Las cicatrices del ayer (Montana 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Livingston, Montana

Noviembre

—Brooke—

Ni siquiera soy consciente de cómo conseguí llegar a casa.

Recorrí los kilómetros que separaban la casa de los Moore de la mía corriendo, con los pulmones ardiéndome por el aire frío y el corazón martilleando una verdad que mi mente aún intentaba rechazar.

Subí a mi habitación y cerré con un portazo que hizo temblar hasta los cimientos.

Me comporté como una adolescente herida, pero era la única forma que tenía de gritarle al mundo —y a quien fuera que me oyera en la casa— que estaba enfadada, dolida y, por encima de todo, aterradoramente perdida.

Me quedé plantada en medio del cuarto, jadeando.

Al observar las paredes, los muebles, mis propias maletas, me di cuenta de que los dos meses y medio en el rancho me habían pasado por encima como una apisonadora.

Ya no era la misma mujer que aterrizó aquí huyendo desesperadamente de su vida en Chicago.

La rabia estalló. Arranqué las mantas y las sábanas de la cama con una fuerza que no sabía que tenía, esparcí los cojines por el suelo y solté un grito a pleno pulmón, un alarido que llevaba dieciocho años atascado en mi garganta.

Cuando el silencio regresó, me dejé caer sobre el gurruño de mantas que había arrojado al suelo, sintiendo que el aire de la habitación pesaba una tonelada.

Y entonces, por primera vez desde que puse un pie en este rancho, me embargó una emoción desconcertante, casi embriagadora por lo pura que era.

Fue como si una grieta se abriera en mi pecho y, por ella, las lágrimas que llevaba dieciocho años reprimiendo se derramaran al completo.

Me sentí distinta, irreconocible. Yo, la chica que nunca lloraba, la que había hecho de la impasibilidad su armadura, me estaba desintegrando.

Me pregunté cómo era posible que mi cuerpo albergara tanto llanto acumulado.

Pero a la humedad de mis ojos se le unió una débil y trémula sonrisa en mis labios.

No entendía qué me estaba pasando; era una mezcla caótica de alegría y tristeza que me asustaba y me fascinaba a partes iguales.

En ese instante comprendí la cantidad de matices que pueden habitar en un solo sentimiento.

No era solo dolor; era el alivio de haber sido desbloqueada.

Era la felicidad aterradora de sentirme, por fin, parte de un hogar.

De pertenecer a un trozo de tierra en este mundo inmenso.

Me hice un ovillo entre la calidez de las mantas, y mientras el llanto me sacudía, las imágenes de estos más de dos meses empezaron a desfilar ante mis ojos como una película: la energía incombustible de Candy, la lealtad silenciosa de Jenna, mi nueva amistad con Austin,

la mirada sabia de mi abuelo, las bromas de los vaqueros, incluso el rostro de Zac, la ternura maternal de Emily…

Y Jackson.

Siempre Jackson.

Su nombre se repetía en mi mente como un latido constante, el eje sobre el cual todo mi pasado y mi presente acababan de colisionar.

Solo faltaba mi padre, pero pensar en Ted era abrir una puerta a una oscuridad todavía mayor, un tema que me entristecía hasta la médula y para el que no me sentía preparada. Quizá nunca lo estaría.

Abracé la almohada con desesperación, hundiéndome en ella como quien busca un refugio contra la tormenta de su propia identidad.

Perdí la cuenta de las vueltas que di en esa cama improvisada, enredada entre sábanas y recuerdos, durante un día y una noche que parecieron tener demasiadas horas, demasiados silencios y demasiadas verdades que asimilar.

Y ahora estoy aquí, sentada en el despacho del abogado de mi abuelo.

Han pasado apenas unos días desde esa tormenta emocional, días en los que he orbitado por el rancho como un fantasma, procesando la verdad sobre Jackson y el peso de mi propio pasado.

Pero esta mañana, al despertarme, el aire de la habitación se sentía distinto.

Lo supe con una lucidez aplastante, una de esas verdades desnudas que te arden en el pecho: había llegado la hora de dejar de ser una espectadora de mi propia vida.

No me detuve a esperar una confirmación de Chester A.

Arthur —así firmaba los correos que recibí hace meses y así reza el cartel de madera y dorado sobre su mesa—; simplemente cogí las llaves y aparecí allí.

Supuse, erróneamente, que un abogado de pueblo no tendría demasiado trabajo y podría recibirme al instante.

Sin embargo, me equivoqué. Me tocó esperar un buen rato en la sala de espera, donde Donna, una mujer de moño impecable y gafas de pasta, me ofreció un café mientras yo intentaba que el calor de la taza me devolviera la sensibilidad a unas manos que sentía inertes.

—…me temo que no hay otra opción, señorita Collins —la voz de Chester me arrastra de vuelta al presente.

Me pellizco el puente de la nariz, intentando pensar con claridad.

—Está bien. A ver si lo entiendo. Mi abuelo, al que después de observarlo estos meses he podido apreciar que no tiene ninguna enfermedad visible, quiere que su rancho pase a ser mío ahora. ¿Usted entiende que es una locura?

—Señorita, vuelvo a decirle que es deseo del señor Collins que usted respete su decisión. Una vez que firme los documentos, estará en su libre derecho de hacer con la propiedad lo que le plazca.

—¿Podría venderla? —pregunto, solo para cerciorarme de la magnitud de mi nuevo poder.

Chester se acomoda en su silla giratoria y une los dedos sobre su chaqueta.

—Por supuesto. Pero… Brooke —ya no me habla de usted—, conozco a tu abuelo desde que compartíamos pupitre en el colegio y sé cuánto ama ese lugar… y sé cuánto te ama a ti.

Al escucharlo, una punzada de dolor me atraviesa el pecho. Yo también lo quiero. Pero… ¿Por qué no fue a buscarme? ¿Por qué no hicieron que mi padre luchara por mí? Son demasiadas preguntas sin respuesta. Chester sigue hablándome como el amigo de mi abuelo que es:

—A veces las cosas no son lo que parecen y siempre hay un porqué detrás de todo lo que nos ocurre. Aunque no seamos capaces de verlo en ese momento.

Frunzo el ceño, molesta por sus licencias, pero él recupera su actitud profesional. Abre una carpeta marrón, me tiende los papeles y me ofrece un bolígrafo.

—Tómese el tiempo que necesite para leer las escrituras.

Leo a una velocidad pasmosa, acostumbrada a los contratos de la revista. Tras unos minutos, firmo. Con un par de trazos, paso a ser la propietaria legal del rancho y sus inmensas tierras. Sé que ahora me toca informar a los trabajadores y a mi familia… y casi me echo a temblar al pensar en mi madre.

Salgo a la calle principal de Livingston con una sensación de irrealidad.

El cielo nublado y el frío matutino me azotan el rostro; me abrocho la chaqueta buscando mi propio calor.

De repente, el móvil suena en mi bolso. Al ver el nombre en pantalla, me quedo paralizada. ¿Acaso tiene un sexto sentido?

No puedo retrasarlo más. Descuelgo.

—Hola, ma…

—¡¿Se puede saber dónde te metes, Brooke?! —me interrumpe antes de que termine—. ¡Llevo días intentando hablar contigo!

—Mamá, relájate un poco —resoplo.

—¡Nada de relajarse! Llevo días llamándote y no me coges el teléfono. Estaba preocupada.

—¿Preocupada? —pregunto con interés—. ¿O preocupada por algo en concreto?

—¡Brooke! ¡Cómo te atreves! Soy tu madre, pues claro que estaba preocupada por ti.

—Puedo apañármelas sola, mamá. No tienes por qué estar al tanto de todo lo que hago.

—¡Pero…! ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? Estás diferente y no sé si me gusta un pelo esta actitud que estás tomando conmigo y…

—¿Sabes qué, mamá? Me importa una mierda lo que te guste o no.

—¡Brooke, esa boca! Es indecoroso que hables así. Estar en ese lugar te está cambiando…

—Hablando de este lugar —la interrumpo endureciendo el tono—. ¿Hay algo que quieras contarme, mamá? Algo que pasó hace años y de lo que nadie quiere hablarme.

Su voz cambia al instante, volviéndose severa y regia.

—No sé de qué me hablas, hija. Deberías volver a casa, Brooke. Ese lugar no es para ti. Seguro que Ted te está comiendo la cabeza con…

—¡Basta ya, mamá! ¡Deja de criticar a papá! Por el amor de Dios, si ni siquiera me he cruzado con él cinco minutos desde que llegué hace meses.

—No… ¿No has hablado con Ted? —balbucea. Oír a Tiffany Brown tartamudear es una extraña victoria.

—No. Y si crees que debo saber algo, este es el momento, mamá. Antes de que sea demasiado tarde.

El silencio se hace tan denso que parece que la señal se ha cortado.

—¿Mamá?

—No hay nada que tenga que decirte, Brooke —suelta, firme e impertérrita.

—Genial —exhalo el aire retenido—. Por cierto, el rancho es mío. Acabo de firmar los papeles.

—¡Qué! ¿Se puede saber de qué hablas? Tú no sabes gestionar un rancho…

—Lo que has oído. No tengo tiempo para esto, estoy muy ocupada, mamá. Ya hablaremos.

—¡Brooke, ni se te ocurra colgarme!

—Hasta luego, mamá.

Cuelgo y me quedo mirando al vacío. Echo la cabeza hacia atrás y cierro los párpados al exhalar. Cuando vuelvo en mí, me doy cuenta de que cruzando la calle está mi cafetería favorita. Y, sin dudarlo, me dirijo hacia ella con el paso firme.