Capítulo 45
Livingston, Montana
Noviembre
—Brooke—
—¡Buenos días, preciosa!
Por un instante, al cruzar el umbral, mi mente buscó automáticamente los rostros de mis amigas.
Pero la barra está desierta. Recordé entonces que Jenna lleva un par de días fuera de Livingston; se marchó con prisas para solucionar algo personal, un asunto del que no ha soltado prenda y que la tiene extrañamente hermética.
Y Candy… bueno, Candy me envió un mensaje críptico diciendo que tenía asuntos urgentes que resolver en la ciudad.
Así que la voz que me ha saludado con ese entusiasmo contagioso no es de ninguna de ellas, y tampoco es la de Daniel, que suele merodear por aquí con su parsimonia habitual.
El dueño de ese saludo es Austin.
Frunzo el ceño, alzando la vista para asimilar la imagen que tengo delante. Me lo quedo mirando, parpadeando un par de veces para asegurarme de que no estoy alucinando.
—¿Austin? —lo recorro de arriba abajo, deteniéndome en el delantal impoluto que lleva anudado a la cintura—. ¿Qué haces tú aquí y con eso puesto? —señalo el uniforme con un gesto de barbilla, tratando de contener la risa.
Mi amigo es todo ilusión y humor. Irradia una energía que parece capaz de iluminar toda la cafetería él solo. Saca la típica libreta de camarero del bolsillo delantero y, con esa sonrisa gigante que le marca los hoyuelos de forma matadora, me informa:
—Hoy seré yo tu camarero particular —me guiña un ojo y se inclina hacia mí con una sonrisa ladeada, derrochando una seguridad tan perfecta que sé que tiene gran parte de espectáculo para hacerme sonreír—. ¿Qué va a tomar la señorita?
—Eh… —abro los ojos de par en par, apoyando los codos en la mesa—. Ahora en serio, Austin. ¿Qué haces aquí?
Él suelta un suspiro dramático y se sienta frente a mí un momento, rompiendo todo el protocolo profesional.
—No sé si te has dado cuenta todavía, Brooke, pero me resulta humanamente imposible negarme a cualquier cosa que me pida Candy.
Enarco una ceja, dejando escapar una sonrisa socarrona.
—Sí. Créeme que me he percatado de ese pequeño detalle —le digo con sorna.
—Pues eso. Me escribió esta mañana, tempranísimo. Me dijo que le había surgido un problema importante fuera y que no encontraba a nadie para cubrir el turno. Me pidió el favor y… bueno, aquí me tienes —encoge los hombros con una mueca divertida, pero sus ojos brillan de ilusión.
Este chico es demasiado bueno. Está coladito por Candy, una chica que parece no enterarse de nada, aunque sospecho que él tampoco es consciente de lo obvio que resulta su adoración. Es refrescante ver algo tan puro después de la conversación tóxica que acabo de tener con mi madre.
—¿Y por qué no me lo ha pedido a mí? —pregunto, cruzándome de brazos. Me pica un poco el orgullo que Candy no me viera como una opción de auxilio.
—Fuiste la primera en la que pensó, claro —responde él, y me siento un poco estúpida por haber dudado. Mi madre siempre logra que me ponga a la defensiva—. Pero me comentó que tenías una cita con alguien importante y que debías resolver unos asuntos.
Ah, claro…
—Por cierto… ¿qué asuntos son esos? —Austin entrecierra la mirada, esperando con paciencia. Me observa con la típica curiosidad genuina de los amigos de verdad.
Me muerdo el labio inferior. Definitivamente no es el momento de soltarle que ahora soy la propietaria del rancho donde él trabaja. No estoy lista para ver cómo cambia su forma de mirarme cuando sepa que soy… su jefa.
—¿Sabes qué, Austin? —me inclino sobre la mesa, bajando la voz hasta un susurro cómplice.
—Dime… —él imita mi posición, acercándose tanto que casi chocamos las cabezas.
—Tengo un antojo voraz de unas tortitas de esas que prepara Heston. Y un buen café de los que tanto me gustan.
Austin se echa hacia atrás, mordiéndose los carrillos para no soltar una carcajada. Se levanta de un salto, recupera su bloc de notas y lo guarda en el bolsillo con un gesto triunfal.
—Veré qué puedo hacer con el café. En cuanto a las tortitas… Heston está enfermo y no ha venido hoy.
—Vaya… —murmuro. A Candy se le ha complicado el día de verdad.
—Pero no te preocupes —me vuelve a guiñar el ojo, rebosante de esa energía positiva que te hace creer que todo irá bien—. Estoy seguro de que el sustituto que hay hoy en cocina te las preparará aún más deliciosas.
Se marcha hacia la cocina con un paso ligero, casi bailoteando.
Estoy tan enfrascada en repasar el contenido de la campaña de Navidad, buscando refugio en la frialdad de los números y las estrategias de marketing, que pierdo la noción del tiempo.
Ni siquiera soy consciente de los minutos que se deslizan ni del leve tintineo de la porcelana hasta que un plato con unas tortitas esponjosas, doradas y perfectas aparece delante de mis narices.
El aroma es una emboscada para los sentidos: mantequilla, sirope y un toque de canela que te hace morir de placer. Mi cerebro registra un orgasmo sensorial inminente antes siquiera de probar bocado.
—Gracias, Austin —murmuro sin despegar los ojos de la pantalla, dando el visto bueno a unas fotografías que me ha enviado mi equipo. Intento finiquitar el trabajo para que el ruido de mi mente se calle de una vez.
—Me temo que no soy él.
Esa voz.
Esa vibración ronca, grave y cargada de familiaridad me electriza la sangre, despierta al instante todo un enjambre de nervios frenéticos en mi estómago. Se me pone el vello de punta y alzo la vista con el corazón en la garganta.
—¿Jackson?
—El mismo —responde él.
Traga saliva y puedo ver el movimiento rítmico en su cuello, una señal de nerviosismo que me deja desarmada.
Me deleito con su aspecto durante unos segundos que parecen eternos.
Lleva su gorra de siempre, colocada hacia atrás, dejando despejada esa mirada azul que me escanea con una lucidez implacable, como si pudiera leer las verdades que ni yo misma me atrevo a admitir.
Está irresistible: una camiseta blanca de manga larga arremangada hasta los codos que deja a la vista unos antebrazos fuertes, definidos y marcados por el trabajo duro.
Unos vaqueros gastados que se ajustan a su figura de forma tentadora y, para rematar mi confusión, un delantal azul marino atado a su cintura.
Me maravillo un microsegundo más antes de obligarme a mirarlo a los ojos, y es entonces cuando me arrepiento; porque hay demasiada verdad en ellos.
—¿Qué haces tú aquí? —consigo articular, aunque mi voz suena más débil de lo que desearía.
—Me ha arrastrado Austin. Creo que soy incapaz de decirle que no a ese chico, aunque me lleve a hacer cosas ridículas como asaltar la cocina del Café.
—Sí, Austin puede ser muy… elocuente —bajo la voz y devuelvo la mirada al portátil. Tecleo cualquier cosa, fingiendo una concentración absoluta cuando, en realidad, las letras bailan frente a mí. Solo intento no mirar su boca. O cualquier parte de su cuerpo.
—Me ha dicho que estabas aquí y…
—¿Y? —insisto, manteniendo la vista clavada en las fotos de la campaña. Podrían enviarme una foto de un incendio en la oficina y yo solo vería píxeles borrosos. Mi sistema nervioso está colapsado por su cercanía.
—Quería asegurarme de que estabas bien.
«Por supuesto que no estoy bien», grita mi mente. El corazón me palpita con tanta fuerza contra las costillas que siento que va a romperme el pecho; cada latido es más doloroso que el anterior.
Jackson toma asiento donde minutos antes estaba su amigo. Me obligo a bajar la tapa del portátil; por mucho que quiera huir, mis modales y el magnetismo que desprende me impiden ignorarlo.
—Debemos hablar, Brooke —dice, y antes de que pueda protestar, desliza su mano sobre la mesa y atrapa la mía. La aprieta con una firmeza que transmite toda su tensión, todo el miedo que oculta tras esa fachada de hombre duro.
Por un momento, me rindo. Me dejo hacer.
Ese simple contacto hace que mis entrañas se retuerzan en un nudo de anhelo y reproche.
Le he echado de menos; Dios, ha sido un suplicio.
Estos días encerrada en casa para no topármelo han sido una tortura autoimpuesta, especialmente sabiendo que él venía cada tarde, que preguntaba al abuelo por mí, que rondaba mi puerta como un hombre que sabe que ha roto lo único que quería proteger.
Me quedo observando nuestras manos unidas. El calor de su piel se filtra en la mía, recordándome que con él todo es diferente. No es solo sexo, no es solo nostalgia; es una conexión eléctrica que no he sentido con nadie más en mis casi veinticinco años de vida.
—Oye, lo siento, pequeña —su voz baja una octava, volviéndose una caricia aterciopelada. Intento disimular el escalofrío que me recorre cuando usa ese apelativo. Me pierdo en el azul de sus ojos y, por un instante, quiero creerle—. En ningún momento mi intención fue lastimarte. Tienes que creerme.
Y le creo. Ese es mi mayor problema. De todas las personas en este mundo, Jackson es el único en cuya palabra confío ciegamente.
Sin embargo, el dolor de su silencio sigue ahí, punzante.
Pienso en cada beso, en cada confesión bajo las estrellas, en todas las veces que tuvo la verdad en la punta de la lengua y decidió tragársela.
Me dolió que me tratara como a una extraña, precisamente él, que era el único que recordaba mi luz antes de que el mundo se encargara de apagarla.
Me deshago de su contacto con suavidad y escondo las manos bajo la mesa, apretándolas contra mis muslos para que no vea que me tiemblan. Jackson se endereza y veo cómo el músculo de su mandíbula se contrae violentamente.
—Escúchame, Brooke. Quise contártelo. Lo quise desde el primer segundo en que te vi bajar de aquel coche, pero…
—Pero no lo hiciste —lo corto, alzando el mentón. Es mi postura de defensa, la máscara de la Brooke Collins Brown, editora de una revista mundialmente reconocida, que no permite que nadie vea sus grietas.
Jackson suspira, cierra los ojos y agacha la cabeza, derrotado.
—No. No lo hice. Y lo siento.
Le respondo con una inclinación de cabeza.
No puedo hablar; si abro la boca ahora mismo, las lágrimas volverán y me derrumbaré aquí mismo, entre todos estos clientes curiosos.
Él no aparta la mirada; me observa con una intensidad que me atraviesa todas y cada una de las capas de piel, prendiendo un fuego en mi estómago que amenaza con quemarlo todo.
«Respira, Brooke. Solo respira».
Salgo del trance. Recojo mis cosas con una rapidez torpe, decidida a largarme antes de ceder.
Jackson se levanta al unísono. Intento pasar por su lado, pero me detiene rodeándome la muñeca con sus dedos.
Es un toque ligero, suave, pero me ancla al suelo y a él.
Miro su mano, luego sus ojos. Él da un minúsculo paso hacia mí y yo, instintivamente, retrocedo.
—No huyas de mí, por favor —su voz es un ruego ronco—. De mí no, Brooke.
Se atreve a acercarse de nuevo. Esta vez no me muevo, aunque el aire empieza a faltarme.
Suelta mi muñeca, pero apoya su mano en mi cadera, una posición posesiva y tierna a la vez.
El calor de su palma atraviesa mi ropa y mi pecho sube y baja erráticamente, reclamando un oxígeno que se ha vuelto escaso.
Jackson apoya su frente contra la mía. Sus párpados se cierran y su suspiro cálido choca contra mis labios, a escasos centímetros. No le importa que estemos en medio de la cafetería, ni que el mundo nos mire.
—Brooke… —susurra mi nombre de una forma que se filtra por cada grieta de mi pecho—. Volver a estar contigo ha sido lo más maravilloso que he sentido en mi vida. Por favor, no me apartes de tu lado. Soportaría cualquier cosa menos eso. Otra vez no.
Su mano sube a mi mejilla. Sus dedos callosos, ásperos, se deslizan con una suavidad devastadora por mi pómulo, por la comisura de mis labios y finalmente por mi barbilla.
Es una descarga eléctrica que me eriza la piel. Cierro los ojos, luchando por no buscar sus labios, imaginando el sabor de su perdón.
He pasado años construyendo muros, evitando relaciones donde los sentimientos pudieran ensuciar mi control. Y ahora, aquí, no sé cómo manejar esta marea que me arrastra. Las palabras escapan de mi boca con una seguridad fingida.
—Jackson… —me zafo de su contacto y, de repente, siento un frío atroz, como si me hubieran arrancado una manta en pleno invierno—.
Entre nosotros no puede pasar nada más. Yo no soy la chica que necesitas.
Nuestros mundos son polos opuestos. Es evidente que nos dejamos una huella imborrable hace años, pero yo no puedo dejar ninguna más sobre ti. No quiero romperte.
El silencio que sigue es sepulcral. Jackson aprieta la mandíbula.
—Pues llegas tarde, Brooke, porque eres la clase de mujer que se te queda clavada a fuego en el alma.
Le sostengo la mirada y juraría que intenta ver a través de mí, como si supiera —como si pudiera leer en el latido de mi cuello— que esa frase me ha partido en dos.
Nunca me han mirado así. Me observa de una manera tan profunda, con una honestidad tan aplastante, que siento que está rozando una parte de mi alma que era desconocida incluso para mí misma hasta que él llegó.
De repente, la cafetería desaparece. Imágenes de unas cuantas noches atrás se suceden frente a mis pupilas como ráfagas que me desgarran por dentro: su piel contra la mía, el peso de su cuerpo, la forma en que me miraba mientras me hacía suya.
Siento un enorme nudo, pesado y asfixiante, instalado muy por encima del estómago.
—Déjame que te lo explique, Brooke, por favor.
Inclino la cabeza y lo contemplo, intentando descifrar qué hay detrás de esa súplica.
Parece triste, o puede que incluso esté molesto porque he decidido que es mejor seguir callada, protegida tras mi muro de silencio.
Y me sorprende —me aterra, en realidad— comprobar cuánto me inquieta verlo así.
Me sobrecojo al descubrir que lo que más quiero en este momento, por encima de mi orgullo o de mi dolor, es que vuelva a estar bien.
Quiero que sonría como solo él sabe hacerlo, con esa luz que parece borrar todo lo malo.
Porque por mucho que me niegue a aceptarlo, por mucho que intente convencerme de lo contrario, lo que más quiero es seguir pasando tiempo con él.
Me muero por estar cerca de él, pese a que sepa que, racionalmente, entre Jackson y yo no puede ocurrir nada más.
—Está bien —suelto al fin, casi sin aliento.
En ese instante, su rostro cambia por completo.
Se le ilumina la mirada y una pequeña sonrisa coloniza sus comisuras, un gesto que ya me sé de memoria y que me provoca un vuelco violento en el corazón.
Jackson acorta la pequeña distancia que nos separa, envolviéndome de nuevo en su magnetismo, y me susurra al oído con una voz que me hace vibrar hasta los huesos:
—Esta noche. Me debes una cena, ¿recuerdas?
Lo peor de todo, lo que realmente me desarma, es ver cómo me dedica esa sonrisa cargada de una esperanza que no sé si puedo cumplir.
Se inclina sobre mí y deposita un pequeño beso de despedida en mi frente.
Es un gesto tan dulce, tan delicado y tierno, que me derrumba las defensas y me obliga a exhalar todo el aire que estaba reteniendo.
Y resulta ser, contra toda lógica, sorprendentemente agradable.