Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

No puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa al contemplarla a mi lado.

—Nunca supe quién fue mi padre —comienzo, y noto cómo las palabras se me atascan en la garganta, espesas y difíciles—.

Mi madre salió con un tipo que estaba metido en drogas.

Él la arrastró a ese mundo y, en cuanto se enteró de que estaba embarazada, la dejó tirada en un callejón.

A veces… —hago una pausa, apretando la copa— a veces llegué a pensar que hubiera sido mejor que ella se deshiciera de mí. Así no habría tenido que ver lo que vi.

Brooke no dice nada, pero siento su respiración agitada a mi lado.

—Estábamos en la mierda absoluta. Ella no trabajaba, las facturas se amontonaban y yo era solo un niño con hambre.

Apenas pudo cuidarme los dos primeros años.

No sé ni cómo sobreviví. Ella vivía para su adicción, consumiéndose cada día más…

consumiéndome a mí en su vicio. Nunca hizo nada por cambiar.

Ni por ella, ni por su hijo. Así que aprendí a valerme por mí mismo incluso antes de saber leer.

Veo cómo Brooke junta las cejas, su rostro reflejando una angustia tan real que casi puedo verla sufrir por el niño que fui; no quiero que mi historia ensucie su noche.

—¿Cómo saliste adelante? —pregunta, y su voz es apenas un susurro.

—Me echaba a la calle —confieso, y la vergüenza de aquel niño vuelve a mí—.

Me acercaba a los turistas y les robaba lo que podía mientras les soltaba alguna mentira para dar lástima.

Con ese dinero iba al supermercado y compraba algo de comer para los dos.

Otras veces, simplemente me sentaba en una esquina con un cartel y esperaba a que algún alma caritativa soltara unas monedas.

Trago el nudo que tengo en la garganta. No me duele el recuerdo, pero me entristece la miseria de ese crío que solo quería un trozo de pan y un poco de cariño.

—Hasta que alguien del barrio avisó a asuntos sociales. Ya te imaginas el resto —me encojo de hombros, dando otro sorbo al vino.

—Vaya. Lo siento mucho, Jackson. De verdad.

—No tienes nada que sentir, Brooke. Tú no estabas allí. Tú no eras la que se chutaba mientras su hijo lloraba en un rincón.

—Ya, pero… me duele que tuvieras que pasar por eso solo.

Giro la cabeza hacia ella. Tiene los ojos empañados, brillando bajo la luz de las velas.

—Eh, mírame —le digo con suavidad—. Gracias a todo ese horror acabé aquí. Con Emily y Robert. Y contigo. Eso lo compensa todo.

Me pierdo en su mirada un momento. Ella parece más interesada en mi pasado que en nosotros, quizás porque es más fácil hablar de heridas viejas que de las nuevas.

—¿Y cómo acabaste en Montana?

—Pasé por varias casas de acogida antes de que los Moore me salvaran la vida.

La mayoría de esos lugares no eran hogares, Brooke; eran simples negocios.

Aquella gente solo nos quería por el cheque que enviaba el Estado a fin de mes.

Para ellos, yo no tenía nombre ni cara; era solo una boca más que alimentar y un estorbo que aguantar.

Me hacían sentir que, si mañana no despertaba, lo único que lamentarían sería perder el dinero.

Fue la misma mierda que con mi madre, a veces incluso peor, porque al menos con ella había un lazo de sangre, aunque estuviera podrido.

Allí no había nada. Ni un gesto, ni una palabra amable, ni un rastro de cariño que nos recordara que éramos niños y no simples números en un expediente.

Brooke suelta un suspiro tembloroso y se abraza a sí misma. Sé que es por la pena que siente por mí. Odio entristecerla, pero la historia ya tiene que salir completa, porque ahora viene la mejor parte.

—Hasta que un buen día, asuntos sociales me trajo aquí y Emily y Robert me acogieron.

Vivir con ellos fue algo nuevo en todos los sentidos.

Brooke, era como aprender a respirar en un mundo que ya no olía a miedo.

Al principio, me comportaba como un animal herido; estaba reacio a cogerles el más mínimo cariño o a dejar que se acercaran demasiado.

Me detengo un segundo y aprieto la copa de vino entre mis manos, sintiendo el cristal frío contra mis palmas. Trago saliva, luchando contra la opresión que todavía me sube por la garganta al recordar al crío que fui.

—En mi cabeza, la cuenta atrás ya había empezado —continúo, y mi voz suena más ronca de lo habitual—.

Estaba convencido de que, en cuanto cometiera el primer error o simplemente se cansaran de mí, tarde o temprano acabaría marchándome de nuevo, con mi vida metida en una bolsa de basura como tantas otras veces.

Guardo silencio y me obligo a soltar un poco de aire.

El viento de la noche agita las llamas de las velas y las sombras bailan en las paredes de madera del porche, subrayando el vacío de mis palabras.

No me atrevo a mirarla de frente. Me da miedo ver en sus ojos esa lástima que tanto detestaba de pequeño, pero cuando noto el roce suave de su mano en mi hombro, algo en mi pecho se destensa.

Es un contacto ligero, casi temeroso, pero me llega como una descarga eléctrica.

Brooke no dice nada, no hace falta. Siento su respiración contenida a mi lado y sé que, por primera vez, alguien está viendo las cicatrices que siempre intenté ocultar.

Me quedo ahí, dejando que el calor de su palma atraviese mi camisa, disfrutando de ese silencio que ya no sabe a la soledad que experimenté cuando era niño, sino a una extraña clase de refugio.

Doy un largo trago de vino, aclarando el nudo de mi garganta, y retomo el hilo de mi historia.

—Pero ellos no se rindieron. Mi gran sorpresa fue que, al poco tiempo, cuando yo aún esperaba el golpe o el rechazo, ambos me sentaron en el salón y me dijeron que querían adoptarme legalmente.

No querían ser mis tutores, querían ser mis padres.

Querían que este fuera mi sitio para siempre.

En ese momento, algo dentro de mí se rompió y se curó a la vez.

Se convirtieron en mis padres de verdad, en las primeras personas que me miraron y decidieron que yo era alguien por quien valía la pena luchar.

—Son los mejores padres que podrías haber tenido —dice ella con convicción.

—Totalmente. Son mi vida entera.

—¿Supiste algo más de tu madre biológica?

—Falleció hace años —respondo con un encogimiento de hombros—. La verdad es que no me importó. Nunca fue una madre, y su muerte no dejó un vacío. El verdadero vacío lo llenó la familia que elegí.

Brooke alza la cara hacia el cielo, respirando el aire puro de la montaña. Cierra los ojos y una sonrisa dulce, sincera, empieza a dibujarse en sus labios. Es la sonrisa que me estruja el corazón cada vez que la veo. La que me hace sentir que el mundo vuelve a girar en la dirección correcta.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? —pregunta sin abrir los ojos.

—Claro que me acuerdo. Recuerdo cada segundo que tenga que ver contigo, Brooke.

—Acompañé al abuelo a vuestra casa aquella mañana de Navidad —recuerda, y su voz se vuelve más dulce al evocar la escena—.

Mi familia quería tener un detalle con vosotros, ya sabes cómo es el abuelo con las tradiciones.

En cuanto Emily abrió la puerta, te vi allí detrás.

Sabía que llevabas apenas un mes viviendo con ellos; te había visto merodear por los alrededores un par de veces desde la valla, pero nunca reparabas en mí, por mucho que yo intentara llamar tu atención con cualquier tontería.

Eras como un fantasma que no quería ser visto.

Suelta una pequeña carcajada, de esas que consiguen restarle peso a todo lo demás y te hacen sentir en casa.

—Así que ese día convencí al abuelo para que me dejara ir con él. Estaba decidida a que me miraras, Jackson. No te ibas a librar de mí tan fácilmente.

—Sí —me río yo también, recordando la escena—. Entraste en mi casa como si fueras la dueña, te presentaste y me tiraste de la manga del jersey para que fuera contigo a ver a los animales. No me diste opción.

—Pudiste haberte negado —dice ella, encogiéndose de hombros, divertida.

—Cierto. Pero no lo hice. Y con la primera sonrisa que me dedicaste…

joder, Brooke, me llenaste los ojos de un amor que no sabía que existía.

En medio de todo el horror de mi vida anterior, apareciste tú.

No te diré que mi mundo se arregló mágicamente, pero de repente, todo lo demás me dio igual porque estabas tú.

Me acerco un poco más a ella, dejando que mis palabras fluyan desde lo más hondo.

—Tuve la mayor suerte del mundo al conocerte. Jamás pensé encontrar un corazón tan bonito como el tuyo después de todo lo que el mundo me había enseñado. Y, ¿sabes una cosa?

—¿Qué? —me pregunta, clavando su mirada curiosa en la mía.

—Tú fuiste la manera más hermosa que tuvo la vida para decirme: «Aquí tienes, te lo merecías».

Contigo aprendí lo que era la adrenalina, saboreé la felicidad solo con tu presencia.

Me enseñaste a ver el mundo a través de tus ojos, Brooke…

hasta que te fuiste. Y, entonces, volví a verlo todo desde los míos. Todo se volvió un poco más gris.

Ella se ajusta la rebeca, bajando la mirada, y yo me muevo por instinto.

—Ven aquí —le digo, tirando de ella con suavidad para colocarla entre mis piernas.

Me sorprende y me maravilla que no se resista. La envuelvo con mis brazos y mis muslos, sintiendo su calor contra el mío. Le planto un beso en la coronilla, aspirando el aroma de su pelo, y apoyo el mentón en su sien.

La ciño contra mi cuerpo como si fuera el tesoro más valioso del mundo, el único que de verdad importa proteger, mientras me pierdo en la fragancia de su perfume y en el latido de su corazón, que por fin parece ir acompasado con el mío.