Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Estoy tan absorta en el trabajo que pego un respingo cuando unos golpes secos resuenan en la puerta. El silencio de la casa, que hace un momento me parecía un refugio, de pronto se siente cargado. Viendo que nadie va a abrir, me levanto del sillón frente a la chimenea.

Estas últimas semanas el clima ha empezado a dar un giro evidente.

El aire ya no es esa brisa suave de las tardes anteriores; ahora el frío se ha vuelto más afilado, más persistente, recordándonos que el invierno está esperando a la vuelta de la esquina.

Por eso, decidí levantarme muy temprano.

El cambio de temperatura se nota especialmente al alba, así que encendí la chimenea para caldear el salón y desayuné allí, aprovechando esos momentos de soledad para avanzar con la campaña de primavera.

La de Navidad ya está cerrada, salvo por algunos retoques de última hora que mandé ayer mismo.

Ahora me toca ponerme manos a la obra con la próxima temporada; este trabajo exige anticiparse meses a la realidad para que, cuando llegue el momento, todo esté perfecto.

Resulta curioso estar rodeada de bocetos de flores y tejidos livianos mientras busco el calor del fuego, pero esa es la única forma de que los plazos encajen.

Justo cuando salgo al pasillo, me topo con mi padre.

Tiene una mano en el pomo de la puerta y se queda petrificado al verme.

Durante unos segundos, el aire entre nosotros se vuelve irrespirable.

No sabría decir con exactitud qué me provoca verlo.

Es un cóctel amargo de enfado, nostalgia y furia, aderezado con un miedo que me encoge el estómago y, muy en el fondo, una pizca de alegría patética por el simple hecho de haber cruzado nuestras miradas.

Nos hemos estado rehuyendo como si el otro fuera una enfermedad contagiosa.

Creo que nunca estaré preparada para afrontar esta situación; duele con demasiada intensidad.

Pero las palabras de Jackson de anoche resuenan en mi cabeza: «Él puede tener las respuestas que buscas».

Me armo de un valor que no poseo, me aclaro la garganta y hablo antes de que el nudo me lo impida.

—Oye, papá…

Vuelven a golpear la puerta. Veo cómo los nudillos de mi padre se vuelven blancos mientras aprieta el pomo con una fuerza desmedida. Sus hombros se tensan, convirtiéndose en una muralla infranqueable.

—Déjalo, Brooke.

Esas dos palabras se clavan en mi pecho como un puñal.

No hay rastro del hombre que me subía a hombros de pequeña.

Siento una punzada de rabia: él no tiene ningún derecho a estar enfadado.

Aquí la única que merece una explicación, la única que ha vivido dieciocho años en un vacío de silencio, soy yo.

Abre la puerta y, de inmediato, el silencio sepulcral de la casa es devorado por la energía de mis amigas. La incomodidad se esfuma, o más bien, se desplaza hacia los rincones de esta casa, esperando paciente.

—¿Se puede saber dónde te metes? —Candy se lanza sobre mí con un abrazo que huele a café y a vainilla.

—Nos tenías preocupadas. Llevamos días sin señales de vida y pasas olímpicamente de nuestras llamadas —añade Jenna, cruzándose de brazos con esa expresión de «estoy muy enfadada, pero te quiero» que tanto la caracteriza.

—Chicas… haced como si estuvierais en vuestra casa —interviene mi padre. No sé si lo dice con amabilidad o con un sarcasmo velado. Me resulta imposible descifrarlo; ya no me sirve el recuerdo borroso que tengo de él. El hombre frente a mí es un extraño con mi mismo apellido.

—Oh, señor Collins, perdón —Candy lo saluda con un gesto rápido.

—Buenos días, señor Collins —dice Jenna con una sonrisa forzada.

—Hasta luego —se limita a responder él, dando un paso hacia la salida.

—Espera, ¿adónde vas? —me arrebujo bajo la rebeca, abrazándome a mí misma como si pudiera retener el calor que su frialdad me ha robado.

—Por ahí. A cualquier sitio que esté lejos de aquí —suelta sin mirarme. Es la conversación más larga que hemos tenido en meses y me deja un sabor amargo en la boca.

—¿Podríamos hablar cuando regreses? —insisto, haciendo un último esfuerzo.

—No tenemos nada de qué hablar. Hace mucho que decidiste que fuera así y lo acepto.

La puerta se cierra tras él con un golpe seco que retumba en las paredes. Me quedo mirando la madera oscura, con la mente a mil por hora. ¿Que yo decidí que fuera así? ¿De qué demonios está hablando?

—¿Qué ha sido eso? —la mano de Jenna en mi brazo me devuelve al presente.

—¿Estás bien, Brooke? —Candy se acerca, escaneando mi rostro.

Tardo unos segundos en reaccionar, en bajar de la nube de confusión en la que me ha dejado mi padre.

—Sí, sí. Tranquilas, estoy bien. Es solo que… no importa. ¿Qué hacéis aquí tan temprano? ¿Queréis café?

—Sí, por favor —suplica Jenna, dejándose caer en una de las sillas—. Anoche salimos a dar una vuelta y se nos hizo bastante tarde. Esta mañana Candy me ha obligado a levantarme para venir y ni siquiera me ha dejado desayunar.

Cabeceo sonriente mientras nos encaminamos hacia la cocina. El bullicio de sus voces es el antídoto perfecto para el frío que me ha dejado mi padre en el cuerpo.

—No seas exagerada —le reprocha Candy con una sonrisilla—. Es que eres una dormilona; si por ti fuera, te habrías levantado al atardecer.

—Lo más probable —Jenna hace un mohín y se encoge de hombros, divertida.

Las siguientes horas se nos pasan entre charla, risas y el aroma del café recién hecho.

Sin embargo, en los silencios, una parte de mí se siente culpable.

Últimamente he intentado alejarme poco a poco de todo esto —de la rutina del rancho, de las risas con ellas, de Jackson— solo por miedo.

Porque sí, tengo miedo de echar raíces en una tierra que se supone que no me pertenece.

Sé que, tarde o temprano, tengo que volver a Chicago; mi madre se encarga de recordármelo en cada una de las breves llamadas que hemos tenido desde que le solté la bomba de que el rancho ahora es de mi propiedad.

Me da pánico que, si sigo viviendo aquí como si este fuera mi verdadero hogar, el día que me marche me deje la mitad del alma aquí.

Según mi madre, mi prioridad ahora debería ser hablar con el «mayoral» del rancho para dejarle clara la nueva situación y cuáles son los planes de futuro para el lugar.

Lo que ella no sabe —y probablemente no entendería jamás— es lo que ha ocurrido entre el jefe de los vaqueros y yo.

Sé que pondría el grito en el cielo al enterarse de quién es realmente Jackson; me diría que cómo he podido caer tan bajo mezclándome con el servicio.

Pero para mí es todo lo contrario. Pasar tiempo con él ha sido lo más auténtico y maravilloso que me ha pasado en la vida.

Y, aunque me duela admitirlo después de nuestra despedida de anoche, le echo de menos hasta el punto de sentir un nudo constante en la boca del estómago que me quita el aire.

—Chicas, tengo que contaros algo —las interrumpo. Ambas se detienen en seco y me miran expectantes.

—¿Qué ocurre, Brooke? —Candy es la primera en preguntar, detectando el cambio en mi tono.

—Sabía yo que pasaba algo gordo… —añade Jenna.

Inspiro hondo, sintiendo el peso de las escrituras del rancho quemándome en la conciencia, y lo suelto de sopetón:

—El rancho es mío.

Parpadean confundidas, mirándose entre ellas como si esperaran un chiste que no llega.

—Ya… ¿Y? —Jenna frunce el ceño.

—No, no lo habéis entendido. El abuelo prácticamente me obligó a firmar. El rancho ahora es mío, legalmente. Soy la propietaria de cada hectárea.

Sus expresiones cambian radicalmente. Los ojos se les abren de par en par y una sonrisa enorme ilumina sus rostros.

—¡Pero eso es algo maravilloso, Brooke! —Candy estira las manos sobre la mesa y atrapa las mías, dándome calor—. Es tu herencia.

—¿Y por qué parece que te acaban de dar una sentencia de cárcel? —inquiere Jenna, cruzándose de brazos y analizando mi rostro.

—Pues… ¿porque qué demonios hago yo con un rancho? —exclamo, sintiendo la presión en el pecho—. No tengo ni idea de cómo funciona este negocio, me queda demasiado grande y, se supone, que mi vida no es esta.

—Ya… «tu vida» … —Jenna arrastra las palabras con un deje de ironía—. ¿Y cuál es tu vida exactamente, cielo?

Me quedo en silencio bajo sus miradas preocupadas mientras Candy me acaricia sutilmente el dorso de las manos con los pulgares.

—Brooke, cariño —Candy baja la voz—, ¿tú quieres volver a Chicago?

—Debo volver —respondo de inmediato.

—No te ha preguntado eso —suelta Jenna con un tono que roza la furia. Le duele que quiera huir, y ese dolor me empaña los ojos. Nunca me había sentido tan importante para alguien fuera de mi círculo familiar—. ¿Qué es lo que tú quieres?

—No lo sé… —confieso, y la honestidad me resulta aterradora—. No sé qué debo hacer, ni dónde quiero estar. No sé qué se espera de mí ahora que esta casa es mía. Me siento más perdida que el día que llegué.

—Bueno… Nadie te ha pedido que hagas nada drástico, ¿no?

—Mi madre sí —suelto en un susurro.

—Tu madre… —Jenna da un pequeño golpe en la mesa—.

Mira, espero que no te moleste, pero no conozco a esa mujer y ya me está tocando los ovarios.

¿Qué se cree, que eres una muñeca sin voluntad?

Tu vida la vives tú, Brooke. Eres la dueña de estas tierras y eres dueña de tu destino para hacer lo que te dé la real gana, siempre y cuando te haga feliz.

Miro a Candy buscando algo de moderación, pero ella alza las manos en señal de rendición.

—A mí no me mires. En el fondo, pienso exactamente igual que ella.

Suspiro y cierro los ojos, dejando que sus palabras calen hondo. Tienen razón. Por primera vez en mi vida, el mando lo tengo yo, aunque no sepa cómo usarlo.

—Vale, lo sé. Lleváis razón —admito al fin.

—¡Pues claro que la llevamos! —exclama Jenna, recuperando un poco su humor.

—Así que… ¿ahora eres la jefa de todos esos hombretones? —Candy eleva una ceja con picardía.

—Oh, sí —secunda Jenna dándole un codazo a su amiga—. Incluido ese vaquero que tú y yo sabemos.

Me da por reír. Es una risa liberadora.

—De hecho, os tengo que contar algo más —embebo los labios y me encojo de hombros, sintiendo que el calor me ruboriza las mejillas.

—Ay, madre, verás tú… —Candy se lleva la mano a la boca, emocionada.