Capítulo 43
Livingston, Montana
Noviembre
—Jackson—
Estrecho su cuerpo contra el mío con una fuerza que roza la desesperación, como si mis brazos pudieran convertirse en una jaula donde el tiempo no pase, donde ella no pueda volver a marcharse.
Hundo los dedos en su densa melena rubia, acariciándola con una delicadeza que me tiembla en el pulso.
Huele a jabón y a cama compartida, y a esa esencia suya que se me ha quedado grabada a fuego.
Una parte de mí, la más racional y oscura, está convencida de que va a soltarse en cualquier momento y se marchará para siempre, asqueada por mi silencio. Tenemos que hablar largo y tendido, abrir en canal dieciocho años de sombras, pero no sé si ella está preparada para soportar ese peso.
Y, siendo sincero, yo tampoco lo estoy.
Estas semanas que he vuelto a tener a Brooke cerca han sido el único aire puro que he respirado en años.
Pero estas últimas horas… la intensidad de la noche que hemos vivido, la forma en que nos entregamos es algo que difícilmente podré olvidar.
Es de esas vivencias que visualizas en bucle antes de morir para recordarte que estuviste vivo.
Mi corazón y mi mente reclaman más; quieren este caos dulce cada día de mi vida.
Brooke se separa sutilmente y alza su mirada hacia la mía.
Sus ojos, ese color miel licuado que brilla como el ámbar bajo la luz, están anegados de unas lágrimas que luchan por no desbordarse.
La contemplo y, por un segundo, vuelvo a ser aquel crío perdido, extasiado y maravillado por la calidez dorada que desprendía.
A veces me enfadaba con ella porque Brooke no entendía la crueldad del mundo; yo le contaba mi historia, la soledad de los hogares de acogida y lo rápido que tuve que endurecerme, pero para ella todo era un cuento de hadas.
Se empeñaba en mostrarme su mundo de fantasía donde este rancho era el centro del universo.
Era una niña que, al crecer rodeada de animales, entendió antes que nadie que la vida trata de saborear el presente antes de que te toque decir adiós.
Ella no usaba esas palabras, era demasiado pequeña, pero me lo gritaba con sus actos. La envidiaba tanto que terminé queriendo vivir bajo sus reglas.
Vuelve a estamparse contra mi pecho, pero esta vez el contacto es distinto.
Es un abrazo lento, medido, casi agónico.
Presiono mis brazos contra su espalda, queriendo que mi calor atraviese su piel y sus huesos para que comprenda, sin necesidad de palabras, cuánto la he echado de menos.
Brooke se acomoda, apoya la mejilla contra mis pectorales y nos quedamos así, suspendidos en el tiempo.
Apoyo mi mentón sobre su cabeza y, de pronto, empieza a temblar.
Se me parte el alma al sentir sus sollozos. Miles de calambres me recorren el estómago. Es evidente que ahora lo recuerda todo: cuando yo me obligaba a cuidarla y ella, con solo cinco años, se convertía en mi mayor y más dulce complicación.
Cuando me suelta, una ráfaga de aire gélido me recorre la piel; es el vacío de su ausencia. Solo deseo que se hubiera quedado pegada a mí para siempre. Pero algo en su mirada, un destello de reproche me dice que ese paraíso se ha terminado.
Incluso con las mejillas empapadas y los ojos enrojecidos, no soy capaz de encontrar una sola imperfección en ella.
Acorto la distancia y la beso. Es un beso náufrago.
Mis labios atrapan los suyos con urgencia; dejo de respirar porque siento que, si rompo el contacto, ella se desvanecerá como un espejismo.
El pánico me invade cuando es ella quien corta el beso, rompiendo el hechizo.
—Jack… Jackson… —suspira, cerrando los párpados con fuerza mientras se pellizca el puente de la nariz—. Dios, si ni siquiera sé cómo debo llamarte.
—Puedes llamarme como quieras, Brooke. Eso no importa —le digo, intentando suavizar mi voz, que suena demasiado rota.
Ella apoya las palmas de las manos en mi abdomen y ejerce presión para alejarse.
«No lo hagas, Brooke. Pequeña, por favor, no te alejes».
No lo digo en voz alta. Sé que necesita procesar la magnitud del engaño, o de lo que ella percibe como tal.
No voy a ser yo quien se lo impida, aunque me esté desgarrando por dentro.
Soy capaz de quedarme a su lado como un perro fiel, sin recibir nada a cambio, con tal de no perderla de vista otra vez.
—No. Sí que importa —frunce el ceño y me clava una mirada que me atraviesa. Está enfadada, dolida, rota y completamente desorientada—. ¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué no me dijiste quién eras en el instante en que nos vimos? ¿Por qué me has engañado todo este tiempo?
—No te he engañado, Brooke. Solo… —me paso las manos por el pelo con frustración, echándolo hacia atrás y dejando las manos ancladas en mi nuca. Trato de encontrar las palabras, de explicarle que yo también estaba muerto de miedo.
—¡Sí que lo has hecho! —su voz sube de tono, cargada de traición—. Todo este tiempo sabías quién era yo y ni se te ocurrió decirme que tú eras él. Jackson… mi mejor amigo.
Escucharla decir eso me destroza. Mi intención nunca fue lastimarla, maldita sea. Todo lo contrario. Ella… no lo entiende.
—Pequeña, por favor… —intento acercarme, pero por cada paso que doy, ella retrocede uno, hasta que choca contra la cómoda.
—No me llames así. No tienes ningún derecho —su voz vibra, quebrada por el llanto contenido, y alza una mano para marcar una frontera entre nosotros.
Traga saliva con dificultad, su labio inferior tiembla y niega con la cabeza repetidas veces, como si intentara expulsar una pesadilla de su cabeza. Me clava el dedo índice en el pecho, justo sobre el corazón que late solo por ella.
—¿Por qué? ¡Eh! ¿Por qué te callaste? ¿Te hacía gracia? ¿Era un juego para ver cuánto tardaba la estúpida niña rica en darse cuenta?
—No ha sido ningún juego, Brooke. Todo lo contrario —le agarro la muñeca, con firmeza, pero sin lastimarla, rogándole con la mirada que me escuche. No entiende nada, joder.
—Suéltame… —se zafa con un movimiento brusco.
Sus labios están fruncidos, intentando ocultar el temblor, pero sus ojos vidriosos la delatan—.
¿Por qué me abandonasteis? Mi padre, mi abuelo, tú…
¡Eras mi mejor amigo! Jamás me llamaste, nunca escribiste una sola carta…
—Arruga el rostro, inundada por una amargura que me hiela la sangre—. ¿Tan fácil fue olvidarte de mí?
—¡¿Qué?! ¿De qué cojones hablas, Brooke? —la indignación me estalla en el pecho—. Tú fuiste la que se marchó. Tú nos dejaste aquí, en mitad de un silencio ensordecedor. ¿Acaso te has parado a pensar un solo segundo en lo que eso provocó en mí? ¿En el vacío que dejaste?
—¡Joder, era una maldita cría! ¿Qué podía hacer yo? —me grita.
Tiene razón. Toda la maldita razón del mundo. El dolor me nubla el juicio y ahora no sé cómo arreglar esto sin terminar de romperla.
—Tú no lo entiendes, Brooke —suspiro, sintiendo el peso de mil secretos sobre mis hombros.
—Pues explícamelo. ¡Ahora!
¿Cómo? ¿Cómo le explico que la verdad es mucho más sucia y dolorosa de lo que imagina? Hay cosas que no sabe, secretos que no me corresponde a mí desenterrar. Además, una parte de mí sigue herida; ella fue quien me borró de su mente como si nunca hubiera existido.
Trago saliva para intentar deshacer el nudo de mi garganta. Veo un destello de decepción en sus ojos antes de que asienta, como si hubiera confirmado sus peores miedos.
A la mierda.
No quiero verla sufrir más por culpa de silencios ajenos. Quienquiera que debiera contarle la verdad la mantuvo engañada, pero ahora que la tengo aquí, frente a mí, no pienso ser yo quien siga alimentando la mentira.
Abro la boca para soltarlo todo, para decirle la verdad sobre su partida, pero ella levanta la mano, cortándome el aire. Mi corazón late desbocado y se me seca la garganta al ver la determinación en su rostro.
—Déjalo. Ojalá fuera tan sencillo, pero no lo es. No puedo con esto, Jackson… no puedo —su voz se quiebra definitivamente.
Baja la mirada, evitando cualquier contacto visual. Me esquiva, chocando su hombro contra el mío en un gesto que quema incluso más que el fuego, y sale de la habitación como un vendaval.
Me deja aquí, solo, en el silencio de una estancia que hace apenas unos minutos era un hogar y ahora vuelve a ser solo cuatro paredes vacías.
Invierno
«El invierno no llega de repente… se va metiendo en los silencios que nadie se atreve a romper».