Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Me da a mí que la nueva dueña ya se ha encargado de catar el producto local—bromea Jenna.

—Jackson y yo… nos acostamos hace unas semanas.

El grito de Candy se oye en todo el condado.

—¡Toma!

—Ya era hora —sentencia Jenna con una sonrisa de satisfacción.

Seguimos hablando durante un buen rato. Me abro como nunca antes lo había hecho con nadie, informándolas de todo, desnudando mi realidad y contándoles con pelos y señales lo que ha sucedido desde que éramos unos críos hasta estas últimas semanas.

Y cuando digo todo, me refiero a todo. Desde aquel primer encuentro bajo la nieve de nuestra infancia, hasta el magnetismo insoportable que nos ha unido desde mi regreso.

En numerosas ocasiones se quedan con la boca abierta, incapaces de creer la intensidad de nuestra historia; otras veces hacen pucheros, conmovidas por la nostalgia, y en algunas se les ilumina el rostro, celebrando cada pequeño triunfo de mi corazón sobre mi razón.

Sin embargo, la luz se apaga un poco cuando llego a la parte final: Jackson y yo no podemos ser nada.

—Nuestras vidas son muy distintas —sentencio, tratando de convencerme a mí misma mientras doy vueltas a la taza de café—. Hay circunstancias de mi pasado que todavía no entiendo, piezas que no encajan… Él y yo no podemos mantener una relación que a todas luces nos hará sufrir.

—Tonterías, Brooke —me corta Candy sin miramientos—. ¿Qué te impide disfrutar de este momento sin pensar obsesivamente en el «después»? El futuro no ha pasado, pero esto sí.

—Exacto. Opino igual que ella —secunda Jenna, señalándola con el pulgar mientras se recuesta en la silla.

—Saldrá mal y le haré daño —insisto, sintiendo un nudo en la garganta.

—Eso no lo sabes, Brooke. No eres vidente —rebate Jenna con su franqueza habitual—. Y puede ser que sea él quien te lastime a ti. El riesgo es parte del trato.

—Por eso mismo. No quiero sufrir más. He tenido suficiente dolor para tres vidas —suelto un suspiro tembloroso—.

Mirad, chicas, yo no creo en esas escenas de las películas románticas donde ves al chico que te gusta caminando hacia ti a cámara lenta mientras suena una música perfecta.

La realidad no tiene banda sonora. Cada día me maldigo a mí misma por ser tan tonta, por haber bajado la guardia y haberle permitido entrar así en mi vida.

Siempre he sido una chica de relaciones superfluas, de esas que no dejan cicatriz porque ni siquiera llegan a tocar la piel.

Pero Jackson… Jackson no es así. Él va directo al alma.

Además, tengo la experiencia de mis padres, vi de cerca lo mucho que sufrieron y no estoy dispuesta a pasar por el mismo infierno que pasó mi madre.

Jenna se mantiene en silencio ahora, y por la sombra que cruza sus ojos, supongo que a ella le sucede algo parecido cuando los sentimientos entran en la ecuación.

Incluso Candy parece ensombrecerse por un instante.

Me doy cuenta de que, si de verdad son mis amigas, debo empezar a mirar más allá de mi propio ombligo y preocuparme por saber qué les da miedo a ellas, cuáles son los sueños que guardan bajo llave.

Candy rompe el silencio con una voz suave, casi maternal.

—Brooke, cariño, tu madre y tú sois distintas. Tienes que dejar de una vez de compararte con los demás, especialmente con ella. Y según lo que nos has contado, la relación que tuvo Tiffany con el señor Collins no es precisamente el manual más fiable para aprender qué es el amor.

¿Amor? La palabra resuena en la cocina como un trueno.

¿Quién ha hablado de amor? Yo no. Me niego.

Es cierto que hasta ahora nunca he experimentado tal sentimiento.

Mi vida amorosa ha estado siempre en una especie de limbo, perdida en un vacío aséptico, presa de una zona sin color donde nadie podía tocarme realmente.

Recuerdo que, en mi adolescencia, cuando los chicos empezaron a ser algo más que amigos, mi madre solía soltarme perlas de sabiduría que a mí me sonaban a frases de algún libro barato de autoayuda.

Lo repetía constantemente, como un mantra, quizás para convencerme a mí o para recordárselo a ella misma en sus noches de insomnio.

Decía: «La vida real no es tan idílica, Brooke. El amor llega y te atropella, intenta curarte, recomponerte y, cuando crees que ya podrás amar de nuevo, te atropella otra vez y todavía más fuerte».

¿Así que para qué querría algo así en mi vida? ¿Quién busca ser atropellado por esa misma farsa? Además… yo no estoy enamorada. ¿Verdad? No puedo estarlo. El amor es destrucción, y yo ni si quiera he empezado a reconstruirme.

—Creo que deberías dejar de tener miedo de lo que puede salir mal y comenzar a emocionarte por lo que pueda salir bien —añade Candy con una sonrisa alentadora.

—En eso le doy toda la razón —Jenna vuelve a señalarla, recuperando su empuje—. ¿Por qué no vas a buscarlo?

—¿A quién? —pregunto, fingiendo demencia.

—A Jackson, ¿a quién va a ser? Al que te tiene con esa cara de «quiero salir huyendo», pero con los ojos gritando que te mueres por besarlo.

Niego varias veces con la cabeza, sintiendo cómo el pánico me oprime la garganta.

—No querrá verme —susurro, bajando la vista a mis manos—. Después de lo de anoche… se fue convencido de que sigo siendo aquella extraña hostil y esquiva que se bajó del coche el primer día, incapaz de tolerar que alguien intente cuidarla. Me vio romperme y, aun así, lo eché de mi lado.

—Eso no lo sabes, Brooke. Además, por lo que nos has contado, él te conoce mejor de lo que crees.

El eco de unos pasos lentos y pesados resuena en el pasillo, cortando el hilo de la conversación. La silueta de mi abuelo aparece en el umbral de la cocina, trayendo consigo ese aire de calma que solo él posee.

—Oh, queridas, ¿qué hacéis aquí encerradas en lugar de estar por ahí divirtiéndoos? —pregunta con un brillo pícaro en los ojos.

Mis amigas se levantan al instante. Ver cómo se acercan a él para darle un abrazo lleno de afecto me confirma lo mucho que lo aprecian. En este pueblo, el abuelo es un pilar, y ellas lo tratan con una devoción que me conmueve.

—Hemos venido a ver a su nieta, que nos tenía abandonadas —anuncia Jenna con una sonrisa.

—¿Y usted qué tal se encuentra, señor Collins? —indaga Candy con cariño.

—Estoy maravillosamente bien, preciosa —responde él, dándole una palmadita afectuosa en la mano. Seguidamente, le acaricia la mejilla a Jenna y sonríe con esa vitalidad que me desconcierta—. Mejor que nunca.

Cada vez estoy más convencida de que a este hombre no le ocurre nada. No hay rastro de enfermedad, ni de debilidad; lo más probable es que tenga el corazón y los pulmones más fuertes que los míos. Ha sido una estrategia, una bendita y manipuladora estrategia para traerme aquí.

—Nosotras ya nos íbamos —mis amigas se giran y me dedican una última mirada cargada de intención—. Piensa en lo que hemos hablado, Brooke. No dejes que el miedo decida por ti. Te llamamos después, ¿vale?

Asiento, todavía procesando todo, y las veo marcharse. Me quedo a solas con el abuelo y el silencio vuelve a inundar la cocina, pero esta vez es un silencio distinto. Pesado. Importante.

Cuando voy a despedirme de él para ir en busca de Jackson —o quizás para huir a mi habitación a pensar—, su voz me detiene en seco.

—Brooke, siéntate. Tenemos que hablar.

El tono dulce y tierno de siempre ha desaparecido. Ha tomado un cariz autoritario, imperioso. Es la voz del hombre que ha gobernado estas tierras durante décadas. Me recuerda a cuando era una niña y hacía alguna trastada que requería una reprimenda; esa autoridad que no admite réplicas.

Le obedezco, sintiendo cómo el vello de mis brazos se eriza. Me siento frente a él, quedando a la espera de sus palabras, sabiendo que lo que sea que tenga que decirme, va a remover todo cuanto creo saber.