Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Esto es ridículo. Yo soy ridícula.

Me miro al espejo por décima vez en la última hora y me doy cuenta de que no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada.

He perdido la cuenta de las veces que me he cambiado de ropa; mi cama es un cementerio de perchas y prendas descartadas.

He pasado de outfits elegantes que gritaban «éxito y distancia» a otros más sencillos que parecían demasiado forzados.

Al final, la lógica se ha impuesto: vamos a tener una cena informal y estaremos en casa.

Mi casa. El lugar donde las máscaras deberían empezar a sobrar.

Por eso, la comodidad ha terminado ganando la batalla a la sofisticación.

También he librado una guerra interna sobre cómo organizar la velada.

Una parte de mí, esa que todavía se refugia en las apariencias para sentirse a salvo, me pedía seguir un protocolo estricto: hacerla dentro, en el salón, colocar una mantelería de lino y la cubertería fina heredada de una abuela que no llegué a conocer y que estaba escondida en un cajón,

encender velas…

Pero cada vez que imaginaba la escena, me sentía como una extraña en mi propio comedor.

Sería demasiado formal, demasiado… romántico.

Y lo que menos necesito ahora es añadir más presión a este nudo que tengo en el pecho.

Descarté la idea al instante porque, si algo he aprendido estos meses, es que con Jackson no tengo que aparentar algo que no soy. Él me ha visto en mis peores momentos y en los más auténticos; no necesito poner una mesa de revista para hablar con el único hombre que sabe leer mis silencios.

Así pues, he optado por algo real. Llevo un vestido suelto, largo hasta los tobillos, que se mueve conmigo, y una rebeca gordita y mullida encima para aguantar el frío nocturno de este lugar.

He dejado mi melena suelta, dejando que caiga sobre mis hombros sin orden alguno, y apenas me he maquillado.

Tan solo un toque de rubor para dar vida a mis mejillas y un poco de máscara de pestañas para despertar una mirada cansada.

Necesito ocultar, aunque sea un poco, que en los últimos días he llorado más que en toda mi vida.

No quiero que vea mi derrota en mis ojos antes de que hablemos.

En cuanto a la cena, he decidido que la sencillez es el mejor aliado.

He preparado una ensalada fresca, un poco de carne asada con verduras de la zona y un buen vino para acompañar.

Lo he dispuesto todo en el porche trasero.

He sacado la mesa de madera, he encendido la estufa de pie que coloqué hace una semana para caldear la zona y he repartido algunas velas por el suelo y los alféizares.

Sé que, a pesar de mis intentos por evitarlo, el ambiente tiene un matiz romántico inevitable, pero me hace sentir cómoda.

Por una vez, he decidido dejar de luchar contra el entorno y simplemente dejarme llevar.

Saco el asado del horno y el aroma inunda la cocina, dándome un segundo de paz.

Intento relajarme tarareando la canción que suena de fondo, Never Til Now de Ashley Cooke y Brett Young, pero mis manos tiemblan ligeramente al dejar la bandeja sobre la encimera.

Jackson debe estar al llegar y, maldita sea, estoy mucho más nerviosa de lo que me gustaría admitir.

Es esa clase de nerviosismo que te electriza la piel y te seca la boca.

Cuando estoy a punto de salir al porche con la cena, levanto la vista. El corazón me da un vuelco tan violento que casi dejo caer la bandeja.

Jackson ya está ahí.

Está de pie, al otro lado de la puerta mosquitera, en silencio.

No ha llamado, no ha hecho ruido; simplemente me observa a través de la red metálica con una intensidad que me obliga a coger aire y no soltarlo.

Me pregunto cuánto tiempo llevará ahí, mirándome mientras yo intentaba convencerme de que tenía el control de la situación.

Me quedo paralizada unos segundos, con los pulmones reclamando un oxígeno que no llega. Trago saliva, sintiendo el peso de todo lo que nos debemos decir.

Allá vamos.