Capítulo 51
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
Tras abrigarme con un jersey de lana grueso y calentito, salgo al jardín.
Necesito que el aire gélido me limpie los pulmones; llevo un buen rato intentando asimilar la conversación con el abuelo y siento que las paredes de la casa se me echan encima.
Sus palabras me han dejado una sensación amarga, una mezcla de culpa y revelación que no sé cómo gestionar.
Paseo sin rumbo hasta que mis pasos me llevan a la zona de los establos.
El olor aquí es distinto: una mezcla densa de heno seco, estiércol y el aroma almizclado del ganado.
Justo al lado del corral principal hay una pequeña edificación de madera vieja; es el dispensario donde se guarda el material veterinario.
En cuanto me acerco, escucho a Zac. No tiene pinta de ser una conversación, más bien gruñidos sordos y rugidos contenidos sobre «dónde demonios se ha metido todo el mundo justo hoy».
Doy un paso hacia atrás, ocultándome en la sombra del pórtico.
Lo que menos quiero es cargar con su malhumor; ese hombre siempre parece estar en pie de guerra contra el mundo.
Pese a que su presencia me impone un respeto que roza el miedo —su forma de tratarme hace semanas dejó claro que no soy bienvenida en su mundo—, mi curiosidad es una fuerza indomable.
Me adentro en el recinto, tratando de que mis botas no crujan sobre la paja, y lo veo.
Zac está agachado junto a una vaca que yace sobre un lecho limpio.
No hay que ser una experta para entender lo que está pasando: el animal está de parto, y no parece estar disfrutándolo.
—Ne… ¿Necesitas ayuda? —pregunto, y mi voz suena pequeña en la inmensidad del recinto.
Zac se gira con un movimiento rápido y preciso. Sus ojos oscuros me recorren de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mi jersey.
—¿Qué haces aquí? —Zac vuelve la vista hacia lo que lo tenía ocupado sin dedicarme más tiempo.
Voy a hacer como que su pregunta no me ha molestado.
O más bien el tono de ella, cargado de una aspereza que parece ser su único registro conmigo.
Pensaba que después de lo que ocurrió en aquel bar y la forma en que nos trató tras el pequeño incidente lo habría hecho cambiar de parecer sobre mí; que quizá habría limado esa barrera de desconfianza.
Pero, por lo visto, no es el caso. Para Zac sigo siendo un elemento extraño, una pieza que no encaja en su propio paisaje.
—Estaba dando una vuelta y… te he escuchado.
—Pues si estás buscando a Jackson me temo que lo haces en el sitio erróneo —sigue acuclillado junto al animal.
En realidad, no hace nada, tan solo espera, paciente, en una postura que me indica que también está preocupado y preparado por si tiene que intervenir. El silencio del establo solo se rompe por la respiración pesada de la vaca, que yace sobre la paja.
—No busco a nadie —respondo con los dientes apretados—. Ya te he dicho que solo estaba dando una vuelta.
¿Se puede saber qué le he hecho a este tío para caerle tan mal? Sé que para él puedo representar todo lo que desprecia: la ciudad, el dinero, la falta de raíces… Puedo ver en la tensión de sus hombros que mi presencia le incomoda, como si mi propio perfume estorbara en este lugar.
—Pues siga con su paseo, miss Chicago, aquí no se le ha perdido nada.
¿Será posible? El apodo sale de su boca con un deje de superioridad que me hierve la sangre.
—No me llames así —digo entre dientes, apretando los puños a ambos lados del cuerpo.
Creo que ha quedado muy claro que no soy una persona violenta, pero con mucho gusto le daría un puñetazo a este tío.
A ver si así se le quitaba toda esa antipatía y estupidez que usa como escudo. —Y paseo por donde me da la gana.
Suelta un resoplido acompañado del sonido de una sonrisa sarcástica.
No puedo verle la cara porque me está dando la espalda, pero sabría decir con exactitud la expresión de suficiencia que tiene dibujada en el rostro.
Y me repatea. Me ignora con una facilidad pasmosa, centrando toda su atención en el animal, como si yo fuera un ruido de fondo molesto.
—Mira, Zac… —la vaca emite un sonido raro, un quejido profundo que resuena en todo el recinto, y lo veo moverse para ponerse más cerca de ella.
—¡Ayúdame! —me interrumpe. Su voz ha perdido el sarcasmo y ahora es un ruego tenso, cargado de una necesidad desesperada por recibir ayuda.
—¿Qué? —es evidente que su exigencia me ha dejado perpleja.
—Que me ayudes, Brooke. ¿No te has ofrecido hace un minuto? Pues venga —gira la cabeza y me mira por encima de su hombro.
Diría que ahora su expresión sigue siendo sombría, dura y tenebrosa, pero también está bañada por un halo de preocupación y súplica que me desarma.
No es una petición, es un reconocimiento implícito de que me necesita.
Por lo que reacciono todo lo rápido que me permiten los pies y me coloco a su lado, hundiendo mis botas en la paja sin importarme nada más.
—¿Y se puede saber dónde está todo el mundo?
—pregunto a la par que hace una señal para que me coloque cerca de la cabeza de la vaca, mientras que él lo hace en el otro extremo.
Contemplo cómo el animal respira con impaciencia, sus flancos subiendo y bajando con un ritmo errático. Espero que no esté sufriendo.
—Eso me gustaría saber a mí —gruñe otra vez.
Es domingo, y sé que no hay fines de semana en un rancho, pero quizá hayan aprovechado que no había mucho trabajo por hacer y se han ido a disfrutar del día por ahí.
Es evidente que Zac no ha sido uno de ellos.
No sé si porque no le ha apetecido o porque prefiere pasar tiempo con los animales a con personas de carne y hueso.
Me pregunto qué historia esconde bajo esa piel curtida para ser tan huraño, para refugiarse en esa soledad.
Bien es cierto que me resulta raro no ver a Jackson por aquí y más raro me resulta no ver a Austin.
—¿Cuánto lleva así?
—Unas horas —se le suaviza un poco la voz. No es la misma que usa conmigo; es una voz cargada de una empatía que guarda solo para los suyos—. Ha estado enferma y en cuanto he visto que se había puesto de parto la he traído aquí para que esté tranquila durante el proceso.
—¿No se supone que las vacas paren en primavera? —pregunto, recordando vagamente algo que le oí decir al abuelo hace tantos años—. He visto que el resto del ganado ni siquiera parece estar cerca del parto.
Zac me dedica una mirada de soslayo, como si le sorprendiera que una «chica de ciudad» supiera ese detalle.
—Sí, la mayoría pare en primavera para aprovechar el pasto verde —explica, mientras comprueba la dilatación del animal—.
Pero con esta fue distinto. Es una de nuestras mejores productoras, pero tuvo un problema de celo y se quedó preñada tarde.
A veces pasa. Decidimos mantener la gestación porque su genética es demasiado buena como para descartarla solo por un error en el calendario.
Lo malo es que ahora le toca parir con el frío, y con la hipocalcemia que arrastra, no podía dejarla fuera con el resto.
—Pero… ¿no hay que dejarlas hacer su propio trabajo? —pregunto, recordando que la naturaleza suele ser sabia.
—Exacto. Pero como te he dicho, está enferma —alza la vista y me mira a los ojos, deteniéndose un momento para asegurarse de que entiendo la gravedad del asunto.
—¿Y qué tipo de enfermedad es esa? —me preocupo por ella. Diría que en parte porque a mí misma me apena que esté afectada de algún modo, pero también por ver a Zac tan preocupado. Sin duda, ama lo que hace, a pesar de que le cueste admitirlo ante una extraña.
—Tiene debilidad muscular y mayor susceptibilidad a otras enfermedades. Le faltan los niveles de calcio necesarios para que sus músculos trabajen como deben.
—Vaya… ¿Le está doliendo? —acaricio el morro del animal, sintiendo su piel cálida y húmeda.
—No creo. Si fuera así estaría incómoda, sacudiría la cola… En resumen, estaría desencajada. Solo… está agotada, Brooke.
—Ah, vale —acerco mi cara a la del animal y empiezo a hablarle en un susurro, tratando de transmitirle una calma que yo misma empiezo a perder—. No te va a pasar nada, vaquita, me has oído. Nuestro amigo Zac te va a ayudar.
Sigo acariciándola cuando me da por mirar a Zac, que me contemplaba con lo que parecía una sutil sonrisa en los labios, una grieta en su armadura que desaparece en cuanto se da cuenta de que lo miro. Carraspea y se torna serio antes de hablar.
—Tranquila, estará bien. Lo único que le costará más expulsarlo y puede que necesite algo de ayuda.
Justo en ese momento la vaca comienza a contraer el cuerpo con una fuerza que me estremece y Zac se cerciora de su estado.
Me informa que nos tocará esperar un rato, pero que el proceso de la expulsión ya ha comenzado.
El aire se vuelve denso, cargado de la expectativa de la vida que lucha por salir.
Casi una hora después, tengo las piernas entumecidas de estar en esta postura, sentada junto a mi nueva amiga sobre la paja que ya se me ha pegado a la ropa.
Zac y yo apenas hemos vuelto a hablar, compartiendo un silencio que, por primera vez, no parece una guerra.
En alguna ocasión le he preguntado por su trabajo y él me ha respondido con frases cortas y directas.
Se ha ofrecido a traerme agua un par de veces e incluso me ha dicho que si estaba cansada de esperar podía marcharme.
A lo que le he respondido que por nada del mundo me iba a mover de aquí hasta que viera con mis propios ojos que esta vaca y su cría estarían bien.
Y lo ha aceptado de buen grado con un asentimiento de cabeza mientras seguía sentado sobre la paja, con la espalda apoyada en la pared y un brazo apoyado en su rodilla, vigilando como un centinela.
—¡Ya está aquí! —anuncia arrodillándose con presteza.
Nada más oírlo me pongo en pie y corro a su lado.
Vislumbro lo que parecen unas pezuñas pequeñitas asomando al mundo.
Si alguien me relatara este momento en cualquier otro momento de mi vida es muy probable que incluso me hubieran entrado arcadas.
Sin embargo, aquí, bajo esta luz y rodeada de este olor a tierra, me dejo llevar por la emoción de estar presenciado algo tan magnífico.
Puede que ahora entienda un poco más a la pequeña Brooke que amaba este lugar y a los animales, esa parte de mí que mi madre intentó enterrar bajo capas de sofisticación.
Pero hay algo en el ceño arrugado de Zac que me pone en alerta. Lo veo moverse y hacer cosas que no entiendo mientras murmura palabras al aire.
—¿Qué pasa, Zac? ¿Qué le está ocurriendo?
—Se le está complicando. No tiene fuerzas para el último empujón. Hay que ayudarla a dar a luz para salvar a la cría. No te muevas de aquí, voy a administrarle algo.
Tenía miedo de que tardase más de la cuenta, pero vuelve enseguida. Veo que se ha colocado unos guantes y me lanza otros a mí. Me los quedo mirando, sintiendo el peso de una responsabilidad que no sé si estoy capacitada para soportar.
—Solo por si acaso… —se sitúa cerca de la cadera de la vaca para inyectarle lo que sea eso, un estimulante supongo, y yo contemplo la situación mientras me enfundo los guantes.
Me quedan bastante grandes y casi me llegan más allá de los codos, pero no me importa.
La adrenalina ha borrado cualquier rastro de asco.
Enseguida veo cómo la vaca se retuerce y se contrae para expulsar a la cría en un último esfuerzo heroico.
—¡Tira, Brooke! —me ordena con una voz que no admite dudas.
Estoy algo aturdida por la situación, pero obedezco y, sin saber cómo, sostengo las patas de la cría —están calientes, resbaladizas— y comienzo a tirar con cuidado, pero con firmeza.
En pocos segundos sale al completo, cayendo sobre la paja en un charco de humedad.
Zac la inspecciona con rapidez, comprobando el sexo. Al parecer es un macho.
No puedo explicar la sensación que se me expande por el pecho, una calidez que me sube por la garganta, y la sonrisa que se implanta en la boca, una de esas que no puedes borrar por mucho que lo intentes.
—Buen trabajo, jefa, acabas de traer al mundo a tu primer ternero.
Abro los ojos de par en par por lo que me provoca esa frase. Y no sé muy bien si por el milagro de la vida que acabo de presenciar o por el hecho de que me ha llamado «jefa» sin rastro aparente de sarcasmo.
—¿Qué has dicho? —elevo la vista hacia Zac, que ya está de pie. Si ya de por sí me parece alto, en esta posición, recortado contra las sombras, más aún. Su presencia es abrumadora.
—Que… buen trabajo.
Decido levantarme, me deshago de los guantes como puedo y me sacudo un poco la paja de los pantalones y el suéter, sintiendo el frío del exterior colarse por las rendijas.
—No. ¿Cómo me has llamado?
Zac lleva una de sus cejas oscuras a lo más alto y tensa la mandíbula, volviendo a esa máscara de dureza que tan bien conoce.
—Jefa —se quita los guantes con un gesto brusco—. ¿Acaso no lo eres?
—Puede… —balbuceo, sintiéndome de repente pequeña ante él.
—Venga ya, Brooke, déjate de tonterías de una vez —su voz suena mucho al Zac de antes, al tenebroso y sombrío, el que sabe que mi presencia aquí es de pasada—.
Sé muy bien el porqué de tu llegada al rancho.
No soy imbécil. Y Jackson mucho menos, por si te lo preguntabas.
Él te mira como si fueras su salvación, pero yo sé que eres un peligro.
Este es su hogar, el de todos. El mío también.
Y me ha chivado un pajarito que ahora eres la dueña de todo esto —hace un gesto con la mano que simula el hecho de abarcar el espacio que nos rodea, las tierras, el ganado, nuestras vidas—.
Y viendo tu comportamiento de estos meses no tienes muy claro qué hacer con él.
Así que solo te pido un par de cosas antes de que lo jodas todo.
—Tú dirás —Zac se acerca más a mí e invade mi espacio personal. Tengo que elevar mucho la mirada para seguir encarándolo. Su presencia impone, y mucho; desprende un aura de lealtad feroz hacia este lugar que me intimida.
—Primero, que se lo cuentes a Jackson.
—¿Y segunda? —alzo la barbilla, negándome a que me vea temblar.
—Que cuando dudes, porque lo harás, recuerdes lo que acabas de hacer aquí hoy. Recuerda que esta tierra te ha dado mucha más vida antes de que tú decidas arrebatársela.
—¿Qué tiene que contarme?
La voz de Jackson rebota desde la entrada del recinto, rompiendo nuestra conversación. Ambos miramos hacia allí, donde su figura bloquea la entrada, esperando una respuesta que yo no sé si estoy lista para dar.