Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

El abuelo se toma su tiempo, moviéndose por la cocina con una parsimonia que me pone histérica. Se dirige a la nevera, saca una cerveza y, con una calma exasperante, busca el abridor. Abro los ojos de par en par mientras escucho el siseo metálico de la chapa al saltar.

—¿Tú puedes tomar eso? —pregunto, con el tono de una Brooke que vive pendiente de la salud de este hombre.

—¿Y por qué no? Soy mayorcito, mi niña, y una cerveza no me hará daño. El cuerpo sabe lo que necesita y el mío hoy necesita esto.

—Ehhh… Vale —asiento, incapaz de dar crédito a nada de lo que haga este hombre.

Desde luego, siempre consigue pillarme con la guardia baja. No hay rastro de la fragilidad que imaginé cuando volví al rancho; ahora mismo, con la botella en la mano, parece tan sólido como un roble centenario.

—¿Quieres una? —la levanta ligeramente, ofreciéndome una tregua.

—Creo que no. Gracias —respondo, aunque mis nervios gritan que sí.

—Bien.

Se acerca hacia el rincón donde estoy sentada, ocupando el lugar frente a mí en la mesa de madera desgastada. El silencio se vuelve denso, cargado de todo lo que no nos hemos dicho en años.

—No he podido evitar escuchar parte de la conversación con tus amigas —suelta de pronto, con naturalidad.

Me revuelvo en la silla, sintiendo el calor subir por mi cuello. La incomodidad me escuece al pensar qué parte exacta de mis miedos y mis confesiones sobre Jackson habrán llegado a sus oídos.

—Te pido perdón, no era mi intención espiar —añade, aunque sus ojos me dicen que no se arrepiente de nada.

—No importa. Pero… ¿Qué es lo que has escuchado exactamente?

—Lo justo y necesario para decirte lo que te voy a decir.

Trago con dificultad. Este momento me pone nerviosa.

Estoy acostumbrada a lidiar con directivos implacables, a mantener reuniones de alto nivel donde se juegan millones de dólares y jamás, ni una sola vez, he permitido que me tiemble el pulso.

Sin embargo, aquí, frente a este anciano que me mira con una mezcla de lástima y sabiduría, me sudan las manos y mi pierna derecha ha empezado a moverse en un tic nervioso que no puedo controlar.

—De acuerdo. Tú dirás.

—Empezaré por hacer referencia a lo que has dicho sobre no sé qué de unas películas románticas… —bebe un trago largo, directo del botellín, y su mirada se pierde un segundo por la ventana, hacia el horizonte donde recortan las siluetas de los caballos.

Me acomodo en la silla, sintiéndome pequeña. Si es que no sé para qué hablo tanto.

—Y, por supuesto, te hablaré desde mi experiencia.

Veo que, por algo que no alcanzo a entender, solo has querido quedarte con el referente de la relación de tus padres.

Es cierto que el mundo se traga ese cuento de que el amor es como en las películas o en las novelas: finales de cuentos de hadas donde no existe la palabra «problema».

Tu abuela era una de ellas; creía en eso, al menos al principio.

Sonrío levemente al verlo recordar. Es hermoso y doloroso a la vez ver cómo se le ilumina el rostro al hablar de la mujer de la que sigue profundamente enamorado, incluso después de que ella se fuera.

—Pero esas cosas son más de fantasía que de la vida real, Brooke.

Es lógico que una mujer inteligente como tú no se trague esos cuentos.

Aquí, donde la vida se vive de verdad, el amor no es un camino de rosas sin espinas.

Se forja entre discrepancias, enfrentamientos y reconciliaciones; entre risas que te llenan el pecho y lágrimas que te lo vacían.

Y no por ser imperfecto, no por tener cicatrices, es un amor menos real o menos valioso.

Al contrario: es el único que vale la pena vivir.

Sigo escuchándolo con el aire contenido y un nudo apretado en la garganta.

Siento que, con cada palabra, el abuelo está desmontando todas esas verdades absolutas con las que mi madre me crio para protegerme del mundo.

Me está entregando, por fin, el permiso que nunca tuve para aceptar que la vida no tiene por qué ser perfecta para ser valiosa.

—Estar con alguien no significa que todo vaya a ser dulce y sencillo.

Tu abuela era de armas tomar, tenía un carácter que a veces me sacaba de quicio y que me ponía a prueba de una forma que me hacía cuestionar hasta mi propia paciencia— admite con una sutil sonrisa bajo su poblado bigote—.

Pero estar con ella significaba que yo mismo, cada mañana, decidía construir un camino juntos, aceptando sus defectos y abrazando sus virtudes.

Al igual que ella hizo conmigo, pues yo tenía más sombras que luces, seguramente.

Cabecea con los ojos cerrados, saboreando el recuerdo y la cerveza.

—Fuimos aprendiendo juntos, creciendo y tropezando. Y pese a los golpes, lo bonito estaba en levantarse y seguir agarrados de la mano, incluso cuando el sendero se volvía oscuro y peliagudo.

—Abuelo, eso suena muy bien, de verdad, pero mamá y papá… —intento interrumpir, necesitando defender la versión de la historia con la que he crecido.

Él ni siquiera me deja terminar. Su mirada se vuelve más afilada, más seria.

—Tu madre llegó a la vida de tu padre y se comprometieron.

No voy a juzgarla, Brooke, porque es tu madre, pero Ted es mi hijo y lo conozco.

Ella nunca experimentó con él ese amor del que te hablo.

Y si tienes dudas sobre ello, es algo que deberías hablar con ella, si es que alguna vez se atreve a ser sincera.

Lo que quiero que entiendas es el verdadero significado del compromiso, de la paciencia y del perdón.

El amor es una decisión que se toma todos los días al despertar; es recordar por qué eliges a esa persona frente a todo lo demás.

No siempre es fácil. Hay días que quieres tirar la toalla y piensas que estar solo sería más bonito, más tranquilo.

Y, querida… eso es algo que nunca hubo en la relación de tus padres.

Faltó la voluntad de quedarse cuando las cosas se pusieron feas.

—Mi padre dañó a mi madre con su actitud —replico, sintiendo que la rabia empieza a burbujear en mi interior—.

Se lo hizo pasar mal, abuelo. Es muy fácil hablar de «decisiones diarias» cuando no eres tú la que sufre el dolor de ver que no eres amada como esperas.

A él le importaron una mierda sus sentimientos, y por extensión, los míos.

La conversación se ha vuelto tensa. No pienso permitir que se pinte a mi padre como una víctima de las circunstancias cuando él fue quien nos dejó de lado, quien permitió que nos fuéramos a miles de kilómetros sin mover un dedo.

Estoy empezando a enfadarme. Sé que mi madre tiene sus fallos, soy la primera que sufre su control, pero me pongo en su piel e imagino el rechazo que tuvo que vivir aquí.

—Brooke, cielo… ¿has hablado con tu padre?

Aprieto los puños bajo la mesa. ¿Qué manía tiene todo el mundo con que hable con él? Jackson anoche, mis amigas también han indagado, y ahora el abuelo. ¡Parece un complot!

—No. Ni lo voy a hacer. Estoy harta. Está claro que no me tolera y que pasa de mí, así que no hay nada que pueda hacer. No voy a mendigar atención.

—Pues cometes un error —dice él, apurando el último trago de su cerveza y levantándose—.

Deberías hacerlo para conocer ambas versiones.

Cada persona tiene su propia versión de la verdad, hija, pero solo hay una verdad universal.

Y tú mereces conocerla antes de seguir juzgando. La comunicación es la clave.

Se acerca a mí mientras sigo pegada a la silla, asimilando el peso de sus palabras.

Tengo el ceño tan fruncido que temo que las cejas se unan en el centro.

El abuelo apoya su mano grande y rugosa sobre mi hombro y me da unos leves toquecitos, un gesto que intenta ser reconfortante pero que me suena a advertencia.

—Y no me refiero solo a hablar, Brooke. Me refiero a tener el valor de escuchar lo que no quieres oír.

Dicho esto, se retira de la cocina con paso lento pero firme, dejándome sola con el eco de sus palabras y un miedo gélido que empieza a treparme por la espalda. El miedo a descubrir que la «verdad universal» de la que habla podría destruir la única realidad que he conocido.