahora con una delicadeza que me roba todo el aire.
Cada vez que nuestras miradas se encuentran, siento algo…
algo extraño, una vibración que me recorre la columna.
Hago todo lo posible por mantener las distancias, pero es una batalla perdida.
Es como si mi cuerpo hubiera dejado de obedecer las órdenes de mi cerebro.
Con cada segundo que pasa, el espacio entre nosotros desaparece.
Puedo escuchar el bombeo incesante de mi corazón, compitiendo con el río que burbujea sobre las piedras y el siseo del viento entre la hierba.
El mundo se detiene. Me fijo en cada detalle de su rostro: la línea de su nariz, el tono de su piel curtida, la fuerza de su expresión.
Jackson es guapo, sí, pero es mucho más que una atracción física.
Es la sinceridad con la que te escucha, la forma en que te hace sentir que lo que dices es lo único que importa en el universo.
Jamás me he sentido tan sexy, tan deseada y, a la vez, tan querida.
Nunca había sentido estas ganas desesperadas de arrancarle la ropa a alguien y, simplemente, dejarme hacer.
De entregarle cada una de mis defensas y permitir que, por una vez, fuera otro quien tomara el mando de mi mundo.
Es una sed que me quema la piel, pero también una rendición que me calma el alma; quiero perderme en él para ver si, entre sus brazos, por fin logro encontrarme a mí misma.
—Jackson, no quiero romperte el corazón. Tú y yo no podemos ser nada serio… —murmuro en un último intento de sonar convincente.
Pero las palabras mueren antes de salir del todo. Él se acerca, ahueca su mano en mi mejilla —su piel está caliente, áspera y perfecta—, pega su frente a la mía y suelta un suspiro cargado de necesidad.
—Según tú, no podemos ser algo serio, pero reconoce que tampoco podemos ser solo amigos, pequeña.
Embebo los labios, incapaz de apartar la vista de los suyos. Su aliento golpea mi piel y esa sensación de vacío en la boca del estómago se intensifica, mientras el corazón me martillea los huesos.
—No, no podemos —respondo en un susurro contra su boca.
Ya no puedo ignorar su respiración acelerada.
Tras un instante de vacilación, me besa.
Es un roce delicado, apenas un contacto de labios que busca mi reacción.
Y me duele. Dios, duele muchísimo. Es un beso que sabe a rendición y entiendo, con total claridad, que los límites que puse no eran para protegerme de él, sino para protegerme de lo que yo siento por él.
Estoy acabada.
Se inclina nuevamente y, cuando su lengua se abre paso, el calor de su boca me transporta a un lugar donde los problemas no existen y donde solo soy Brooke.
El beso se incendia en segundos, lleno de esperanza y de una urgencia que me nubla el sentido.
Mi cuerpo clama por el suyo. Me tumba despacio sobre la manta, echándose sobre mí mientras sus manos comienzan un recorrido sin pausa por mis costados, apretando la carne y alimentando un deseo que ya es incontrolable.
El anhelo de estos días desaparece para convertirse en una realidad de peso y fricción.
—Dejaría que me rompieras el corazón si eso significa que me has permitido dártelo —susurra contra mi oído, áspero, con la voz quebrada por el esfuerzo de contenerse, y juro que mi propio órgano se salta varios latidos antes de empezar a galopar.
No puedo seguir fingiendo. No con él.
—Quise, quiero y siempre querré tu corazón, Jackson. Al igual que el mío es tuyo. Siempre lo ha sido.
El alivio inunda su expresión, sustituido rápidamente por una mirada juguetona y cargada de una intención tan directa que me corta la respiración.
La imagen de su cuerpo desnudo me azota la mente y una descarga eléctrica me recorre con tal fuerza que suelto un pequeño gemido de anticipación.
Ahora mismo, lo único que existe es ese dedo que roza el botón de mis vaqueros; la yema de su pulgar roza la piel expuesta de mi abdomen, tan caliente que contrasta con el aire del valle.
Un trueno retumba en la distancia, rompiendo la quietud, y el viento fresco nos azota, pero yo solo siento el peso macizo y firme de Jackson sobre mí, adueñándose de cada milímetro de mi espacio.
Se deshace de mis pantalones y mi ropa interior con una urgencia experta que me hace jadear, dejándome expuesta ante él, y yo hundo mis dedos bajo su jersey, necesitando desesperadamente el contacto de su piel bajo mis palmas.
Quiero quitarle la ropa, quiero devorar la línea de sus hombros y la firmeza de ese torso que sé que hay bajo la prenda.
Al sentir su dureza presionando, firme y clara contra mi muslo, el vientre se me contrae en un espasmo de necesidad tan demoledor que me obliga a arquear la pelvis hacia él, buscando instintivamente romper la distancia.
Jackson clava su mirada en la mía; una mirada oscura, hambrienta, que parece descifrar exactamente lo que su cercanía me provoca.
Una sonrisa sagaz y posesiva se dibuja en sus labios al notar cómo respondo a su roce.
Sabe perfectamente lo que me está haciendo y yo no tengo ninguna intención de detenerlo.
Muevo las manos con una mezcla de torpeza y ansiedad hasta alcanzar el borde de su jersey y se lo saco por la cabeza.
Mi piel se eriza violentamente bajo el aire frío, pero el impacto con el calor abrasador de su pecho desnudo es devastador, casi doloroso de lo mucho que lo deseaba.
Al notar mi escalofrío, Jackson tira de la manta de lana y nos envuelve, atrapándonos en una burbuja de calor e intimidad, mientras cuela un brazo bajo mi nuca para pegarme a él.
El deseo en sus ojos es una llamarada antes de que atrape mi boca de nuevo, esta vez con una lengua que no pide permiso para entrar, sino que conquista cada rincón.
Durante los siguientes minutos, se dedica en cuerpo y alma a venerarme, a reclamar cada parte de mi cuerpo como si fuera suya.
Su boca desciende por mi cuello, mordisqueando, mientras sus manos buscan mis pechos, apretándolos con la firmeza justa para hacerme jadear.
Su aliento caliente baja por mi estómago, trazando un rastro húmedo que me arranca espasmos y me hace tensar los muslos.
El mundo exterior ha desaparecido; solo existe el roce de su barba contra mi piel, la firmeza de sus dedos guiando mis movimientos y la humedad compartida que empieza a nublarlo todo.
Pero, al sentir su erección presionando contra mí, todavía contenida por la tela de sus vaqueros, una ola de impaciencia me sacude por completo.
No quiero ser solo yo la que reciba placer.
Clavo mis uñas en sus hombros, frenando su descenso por mi vientre, y lo obligo a alzarse ligeramente.
Jackson me mira confundido, con las pupilas completamente dilatadas por el deseo, pero no le doy tiempo a hablar.
Bajo mis manos hasta su cintura, desabrochando el botón de sus tejanos con dedos temblorosos pero decididos, deslizando la cremallera hacia abajo con un sonido que se pierde en el viento.
—Quítatelos —le pido contra sus labios, en un susurro que es más una súplica desesperada que una orden, cargada de hambre.
Él suelta un gruñido gutural y, con una agilidad implacable, se deshace de la prenda, empujando los vaqueros y el bóxer hacia abajo en un solo movimiento.
Su silueta recortada bajo la luz de una posible tormenta es imponente.
Mis manos viajan por su vientre, siguiendo el rastro de vello que se pierde bajo su cintura, explorando con la misma devoción que él ha usado conmigo.
Me hundo en su piel, saboreando el sabor salado de su cuello, sintiendo el temblor involuntario de sus músculos cuando mis labios descienden por su abdomen, buscando el límite de su resistencia.
Jackson suelta un gemido bajo, una vibración densa que retumba contra mi boca y me incita a apretar los dedos en su cadera.
Es un poder embriagador. Él hunde los dedos en mi pelo, conteniendo el aire, obligándome a subir de nuevo porque la tensión ya es una presión insoportable para los dos.
Nos entregamos con una ferocidad necesaria, salvaje, como si el espacio entre nosotros fuera un abismo que urge cerrar.
El rugido del río y el eco de nuestras respiraciones se vuelven un solo sonido.
Los gemidos se me escapan del pecho sin control y los temblores nacen desde el centro de mis huesos, fundiéndose con la llovizna que empieza a empaparnos la piel.
Pero el frío no existe; nosotros ardemos en un incendio que nada puede apagar.
Jackson se posiciona sobre mí, sosteniendo su peso con los brazos tensos, y cuando finalmente se abre paso en mi interior con un empuje lento, profundo, la plenitud me arranca el aire al instante.
Me aferro a su espalda, sintiendo cómo sus músculos se contraen bajo mis uñas en cada embestida larga y firme.
El placer se va enredando en mi bajo vientre, apretándose en un nudo que me quita la capacidad de pensar.
Y entonces, la tensión de todos estos días estalla.
El orgasmo me golpe con una fuerza devastadora que pierdo el sentido de mi propio cuerpo; arqueo la columna hacia el cielo gris, clavando los dedos en sus hombros con desesperación, mientras un grito ahogado se me escapa contra su cuello.
Un trueno hace vibrar la tierra bajo la manta, un eco perfecto de la sacudida interna que me vacía por completo.
Me hundo en él, escondiendo la cara en su cuello, buscando su calor y su peso como único refugio en mitad de la tormenta.
Y es en ese mismo instante cuando siento cómo Jackson pierde por fin el control.
Su cuerpo se tensa al límite y, con una embestida profunda, se libera dentro de mí en una oleada de calor abrasador, soltando un gemido ronco que vibra directamente contra mi piel mientras se rinde al mismo tiempo.
Un último truena resuena justo encima, pero yo solo soy capaz de sentir la fuerza con la que Jackson me sujeta contra sí, ambos todavía temblando y recuperando el aliento.
Me abraza con una intensidad que casi me deja sin respiración, manteniéndose unido a mí en silencio, como si tuviera miedo de que, al soltarme, la realidad pudiera volver a separarnos.