Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Livingston, Montana

Noviembre

—Jackson—

Las velas parpadean, luchando contra la brisa nocturna, y el calor del hogar empieza a caldearme los huesos en cuanto pongo un pie en el porche trasero.

Una canción suena de fondo y, aunque el volumen es apenas un susurro, consigo oír a Brooke tarareando al compás de la melodía country.

Se mueve con tal naturalidad que me obliga a detener el paso, hipnotizado.

Mientras la observo en esa fracción de segundo, antes de que note mi presencia, mi mente traicionera se escapa hacia un futuro que deseo: imagino lo que sería una vida entera junto a ella.

Porque la escena que contemplo es tan cálida, tan familiar, que siento un nudo de anhelo en la garganta.

Creo que sería el hombre más feliz sobre la faz de la tierra si pudiera compartir cada amanecer y cada silencio con Brooke.

El corazón me late desbocado, golpeando mis costillas como si exigiera una respuesta que ya no puedo negarle.

Me detengo a observarla. Algunos mechones rebeldes le caen con suavidad sobre su cuello, esa piel que parece de porcelana bajo la luz ámbar.

Prácticamente no se ha maquillado, pero no lo necesita; sus labios son perfectos, sus mejillas están encendidas por un rubor natural y luce más hermosa de lo que la he visto jamás.

No estoy seguro de si es por su belleza evidente o por la paz que emana esta escena, pero siento una presión dulce y arrolladora en el centro del pecho.

Se queda quieta al verme, mirándome a través de la mosquitera con una expresión indescifrable. Al ver que no reacciona, despierto de mi trance y decido romper el hielo.

—Hola, pequeña —me acerco a ella, sintiendo cómo el aire cambia cuando estoy a su lado.

Agarro la fuente por donde ella la sostenía para evitar que se queme y, antes de que pueda decir nada, me inclino y le planto un beso suave en la mejilla.

Huele a ella, a ese perfume que me persigue en sueños.

Le dedico una sonrisa rápida y salgo al porche de inmediato.

No quiero darle tiempo a que analice mi atrevimiento ni a que se blinde detrás de su coraza antes de empezar.

En cuanto sale tras de mí, su voz rompe el silencio del campo.

—¿Qué tal el día? —pregunta mientras sirve el vino.

Es inevitable no fijarme en sus dedos, en la delicadeza con la que se mueve. Observo cómo se coloca un mechón tras la oreja con un gesto nervioso y cómo sus ojos, los mismos que me nublan el juicio con solo mirarme, intentan esquivar los míos a toda costa.

—Bien. Prefiero mil veces partirme el lomo trabajando aquí que lidiar con la clientela de ese condenado Café —respondo con sinceridad.

Brooke sonríe de medio lado, seguramente pensando en el caos que habrá dejado atrás su amiga al pedirnos el favor.

—La verdad es que Candy tiene el cielo ganado —dice, señalándome la silla que está a mi lado—. Siéntate.

Obedezco, sintiendo la madera bajo mi cuerpo, y espero a que ella haga lo mismo. Hay una tensión eléctrica entre nosotros que el vino no logra aplacar.

—¿Y tu padre y tu abuelo? —pregunto, haciendo una pequeña mueca por el interés mientras ella reparte la ensalada.

—El abuelo ha preferido cenar antes y se ha retirado a su habitación. Y mi padre… pues la verdad es que no sé dónde está. Nos llevamos evitando desde que llegué.

Frunzo el ceño al escuchar eso. Conozco a Ted, y sé que el dolor a veces nos vuelve cobardes, pero no debería actuar así con ella.

—¿Has intentado hablar con él? —pregunto con cautela.

—No. Ya te he dicho que nos evitamos.

—Pues creo que deberíais hacerlo, Brooke. Los silencios solo cavan fosas más profundas.

—Ya, bueno… Algún día —responde ella, zanjando el asunto con una sequedad tan tajante que me deja sin margen para replicar.

No quiero que esté triste. No esta noche. Lo que más deseo es verla disfrutar, ver cómo el brillo regresa a su mirada.

—Así que eres una cocinillas —digo para cambiar de tema—. Esto huele demasiado bien.

Me meto el primer bocado de asado en la boca y cierro los ojos. El sabor es increíble, casero, reconfortante. Sonrío al ver cómo me observa, esperando mi veredicto.

—No me ha quedado más remedio —confiesa ella con una risa amarga—. Mamá no es que fuera una gran cocinera. Aprendí rápido a apañármelas por mi cuenta si no quería morir de hambre.

—Siempre te gustó.

—¿Cocinar? —pregunta, arqueando una ceja, como si no creyera que yo guardo cada detalle de su infancia en mi memoria como un tesoro prohibido que nadie me puede arrebatar.

—La cocina en sí —vuelvo a sonreír, dejando que los recuerdos nos envuelvan—. Te pasabas horas con mi madre probando recetas, manchándote de harina, preparando dulces…

—Sí, me acuerdo —ahora su sonrisa llega a sus ojos, y es el espectáculo más bonito del mundo.

—Sobre todo tartas, bizcochos… y el chocolate —añado, recorriéndola con la mirada, disfrutando de cómo se relaja—.

Cada noche, antes de marcharte cuando tu padre te recogía, te colabas en la cocina sin que nadie te viera y te llevabas una porción de bizcocho recién horneado o te comías un trozo de chocolate de la despensa.

Elevo una comisura mientras ella me escucha con atención, navegando por su propio pasado.

—Pensabas que nadie se enteraba. Que nadie se daba cuenta. Pero yo sí.

—Vaya… Al parecer no era tan hábil como imaginaba —dice, cabeceando divertida, y por un momento vuelve a ser esa niña traviesa—.

Pero si sabías que os mangaba comida, ¿por qué no la escondíais?

Con que la hubierais guardado en un armario más alto, fuera de mi alcance…

—su voz se vuelve un poco nerviosa, sonrojada por el recuerdo de sus pequeñas fechorías.

—Porque sabía cuánto te gustaba —confieso, bajando el tono de voz—. Y cada noche obligaba a mi madre a que lo siguiera dejando allí, solo para ti.

Brooke abre mucho los ojos y traga con lentitud, como si intentara asimilar el peso de mis palabras. Desde que entró en mi vida, nunca supe decir que no a nada que tuviera que ver con su felicidad. Ni siquiera cuando éramos niños.

A mis palabras les sigue un silencio largo, pero esta vez no es incómodo. Es un silencio cargado de todo lo que perdimos al separarnos, de los años que nos robaron y que ahora pesan entre los dos como una losa.

Desvío la mirada hacia el prado, que la oscuridad empieza a devorar.

A lo lejos, los puntos de luz de la caseta de los vaqueros parpadean.

Si aguzas el oído, el aire te trae el rumor de risas lejanas y los acordes de una guitarra; Jefferson debe estar tocando algo triste y viejo mientras los demás beben whisky y juegan a las cartas.

—¿No has echado de menos algo tan inmenso como esto? —pregunto, señalando el horizonte.

Brooke alza la vista hacia las montañas oscuras, esas gigantes de piedra que guardan todos nuestros secretos. Es la extensión de tierra más preciosa del mundo.

—¿Puedo serte sincera, Jackson?

—Por favor.

Se queda pensativa un instante, recorriendo con la mirada la silueta de los pinos contra el cielo estrellado.

—No sabía que lo había echado de menos hasta que he vuelto a sentirlo.

Durante toda mi vida me he privado de los placeres sencillos porque me concentré en otras cosas «importantes».

O más bien, en lo que mi madre consideraba importante —hace una pausa y yo no me atrevo ni a respirar por miedo a romper el momento.

Siento que ha vivido en una jaula de cristal donde nadie se ha parado a mirar qué necesitaba ella realmente—.

No me di cuenta del vacío hasta que el anhelo de quién fui me produjo un dolor lacerante en el pecho.

Al escucharla, su propio dolor me contagia.

Si Brooke no se hubiera ido, si hubiera crecido aquí, sintiendo el olor a hierba mojada tras la tormenta, el roce del cuero en las manos y el pulso vibrante de un caballo bajo ella, esta tierra la habría moldeado de otra manera.

Sería más libre, menos esquiva, y yo no tendría este miedo atroz a volver a perderla.

Pero la veo ahí, tan frágil y tan fuerte a la vez, y sé que aún está a tiempo.

Ella carraspea al notar mi silencio y vuelve a mirarme. Sonríe fugazmente, esa máscara que se coloca para no quebrarse, y se levanta.

—Creo que iré a por el postre.

Le concedo esos minutos para que se recomponga.

Sé que romper el silencio duele y cansa; es como si te hubieran quitado una armadura que pesaba demasiado y ahora el aire quemara al rozarte.

Espero pacientemente hasta que vuelve con una cherry pie que huele a gloria.

La noto nerviosa, quizás arrepentida de haberme abierto esa ventana a su interior, pero yo solo puedo maravillarme.

Siempre fue así: una niña que cuestionaba el mundo, que miraba donde otros no veían nada.

Me alegra tanto que haya reconectado con esa pequeña Brooke…

Comemos en silencio. La música suave y el silbido leve del viento contra los cristales llenan el espacio.

Estar así con ella es mi estado natural; no necesito palabras vacías para sentirme cómodo.

Hasta que, de repente, levanta la vista.

Sus ojos, enormes y cargados de curiosidad, me taladran.

Es la misma mirada que me lanzaba hace años, esa que todavía es capaz de revolucionarme por dentro con solo un parpadeo.

Se aclara la garganta y deja los cubiertos sobre el plato.

—Jackson, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro. Todas las que quieras —respondo, acomodándome en la silla, preparándome para lo que venga.

—No recuerdo cuál fue el motivo por el que llegaste a Livingston. Quiero decir… Me dijiste que no tenías padres, pero nunca llegué a entender bien la situación. ¿Qué pasó exactamente?

Siento un pinchazo en la boca del estómago. Hacía años que no dejaba que esos recuerdos salieran de la caja fuerte donde los tengo guardados.

—Lo siento, no quería ser cotilla —dice ella rápidamente, al ver mi expresión—. No tienes por qué contármelo. Solo tenía curiosidad por esa época… por cuando te conocí.

—Tranquila —le digo, intentando que mi voz no suene tan tensa como me siento.

Me levanto, cojo mi copa de vino y camino hasta los escalones del porche.

Me siento allí, necesitando el aire frío de la noche.

Pego un sorbo largo y clavo la vista en el horizonte negro.

A los pocos segundos, siento su presencia a mi lado.

Brooke se sienta conmigo, arrullándose en su rebeca gruesa.