Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Livingston, Montana

Noviembre

—Jackson—

Pensaba que convencer a Brooke de que me acompañara iba a ser una ardua tarea.

Después de lo que pasó anoche y la tensión que se palpaba con Zac, esperaba más resistencia.

Pero me equivoqué. Ha aceptado de buen grado, casi con alivio.

Sé que tenemos una conversación pendiente, una de esas que pueden cambiar el rumbo de las cosas, pero quizá si el ambiente es más relajado y ella logra despejar la mente, todo fluirá mejor.

Pasamos antes por mi casa. Nos encontramos a mi madre inmersa en su mundo: pintando piedras que recoge del río para decorarlas.

Es su terapia; luego las vende o las regala a sus huéspedes como muestra de agradecimiento.

Mi madre tiene mucho talento; crea unos diseños que parecen contener la esencia misma de Montana.

Brooke se quedó haciéndole compañía mientras yo preparaba la cesta en la cocina.

Justo antes de salir al porche, las oí hablar.

Brooke confesaba que no entendía cómo había podido estar tan ciega como para no reconocerme.

No soy de los que escuchan tras las puertas; prefiero respetar la privacidad, pero oír su voz pronunciando mi nombre con esa mezcla de asombro y culpa me dejó clavado junto al marco de la entrada.

—Oh, cielo, a veces el dolor nos ciega —respondió mi madre con su típica sabiduría que tanto la caracteriza.

En ese instante me asomé. Me quedé mirando a esa rubia que seguía hablando con ella, con la mirada perdida y esa sutil sonrisa que le iluminaba el rostro.

Entonces repararon en mí.

—Jackson, ¿estás bien? ¿Por qué me miras así? —preguntó.

Me dieron ganas de soltar una carcajada.

Como si esa rubia no supiera lo que provoca en mí, lo jodidamente enamorado que estoy de ella.

Porque lo hice; me enamoré de Brooke cuando nos conocimos, aunque entonces fuera de una forma distinta.

Y después… después, al reencontrarnos, me enamoré de nuevo antes de tocar su piel, antes de saber a qué sabían sus labios o de entregarme a ella por completo.

Me enamoré de las emociones que causaba en mí con solo existir.

Me he enamorado de la mujer en la que se ha convertido, pero también de la niña que nunca dejó de ser en mis recuerdos.

Conocerla fue, y sigue siendo, lo mejor que me ha pasado en esta vida.

Mis labios volvieron a estirarse en una sonrisa involuntaria, una que no pude frenar.

Di un paso hacia ella, acortando el espacio justo lo necesario para que pudiera sentir mi calor, pero sin llegar a tocarla.

Bajé la voz hasta que solo fue un rastro de aire vibrando entre nosotros, un tono tan profundo que sentí cómo le recorría la columna.

—No te miro de ningún modo… —le solté, dejando que la frase muriera en el aire mientras mis ojos recorrían cada milímetro de su rostro, devorándola sin permiso.

Le sostuve la mirada un segundo más de lo que dictaba la cortesía, lo suficiente para que entendiera que esa frase era la mentira más grande que le había dicho nunca.

Me hubiera encantado poder confesarle allí mismo que la miraba como si fuera el principio y el final de todo lo que me importa, pero no era el lugar, y mucho menos con mi madre delante.

No quería asustarla con la magnitud de mis sentimientos sin saber qué demonios sentía ella.

—Venga, vamos, que ya lo tengo todo listo.

Ambas miraron la cesta que sostenía. Me incliné para darle un beso en la cabeza a mi madre y uní mi mano a la de Brooke, entrelazando nuestros dedos para que me siguiera.

—Tened cuidado, chicos —alzó la voz mi madre desde el porche.

—Hasta luego, Emily —se despidió Brooke, y me gustó cómo sonaba el nombre de mi madre en su boca.

Me ha seguido prácticamente sin rechistar, aunque ha llegado el momento en que su mente inquieta prefiere preguntar.

—Jackson, ¿se puede saber adónde me llevas?

—A nuestro lugar —respondo sin soltar su mano, disfrutando de la forma en que encaja con la mía.

—Oh… Pero… ¿Has visto el día que hace? —se detiene un segundo mirando hacia arriba.

El cielo está casi negro, un manto de nubes pesadas que amenaza con desplomarse en cualquier momento.

El viento empieza a silbar entre los pinos y la temperatura ha caído varios grados—.

Es muy probable que llueva en breve. Ah, y hace frío, Jackson.

Me giro para verla. Sigue andando tras de mí, aferrada a mi mano como si fuera su único anclaje.

—Deja de pensar tanto, pequeña. Ya haré yo que entres en calor.

La contemplo y veo cómo sus mejillas se tiñen de un rojo precioso, y no es por el viento helado, sino por la vergüenza de mis palabras. No puedo evitar dibujar una media sonrisa traviesa. Me encanta el poder que tengo sobre sus reacciones.

—Y hemos llegado.

Al instante, Brooke inspecciona la zona con los ojos muy abiertos, como si en todo el camino su mente hubiera estado en otra parte y no hubiera reparado en el lugar al que la traía.

El gran roble, teñido por algunas zonas en tonos naranjas encendidos y desprovisto de hojas en otras, luce majestuoso ante nosotros, como un viejo guardián.

De una de sus firmes y gruesas ramas cuelga el columpio; la madera está más oscura y deteriorada por el paso del tiempo, pero las cuerdas parecen haber resistido mil inviernos.

A pocos pasos de nosotros, el río ruge con fuerza, llenando el ambiente con ese sonido constante y salvaje.

Brooke se queda inmóvil, observando la tranquilidad y el sosiego que produce este rincón de los valles.

Resulta paradójico: un paisaje de una paz absoluta que esconde una realidad de vida salvaje dura y peligrosa, donde cada criatura está en constante lucha por la supervivencia. Justo como nosotros.

Se sienta sobre el tablón de madera. Al principio lo hace con sumo cuidado, como si temiera que el pasado se venciera bajo su peso.

Una vez que confirma su resistencia, se agarra a las gruesas cuerdas y se balancea lentamente.

Por un instante cierra los párpados, llena sus pulmones de ese aire húmedo y vuelve a abrirlos para contemplar todo a su alrededor con cada suave balanceo, a la par que yo no puedo dejar de observarla a ella.

Dejo que se deleite con el paisaje bajo el cielo grisáceo mientras extiendo la manta de lana más gruesa que he encontrado en casa.

Me siento sobre ella y empiezo a sacar la comida de la cesta, sintiendo cómo el frío intenta colarse bajo mi cazadora.

Brooke posa sus ojos sobre mí y, sin querer, una preciosa curva se dibuja en sus labios cuando inclina un poco la cabeza.

—¿Todo eso lo has preparado tú? —detiene el columpio, se baja con cuidado y se abraza a sí misma para infundirse algo de calor—. ¿No crees que hace un poco de frío y que es un día bastante feo para hacer un picnic, Jackson?

No la dejo terminar. Enseguida la agarro de la mano y tiro de ella hacia abajo, obligándola a colocarse entre mis piernas, sobre la manta. Suelta un pequeño grito de sorpresa al verse caer sobre mí, pero no intenta separarse.

—No hay días feos si tú estás en ellos —susurro contra su oído. Cuelo mi nariz entre su pelo y respiro hondo, llenándome de su olor antes de que el viento se lo lleve—. Y ya te he dicho que yo te daré calor…

Percibo cómo se tensa por un segundo, abrumada por la cercanía, pero enseguida aprecio cómo decide cobijarse más entre mis piernas y mis brazos.

Apoya la cabeza en un lateral de mi pecho y yo la envuelvo con mi cazadora, convirtiéndome en su refugio contra el viento.

Nos quedamos así un buen rato, en silencio, con tan solo el sonido del río y el crujir de las ramas como melodía, acompañados por nuestras lentas respiraciones.

—¿Y qué has traído para comer? —pregunta al rato, con la voz suave.

—Perritos calientes. ¿Acaso lo dudabas?

Se carcajea mientras se recoloca a mi lado para poder comer; está hambrienta.

Le tiendo el suyo y no puede evitar lanzarme una mirada divertida al reparar en los detalles: tiene todas las salsas e ingredientes que le gustan, exactamente como aquel día en Bozeman.

Cabecea y aprecio una sonrisa bailando en sus labios.

Unos labios que, con este frío, se ven demasiado tentadores.

—¿Qué pasará si empieza a llover y se estropea tu plan? —dice con los carrillos llenos tras el primer bocado.

He hecho como que no he oído el gemido de placer que ha soltado al probarlo, porque si le prestaba atención, muy probablemente me la hubiera comido yo a ella aquí mismo.

Cojo mi perrito y le pego un bocado, intentando recobrar la compostura.

—Céntrate en el ahora, pequeña —la miro y entrecierro los ojos, buscando los suyos—. Es lo que debería hacer todo el mundo. Centrarse solo en disfrutar el momento. Vivir cada minuto… Lo único que importa es cada segundo que pasamos así.

Suelta un ruidito mientras come en silencio, dándome la razón a regañadientes.

Sé que para una mujer que vive pendiente de fechas, de las tendencias del próximo año y de una agenda que no le da tregua, esto de no hacer nada puede parecerle incluso una tortura.

Pero necesita este silencio tanto como yo la necesito a ella.

Llevo mis dedos a su barbilla y la obligo a levantar la cara para que me mire directamente a los ojos.

—Y si llueve, acabaremos empapados y mi casa está a menos de cinco minutos. Buscaremos otro plan para pasarlo juntos. ¿Te parece bien?

—De acuerdo… Vivir el momento —repite ella, casi como un mantra, como si estuviera intentando convencerse a sí misma de que el mundo no se va a detener porque ella se tome un respiro.

—Eso es —le coloco un mechón de pelo tras la oreja, disfrutando del tacto de su piel fría, y señalo el perrito con la cabeza—. Te gusta, ¿eh?

—Oh, sí. Está delicioso —le pega otro mordisco y sonríe con la boca llena, sin rastro de esa coraza impecable que solía llevar puesta hasta hace nada.

—Me alegro.

Terminamos de comer entre silencios cómodos y risas que el viento arrastra hacia el río.

—¿Sabes que es la primera vez que hago un picnic después de dieciocho años? —dice de pronto, en un tono que se vuelve más apenado.

—Eso es demasiado tiempo, pequeña.

—Sí, lo es… —murmura mientras contempla el horizonte.

Cierra los párpados y echa la cabeza ligeramente hacia atrás para que el aire puro la envuelva. Suspira y sonríe, como si su mente hubiera rescatado un tesoro olvidado.

—¿Te acuerdas cuando en las cálidas noches de primavera tirabas piedras a mi ventana para que me escapara? Íbamos al prado a contemplar las estrellas…

—Imposible olvidarlo. Me acuerdo de todo.

—Hacer cosas con alguien por primera vez es como un tatuaje sin tinta que te marca para siempre —dice, clavando sus ojos en los míos—. Hice muchas cosas por primera vez contigo, Jackson…

—No todas… —frunzo el ceño y mi voz suena más apagada de lo que pretendía.

Ahora es ella quien me mira al oír el cambio en mi tono.

Antaño éramos solo unos críos, pero fuimos creciendo y me hubiera encantado formar parte de su vida durante ese inmenso vacío.

Ver con mis propios ojos cómo experimentaba el mundo, cómo se convertía en esa adolescente de armas tomar que intuía que sería.

Me habría gustado verla enamorada por primera vez de algún guaperas, aunque por dentro me estuviera muriendo de celos; lo hubiera soportado con tal de estar ahí, de ser el que le secara las lágrimas o el que celebrara sus triunfos.

Quería ver cómo se sacaba el carnet, cómo se graduaba con honores, ver su primer trabajo y cómo ponía firmes a su padre y a su abuelo con solo una mirada. Hubiera dado cualquier cosa por haber sido el testigo de esa sonrisa resplandeciente cada día de mi vida, y no solo un fantasma en sus recuerdos.