Capítulo 52
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
Zac clava su mirada en la mía durante un segundo que se me hace eterno.
No dice ni una palabra más porque, por su parte, ya está todo dicho; su advertencia ha quedado suspendida en el aire, pesada y cargada de una lealtad que me abruma.
Y lo entiendo, ¿vale? Entiendo que haya sido tan borde conmigo y que esté a disgusto en mi presencia.
El momento que he compartido ahí dentro con él, ayudando a traer esa vida al mundo, me ha hecho reflexionar más que cualquier discurso.
Sé que conciben este lugar como su hogar y que el miedo a perderlo les corre por las venas.
Pero yo sigo sin saber qué hacer. Siento que cada vez estoy más perdida en un laberinto de decisiones que no pedí tomar.
Lo que comenzó como un viaje relámpago en el que tenía planeado zanjar el tema del rancho con rapidez y quitármelo del medio, se ha convertido en un verdadero problema de identidad.
Nunca imaginé que, al poner un pie en este rincón del planeta, los sentimientos por el pasado afloraran con esta violencia.
No contaba con ver con mis propios ojos que mi abuelo está más sano que yo, lo que me demuestra que se las apañó para manipular los hilos y que su nieta regresara.
No contaba con hacer amigos. Y, sobre todo, mucho menos imaginaba que Jackson reaparecería en mi vida después de casi veinte años para poner mi mundo del revés.
—¿Qué es lo que tienes que contarme, Brooke? —la voz de Jackson me devuelve a la realidad. Se mete las manos en los bolsillos de los tejanos, estudiando cada uno de mis gestos como si intentara leerme la mente.
—Tengo que trabajar —anuncia Zac, rompiendo la burbuja—. Y Brooke, tal vez deberías cambiarte de ropa. Te has puesto perdida.
Ahora Zac lleva los ojos a su amigo con una complicidad que me excluye, mientras yo bajo la mirada hacia mi atuendo. Es cierto; me he manchado con… mejor no quiero ni pensarlo. La sangre y los fluidos del parto han arruinado mi jersey, pero extrañamente, no me importa tanto.
—Tu chica me ha ayudado con el parto de una de las vacas —añade Zac antes de darse la vuelta.
Siento cómo un calor repentino me sube por el cuello. Y mejor no ahondo demasiado en el sentimiento que me ha provocado ese «tu chica», porque si lo hago, tendré que admitir que no ha habido ni un ápice de rechazo en mi interior al escucharlo.
Zac nos deja solos y, al escuchar esas palabras, a Jackson se le ilumina el rostro de una forma casi cegadora.
—¿En serio? —recorre la distancia que nos separa con zancadas seguras—. ¿Has hecho tú eso?
—No ha sido nada. Estaba por aquí y Zac estaba solo. Así que… —suspiro, sintiendo una culpa tremenda por ocultarle lo de la propiedad—. Oye, Jackson, tengo que hablar contigo sobre algo importante.
Él cambia el semblante de inmediato. Se endereza, adoptando esa postura protectora y atenta con la que me demuestra que tiene los cinco sentidos puestos en mí.
—Claro, dime.
—¿Te importa si antes voy a casa para ducharme y cambiarme? Estoy hecha un asco —confieso, señalando mis manchas.
Jackson pasea sus ojos por todo mi cuerpo, desde mis botas embarradas hasta mi pelo revuelto.
Ser consciente de la forma en que me mira, con una intensidad que no disminuye ni con estas pintas, me calienta por dentro de una forma un tanto vergonzosa.
Me hace sentir deseada incluso en mi peor momento.
—Claro, te acompaño —se aparta y me indica con una mano que pase yo primero, escoltándome.
Cuando llegamos a casa, nos detenemos al pie de las escaleras. El silencio de la madera vieja nos rodea.
—Siéntete en tu casa. No tardaré —le digo, forzándome a que la voz me salga normal.
—Tranquila, tómate tu tiempo. Aquí te espero —me dedica una pequeña sonrisa, de esas que se le quedan grabadas a una en la retina.
Subo a toda prisa, necesitando desesperadamente quitarme este olor a establo y adecentarme para la conversación que se avecina.
Una vez que termino y logro borrar el rastro del parto de mi piel, aparezco en el salón.
Al entrar, lo veo de espaldas a mí, frente a la chimenea.
Está contemplando las fotografías que yo misma examiné con nostalgia el día que llegué.
Aprovecho ese instante de vulnerabilidad para hacerle un barrido completo, de pies a cabeza.
Me detengo en sus botas desgastadas, sus tejanos oscuros, el jersey gris que marca algunos de sus abdominales y la cazadora marrón que parece parte de su propia piel.
El fuego de la chimenea sigue crepitando, pero no es el olor a leña lo que me embriaga, sino la fragancia que desprende él: una mezcla de hierba fresca, madera húmeda, pino y enebro. Es el aroma de Montana personificado.
Observándolo así, Jackson resulta enorme. Es como si, la estancia hubiese empequeñecido para dar cabida a su presencia. Es majestuoso y señorial, con una elegancia rústica de quien sabe que pertenece a la tierra que pisa desde el día que puso un pie en ella.
Carraspeo para anunciar mi presencia y Jackson se gira al instante. Me acerco y veo que sostiene un vaso con un líquido ámbar.
—Ha sido tu abuelo —dice, adivinando mi pregunta al ver que junto las cejas—. Prácticamente me ha obligado a aceptar el whisky cuando me ha visto aquí plantado hace un rato. Ha asegurado que así se me haría más amena la espera.
—A ese viejo se le da bien obligar a la gente a hacer cosas —me da por reír, relajando los hombros—. Has hecho bien. Siento si he tardado un poco más de la cuenta.
—No te preocupes. He aprovechado para disfrutar de esto —coge uno de los marcos de la repisa y me lo tiende.
Paso los dedos por el cristal frío que la recubre, sintiendo un nudo en la garganta.
—Esa siempre ha sido mi favorita —susurra él, acercándose un poco más—. Muestras una sonrisa preciosa y se te ve feliz. Realmente feliz.
Es la misma foto que detuvo mi corazón el primer día. Salgo con él, subida a ese columpio que él mismo fabricó con cuerdas y madera. Jackson está detrás, empujándome para que vuele más alto, seguramente obligado por mis caprichos de niña.
—En cambio, a ti parece que se te había muerto la mascota —bromeo, mirando su expresión seria en la imagen.
Él se carcajea, un sonido vibrante que llena el salón.
—Eso es porque me obligaste a columpiarte durante horas. Por aquella época me obligabas… —abre mucho los ojos, corrigiéndose con una chispa de picardía—. No, no, me exigías que te hiciera compañía. Realmente llegabas a ser un grano en el culo, Brooke.
—¡Oye! —le doy un puñetazo juguetón en el brazo, disfrutando de la solidez de su músculo bajo el jersey.
—Vale, vale… Quizá no tanto —admite, suavizando el tono—.
Pero sí que eras muy hiperactiva. Sentías todo el rato la necesidad de mostrarme tu mundo, como si temieras que no lo viera.
Ah, y recuerda que fui yo quien construyó ese columpio para ti con mis propias manos, así que en el fondo no me parecías tan pedante —eleva una ceja y acorta un poco más la distancia.
Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo.
—Lo hiciste porque indudablemente tu madre te lo ordenó —le provoco, buscando su mirada.
—Te equivocas. Fue mi padre —ahora soy yo quien se carcajea flojito, sorprendida—. Me vio trastear con un trozo de madera y al rato apareció con los materiales. Dijo: «Podrías hacer un columpio para tu nueva amiga. Seguro que le gusta».
Ladeo la cabeza, imaginando a ese Jackson pequeño esforzándose por agradarme.
—Y me vi queriéndolo hacer —se encoge de hombros, como si fuera la confesión más natural del mundo.
—Qué considerado por tu parte —suelto en un susurro juguetón. No sé por qué me estoy comportando así, con esta ligereza que no me reconozco, pero con Jackson es dolorosamente difícil no dejarse llevar por la corriente.
Veo cómo deja el whisky sobre la repisa con un gesto lento.
Sin embargo, no aparta la mirada de mí. Sus pupilas se dilatan, ensombreciendo el azul de sus iris hasta volverlos de un tono profundo, como el océano antes de una tormenta.
El aire empieza a faltarme en los pulmones y el calor de la chimenea me parece, de repente, excesivo.
—No sé cómo lo hiciste, Brooke, pero te volviste mi primer pensamiento al despertar y el último al cerrar los ojos —dice con una voz que me acaricia la piel—.
Te convertiste en mi persona favorita en el mismo instante en el que te conocí, aunque no supiera cómo mostrártelo.
Sin buscarlo, encontré a una niña que transformó mi vida.
Fuiste el hogar de mis miedos y mi más bonita casualidad, después de diez años de sombras para alguien tan pequeño.
Me quita el marco de las manos para dejarlo en su sitio, pero no se aleja. Al contrario, me coloca un mechón de pelo tras la oreja con una delicadeza que me hace temblar y me sujeta por la nuca, obligándome a reconocer la proximidad de sus labios.
—Esta sonrisa de aquí… fue lo más bonito que había visto nunca.
No me salen las palabras. Siento que el corazón me late en la punta de los dedos, así que dejo a mi cuerpo tomar el mando.
Lo abrazo con fuerza, hundiendo mi rostro en el hueco de su pecho, acomodándome entre sus brazos en el mismo instante en que él me rodea, estrechándome contra su pecho.
Si ya estaba hecha un lío, esto no lo hace más fácil; Jackson es la fuerza de gravedad que me impide salir huyendo hacia mi zona de confort en Chicago.
—Fuiste mi mejor amigo, Jackson. Gracias por cuidarme entonces —susurro contra su jersey.
—Siempre te cuidaré, pequeña. Siempre —responde, y su voz vibra en mis propios huesos.
Esbozo una sonrisa triste mientras él deposita un beso tierno en mi pelo.
«Enamorarse» es una palabra demasiado inmensa, un concepto que me atemoriza porque implica entrega y riesgo, pero del que creo que ya no voy a poder escapar.
—Tu abuelo me ha sugerido que te llevara a comer por ahí —dice contra mi cabello, sin soltarme—. Es algo que ya había pensado, pero no estaba seguro de si ibas a aceptar después de… bueno, de la última vez que nos vimos.
El silencio se instala entre nosotros, denso y reconfortante a la vez.
Es un paréntesis en el que solo se escucha el crepitar de la leña y nuestras respiraciones acompasadas.
Jackson no se mueve, y yo me permito hundirme un poco más en su pecho, queriendo congelar este instante de paz antes de que la realidad nos alcance.
Siento los latidos de su corazón contra mi mejilla, recordándome que, a pesar del tiempo y la distancia, este siempre fue el ritmo de mi hogar.
—Sin embargo —continúa él, rompiendo la calma con una voz más suave mientras me separa levemente para buscar mis ojos—, se me ha ocurrido algo mejor. ¿Vendrías conmigo?
—¿Adónde? —pregunto, ladeando la cabeza con curiosidad.
—Es una sorpresa.
Lo medito exactamente durante dos segundos. El mundo puede esperar, el secreto de la herencia puede esperar, incluso mi miedo puede esperar.
—Vale —asiento, dejando que una pequeña sonrisa se escape por fin.
Me ofrece su mano y yo la cojo sin dudarlo, sintiendo que ese simple gesto es el comienzo de algo que ya no tiene vuelta atrás.