Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 48
63%

Capítulo 48

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

No me pasa inadvertida la creciente tensión de mi cuerpo.

El silencio, acompañado por la suave melodía que mece el ambiente, baña la velada después de su confesión.

Me he dado cuenta de que con Jackson no tengo que obligarme a llenar los vacíos con frases huecas; su presencia es un idioma que hablo sin esfuerzo.

Disfruto de su cercanía, de la sutil fuerza de sus brazos al rodearme como si fuera un escudo contra el resto del mundo.

Siento sus largas piernas protegiendo mi cuerpo, su barba rozando mi pelo y el latir pausado de su corazón contra mi espalda.

Su mano, cálida y firme, descansa en la curva de mi rodilla, con sus dedos dibujando caracoles invisibles sobre la tela de mi vestido.

Es un momento perfecto, pero la perfección me sigue asustando. Nos quedamos así un rato más, embriagados por la belleza de un cielo que parece haber sido pintado solo para nosotros.

—¿Y cómo es la relación con tu madre? —la voz de Jackson rompe la burbuja.

Sé que desea conocerlo todo de mí, de la Brooke que ha vuelto, pero Tiffany es el último tema del que quiero hablar. Mencionar a mi madre aquí, en la pureza del rancho, es como dejar caer una gota de tinta negra en un vaso de agua cristalina.

Me aclaro la garganta, sintiendo cómo la rigidez vuelve a mis hombros.

—Pues… es difícil de explicar.

Me deshago de sus brazos con una brusquedad que me duele incluso a mí y me levanto para recoger la mesa.

Necesito moverme, necesito que mis manos hagan algo para que mi mente se detenga.

Jackson, siempre atento, sigue mis pasos y me ayuda en silencio.

Entramos en la cocina y deja los platos en el fregadero, esperando. Sabe que no he terminado de responder.

—Digamos que mi relación con Tiffany podría resumirse en una frase: ella impone y yo obedezco —digo, intentando sonar cínica para no sonar herida—.

Y, por supuesto, está el mandato de parecerme a ella en todo lo posible.

Debo seguir sus pasos, vestir su estilo y pensar como ella para convertirme en una mujer que triunfe.

En Chicago, yo no soy Brooke; soy el proyecto de Tiffany Brown.

—Esa no es una relación madre e hija —sentencia él, y su voz suena dura, casi protectora.

—Sinceramente, no lo sé. Es la única que conozco —me encojo de hombros, evitando su mirada.

Jackson clava sus ojos en mí y vuelvo a sentir esa sensación que me hace flaquear.

Él me escucha de un modo distinto. No es la escucha superficial de la gente con la que acostumbro a rodearme o la atención interesada de mi madre.

Jackson Moore me escucha con un interés auténtico, como si mis palabras fueran piezas de un mapa que intenta reconstruir.

—Desde que era una niña, viví con la convicción de que mi única función era satisfacerla.

Cuando nos marchamos de aquí y perdí a mi abuelo y a mi padre, sentí que perdía también la raíz de quién era.

El dolor siendo tan pequeña me quebró el corazón, paralizó mis sentimientos y destruyó mi alma.

Fue como si alguien hubiera arrancado una página de un libro justo cuando la historia se ponía interesante…

—resoplo, sintiendo el escozor en los ojos—.

Una página arrancada difícilmente puede volver a pegarse sin que se note la cicatriz.

Hago una pausa, apoyándome en la encimera.

—Crecí creyendo que era fácil de olvidar, de reemplazar… de no quererme. Me centré en hacer feliz a mi madre porque pensaba que, si era perfecta, ella no me dejaría también. Y desde entonces, su aprobación y Chicago han sido mi único mundo.

Suelto todo el aire retenido, sintiéndome vacía.

Observo cómo los labios de Jackson se contraen en una mueca de dolor.

Da unos pasos en mi dirección, invadiendo mi espacio con esa seguridad que irradia, y se planta frente a mí.

Tengo que elevar la mirada para encontrar sus ojos.

Me sostiene el rostro para acercarme a él, con una delicadeza que me hace temblar.

Sus labios apenas quedan separados de los míos por unos milímetros.

Aprieta la mandíbula, y el vello de su barba casi me roza la piel. Mi pulso se acelera de forma traicionera. Me obligo a recordar que él también me olvidó, que él también me dejó atrás. Sin embargo, hay una pregunta que me quema la lengua, un eco de la niña que aún vive en mí.

—¿Tan poco soy para la gente que es tan fácil olvidarme? —susurro, y la vulnerabilidad en mi voz me avergüenza.

—Ni se te ocurra pensar eso, ¿me oyes? —su tono es una orden cargada de ternura.

Una de sus manos desliza mi melena hacia atrás, recorriendo mi espalda con una caricia larga, mientras la otra se ahueca en mi mejilla. Por acto reflejo, inclino la cabeza buscando el refugio de su palma.

—Lo que no entiendes, pequeña, es que eres demasiado para la gente común. Por eso le quedas grande a la mayoría. Eres exclusiva en un mundo que se conforma con lo ordinario.

Una lágrima rueda por mi mejilla, pero antes de que pueda caer, el pulgar de Jackson ya la ha borrado.

—Solo tienes que decirme dónde te duele, Brooke, para amarte más ahí.

Y esa frase me rompe. Es un estallido silencioso que hace añicos todas las defensas que he tardado dieciocho años en construir.

Contengo el llanto desesperadamente, sintiendo cómo la garganta me quema, y me estampo contra su pecho, no como un abrazo, sino como un refugio, como una náufraga que por fin encuentra tierra firme.

Escondo mi cara en la calidez de su camisa, aspirando ese olor a bosque y a limpio que es mi único recuerdo constante de la felicidad.

Él me rodea al instante, sin dudar ni un segundo, apretándome con una fuerza que no me hace daño, sino que me sostiene para que no me desmorone por completo en el suelo de la cocina.

En la forma en que sus brazos me ciñen, en cómo su mano grande acuna mi nuca, me dice, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, que sabe perfectamente dónde me duele.

Sabe que me duele el abandono, que me duele la indiferencia de mi padre, que me duele la presión asfixiante de mi madre.

Siente cada nudo de mi dolor contra su propio cuerpo y, si yo le dejara, si tan solo tuviera el valor de soltar todo el lastre, sé que Jackson cargaría con cada parte de mi sufrimiento hasta que no quedara nada más que cenizas, aunque eso significara quemarse él mismo en el proceso.

Me ofrece una tregua que no sé si merezco, pero que mi alma grita por aceptar.

Pero el fantasma del pasado vuelve a cernirse sobre mí.

—Tú también lo hiciste, Jackson… —hipo contra su pecho, cerrando los puños sobre su ropa—. ¿Por qué te olvidaste de mí? ¿Por qué no me llamaste ni una sola vez? ¿Por qué no me escribiste? Si era tan especial… ¿por qué me dejaste sola en ese infierno?

Jackson me sujeta por los hombros y me separa lo justo para mirarme a los ojos. Frunce el ceño, confundido, y percibo cómo duda. De repente, alza las cejas, y sus ojos se abren como si una verdad terrible le estallara en la cara.

—Sí que lo hice, Brooke.

Sus palabras caen como una sentencia en el silencio de la cocina.

Me quedo paralizada, con el aire retenido en los pulmones, mientras el mundo que he construido durante dieciocho años empieza a agrietarse bajo mis pies.

Ahora soy yo quien junta las cejas, buscando en su rostro alguna señal de que está bromeando, de que esto es una cruel equivocación.

—Cada día de mi vida durante años. Hasta que llegó el momento en el que entendí que no querías saber nada de mí.

Siento un pitido en los oídos. Niego con la cabeza, una y otra vez, mientras el corazón me golpea con violencia contra las costillas.

—¿Qué? —mi voz es un susurro roto—. No… no puede ser. Debiste equivocarte, Jackson. Llamar al número incorrecto, escribir a la dirección errónea… yo… yo siempre estuve allí. Pasé meses pegada al teléfono, Jackson. Años revisando el buzón hasta que se me agotó la esperanza. Siempre quise saber de ti.

Jackson agacha la cabeza, desanimado, y empieza a cabecear lentamente.

Hay una sombra de entendimiento en sus ojos, una sospecha oscura y pesada que yo no consigo alcanzar a comprender del todo.

Vuelve a estrecharme contra él, como si quisiera protegerme del impacto de la verdad que está empezando a emerger.

Cuela su nariz en mi pelo e inspira profundamente, aferrándose a mi aroma mientras yo me estremezco, suspendida en un limbo de confusión y dolor.

—Deberías hablar con tu padre, pequeña —susurra contra mi sien. Sus palabras vibran en mi piel, cargadas de una advertencia que me hiela la sangre.

Me separo de él con un movimiento brusco, con el ceño fruncido y la respiración agitada, sintiendo cómo la ira empieza a filtrarse entre las grietas de mi tristeza.

—¿A qué viene tanto interés por que hable con él? —pregunto, sintiendo cómo la duda se me instala en el pecho y lo envenena todo.

Él me sostiene ahora de ambas manos, anclándome para que no salga huyendo.

—Tan solo pienso que sería lo mejor. Creo que os merecéis una segunda oportunidad para aclarar ciertos asuntos, Brooke. Él… él puede tener las respuestas que tanto buscas. Las respuestas sobre por qué creías que nadie te buscaba.

—Pues ese hombre no quiere saber nada de mí —replico, y el veneno de la amargura me quema la garganta—.

Me ha estado esquivando estos meses, huyendo de mí por los rincones de este rancho como si mi presencia le diera asco.

No pienso ir detrás de él mendigando su tiempo ni mucho menos un amor que claramente no siente.

Si él decidió borrarme de su vida aquel día que nos fuimos, yo he aprendido a hacer lo mismo con él.

Me suelto de su agarre con un movimiento violento.

Necesito orden, necesito control, necesito que mis manos se muevan para que mi cabeza no estalle.

Me afano en recoger la cocina, moviendo platos y vasos con una urgencia maníaca mientras le doy la espalda.

Las lágrimas me nublan la vista, pero me niego a que caigan delante de él.

Siento su presencia a escasos centímetros, esa calidez que me tienta a darme la vuelta y rendirme, pero la rabia es ahora un escudo necesario.

Estoy harta de todo. De este nudo en el estómago que no me deja respirar y de esta confusión que me nubla la vista.

Me siento como si estuviera caminando sobre arenas movedizas; cuanto más intento entender qué pasó en el pasado, más me hundo en una historia que no reconozco.

No sé quién miente, no sé qué recuerdos son reales y cuáles son solo cicatrices que me inventé para sobrevivir a aquel dolor.

Siento que no puedo más. Mi mente es un ruido constante de preguntas sin respuesta y lo único que necesito es un respiro, un segundo de silencio absoluto para pensar con claridad y encontrar, de una vez por todas, una señal que me diga qué demonios estoy haciendo con mi vida.

—Brooke, déjame ayudarte —la voz de Jackson está demasiado cerca. Sin que me dé cuenta, intenta quitarme los platos de las manos.

—Déjalo. Puedo hacerlo sola —se los arrebato de nuevo, y el sonido de la porcelana chocando suena como un grito en la cocina—. Necesito estar sola, Jackson. Por favor.

Trago con dificultad cuando mis ojos encuentran los suyos.

Él suelta el aire en un suspiro que parece arrancado de lo más profundo de su pecho.

Se echa el pelo hacia atrás y apoya las manos en las caderas, observándome con una mezcla de impotencia y ternura que me deshace por completo.

Me contempla en silencio, debatiéndose entre sus ganas de cuidarme y su respeto por mi espacio.

Sé que me dará lo que le pido, aunque le duela.

Y la verdad es que yo siempre he sabido cuidarme sola. Es lo único que me enseñaron bien.

—Por favor —vuelvo a suplicar, con una voz tan débil y ahogada que ni siquiera parece la mía.

—De acuerdo —dice al fin. Comienza a alejarse por el pasillo, pero se detiene antes de desaparecer—.

Solo una cosa… Permítete vivir, Brooke. Has pasado demasiado tiempo a la sombra de los demás, intentando ser el reflejo de lo que ellos querían.

Hazte un favor: dale un abrazo a la niña que fuiste y otro a la mujer en la que te has convertido. Te lo debes.

La punzada en mi pecho es tan fuerte que me obliga a cerrar los ojos.

—Y cuando lo hagas —continúa su voz desde la penumbra—, deja de compararte con Tiffany o con cualquiera que creas que es mejor que tú. La única comparación que importa es la que hagas contigo misma. Los que te amamos de verdad… solo queremos verte a ti. Sin máscaras.

Aprieto los labios, forzándome a mantener el tipo.

«No llores ahora. No todavía».

—Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy. Siempre he estado en el mismo lugar, Brooke. Esperando a que volvieras.

Acto seguido desaparece, y su ausencia pesa más que su presencia.

Me quedo mirando al vacío, a ese punto difuso en la penumbra de la cocina donde hace un segundo estaba él.

Sus palabras no se desvanecen; se quedan suspendidas en el aire, densas, gravitando a mi alrededor como una verdad que me niego a aceptar, pero que ya no puedo ignorar.

«Siempre he estado en el mismo lugar».

Esa frase se me clava en el pecho como una espina.

Y ahora sí, derrotada por el peso de una realidad que me viene grande, siento que las fuerzas me abandonan en un suspiro.

Mis piernas ceden ante el peso de mi propia historia.

Me deslizo lentamente hacia abajo, con la espalda rozando la madera del mueble, hasta que el frío del suelo me golpea.

Acabo sentada en los tablones, abrazándome las rodillas con una desesperación casi infantil, intentando mantener unidos los pedazos de mi alma que amenazan con desparramarse por toda la cocina.

Las lágrimas caen sin previo aviso, saliendo a borbotones como si una presa se hubiera vuelto a romper.

Es una racha de sollozos violentos que no puedo frenar; me sacude los hombros y me obliga a tragar aire a bocanadas.

Lloro por el ahora, por la confusión que me asfixia y por el calor de Jackson que todavía siento en mi piel; lloro por el ayer, por todas las cartas que nunca llegaron, por las llamadas que el silencio se tragó y por la niña que creció creyendo que no era suficiente para que nadie se quedara.

Y lloro, sobre todo, por un futuro incierto, por el miedo cerval a descubrir que mi vida entera ha sido un guion escrito por otros y por no saber quién demonios soy si dejo de ser la hija perfecta de Tiffany Brown.

En la soledad de la cocina, rodeada del eco de las verdades de Jackson, me abandono a la deriva de mi propio dolor, sintiendo que, por primera vez, este es el único lugar seguro donde puedo permitirme estar rota.